a llegada de nuevos autores, con películas pequeñas, pero que han calado hondamente en el público parece abrir una nueva era en el fantástico. En un género como éste, muchas veces asociado a pequeños nichos, a los fenómenos de culto y mirado con cierta temeridad por parte del público mainstream, que producciones modestas rompan ese techo que separa al público especializado y festivalero del gran público es una gran noticia. Sí, además, esto viene de la mano de nuevos cineastas, algunos procedentes de formatos alternativos, como los vídeos para plataformas de streaming, que recogen el testigo generacional, ayuda a que el cine de terror tenga una saludable perspectiva de futuro.

Entre 2025 y 2026 hemos tenido la ocasión de ver cómo David volvía a vencer a Goliat. Algunas películas de escaso presupuesto no sólo le plantaban cara victoriosamente a las grandes superproducciones de Hollywood, sino que, pese a ser propuestas nada convencionales, se alzaban con los principales puestos en la taquilla. A continuación, vamos a centrarnos en dos de ellas.

Backrooms, de Kane Parsons.
Backrooms, de Kane Parsons.

BACKROOMS. VIAJE ALUCINANTE AL FONDO DE LA MENTE.

Backrooms de Kane Parsons es un ejemplo de lo que comentamos. No sólo se ha convertido en un fenómeno de culto inmediato y un éxito de taquilla que ha desbancado a títulos como Masters del Universo; sino que se ha convertido en la puerta de entrada al género fantástico de toda una nueva generación de espectadores. Uno de los aspectos curiosos es que no se trata de una película original para cine, sino que es el salto a la gran pantalla de todo un fenómeno en YouTube creado por el propio Parsons.

De fenómeno de YouTube a éxito del cine de terror

Tanto en la serie de cortos para la plataforma como en la película, Parsons crea todo un universo alternativo, un viaje introspectivo hacia los efectos más devastadores a nivel psicológico de nuestra sociedad moderna, alienante, deprimente, deshumanizadora. Para sobrevivir a nuestro día a día, a nuestras decepciones, nuestros fracasos, nuestras carencias afectivas, la debacle de nuestros sueños, Parsons nos plantea almacenar todo esto en un “no lugar”, un espacio, distorsionado y angustioso de nuestro subconsciente.

Los espacios liminales como metáfora del trauma y la ansiedad

No se trata de algo especialmente original. Los surrealistas ya lo hicieron a principios del siglo XX y en la segunda mitad de ese siglo, con las rupturas de los discursos sociales oficialistas y la apertura mental a la psicodelia, estos “no lugares” proliferaron en el mundo del cine. En este siglo XXI, basta con pensar en ejemplos como Mulholland Drive o Cómo ser John Malkovich, para encontrar el germen de estos “backrooms”.

Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve aportan con sus interpretaciones este estado mental limítrofe que nos presenta la película. El primero va ofreciendo una progresión hacia la demencia y la alienación. Aspectos tan terrenales como la falta de éxito laboral o una ruptura amorosa, el estrés y la depresión, se convierten en ingredientes que corrompen nuestra seguridad emocional y nos derrumban hacia el delirio y la distorsión de la realidad.

Por su parte, la actriz noruega, con una interpretación emocionalmente más contenida, da a su personaje una mirada más analítica y un asidero más estable para guiar al espectador por las salas liminales, si bien continuamente se nos advierte de que la integridad psicológica del personaje viene también dañada por un trauma de infancia. Para ambos personajes, los “backrooms” se convierten en recreaciones físicas de su propio subconsciente.

Es por esta naturaleza metafísica que el aspecto que menos nos satisface de la película es aquello que implica dar una presencia más sólida y real a estos espacios liminales. Toda la subtrama relacionada con el personaje de Mark Duplass, en nuestra opinión, desliga toda la construcción espacial de ese valor surrealista y psicológico al hacerlos no sólo tangibles y accesibles, sino objeto de estudio científico.

El nuevo cine de terror independiente conquista la taquilla

La película de Parsons se sostiene de manera muy importante en la puesta en escena del director, en su capacidad de dar una entidad angustiosa a los espacios vacíos y a la sensación de abandono. En la creación de este discurso juegan un papel fundamental la exquisita dirección de fotografía de Jeremy Cox, el delirante montaje de Greg Ng y todo el discurso sonoro que nos acompaña a lo largo del metraje.

El logro de Parsons no es, por lo tanto, la originalidad, sino el haber sabido redirigir ese “angst existencial” ya proclamado por Sartre, Heidegger y Kierkegaard al lenguaje de la Generación Z. El uso ya vintage de las cintas miniDV, esa textura carente de la definición actual, tiene un encanto nostálgico, pero, a la vez, supone un vacío de nuestra humanidad y nuestra civilización. No es de extrañar, por lo tanto, que, pese a su narrativa poco convencional, la película haya resonado de tal manera en jóvenes espectadores que han encontrado en ella la expresión de su crisis existencial.

