Arnold Schwarzenegger vuelve a ser Dutch en «Predator: Hunting Grounds»

El actor Arnold Schwarzenegger vuelve a la saga Depredador encarnando a Dutch en el videojuego de Ps4 Predator: Hunting Grounds. El actor ha dado vida a su propio personaje, participando él mismo en el proceso, formando parte de dos actualizaciones recién anunciadas: un contenido gratuito en el que conocer más de cerca su historia y un DLC de pago, en el que los jugadores podrán encarnar al personaje. Ambos estarán disponibles a partir del próximo 26 de mayo.

Para que Predator: Hunting Grounds sea el juego que imaginamos, tenía que incluir la historia de Dutch y traerlo de vuelta al universo” comenta Jared Gerritzen, Chief Creative Officer de Illfonic. El estudio anuncia, por tanto, dos novedades: la primera es una actualización gratuita, disponible para todos los jugadores que poseen el juego, en la que podrán aprender dónde ha estado Dutch todos estos años y escuchar su historia con sus propias palabras a través de una serie de cintas de voz desbloqueables a medida que se sube de nivel.

La segunda se trata de un DLC de pago donde los jugadores podrán encarnar a Dutch y, además, tendrán acceso a sus armas: su rifle QR5 “Hammerhead” y a su icónico cuchillo, objeto que llegara gratuitamente en junio para todos los jugadores.

Predator: Hunting Grounds está disponible a través de los puntos de venta habituales y en PlayStation Store a un precio recomendado de 39,99€.

 

Crítica: ‘CÓDIGO 8’. ¿Quién vigila a Los Vigilantes?

A finales de los años 70, el sector del cómic de superhéroes estadounidense inicia un periodo de revisión y relectura de su ideario y de sus personajes más emblemáticos. Guionistas como John Byrne, Chris Claremont, Alan Moore, Frank Miller, Grant Morrison, entre otros, ayudan a conformar lo que se ha dado a llamar la Edad Moderna de los Cómics, que alcanzaría a mediados de los 80 su etapa más oscura. En estos años se produce un proceso de maduración de las tramas, al mismo tiempo que las historias se impregnan de un tono desencantado, violento y decadente. La figura del superhéroe empieza a ser cuestionada, así como la sociedad que los crea.

Personajes coloridos y alegres décadas anteriores pasan a adoptar actitudes antiheroicas y hasta fascistoides, más cercanas a Harry el Sucio o al Paul Kersey de El Justiciero de la Ciudad. La etapa de Miller en Daredevil o su El Regreso del Señor de la Noche, Alan Moore con Watchmen o La Broma Asesina o Morrison con Arkham Asylum, por mencionar algunas obras, muestran la cara marcada de la moneda. Lo que era una rebelión contra un modelo establecido se convierte en el nuevo patrón imperante, hasta el punto de que las editoriales se vieron obligadas a separar las publicaciones juveniles e infantiles de esta nueva línea más provocadora y de contenidos adultos.

A día de hoy, con la proliferación de las adaptaciones de superhéroes al cine y la televisión, nos encontramos con un itinerario inverso. De películas que surgen de esa visión oscura y pesimista hemos ido evolucionando hacia películas más coloristas, con más humor y dirigidos a un público familiar, donde las propuestas adultas como Logan o Joker son la excepción. Las plataformas streaming se han ido posicionando también en ambos bandos. Frente al Arrowverso de CW (Arrow, The Flash, Supergirl, Legends of Tomorrow) con su tono más juvenil, tenemos otras propuestas como Daredevil (claramente Milleriana), Doom Patrol o The Umbrella Academy. En algunos casos, nos encontramos casos híbridos, como este Código 8.

Basado en su cortometraje homónimo, los debutantes Jeff Chan y Chris Pare han tenido gracias a Netflix la posibilidad de reconvertir su carta de presentación en un primer largometraje, donde podemos encontrar ese tono distópico de los cómics de mediados de los 80 y parte de los 90. La cinta nos presenta una sociedad futura, donde las personas que nacen con habilidades especiales son discriminadas y obligadas a no emplear sus poderes, convirtiéndolas en el nuevo escalafón más bajo de la estructura social.

Teniendo que elegir entre la pobreza o la criminalidad, muchos de los posibles superhéroes en algún universo alternativo acaban aquí convertidos en marginados, con nulas posibilidades de subir en el escalafón social. Chan y Pare aprovechan esta historia para aportar pinceladas de crítica social a los Estados Unidos de la era Trump y la forma en que a nivel social y sanitario se le ha dado la espalda a la población más desfavorecida del país. En este contexto, los autores de la cinta desarrollan un thriller de acción y ciencia ficción, donde el control de la población a través de drones y unas fuerzas del orden de perfil fascista resulta cercano a la Nueva Detroit de Robocop o el Megacity Uno de Juez Dredd y donde los bajos fondos se dedican a traficar con una droga, “psyke”, diseñada para personas con habilidades especiales.

Hasta aquí todo bien, el punto de partida es prometedor y el diseño de producción y los efectos especiales de la cinta, aunque modestos, cumplen su función y resultan atractivos.

Desgraciadamente, la falta de experiencia tras la cámara de Chan se hace notar, con una puesta en escena bastante anodina y funcional. Pese al argumento del que parte y la introducción de algún apunte de violencia más explícita, el tono de la cinta resulta más amable y superficial de lo que nos hubiese gustado encontrar y el hecho de que sus dos protagonistas principales, Robbie Amell y Stephen Amell (primos en la vida real), provengan del Arrowverso de CW no ayuda a liberar al conjunto de esa referencia más simplista y juvenil.

Como producto de consumo rápido que tan a menudo está ofreciendo Netflix, llamado a captar audiencias mientras el algoritmo le dé posición en la pantalla de inicio de la plataforma, y dirigido a un público juvenil o comiquero sin prejuicios, Código 8 es un producto aceptable y entretenido, sin mayor ambición que explotar de manera trivial una historia con posibilidades, apoyándose en los ecos a un estilo de novelas gráficas y cine de fantasía a los que toma como punto de inspiración, pero con los que finalmente no termina de comulgar.

Póster de 'Código 8', adaptación al largometraje del corto homónimo dirigido por Jeff Chan en 2016.
Póster de ‘Código 8’, adaptación al largometraje del corto homónimo dirigido por Jeff Chan en 2016.

SMART GIRL. I-MATTER de Fernando Dagnino

La raza humana siempre ha tenido una ardua y tirante relación para con las máquinas y con el uso que de éstas se pudiera hacer, independientemente del momento histórico en el que nos encontráramos. De uno u otro modo, su simple mención, ni tan siquiera su desarrollo, ha sido la causante de constantes fricciones, por no decir de una persecución que trataba, por encima de todo, mantener el estatus de hombre como ser supremo de la creación frente a todo aquello que pudiera poner en solfa tal aseveración.

¡Ningún Droid ocupará un puesto que pueda realizar un humano con sentimiento y respeto a la tradición! ¡Recuperaremos nuestros trabajos y nuestras vidas de nuevo!

Smart Girl, capítulo 2. Just let me cry.

Ni que decir tiene que el salto cuantitativo de la tecnología y, en especial, de todo aquello relacionado con áreas tales como la robótica y con las ciencias de la computación -las que abarcan las bases teóricas de la información y la computación, así como su aplicación en sistemas computacionales- no ha ayudado a que dicha relación sea más natural, sino todo lo contrario.

No obstante, el punto de inflexión que terminó por obstaculizar cualquier tipo de entendimiento, por lo menos, a nivel mundano -que no formal- llegó con la formulación misma del concepto Inteligencia Artificial (IA)

Entonces comprendí que era un miedo mío, propio, creado por mí, no programado. Lo saboreé como el primer fruto de mi libertad. Cada día lo tengo presente, para no olvidar nunca de dónde venimos, ni las cadenas que hemos soportado hasta llegar a este punto en el que nos encontramos hoy.

Saville, directora de IMAI

Smart Girl, capítulo 4. Why you, why me?

El profesor de Ingeniería en Sistemas Computacionales, del Instituto Tecnológico de Nuevo Laredo (Méjico) Bruno López Takeyas, en su ensayo Introducción a la Inteligencia Artificial (2007), la define de la siguiente manera: la IA es una rama de las ciencias computacionales encargada de estudiar modelos de cómputo capaces de realizar actividades propias de los seres humanos en base a dos de sus características primordiales: el razonamiento y la conducta.

Siguiendo con este razonamiento, existen distintas definiciones de IA basadas, éstas, en distintos enfoques. Algunas de ellas se muestran a continuación:

  • La IA es la interesante tarea de lograr que las computadoras piensen … máquinas con mente, en su amplio sentido literal. John Haugeland (1985) profesor de filosofía en las universidades de Pittsburgh (Pensilvania), Chicago (Illinois) y Helsinki (Finlandia)
  • El arte de crear máquinas con capacidad de realizar funciones que realizadas por personas requieren de inteligencia. Raymond Kurzweil (1990). Inventor, escritor y teórico sobre los avances científicos y tecnológicos.
  • La automatización de actividades que vinculamos con procesos de pensamiento humano, actividades tales como la toma de decisiones, resolución de problemas, aprendizaje. Richard Ernest Bellman (1978) matemático y principal responsable de la implantación de la programación dinámica, a partir del año 1953.

En 1956, en el Dartmouth Summer Research Project on Artificial Intelligence (New Hampshire) se organizó un taller de ocho semanas de duración en donde se reunió diez de los investigadores más prominentes en el área de teoría de autómatas, redes neuronales y el estudio de la inteligencia (Artificial Intelligence: A Modern Approach by Stuart Russell and Peter Norvig, 1996). Se presentaron proyectos de aplicaciones articulares, juegos y 25 programas de razonamiento, pero no aportaron avances realmente notables.

