Con La Constelación del Perro, Ridley Scott regresa a la ciencia ficción. En esta ocasión, desde la perspectiva del cine postapocalíptico, con ecos de La Carretera o Soy Leyenda, pero que busca compensar el discurso fatalista con un cierto halo de esperanza.
Una novela intimista frente al cine de industria
En su novela, Peter Heller nos presenta la historia de un hombre que lucha por salvar su humanidad en un futuro postapocalíptico, tras una pandemia y un declive climático, enfrentado a los restos de una especie cuyo único sentido de la supervivencia es la violencia. No es La Constelación del Perro una novela especialmente cinematográfica, o al menos, según los patrones de un cine de industria y comercial que, al fin y al cabo, es el que Ridley Scott lleva haciendo a lo largo de toda su filmografía. Se trata de una novela contemplativa, muy descriptiva e intimista, consciente de la vertiente más agresiva del ser humano, pero que reniega a claudicar frente al desamparo.
Hay notables diferencias entre el libro y la película. Aunque a grandes rasgos la trama viene a condensarse de manera similar, aquellos que esperen rescatar en imágenes la reivindicación humanista de la novela, probablemente, se van a sentir defraudados. Dividido en tres bloques, el libro concede un gran espacio, especialmente en los dos primeros bloques, a los conflictos morales del protagonista. Quizás por ello, en su película, Ridley Scott sobrevuela someramente esa parte y se concentra más en el tramo final, más dinámico y cinematográfico.

Notable trabajo formal y reparto de primer orden
Ridley Scott ha sido siempre un director principalmente visual, más interesado en el impacto de las imágenes, la fotografía, el ritmo y el montaje. La Constelación del Perro es, sin duda, una película de un notable trabajo formal. La dirección de fotografía de Erik Messerschmidt (habitual en los últimos años de grandes cineastas como David Fincher, Michael Mann o, próximamente, Matt Reeves) es exquisita, especialmente en los planos aéreos. La película luce con holgura su presupuesto y cuenta además con un reparto de primer orden. Nadie puede decir que Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley o Guy Pearce hagan un mal trabajo.
Sensación de prototipo
Sin embargo, hay algo esencial que falla. En su pretensión de ofrecer un producto cinematográfico de calidad, pero también comercial, dirigido al gran público, Ridley Scott ha vuelto a desatender la importancia del guion y los personajes. Es probable que el guion original de Mark L. Smith fuera más atento con el punto de partida literario. Como indicamos, la base de la trama está ahí, así como la sustancia de los personajes. Da la impresión también de que mucho material se ha quedado en la mesa de montaje. De ahí que la impresión final sea que se ha esquilmado la historia para construir una película manejable y, en el fondo, prototípica. A lo largo de sus casi dos horas de metraje todo suena a ya visto. Ni siquiera, siendo una película de Ridley Scott, alcanza esa sensación de asombro que caracteriza el mejor cine del director.

Falta de personalidad propia
Como adaptación de la novela de Peter Heller, a esta constelación cinematográfica le falta mucha alma. Como evento cinematográfico, carece de personalidad propia y acumula muchas deudas a los estereotipos del género. Tal vez, para contar la historia de un personaje como Higs, hacía falta alguien que tuviera más esperanza en la humanidad que Ridley Scott.