Obsession, de Curry Barker.
Obsession, de Curry Barker.

OBSESSION. PÁNICO EN LA MANOSFERA

Otro de los fenómenos de este año ha sido Obsession, segundo largometraje de Curry Barker, cineasta que venía precisamente de estrenar su primer largometraje, Milk & Serial directamente en su canal de Youtube, junto con su socio Cooper Tomlinson (quien no sólo ejerce de productor en Obsession, sino que interpreta a uno de los personajes secundarios principales). Al igual que Kane Parsons, Curry y Coop fueron ideando su perfil cinematográfico en la plataforma de videos streaming bajo su perfil “that’s a bad idea”. El salto de Barker al cine profesional ha sido con una película de bajo presupuesto (750.000 dólares y filmada en apenas 20 días en Los Ángeles), comprada por 15 millones de dólares por la distribuidora Focus Features y que ya lleva recaudado más de 458 millones de dólares a nivel mundial. Una vez más, nos encontramos con un éxito que viene determinado principalmente por la conexión con el público juvenil que se ha acercado a la sala a ver la película.

Curry Barker lleva el terror de YouTube al cine

La película parte de una fantasía muy masculina, desear que la persona amada y por la que no nos sentimos correspondidos cambie sus sentimientos y se enamore locamente de nosotros. Una fantasía que Barker confronta frontalmente con un concepto tan fundamental como el consentimiento o tan bíblico como el libre albedrío. Oso, el personaje interpretado por Michael Johnston, no se nos presenta como una mala persona, todo lo contrario, procura ser amable y atento con las personas que hay a su alrededor, incluso por encima de sus propias necesidades, que es demasiado introvertido para expresarlas. La situación cambia cuando consigue la sumisión amorosa de su mejor amiga a través de un deseo inocente. A partir de ahí, lo idílico de un deseo aparentemente candoroso nos adentra dentro de la toxicidad de las relaciones sentimentales, y la existencia de una manosfera, un segmento de misoginia y masculinidad agresiva que se considera con pleno derecho a exigir la atracción femenina y que acusa al feminismo de romper el status quo tradicional.

El consentimiento como eje del relato

Curry Barker busca con su película mantener al espectador en un estado continuo de incomodidad e histeria. Su puesta en escena es histriónica y excesiva, sin apenas espacio de descanso para el espectador. El montaje está ideado para prescindir de aquellas escenas de transición y encadenar una situación delirante tras otra. Todo a base de planos aberrantes, un montaje rápido e incómodo, pero también de un uso del sonido apabullante y continuo. Los personajes no dialogan, sino que gritan para generar incomodidad en el espectador. En este sentido, podemos apreciar un claro guiño al cine de Sam Raimi y las primeras entregas de Posesión Infernal.

El legado de Sam Raimi en el terror de Curry Barker

Si Raimi contaba con Bruce Campbell a modo de su actor cartoonesco, aquí ese rol lo desempeña Inde Navarrette, quien mantiene a su personaje en un estado de histeria e histrionismo, pero sin perder la esencia del drama de la protagonista. Barker satura también la pantalla, especialmente en el tramo final de un concepto del gore que nos retrotrae a la época gloriosa del género en los 80 (Raimi resuena nuevamente). Aquí Barker hace uso de un gozoso sentido del exceso que define a la película y la distancia de otras producciones de terror juveniles contemporáneas.

Como aspecto menos logrado y más delicado, Barker se apoya tanto en el humor negro y lo grotesco, que la película corre el riesgo de caer en un estado de equidistancia temática poco adecuado. Tal y como se nos presenta la trama, lo que a priori es una crítica al crecimiento ultraconservador en nuestra sociedad y los movimientos antifeministas, no solo puede caer en saco roto, sino que puede convertir a la película en una apología de aquello que busca combatir. La interpretación de Navarrette y la representación de un comportamiento tóxico femenino es tan lograda, junto con algunos momentos de humor negro del director, que no es de extrañar que sea interpretada por la manosfera precisamente como un discurso favorecedor de conductas machistas y misóginas.

El futuro del cine fantástico pasa por una nueva generación de autores

En cualquier caso, de nuevo estamos ante una película que surge de espacios más cercanos a las nuevas generaciones y su vínculo con la tecnología, que ha conseguido abrir espacios de creatividad que, en las condiciones adecuadas, como hemos visto, pueden abrir las puertas a la industria desde espacios inexplorados, pero, sobre todo, actualizan el discurso cinematográfico de manos de una nueva generación.

No sabemos qué deparará el futuro a Backrooms y Obsession, si a medio o largo plazo van a ser capaces de mantener el fenómeno que ha supuesto su estreno, pero sin duda van a ser dos de las películas más estudiadas por la industria en este 2026, con el fin de desvelar su esencia y ser capaces de reproducir su éxito con nuevas producciones.