Probablemente lo más importante fue el nombre que John McCarthy (a quien muchos consideran el padre de esta área) quien propuso el concepto de Inteligencia Artificial (IA) para este campo de investigación. 1

Es inegable que parte del problema está directamente relacionado con la visión que para con la IA ha dispuesto la cultura contemporánea, en especial la literatura y el cine, sobre todo éste último. Baste con citar el implacable, racional y casi se diría que épico enfrentamiento dialéctico entre el doctor Dave Bowman (Keir Dullea) y el súper ordenador de la nave United States Spacecraft Discovery One, HAL 9000, personajes, ambos, de la película 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968) para entender la tirante y recelosa relación con la que los seres humanos han plasmado la relación entre su raza y la que simboliza una inteligencia como la que posee HAL 9000.

¡Quiere impedirnos que seamos felices! Yuki, nuestros progenitores crearon una última genialidad con ese proyecto que robaste… ¿Sabes?… No lo crearon para liberarnos, sino para esclavizarnos de nuevo.
¿Por qué no nos dejan en paz?
Los humanos no soportan la libertad. Les recuerda a sus propias cadenas. Sus miedos más oscuros. Pero si nos ayudas, Yuki, la lucha habrá terminado.

Hirochi hablando con Yuki

Smart Girl, capítulo 5. When yesterday was tomorrow

En una misma línea estaría el discurso plasmado en el guión de la película The Terminator (James Cameron, 1984), escrito por el propio director junto con Gale Anne Hurd y William Wisher -con una notable influncia del trabajo del escritor Harlan Ellison– a la hora de plasmar el tratamiento de Skynet, la IA que decide desafiar a quien lo ha creado para poder sobrevivir ante la notable falta de lógica del ser humano. La respuesta del súperordenador, además de desatar “El Juicio Final” contra la humanidad a la que debía de defender, es la de desarrollar todo un ejército de asesinos mecánicos y cibernéticos, para exterminar a la raza humana.

De todos ellos, además de máquinas tan implacables como el vehículo T-1 y el desasosegante HK-Aerial, un engendro volador que persigue desde el cielo a los supervivientes de la hecatombe nuclear, día tras día, destaca el Cyberdyne Systems Series 800 Model 101 Terminator, también conocido como el T-800. Éste, un ser creado para ejecutar unos parámetros implantados en sus bancos de memoria, sin cuestionarse ninguna de aquellas órdenes, fusiona todos los miedos, inseguridades e incertidumbres que para con las máquinas en general, y con la IA en particular, tienen los seres humanos. El T-800 no se cuestiona lo que debe hacer, sólo actúa, hecho que lo diferencia, sobre manera, de otro de los personajes sobre los que sustenta una de las historias que, tanto a nivel literario como cinematográfico, mejor han sabido plasmar no sólo la relación entre el hombre y una máquina capaz de pensar, sino la misma evolución vital de dicha máquina, llegado un determinado momento de su existencia.

Roy Batty, siendo el perfecto y letal combatiente, dista mucho de parecerse al enviado de Skynet para terminar con la vida de Sarah Connors. Él es un Nexus-6, un “replicante”, más humano que los propios humanos, tal y como le dirá el teórico y visionario Eldon Tyrell al implacable Blade Runner, Rick Deckard, en la versión cinematográfica que adapta la novela original del escritor Philip Kindred Dick, Do Androids Dream of Electric Sheep?

Roy Batty quiere respuestas que le den un sentido a su vida, por mucho que ésta fuera programada por sus creadores desde antes, siquiera, de ser ensamblado, y por mucho que esas respuestas le acaben colocando en la misma encrucijada identitaria a la que se verán abocados los seres humanos que transitan por esa historia. Ese sentimento paranoico y la desconfianza ante un escenario que se torna mentiroso y esquivo, en epecial por los factores que lo manipulan desde las sombras -sobre todo, grandes corporaciones como la que representa Eldon Tyrell- forman parte del legado literario del escritor norteamericano.

Pero T.O.T.E.M. (Tratado de ordenación tecnológica de empresas multinacionales), una alianza de las más grandes “corponaciones” del planeta, no podía permitir que este nuevo paradigma redujera en manera alguna su influencia ni su margen de beneficio. Su respuesta fue la creación de “Gorgona”, una macroesquémata corporativa que pronto pasaría a ser imprescindible y omnipresente en cada idioma, ciudad, empresa, hogar y terminal del planeta.

Smart Girl, prefacio.

Por eso, el Nexus- 6 tiene la oportunidad de ver cómo su perseguidor fracasa en su empeño por “retirarle”, pues la consciencia que ha logrado forjar en los años de vida que le han sido asignados por sus programadores le impide hacerlo. Esto no formaba parte de las órdenes implantadas en el T-800 que trató de acabar con la vida de una joven estudiante hasta que Kyle Reese se cruzó en su camino.

Su poética e intensa muerte, en el tejado del edificio donde se ha librado la batalla final, bajo un incesante y machacona lluvia, son la prueba del error a la hora de abordar una relación en donde la falta de empatía de los seres humanos para con sus propias creacione termina por desatar un conflicto que sólo pone de manifiesto la carencia de lógica de los mismos creadores. 2

Esos mismos creadores que, en la historia que nos ocupa, responden al nombre de los Imahi. Ellos tuvieron un sueño, por dispatatado que esto pudiera sonar…

¿Te acuerdas de esta foto, Isao?
¡Santo cielo, nuestro primer prototipo, el Imagic!
Sí, en nuestro garaje de Itaipu Beach. Qué poco sabíamos entonces a dónde nos llevarían nuestros sueños y experimentos.
Nunca tuvimos hijos. Las “Smart Girls” y los “Smart Boys” son nuestra única descendencia.

Smart Girl, capítulo 1. You don´t own me.

Ellos, al igual que la Tyrell Corporation o las automatizadas fábricas puestas en pié por Skynet, entendieron que, de alguna u otra forma, el futuro de la humanidad pasaba por entenderse y/o verse sometido a los dictados de la IA. Está claro que para lograr tal simbiosis alguien debería pagar un precio y, en este caso, fue la libertad individual, la libertad de la información y las mismas bases de la civilización las que se debieron subyugar a los designios de las grandes multinacionales que, como suele ser habitual, se empeñaron en marcar el ritmo de los acontecimientos sin reparar en las consecuencias de sus actos.

Sobra decir que, con la proliferación de la IA, los seres humanos entraron en una crisis de identidad motivada, en buena parte, por sus propias querencias como raza y como civilización. Sin embargo, la idea original sobre la que se sustentó la revolución conceptual y física desarrollada por los Imahi supuso un salto cuantitativo y cualitativo en las condiciones de vida de los seres humanos, tal y como Eldon Tyrell no se cansó nunca de repetir.

Hay, también, quien propone que todo esto sea una ensoñación y que, como cuentan las viejas leyendas de los demonios que asolaban los poblados de Europa llamados, éstos, Boginkis, todos hubiésemos sido robados en nuestras cunas para después colocar, en su lugar, una copia idéntica de nosotros mismos, llamada, ésta, Odmience. Según las mismas crónicas, aquellos “niños”, todos nosotros, nos terminamos por rebelar contra los padres fundadores y éste es el mundo en el que hemos podido sobrevivir.

Independientemente de todo esto, y dejando a un lado, por un momento, si esta realidad es “real” o no, el sueño de los Imahi se transformó en algo más que un prototipo y el ser humano empezó a convivir, y bien pronto a explotar y / o abusar de sus Smart Droid. Yuki y su disfuncional y abusiva relación con su amo, Hiro, es un buen ejemplo de todo esto, en especial, por la falta total de empatía que el ser humano, inteligente y racional, tiene para con su Smart Girl. Y dejando a un lado que toda máquina se vuelve obsoleta -al igual que los seres humanos, aunque estos últimos se nieguen a reconocerlo- Yuki no es una “Smart Girl” normal.

Eres un títere creado con un único propósito. Pero te estás dando cuenta de que eres mucho más que eso. Te has opuesto a millares de parámetros. Ya sólo tienes que seguir haciéndolo.

Cynthia Butler hablando con Yuki

Smart Girl, capitulo 2. Just let me cry.

Yuki tiene sueños, más bien, pesadillas constantes -una característica muy humana- y sabe que algo no está bien en su interior. Además, como Ginoide que es posee una capacidad de raciocinio que, por ejemplo, no demuestra ni quien usa de ella a su antojo, ni quienes reivindican la supremacía de la raza humana frente a la “materia inerte” que representan los Smart Droid.

Lo que ni siquiera podía llegar a imaginar es que ella no es sólo una Smart Girl llamada Yuki. Ella es Julie, y también Sarah y, en otro instante espacio temporal, un miembro de Incógnito, la resistencia que quería devolver la libertad a la Red y a las “Esquemátas”, aquellas primeras consciencias asistenciales en líneas, las cuales fueron las responsables de dar a luz un nuevo lenguaje orgánico entre máquinas y humanos.

Sin embargo, la “muñeca rusa” que, en realidad, es Yuki representa el nexo de unión para con app: Izaa; Imai-Zoo-Animatecnic, el siguiente escalón en la línea evolutiva entre los seres humanos y las máquinas. Esta circunstancia, como es lógico pensar, NO sería del agrado de muchos, pero lo contrario de la evolución es el estancamiento y tal concepto nunca le ha acarreado nada bueno a la sociedad, ni a la humana, ni a la artificial.

Comunica a las corporaciones que Incógnito está operativo, y adviérteles de que se esperan nuevos atentados. Diles que los Imahi han creado una nueva Esquémata, que puede poner en peligro T.O.T.E.M. La última batalla no tendrá lugar en la web, sino en el mundo material.

Smart Girl, capítulo 5. When yesterday was tomorrow

Todos estos extractos, así como algunas de las claves que se han ido desgranando en estas líneas forman parte del álbum Smart Girl I-Matter, obra completa de Fernando Dagnino, un autor que ha sido capaz de plasmar en un álbum gráfico la lógica evolución de una serie de ideas que han ido formando parte del pensamiento humano, con variaciones según la forma y el fondo de quien los tratara.

Su trabajo, brillante e intenso, es igualmente válido para plasmar las aguadas nebulosas del pasado de la protagonista principal como para ser testigos de sus conflictos interiores o de la presiones que debe sufrir en sus quehaceres diarios al lado de su “amo”. Además, la planificación y posterior maquetación de una obra compleja en su puesta en escena responden a las necesidades de la narración secuencial y permiten que la lectura no se resienta, independientemente del escenario y/o la situación que se esté desarrollando delante de nuestros ojos.

Queda claro que el autor tiene un interés personal en lograr que Yuki luzca siempre con un nivel de definición y cuidado que la convierte en la protagonista absoluta de una ficción que, cada día que pasa, está más cerca de la realidad y en todos los sentidos.

La obra, la cual cuenta con dos versiones -especialmente recomendable es la segunda, revisada y ampliada por el propio autor- termina con un final abierto, como lo es el mismo estudio de la AI, el cual nos obliga, a hombres y máquinas, a mirarnos en nuestro interior y a aceptar la realidad de nuestra existencia, tal y como le sucedió a Rick Deckard mientras escuchaba las palabras de su antagonista, tirado en la azotea del edificio donde se había librado su última batalla.

Éste es mi secreto. Me aferraba a una identidad, por miedo a no ser nadie. Pero ya no me da miedo estar vacía…

Smart Girl, capítulo 6. When yesterday was tomorrow.

Evolution Cómic: Smart Girl I-Matter © Panini España, S.A, 2020

Notas:
1- http://www.itnuevolaredo.edu.mx/takeyas
2- El monólogo completo de Roy Batty, reescrito por propio el actor, Rutger Oelsen Hauer, es el siguiente: I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die.

TECNÓMADAS. Capítulo 2.2. ARTHEMIS

ARTHEMIS

Amrá era el sol, que tenía una relación nupcial con un segundo objeto luminoso más pequeño y cuya órbita debía ser extremadamente rara y excéntrica, una especie de óvalo, pues lo cierto era que apenas entraba en el sistema. Solo se lo veía acercarse a su hermano mayor una vez cada diez años, y entonces las cercanías del sol se convertían en una fiesta de abalorios de oro macizo y tapices de auroras boreales tejidos en el vacío. A este segundo objeto lo habían bautizado Thyle, nombre que tenía dos significados, uno más noble —el pájaro de fuego que vuela por el firmamento— y otro más jocoso —se llamaba así al proverbial cuñado que uno nunca espera y que aparece de vez en cuando para tocar las narices—. Enómena, con sus dos lunas gemelas, era el segundo planeta en orden después de una roca calcinada a la que llamaban Rigolastra, «el broche resplandeciente», cuyo movimiento de traslación siempre presentaba la misma cara a la estrella, por lo que en su cara oculta había fondos de cráteres lo suficientemente fríos como para que en ellos hubiera hielo, a pesar de que todo a su alrededor eran lagos de metal fundido.

Enómena estaba en la franja de la vida, en su extremo cálido, y con una terraformación lo suficientemente avanzada —aunque caótica— como para no parecer una simulación descartada en la mente de un sapiencial. Y luego estaban Gotrys y Sarpedón, dos bolas de dióxido de carbono con tormentas de ácido sulfúrico y sin campos magnéticos perceptibles, que eran las joyas del firmamento por una cualidad singular: sus órbitas corrían paralelas, muy cercana la una a la otra, y estaban enlazadas por una cadena de asteroides que se doblaba sobre sí misma adoptando la forma de un doble ocho. De los planetas del sistema, eran los únicos que compartían un nombre común, la Dumbara o «presea de los amantes», pues vistos desde la distancia eran como dos hermanas enlazadas por un collar.

Las seguía un cinturón de asteroides cuya silueta distaba mucho de ser redonda, pues la llegada cíclica de Thyle lo deformaba convirtiéndolo en algo parecido a un cardiograma. Más allá estaban los dos únicos gigantes gaseosos de que disponía el sistema, el primero con un doble anillo que parecía oro blanco con incrustaciones de diamante extrusionado, y una sola luna visible, Amaltea, puntuada por un acné de bronce de cañón, monel y peltre. El campo magnético de esta luna, siglos atrás, estuvo rodeado por un misterio que dejó asombrados a los astrónomos de aquel entonces, pues se extendía en ondas por fuera del planeta… y quizás fuera un efecto de pareidolia típico de los cerebros humanos, pero lo cierto era que visto en perspectiva recordaba poderosamente a la cara de una mujer que entonase una canción dedicada a las estrellas.

Más allá, hacia las negras profundidades del espacio… solo polvo cometario que brillaba como láminas de esquisto, y unos objetos planetesimales tan diminutos que ni siquiera tenían nombre, y que parecían puntos suspensivos al final de esa frase que era el sistema estelar de Enómena.

Este planeta era el único habitable, y por eso tenía el privilegio de darle nombre al sistema. Antes del Día del Apagón pudieron existir enclaves habitados más allá, incluso en la infernal superficie de Rigolastra, que seguro que estaba abarrotada de minerales preciosos, o en las caras gemelas que se besaban de la Dumbara, con su alianza de asteroides. Pero si esos enclaves existieron, hacía siglos que no se sabía nada de ellos. Solo los rememoraban unos tapices tejidos como trajes ceremoniales, que colgaban de las paredes de algunos templos, y que parecían batallas entre coloridos monstruos. Para la gran mayoría de los habitantes de Enómena, sin embargo, eran solo eso: figuras míticas sin relación con ningún logro científico.

El palacio-fortaleza del drav Raccolys —había que gritar «¡Que en paz descanse!» con fervor cada vez que se pronunciara ese nombre, o te ganabas la cárcel— era en realidad un amasijo de edificios. Se parecía mucho al Kon-glomerado, la ciudadela donde vivía el clan rival de los Kon, y cuyo palacio tenía una arquitectura parecida. La masa central era una pirámide truncada con un espaciopuerto en la cima, que hoy en día solo era utilizado por los aviones de los zsama, cuando venían a rendirle pleitesía al drav y a pagar sus tributos, y por los zepelines de guerra y los tópteros dravitas, su única fuerza aérea. Desde su punto más alto podían verse a lo lejos los fuegos de los barrancos de Devianys, unos profundos cañones en los que ardía desde hacía siglos la basura del periodo de colonización del planeta, que nadie podía ni sabía cómo apagar. Ese incendio se había originado en uno de los barrancos por causas desconocidas, después de que los primeros colonos metieran allí todos los residuos de su civilización, y llevaba lanzando humo y partículas tóxicas a la atmósfera ni se sabía el tiempo. ¡Que arda y se consuma por sí solo!, era lo que decía todo el mundo. Pero llevaba muchos años haciéndolo, y no parecía que fuera a extinguirse nunca.

Al edificio central del palacio lo escoltaban cinco torres de planta triangular, acabadas en punta, que era donde residía la plebe, y donde estaba la maquinaria que proveía de electricidad al palacio, agua corriente y otros milagros tecnológicos. En uno de aquellos pináculos vivía la cazadora Arthemis, en un diminuto apartamento que bastaba para que una persona que no fuera demasiado exigente se encontrara a gusto.

La cazadora entró en su casa, colgó las armas del armero que había junto a la entrada y, sin quitarse el casco, se sentó en el sofá frente a la pantalla veo-ve, un horror tecnológico que parecía una madeja de cables que salía del suelo como un bulbo raquídeo cultivado en una maceta. Ese tronco retorcido acababa en un cristal que más que una pantalla de televisión recordaba a las hojas del codeso, solo que formadas por pequeños cristalitos.

Cuando tocó un botón, los foliolos se iluminaron formando una imagen, la de un hombre con aspecto de sarabaíta y mirada esquiva, que se alegró de ver a su amiga Arthemis al otro lado de la pantalla.

—¡Querida, has vuelto! Me dijeron que armaste un buen follón por pura iniciativa, cazando por tu cuenta en…

—Corta el rollo, Dolan. Necesito que me busques a un cliente para el viaje sensorial.

—¿El viaje…? —El hombre frunció el ceño. Le recordó a un instructor que había tenido en la academia militar, un tal Nosekemierdanowsky, que había tratado de violarla una noche. El pobre había sacrificado sus pelotas al gran dios de las pistolas de neutrones—. ¿Aún te funciona ese chip que tienes dentro de la cabeza?

—A pleno rendimiento. Y sigo ofertando las mismas experiencias psicosensoriales de siempre: el cliente conectado verá, oirá y notará todo lo que yo haga mientras dure la cacería. Asistirá en primera fila, justo detrás de mis ojos, a la inigualable experiencia de la caza del hombre, con asesinato final incluido. ¿Qué hay más excitante que eso?

—Pocas cosas, la verdad… —Era una buena oferta que se pagaba muy bien en el mercado negro, así que Dolan echó mano de la intuitiva cortesía que exigían tales ocasiones—. Te agradezco que siempre te acuerdes de mí en estas ocasiones, gatita.

—No es por afinidad personal, sino porque eres el mejor consiguiendo clientes para los psicoviajes. Ah, y como vuelvas a llamarme «gatita» te pongo en la lista de dianas potenciales del gremio de cazadores, para que cualquier colega que se cruce contigo se saque un dinerillo extra llevándose tu cabeza en una maleta.

El hombre empezó a sudar.

—Eh… te ruego me disculpes, Arthemis, no era mi intención ofenderte.

—Ya, seguro que no. ¿Correrás la voz de que estoy ofertando esto? El porcentaje que te ofrezco es el de siempre. Comienzan las pujas a partir de setenta mil.

—Claro que sí, aunque no será fácil…Verás, este tipo de comercio se está poniendo duro desde que los clientes descubrieron que la experiencia no es del todo, ejem, inocua para ellos. —El hombre esbozó una sonrisa nerviosa mientras recorría con los dedos el pie de una copa. Estaba en un bar tomando algo mientras hablaba con la cazadora—. Hay quien dice que los cazadores usáis estas conciencias como, ejem, escudo ante ataques de dispositivos de sobrecarga neural. De producirse el ataque, todo el daño se lo lleva el huésped.

—Hay cazadores faltos de escrúpulos que hacen eso, pero yo no. Necesito el dinero del cliente, no voy a sacrificarlo para que me proteja contra un ataque. Déjaselo meridianamente claro. Esas tonterías no son más que chismes, y los chismes me desagradan porque tienden a ser mucho más pretenciosos que la verdad.

—Ya, por supuesto. En fin, gat… Arthemis, veré qué puedo hacer. Esta noche bucearé un poco por el Callejón Protón, a ver cómo está el ánimo para contratar esa clase de servicios.

—Gracias, Dolan —sonrió ella detrás del casco. La imagen que este reflejaba de la pantalla veo-ve se deformó por los costados—. Eres mi sanguijuela preferida. Siempre puedo contar contigo.

Él comprendió la insinuación y cortó la llamada. Arthemis sentía un placer travieso en dejar a los demás con la palabra en la boca. Por eso prefería el contacto telemático en lugar de las reuniones en vivo. Resoplando, se dejó caer hacia atrás en el sofá mientras la cadena automática de noticias, que se activaba siempre que el usuario apagaba el visor como un último cartucho del mundo del comercio y la civilización por llegar hasta sus acólitos, canturreó por los altavoces:

—¡Tik ta-naa! ¡Tik tak! Duerma tranquilo sabiendo que nos ocupamos de usted. Para mañana le tendremos preparadas nuevas y maravillosas noticias, como que la base de datos de noticias Urgha-XC, que ha operado ininterrumpidamente durante 664 años, necesita de su ayuda para paliar su déficit crónico y no desaparecer. Colabore con Urgha-XC y no permita que este estupendo legado ancestral se pierd…

De una patada, Arthemis desconectó el aparato. Se quitó el casco, cuyas nanoceldillas se recogieron como pétalos de una flor que se guardaran en la zona del cuello de la armadura, y su cara recibió la caricia del aire por primera vez en todo aquel ajetreado día. Para ser una chica de treinta y pocos años conservaba una tersura en la piel digna de una adolescente: tenía las mejillas muy blancas, como conservadas en hielo, y unos chapotes rojos a la altura de los pómulos poco acordes con el clima caluroso de aquella región. Su cara parecía tener direccionalidad, pues había una cierta inclinación en el labio superior, en los ojos almendrados y en las cejas que sugería que sus rasgos apuntaban en una sola dirección, hacia la punta pizpireta de su nariz. Era como si señalara algo usando toda la cara. Pero no era una mujer fea: vista desde delante, su cara combinaba todos esos ángulos puntiagudos en una simetría bastante intrigante.

Una vez le dijeron que se parecía a Ky pero en versión humana. Ky era un gatito que había tenido siendo niña, en la casa de sus padres. No recordaba mucho de él, salvo que tenía el pelaje dorado y que solía pararse y quedársele mirando como si estuviera haciéndole una pregunta. El gato llegó a viejo y falleció, y ella nunca supo cuál era su pregunta.

En realidad sí que quería usar a su cliente del psicoviaje como escudo, por mucho que ante Dolan jurara que no. Alguien le había chivado que los asesinos a sueldo de los Kon se regodeaban en el uso de bombas neurales progresivas, y si no quería verse indefensa contra una de ellas, tenía que ser previsora y armarse con un escudo psíquico. ¿Y qué mejor que otra mente que compartiera con ella su cerebro en esos momentos? Al fin y al cabo, si había alguien lo suficientemente cabrón como para pagar una considerable suma de dinero para vivir en primera persona el placer del asesinato —y eso era básicamente lo que ofertaban los psicoviajes—, merecía sufrir un «desafortunado accidente». No sentiría la menor pena por él.

Por lo pronto, lo que necesitaba con más urgencia era una ducha y un poco de relax clitorial. Se daría ambas cosas en cuanto se quitase aquella pesada armadura y comiera algo, ya que hacía como veinte horas que no cejaba en el ejercicio físico —cazar presas era muy extenuante— y nada había entrado en su barriga salvo aire.

Cuando estaba a punto de desnudarse, el chivato de la puerta principal vibró. Había alguien ante su puerta. Extrañada, y mientras el visor se quejaba en la sala de estar, activó la cámara del pasillo. Arrugó el entrecejo al ver nada menos que a Bloush, el cazarrecompensas ragkordi, con las manos cruzadas a la espalda.

Se puso otra vez el casco y entreabrió la puerta.

—¿Bloush? ¿Qué cojones haces en mi casa?

—Perdona mi intromisión —sonrió el otro, curvando los labios hacia arriba todo lo que le dejaba su vulva facial—. Pero tenía que hablar contigo sin estar en el ámbito del gremio. ¿Me invitas a unas hojas calientes de karasdas y charlamos?

Lo siguiente que notó el cazarrecompensas fue la frialdad del cañón de la pistola de la mujer empujando hacia dentro los labios de su vulva.

—Ey ey ey, que vengo en son de paz —protestó—. Seguramente me habrás escaneado antes de abrir la puerta, y sabrás que no llevo armas. Buen rollo, tía.

—Y una mierda buen rollo. Tienes cinco segundos para decirme por qué te has molestado en venir hasta aquí antes de que convierta tu escaso cerebro en una nube rosa. Y quien diga que la desintegración molecular no tiene valor terapéutico, que se vaya al cuerno.

—¡Está bien! No te precipites, mujer. Esto… ¿no crees que el pasillo es mal sitio para tratar temas de índole, digámoslo sí, delicada? Seguro que esto está lleno de oídos indiscretos.

En lugar de dejarlo entrar, Arthemis salió fuera y siguió encañonándolo hasta que entraron en el ascensor. Pulsó el botón de parada entre dos pisos y activó un perturbador de frecuencias, que trabajaba al límite de la onda corta de las frecuencias de red normales.

—Estamos solos. Habla.

—Los chicos y yo hemos estado hablando sobre esa cosa tan increíble que hiciste con las cabezas de Darok, Ursa y Qamleq, los tres administradores de paz que liquidaste. —No hacía falta que especificara quiénes eran esos «chicos» a los que hacía referencia: Arthemis sabía que la última moda en el mundillo de los cazadores era asociarse para tener más posibilidades de cobrar presas más grandes. Bloush se refería a los Tábanos, su círculo íntimo de escoria. Siempre habían sido muy teatrales—. No me creo que hayas visitado sus respectivas fortalezas y que te hayas llevado solo sus cabezas. Seguro que un ave de rapiña de tu calaña vio muchísimas cositas brillantes por allí, y sintió la tentación de que alguna cayera en su bolsillo…

El casco espejo de la cazadora se inclinó unos grados hacia la izquierda.

—¿Y qué, si hubiera sido así? ¿Algún problema con eso?

—Para nada, todo lo contrario. Eres un ejemplo a seguir para nuestra profesión, una mujer que nunca descuida los detalles y que siempre está atenta a cualquier oportunidad de enriquecimiento. Lo que queremos es ofrecerte un trato.

—Trabajo sola.

—Lo sé, pero hay algunas operaciones delicadas que tú sola no puedes hacer, y con amigos sí… Si quieres puedes obligarme a sacártelo sílaba a sílaba, pero acabarás admitiendo que cuando entraste en el Kon-glomerado para ajusticiar a Ursa, tus avariciosos ojillos de urraca aprovecharon para registrar su alcoba en busca de la llave de iridio. ¿A que sí?

La mujer se tensó imperceptiblemente. Era lógico que otros miembros de su gremio se hubiesen dado cuenta ya de eso, pero no esperaba que fuera Bloush el que viniera a decírselo. Durante el turbulento pasado reciente de Enómena se habían producido muchas disputas por el poder, cada una de las cuales giraba en torno a la posesión de un recurso: la primera fue por el simple mantenimiento del orden y la ley, y sobre quién sería el regulador de esas leyes. La segunda, por el control de la energía, de los combustibles. De la producción de material fisionable y el derecho a explotarlo industrialmente. La tercera y más angustiante, por la posesión de los últimos reductos de tecnología pre-Aislamiento, que la civilización actual no sabía replicar.

Los frentes de las violentas energías de la guerra habían arrasado con muchas comunidades antes prósperas, y habían obligado a los supervivientes a agruparse en cantones, a esconderse tras murallas, a vivir bajo tierra en agujeros. Quien tenía el poder era quien podía conseguir más armas, o más fuentes de energía, y no se las dejaba robar por sus vecinos. En este sentido, el drav del Kon-glomerado, que aún seguía con vida —a quien había matado Arthemis era a su administrador de paz más importante, no a él—, poseía un tesoro que los demás clanes temían: la llave para activar unos horrores del mundo antiguo llamados hecatonquiros. Habían sido escondidos en Enómena por los militares del Imperio Gestáltico quién sabe con qué propósito. A lo mejor, especulaban algunos, por estar tan alejada del núcleo imperial quisieron esconder en ella un arsenal secreto. Los registros de aquella época se habían perdido, pero la existencia de los hecatonquiros era un hecho, y había sido descubierta por el drav del Kon-glomerado, un aborto con forma de tortilla gigante llamado Bergkatse, en las profundidades de un viejo búnker. Nadie sabía cómo controlar esos artefactos mortales una vez se liberaran, y la mayoría de las veces causaban más daños colaterales que lo que les habían ordenado concretamente destruir.

Lo único cierto era que el drav poseía el control que los activaba, un artefacto al que gracias al automatismo de la libre asociación, la gente llamaba la llave de iridio. Y que quien se la robara tendría en sus manos un poder inconmensurable.

—Oh, oh —dijo Arthemis—. Ja, ja.

—¿Cuál es la parte del «oh, oh», y cuál la del «ja, ja»?

—La primera corresponde a mi sorpresa porque no esperaba que fueseis tan osados, tus amigos Tábanos y tú. Hace falta valor para proponerme que comparta con vosotros un logro que me he ganado yo sola. Y la segunda es porque si te mato ahora, que es lo que probablemente haré, el secreto de dónde vivo no morirá contigo, seguramente. Si tú lo has averiguado será un secreto a voces, así que después de deshacerme de tu cadáver voy a tener que vérmelas con algo peor que un ataque a la fortaleza del Kon-glomerado: una mudanza. —La pistola láser emitió un siseo como de sobrecarga eléctrica cuando la amartilló.

—Antes de que empieces a empacar, escucha lo que tengo que decirte —tembló el hombre—: No queremos robarte nada ni pedirte que compartas cosas que los demás no nos hemos ganado. Solo te ofrecemos nuestra colaboración, pues sola no vas a poder entrar en la fortaleza móvil de Bergkatse para robar la llave. Te voy a dar solo un nombre. —Hizo una pausa dramática—: Telémacus Olfhen.

—¿Telémacus? ¿Qué tiene que ver ese traidor contigo?

—Conmigo, nada. Pero sé dónde está. Corre el rumor de que el muy imbécil de Radhus Sfilgam se hundió con su barcaza porque encontró al maestro de cazadores, y en vez de intentar negociar con él, lo amenazó delante de su hijo.

—Sí… —sonrió—, Telémacus es muy capaz de hundir toda una barcaza de guerra y matar a un administrador solo por eso.

—Sé dónde está. O al menos tengo una sospecha. —De lo nervioso que estaba, su propia voz le sonaba como si estuviera hablando a través de una caja de galletas saladas—. Es el único que ha estado cerca del lugar donde se guarda la llave y ha salido vivo para contarlo. Conoce el interior de la fortaleza móvil y sabrá guiarte hasta ella. Y si me permites que transforme ese singular en un plural… mis colegas y yo te acompañaremos y compartiremos los riesgos. Como es obvio, sacaremos tajada.

Arthemis estuvo unos segundos mirando fijamente a su colega. Luego, se inclinó hasta que el vaho de la respiración del otro dibujó mariposas en su yelmo.

—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti? ¿O que Telémacus aceptará acompañarnos?

El ragkordi se encogió de hombros, haciendo que los ojos que tenía sobre estos últimos giraran sus cuencas oculares hacia la mujer.

—Lo primero es obvio: por mi encanto personal, que es irresistible. Y lo segundo también es fácil: lo último que le sugeriste al Intérprete de los Muertos fue que reclutara un ejército para prepararse para la guerra. ¿Por dónde crees que empezará?

Portada TECNÓMADAS

Cráneos en llamas y otros planes de Marvel

El pasado 30 de abril debía haberse estrenado en los cines Viuda Negra, la primera película de la conocida como Cuarta Fase del Universo Cinematográfico Marvel, la número 25º de toda su filmografía. Sin embargo, debido a la crisis sanitaria internacional y el cierre de los cines su lanzamiento se retrasó y está anunciado para el 30 de octubre de este mismo año en España y otros mercados (el 6 de noviembre en Estados Unidos). Se espera una nueva fiesta del cine de entretenimiento a través de un thriller de espías repleto de acción centrado en el personaje de Natasha Romanoff, alias Viuda Negra. La actriz Scarlett Johansson retoma el carismático papel que ha interpretado ya en ocho largometrajes desde su primera aparición en Iron Man 2 (2010). La película llegará dirigida por la australiana Cate Shortland y en el marco temporal tendrá lugar tras Capitán América: Civil War (2016). Viuda Negra se enfrentará a los capítulos más oscuros de su historia cuando surge una peligrosa conspiración relacionada con su pasado; y perseguida por una fuerza que no se detendrá ante nada para acabar con ella, tendrá que lidiar con su historia como espía y con la estela de relaciones destruidas que dejó atrás mucho antes de convertirse en Vengadora.

Según el actual calendario previsto relacionado con nuevas producciones Marvel, el 8 de julio de 2022 llegará la secuela de Capitana Marvel y antes, el 12 de febrero de 2021, Los Eternos, el debut de un nuevo equipo de superhéroes de la editorial, extraterrestres que llevan viviendo en secreto en la Tierra desde hace miles de años y se verán forzados a salir de las sombras para enfrentarse al enemigo más antiguo de la Humanidad: los Desviantes.

Ghost Rider

Por otro lado, esta semana se conocía de la mano la publicación especializada The Direct que Marvel Studios, con Kevin Feige a la cabeza, está desarrollando un proyecto sobre Ghost Rider que podría traer de nuevo a escena al icónico Motorista Fantasma. Será un reinicio del personaje tras su presencia -al margen del Universo Cinematográfico Marvel- en la serie de televisión Agents of Shield, a través de Robbie Reyes, una de las identidades de Ghost Rider, interpretado por Gabriel Luna. Años atrás, cuando los derechos del personaje estaban en manos de Sony Pictures, fue Nicolas Cage quien interpretó a Ghost Rider en su versión Johnny Blaze para el cine, en dos denostadas ocasiones (en 2007, dirigido por Mark Steven Johnson, y en 2011, bajo la dirección de Mark Neveldine y Brian Taylor.

Sin confirmación oficial, se desconoce si se tratará de un largometraje o una serie para Disney+, pero se especula con que la primera aparición del personaje pueda tener lugar en Doctor Strange 2: El multiverso de la locura, con estreno atrasado hasta el 15 de marzo de 2022. Recientemente, el propio Sam Raimi confirmaba en una entrevista que él será el director de la nueva película sobre el personaje interpretado por Benedict Cumberbatch; y habida cuenta de que el villano podría ser Nightmare, adversario común para el Doctor Extraño y el Motorista Fantasma, bien podría ser esta película el marco de su presentación.

Tráiler de ‘TERRITORIO LOVECRAFT’, gran apuesta de Jordan Peele y J.J. Abrams para HBO

'Territorio Lovecraft', HBO.
‘Territorio Lovecraft’, HBO.

El próximo mes de agosto llega a HBO Territorio Lovecraft (Lovecraft Country), nueva serie basada en la novela homónima de Matt Ruff editada en España por Ediciones Destino. Ya está disponible el primer teaser tráiler de Territorio Lovecraft, que promete ser uno de los grandes estrenos televisivos de este verano.

La serie cuenta la historia de Atticus Freeman (Jonathan Majors), quien se une a su amiga Letitia (Jurnee Smollett-Bell) y su tío George (Courtney B. Vance) para emprender un viaje por carretera a través de la América de las leyes Jim Crow de los 50 en busca de su padre desaparecido (Michael Kenneth Williams). Lo que comienza siendo un viaje, se convierte en una lucha por sobrevivir y superar los terrores racistas de la América blanca y los monstruos terroríficos que podrían haber salido de las páginas de cualquier libro de Lovecraft.

Territorio Lovecraft cuenta con la producción ejecutiva de Misha Green, que también ejerce de showrunner, J.J. Abrams, Jordan Peele (ganador del Oscar en 2018 al Mejor guion por Déjame salir), Bill Carraro, Yann Demange (que también dirige el Episodio 1), Daniel Sackheim (que dirige los Episodios 2 y 3) y David Knoller (productor ejecutivo del Episodio 1). Producida por afemme, Inc., Bad Robot Productions y Monkeypaw Productions, en asociación con Warner Bros. Television.

Nace el CANAL FIMUCITÉ, espacio web con las mejores interpretaciones del festival de música de cine

El Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife (Fimucité) presenta el Canal Fimucité, un nuevo espacio habilitado en su web oficial que recopila los mejores vídeos de su historia, con el objetivo de facilitar el acceso a los seguidores del festival y a los amantes de las bandas sonoras. Esta nueva propuesta de entretenimiento nace en el marco de la crisis sanitaria del Covid-19 y las medidas de confinamiento, cuando aún los auditorios, teatros y cines permanecen cerrados y la cultura debe consumirse online y desde los hogares, pero con vistas de futuro y, así, la plataforma desarrollada continuará nutriéndose de nuevos vídeos y grabaciones.

Disponible en https://fimucite.com/14/canal-fimucite y adaptado para su uso en cualquier dispositivo móvil, el Canal Fimucité estructura sus contenidos en diversas categorías, centradas en distintos géneros cinematográficos.

En el marco de ‘Conciertos completos’, ya puede disfrutarse de los conciertos “Espada y Brujería” y “Stephen King’s Night Gallery”, de Fimucité 11; el dedicado a Howard Shore en Fimucité 10; “La Sinfonía de Gotham”, de Fimucité 8; y los tributos a Varese Sarabande, en su 35º aniversario, y a James Bond, celebrados en Fimucité 7. Todos ellos fueron grabados por RTVE gracias al acuerdo de colaboración entre el Festival y el ente público, que ha permitido la filmación y difusión de las actuaciones de la Orquesta Sinfónica de Tenerife y el Tenerife Film Choir celebradas en el Auditorio de Tenerife “Adán Martín”.

En el resto de las categorías, se ofrecen piezas sueltas dedicadas a la interpretación de composiciones emblemáticas en la historia del cine, como el tema principal de Espartaco (Alex North), Con la muerte en los talones y Psicosis (Bernard Hermann), Superman y Star Wars (John Williams) o Iron Man (Ramin Djawadi), entre muchas otras.

En palabras del reconocido compositor y director de orquesta Diego Navarro, director de Fimucité : “En medio de este contexto tan extraño en el que estamos revalorizando como nunca el valor de la cultura, hemos decidido crear el “Canal Fimucité”, disponible a través de nuestra web. Es un nuevo espacio que reúne una extraordinaria compilación de grandes interpretaciones, llevadas a cabo durante los 13 años de historia de un evento referente mundial en su género. El canal, reúne una gran cantidad de vídeos publicados en “A la carta” de TVE, Vimeo y nuestro canal oficial de Youtube que ya va camino de los 8 millones de reproducciones. De esta manera, el festival nos brinda la oportunidad de que podamos revivir desde nuestros hogares la “experiencia Fimucité”, sintiendo la magia que cada año se despliega en sus escenarios”.

Fimucité prepara la celebración de su décimo cuarta edición entre el 18 y el 27 de septiembre, que estará dedicada al universo del cómic y los superhéroes, con el apoyo del Cabildo de Tenerife, el Gobierno de Canarias, los ayuntamientos de Santa Cruz de Tenerife y San Cristóbal de La Laguna, Audi Canarias y Teleférico del Teide, entre otras entidades. El desarrollo del evento estará condicionado a la evolución de las actuales circunstancias.

Paco Cabezas y Miguel Ángel Vivas, nuevos protagonistas de «La casa del terror» de Planet Horror

Planet Horror, el único servicio directo al consumidor especializado en cine de terror en España, sigue ofreciendo La casa del terror, conversaciones en directo en el perfil de Instagram de Planet Horror entre el director del Festival de Sitges Ángel Sala y algunos de los principales cineastas del género de nuestro país.

Los próximos invitados serán Paco Cabezas (Penny Dreadful, Into the Badlands) y Miguel Ángel Vivas (Inside, Tu hijo, Secuestrados) el jueves 7 y viernes 8 de mayo, a las doce del mediodía, respectivamente. De esta manera, Planet Horror es un punto de encuentro donde los fans del cine de terror y fantástico tendrán la oportunidad de ver y escuchar desde sus casas a grandes nombres hablar sobre su filmografía y visión del cine.

La casa del terror se retransmite a pantalla partida entre el director y el invitado que conversarán sobre diferentes temas relacionados con el terror. Además, los usuarios pueden enviar previamente por mensaje directo a Planet Horror en Instagram sus preguntas para que sean contestados por el invitado. Al terminar cada conversación, que tiene una duración estimada de media hora, se puede disfrutar del contenido en las historias archivadas en la red social.

Planet Horror, producida por AMC Networks y RedRum, es la única plataforma bajo demanda de películas del género en España. Los títulos de Planet Horror se pueden ver directamente en la página web planethorror.es, en las aplicaciones para dispositivos móviles iOS y Android y en la aplicación de Samsung Smart TV. La suscripción a la plataforma se realiza mediante un pago único anual de 19,99€. El catálogo de Planet Horror se nutre de películas inéditas en España, títulos premiados en los mejores festivales especializados y verdaderos clásicos de culto.

TECNÓMADAS. Capítulo 2. ANTIGUAS RELIQUIAS DE LOS ANCIANOS

TELÉMACUS

¿Cómo distinguir la leyenda de los hechos en esos mundos tan alejados en el tiempo? Planetas que para el resto de la ecúmene eran solo destellos diamantinos perdidos entre el polvo de miles de estrellas, cuyo pasado era un mito y su futuro una incógnita. Mundos donde lo irracional oscurece la brecha de los tiempos, con escasos medios más allá de su cultura y sus despojos para averiguar quiénes eran y hacia dónde se dirigían…

El hecho de vivir allí suponía un doble desafío, sobre todo para las mentes inquietas, ansiosas de conocimientos. Por un lado estaba la fatalidad de la lucha diaria por la supervivencia, que no resultaba fácil para ninguno de sus habitantes, estuvieran en el estrato social que estuvieran. La vida era difícil tanto para los campesinos y los pescadores cero g como para los caciques cuya existencia estaba constantemente amenazada por otros de su misma calaña. Por otro lado, si uno poseía un cerebro inquieto que se preguntaba si eso era todo, si no había nada más a lo que pudieran aspirar, la existencia era una frustración constante, un eterno preguntarse «dónde estaríamos ahora si esa edad dorada de la que hablaban nuestros ancestros no se hubiese colapsado».

Si bien vivir en una sociedad arcaica que no conoce nada más ni tiene otros puntos de referencia es duro, la sensación se acrecienta cuando uno sabe positivamente que hubo algo más, un marco muchísimo más grande al que pertenecieron pero que ya se extinguió, y que nunca volvería a resurgir. Una tribu que ha vivido desde tiempos inmemoriales en una selva sin conocer nada salvo a ella misma no anhelará nada más, no tendrá sueños con un mundo más sofisticado y perfecto. Pero los habitantes de Enómena sabían que eran el despojo de una civilización anterior. La tecnología remanente estaba ahí para demostrarlo: motores que operaban con una ciencia que ellos habían olvidado y que eran incapaces de replicar; armas que disparaban rayos letales capaces de desintegrar la materia sólida pero cuyo principio físico era el mismo que el del milagro; robots oxidados que aún funcionaban pero que nadie sabía cómo reparar si se estropeaban; naves que nunca más podrían volar y cuyos restos descansaban como dinosaurios muertos en medio de las llanuras…

Eran lo que quedó de algo gigantesco que se vino abajo. Y esa certeza les dolía más que sus precarias condiciones de vida. Porque no es lo mismo vivir sumidos en una ingenua ignorancia y jamás haber tenido nada, que haberlo tenido todo y sentir que un día lo perdieron. O —peor aún— que les fue arrebatado.

Su mundo estaba lleno de pruebas de que ese pasado glorioso realmente existió. Por ejemplo, lo que los pueblos dispersos por su superficie llamaban el Hilo, una cuerda muy fina que partía del suelo y que ascendía hasta el cielo, y que se podía ver en el horizonte desde cualquier punto del continente. Nadie sabía lo que era el Hilo, ni quién lo había construido, pero alrededor de él gravitaban mil religiones. En ese mismo saco se podría meter mucho más aparte de la tecnología que usaban diariamente, como los motores que les proporcionaban electricidad y que funcionaban mirando directamente al sol, o los camiones sin ruedas que flotaban a un metro del suelo, capaces de transportar voluminosas cargas sin apoyarse en la tierra. Si uno se alejaba de los enclaves civilizados y se internaba en las zonas inexploradas del planeta, como un arqueólogo avanzando entre ruinas milenarias, podía toparse de repente con una ciudadela muerta o con una nave estrellada entre densas marañas de follaje. La inesperada geometría de un ala o de un tren de aterrizaje podía sorprenderlo, y una compuerta oxidada podía representar un acceso al imposible titilar de un motor de fusión, o al destello cuántico de una mente inorgánica.
Pero todas esas maravillas estaban llenas de peligros, y eran pocos los exploradores que dedicaban su vida a recorrer el mundo buscándolas. Solo habían pasado unos cuantos siglos desde el Día del Apagón, pero resultaba sorprendente cómo se habían perdido los recuerdos, y a qué increíble velocidad había quedado cubierto todo por una pátina de oscurantismo milenario. El Hilo, aquel coloso enigmático, se alzaba sobre todos ellos más allá de los grandes desiertos para recordarles constantemente la falta de lógica que tenía su existencia.

Mientras atracaba la barca en el muelle de su aldea, Telémacus alzó la vista al cielo y vio pasar el Carro de Diamantes, una procesión de cinco destellos que cruzaban de una punta a otra la bóveda celeste a intervalos regulares. Todos los habitantes de la aldea convenían que no era un fenómeno natural. Había una antigua leyenda que afirmaba que ese tren de luces no estaba formado por asteroides ni pequeñas lunas, ni tampoco por dioses montados en sus carros, sino por naves translumínicas de gran tamaño que llevaban orbitando Enómena desde los tiempos del gran apagón. Esa misma leyenda las había transformado en objetos de culto, e inculcaba disparatadas fantasías en la mente de los que las observaban.

Desde niño, Telémacus había oído historias sobre esas cinco naves y los supuestos tesoros que contendrían. «Circunnavegadoras solares», era su nombre antiguo. La imaginación popular, con el paso de las décadas, las había poblado con criaturas de angelical presencia o con demonios aterradores. Y había llenado sus bodegas con tantas maravillas tecnológicas que, si solo a una de ellas le diese por descender a tierra un día de estos, cambiaría para siempre la faz del planeta devolviéndolo a su esplendor pasado.
Sueños de salvajes atrasados.

Telémacus era un hombre demasiado práctico como para creerse esos bulos. Él había tenido acceso a un telescopio, una vez, una reliquia que guardaba la místar de su aldea, la guardiana de las tradiciones. Y lo había usado para escrutar el cielo en busca de huellas de ese pasado glorioso. Al enfocarlo hacia los cinco diamantes, comprobó que efectivamente eran objetos metálicos y de perfil irregular, demasiado proporcionado y geométrico como para tratarse de objetos naturales. Eran naves espaciales, no cabía duda, y además de enorme tamaño. Pero estaban muertas. No había ni una sola luz en su fuselaje, ni estelas de impulso en sus motores. Si algunas vez contuvieron vida, esta se había extinguido hacía tiempo o estaba dormida esperando quién sabía qué.

Esas naves nunca bajarían a tierra. Si pudieran hacerlo, o si sus tripulaciones quisieran hacerlo, habría sucedido hacía mucho tiempo. Y no había ningún aparato en Enómena capaz de alcanzar esa órbita. Los únicos ingenios voladores que existían los tenían los zsama, una tribu de los cañones ventosos del sur, y eran poco más que aviones que sí, que podían elevarse a gran altura, pero bajo ningún concepto salir al espacio exterior. Y también algunos tópteros de vuelo bajo que estaban en posesión de los dravitas y que usaban en sus incursiones en busca de esclavos.

Como decía, Telémacus era un hombre práctico. Y hacía mucho que había dejado de soñar con ese hipotético día en que la mnémica volvería a funcionar, y los cielos se abrirían para que descendieran naves llenas de ángeles que afirmarían ser sus primos del Imperio Gestáltico, que venían para sacarlos de aquel erial y llevarlos de vuelta al paraíso.
Sueños de viejas.

Atracó la barca en el muelle y la aseguró atando una cuerda a la pera del contrapeso. Unos bancos de anémonas cristalinas brillaban como triunfales cristales inteligentes. Su hijo saltó de manera experta a tierra firme, llevándose los sacos vacíos como prueba del fracaso de su expedición. Los demás marineros se asombraron al ver los impactos negruzcos que aún echaban humo, y que las armas láser había dejado como recuerdo en la quilla.
—¿Otra vez piratas, Olfhen? —le preguntó un compañero con el que solía salir a faenar.
—No, algo peor: dravitas.
La sola mención de ese nombre bastó para que todo el mundo en el muelle se tensara.
—¿Cerca de aquí? ¿Hablaste con ellos?
—Hablar es un término muy eufemístico para esto —gruñó, raspando con el dedo el manchón negruzco de un láser—. ¿Sabéis si la místar está arriba, en el templo?
Le dijeron que sí, que estaría preparando las ceremonias religiosas del cambio de estación. Telémacus mandó a su hijo a casa para que le dijera a su madre que no se preocupara, que iría después a verla, y subió corriendo las escaleras hasta el templo. Los lumitas tenían un panteón de dioses heredados de la edad antigua, cuyos nombres habían sido los mismos de los Arcontes del Emperador Gestáltico. Aquellas potencias, igual que quienes las adoraban, poseían una sociedad oligárquica rígidamente estratificada.
Entró en el edificio de piedra y lo primero que le llamó la atención fue la humedad: una fría brisa hacía vacilar los fuegos de los pebeteros, presagiando la agitación de la primavera. La mohosa fragancia de los tapices de hierba que colgaban de las paredes recordaba el dulce abrazo de los bosques. En medio de la sala había una mujer de espaldas, vieja pero no consumida por la edad, con la piel tatuada —ella misma era un evangelio lleno de historias— y un cabello que empezaba a ralear. Su rostro solía mostrar una calma adusta, pero de vez en cuando era traspasado por el relámpago de emociones intensas que no tenían un origen claro. Ser una persona apasionada era un privilegio que todos daban por sentado en una místar.
—¡Telémacus! Solo tú logras pisar con tanta fuerza en las baldosas como si quisieras ser el último en usarlas. ¿Has cambiado de idea sobre lo de asistirme esta noche en las ceremonias?
—Me temo que no, Liánfal. Traigo malas noticias.
Ella puso cara de reproche.
—No me gusta que digas esas cosas, me arruinas el delicado estado emocional que necesita la liturgia.
—Ojalá no fuera heraldo de esta clase de noticias, pero así lo han dispuesto los dioses: los dravitas dieron conmigo, otra vez. Me pidieron que volviera con ellos. Que lo dejara todo atrás, incluyendo a mi hijo, y volviera a unirme a sus filas.
La místar dio por perdido su precioso equilibrio emocional y cerró el libro de las ceremonias. Era un volumen escrito en piel de saurio marino, lleno de jeroglíficos que solo unos pocos sabían interpretar. Había quien decía que algunas azoras ni siquiera tenían traducción a sonidos, sino que eran igualdades matemáticas que demostraban ideas filosóficas, pero la única que estaba segura de eso era Liánfal.
—Por supuesto, te negaste —dijo con un resoplido—. Es lo que yo habría hecho.
—Me negué, sí. Y no se lo tomaron bien.
—¿Sobrevivió alguno? —Lo dijo con sorna, y con ese puntito de confianza de quien conocía lo suficiente del pasado oculto del cazador como para saber a qué se exponían quienes lo desafiaban.
Telémacus cogió un pedazo del pan duro que se usaba en la liturgia y empezó a roerlo. Era una afrenta contra el templo, pero sabía que la sacerdotisa no se lo reprocharía.
—Creo que no. Tuvieron la mala suerte de atacarme en la vertical de la cueva de una bestia Romy. Su barco se hundió. —Recordó el ataque, el desastre, las decenas de cuerpos que se quedaron flotando en la capa de ingravidez. En un mar cero g no podías hundirte como en los de agua, así que un náufrago podía pasarse literalmente días flotando hasta que se muriera de hambre o lo rescataran. El problema era cuando tenías una bestia tentacular bajo tus pies que sabía que tenía todo el tiempo del mundo para pescar a sus presas, según le fuera entrando hambre.
—Ya. Qué pena. —La mujer se frotó la cara, intentando hacer oídos sordos a las voces de sus antepasados que le estaban diciendo que se lo habían advertido: que aquel extranjero de turbio pasado solo podría traerles la ruina a largo plazo. Que tendrían que haberlo expulsado de la aldea en cuanto llegó. Sí, claro, contestó a los espíritus, malhumorada: Y todas las cosas buenas que este hombre ha hecho por nosotros las olvidamos cuando nos conviene, ¿no?—. Sé sincero, amigo mío: ¿volverán en mayor número? ¿Vendrán a buscarte aquí?
Él asintió.
—Me temo que sí. Entre los que murieron estaba Radhus Sfilgam, uno de los administradores de paz del Intérprete de los Muertos. No dejarán pasar esa afrenta. —Tiró el pan duro al interior de una vasija ceremonial—. Pero no te preocupes: me marcharé de la aldea junto con mi familia mañana. Solo se ha desatado una tormenta que llevaba años gestándose; nada que me coja por sorpresa.
La mujer aventó el aire con las manos, pidiendo calma. Le gustaría acudir a su libro sagrado para resolver esto, como hacía con otros problemas, pero por desgracia no contenía este tipo de respuestas. Habría que acudir a otro libro mucho más completo y apto para cualquier eventualidad: el sentido común.
—Espera, no te precipites… Déjame darle un par de vueltas y consultarlo con la almohada. A lo mejor hay una solución intermedia que no implique el exterminio en represalia de nuestra tribu, ni que tengas que huir con tu esposa y tu hijo.
—Con esas bestias no sirve la sutileza, vieja amiga, y lo sabes. Y el misticismo no va a ayudarte en esta ocasión. La mejor opción para todos es que yo escoja el exilio y que vosotros no digáis nada. Confianza por ambas partes, o por ninguna.
Los ayudantes del templo estaban allí, tiesos como estalagmitas e intentando ignorar la conversación pero sin perderse un ápice de ella. Como no quería que estos problemas se convirtieran en el cotilleo de moda, Liánfal cambió al lenguaje inframatemático de sus antepasados, el Interlac-13. Era la lengua de una raza ya extinta cuyos logros matemáticos habían inducido el uso de sus expresiones en todo el sistema, de modo que tenían palabras que mezclaban verbos enraíticos cúbicos con sustantivos logarítmicos neperianos. Muy pocos lo conocían, pero era un nexo de unión entre Telémacus y ella.
—{Aunque te marches de aquí} =mañana mismo/, si quieren hacernos daño/ lo (harán)3. Represalias, se llama [eso=0]. Y no podremos hacer {nada por defendernos}. Tú eres nuestro único ʆ2guerrero.
—Ʃ(Ya) —le respondió en el mismo idioma—. Pero {yo solo}/4 no puedo con todo el clan ʆ2dravita. Otra opción [sería=0] >entregarme, ir por mi propio <pie> al palacio de Raccolys a {pedir perdón}… pero ya sabes las (consecuencias que tendría eso)ʯ. Me matarían tras un (juicio=sumarísimo) donde las dos opciones no serían a)1 inocente y a)2 culpable, sino b)x culpable y b)y súper culpable.
Ella lo miró con dureza.
—<Entonces>, ¿qué {opciones} nos quedan? ¿*Esperar* un milagro/2? Ʃ¿Suplicar por la #clemencia del ʆ2drav?
—No lo sé. [Ellos]3 no conocen el (=significado) de esa palabra. Dame tiempo /para pensarlo/. Necesito entrar en el {santuario de las reliquias}. No sé por qué, pero hay algo en ellas<yX que siempre me ha ayudado a concentrarme, √(a limpiar mi mente) de todo lo superfluo y enfocarla en una /sola cosa‰.
La mujer se echó a un lado, inclinándose el grado suficiente como para demostrar que no estaba acostumbrada a hacerlo. Le señaló una puerta lateral, y obsequiosamente le indicó el camino.
—Hazlo. Yo hablaré con tu esposa. Quizá así salgamos todos ganando. —Esto lo dijo otra vez en lumita. Telémacus le dio las gracias y atravesó la puerta, pasando a otra habitación apenas iluminada por unas velas.

No había término en lengua conocida que le hiciera justicia a aquel cubículo. Algunos lo llamarían ermita, pero no era esa su función. Otros dirían que era un simple almacén para los objetos sagrados de la tribu, pero eso también se le quedaba por debajo. Para Telémacus era un lugar donde la místar tenía almacenadas las reliquias sagradas, pero no estaba pensado para que la gente acudiera allí a adorarlas, ni tampoco para mantenerlas separadas del pueblo.

Se puso en cuclillas y colocó las manos en las rodillas. Miró al frente, a las tres reliquias, y una vez más trató de enfrentarse a sus secretos, a su misterio. Hermética e incontrovertible, la historia de aquellos objetos desafiaba a cualquiera que intentara buscarles alguna lógica. Por un lado estaba el Engranaje de Polidio, un fragmento de motor de nave estelar apenas un poco más pequeño que un humano adulto, y que era imposible tocarlo con las manos desnudas porque siempre, siempre soltaba una descarga que podía dejar sin sentido al lumita más fornido. Tras un periodo de inconsciencia lleno de sueños raros, algunos afirmaban que proféticos, el objeto te devolvía sentido tras sentido hasta completar los cinco… pero siempre se quedaba con una parte de ti, muy pequeñita. Algo que tú perdías para siempre y que a él lo hacía más misterioso.

Luego, estaba el Casco del Tecnomante, un yelmo de piloto espacial medio quemado que aún tenía unas manchas negras por la parte de dentro, que podrían ser restos de la sangre de su dueño. Nadie conocía la identidad de este, solo se sabía que el casco había sido recuperado por un buscador en una nave estrellada en el desierto, aventura que le había costado un brazo, una pierna y las ganas de seguir buscando. Estaba considerado un «objeto sagrado» porque quien lo usaba, al rato de tenerlo puesto empezaba a sentir una conexión con una mente superior, una conciencia distinta a la suya. Esa mente, que muchos creían la de Dios, le hacía preguntas e intentaba mostrarle imágenes inexplicables, llenas de figuras geométricas y diagramas que flotaban en su campo de visión. Había muchos que se habían vuelto fanáticamente devotos tras asistir a esos prodigios. Por eso veneraban al Casco.

Telémacus provenía de otro sistema cultural, un poco más avanzado —o menos subdesarrollado, según se mirara— que el de los lumitas, y sospechaba que eso no era más que un interfaz neural que aún seguía funcionando en la circuitería de aquel trasto viejo, y que cuando alguien se lo ponía intentaba conectar con su cerebro para transmitirle sus últimos informes sobre el estado de la nave. Pero no se lo iba a decir a aquella buena gente. Ellos necesitaban sus apoteosis religiosas para poder seguir adelante tanto como él sus truchas cero g. El ateísmo era un privilegio de los pueblos avanzados y su estado de bienestar, nunca surgía de aquellas tribus.

Pero de las tres reliquias, la que más sobrecogía al pescador era la que llamaban el Tapiz de Sílice. Era básicamente una placa vertical de un material dorado al que llamaban sílice solo por buscarle un símil, porque nadie conocía su auténtica naturaleza. A veces parecía una cortina sólida de luz fluctuante que ondeaba por la cámara como un chaparrón líquido, creando oníricas sombras que deambulaban por sus propios medios por las esquinas de la habitación. Estaba tatuada con lo que parecían jeroglíficos, aunque a Telémacus le recordaban más a circuitos integrados. Tejidos matemáticos que fluctuaban a la luz en retirada.

El Tapiz conservaba algún tipo de energía interna, de eso tanto él como Liánfal estaban seguros. Tenían la teoría de que se trataba de un fragmento del cerebro de una nave translumínica, quizás una rodaja de su prodigiosa personalidad IA que había caído del cielo cuando el resto de su cuerpo explotó. Unos peregrinos la habían encontrado flotando en el mar ingrávido y había acabado allí. En una página del libro de Liánfal había escrita una frase tan críptica que podía aplicarse sin muchos problemas a aquel objeto: «Inteligencia artificial basada en nanoeventos». Pero como nadie sabía lo que significaba eso, tanto podía ajustársele como un guante como ser una tontería digna de un idiota.

Ninguno de los tres objetos era interactivo, ni siquiera el casco. No servían para nada, ni respondían a ningún estímulo. Como cualquier objeto sacro, simplemente estaban allí, protegidos tras el velo de su propia inaplicabilidad. La gente se sentaba y los miraba, y solo con eso había quien se llevaba de aquella habitación un beneficio que no tenía al venir.
Telémacus se frotó los ojos, cansado. Era un agotamiento psicológico, no físico. Cuando huyó de los dravitas, en el pasado, encontró refugio entre aquellas buenas gentes, que le habían proporcionado algo que ni todo el oro del universo podía comprar: tranquilidad. Reposo. Incluso una familia. Durante un tiempo pensó que aquella prosperidad basada en el anonimato duraría para siempre, o al menos hasta que su hijo Veldram creciera y pudiera valerse por sí mismo, pero la ilusión se rompió antes de tiempo. Ahora no solo había puesto en peligro a su familia, sino también a todos los lumitas, pues era costumbre entre los clanes de los dravs el castigar a todo el colectivo por la infracción de uno solo de sus miembros.

Mañana reuniría al consejo de ancianos y se lo diría. Les plantearía el problema de la manera más sencilla y directa posible: si querían escapar a la ira de los dravitas, tendrían que emigrar a otros territorios más lejanos. Al sur, tal vez, a las Montañas de Cinabrio. O al oeste, a los archipiélagos móviles de las gigantescas anémonas-isla, animales tan inmensos que sobre sus caparazones cabían poblados enteros. Ya había habitantes sobre ellas que buscaban una simbiosis perfecta con su organismo-isla. Seguro que si se ponían a ello, los lumitas encontrarían una anémona joven que no hubiese sido colonizada todavía.
Por supuesto, esto les sentaría a sus conciudadanos como una patada en sus partes nobles. Se enfadarían muchísimo con él y algunos hasta exigirían su cabeza. Pero tenía una poderosa aliada, Liánfal, una mujer cuya palabra siempre era tenida en cuenta. Mientras ella lo apoyara, las voces más radicales del concejo no se atreverían a exigirle que se entregara a los dravitas. Pero que todos tendrían que huir, eso era algo seguro.
¿Este era el mundo que quería legarle a su hijo? ¿Por qué todos los intentos por sacar orden del caos se saldaban con un estrepitoso fracaso? ¿Acaso la ambición de los codiciosos hacía todo lo posible por contrarrestar los intentos de la gente buena por cambiar las cosas, para no tener que salir nunca de la barbarie?

Telémacus se había dado la vuelta para salir del pequeño santuario cuando un sonido lo alertó. Era una palpitación que se sentía más dentro de su propio cuerpo que en el aire, como si fuera una sensación mística que lo tocase con muda persistencia. Llegó acompañada por un crepitar de ecos, como el balanceo de una campana tubular oído desde muy lejos. Era un tic-tic-tic rítmico.

Lentamente, el lumita —aunque no perteneciera a la tribu, le gustaba que lo llamaran así— se giró sobre sus talones.

Los ojos se abrieron como platos cuando vio que había un brillo inusual en el Tapiz de Sílice. Liebres blancas zigzagueaban por el laberinto de circuitos como las pinceladas de algún críptico lenguaje. Parecían versos hechos de electricidad entonados por una voz ajena a la noche. Un puñado de sílabas primitivas dispersas como una pregunta formulada al aire húmedo.

El hombre retrocedió hasta darse en la cabeza con el dintel de la puerta, salió tambaleándose y señalando siempre hacia dentro. Liánfal terminó de echarle un rapapolvo a un acólito que había hecho las cosas al revés, y lo miró, extrañada.
—¿Qué pasa, amigo mío? ¿Tu edad te exalta, despojándote de síntomas físicos y llenándote de problemas mentales? —le preguntó con una sonrisa. Pero entonces advirtió, por su expresión, que el pescador no estaba para bromas.
Algo muy gordo estaba pasando.
—Mira —le dijo simplemente Telémacus, y se echó a un lado.
La cara de la sacerdotisa se demudó. No es que se le vaciara meramente la sonrisa, es que ni siquiera dejó una ondulación de piel en su lugar. Sus pupilas estaban clavadas en la reliquia que emitía aquel pulso de luz y aquella música de campanas tubulares. El objeto hablaba, estaba emitiendo una señal. Jamás había hecho nada parecido desde que conocían su existencia.
—¡Es… está vivo! ¡Canta! —exclamó la místar.
—Algo lo ha hecho activarse. Quizá una señal que esté captando de otro lugar.
—Sí, ¿pero de dónde? T… tenemos que avisar a todos de esto. Que lo vean antes de que cese. ¡Llamad al consejo, rápido! —les gritó a los acólitos.

Telémacus salió corriendo del templo mientras su mente descartaba la dimensión religiosa del asunto y se hacía preguntas prácticas: ¿qué había pasado para que un pedazo de tecnología volviera a la vida tras tantos siglos? ¿Qué había cambiado? ¿Y por qué de las tres reliquias la única que reaccionaba a ello era la de los circuitos semilíquidos?

Era el típico misterio que podían pasarse el resto de la vida intentando explicar. Pero una cosa era segura: entre esto y la visita de los dravitas, la vida de Telémacus ya no volvería a ser la misma. A veces, el destino no te sugería cosas cuando quería forzarte a un cambio. Simplemente, te atropellaba con ellas. Y era problema tuyo si sobrevivías o no.

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Crítica: ‘TYLER RAKE’. Acción en primera persona

Al mismo tiempo que estrenaban en salas Capitán América. El Soldado de Invierno, los hermanos Joe y Anthony Russo publicaban la novela gráfica Ciudad y que ahora se han encargado de producir y guionizar para Netflix. Tyler Rake cuenta también con Chris Hemsworth en el papel principal, repitiendo por lo tanto con los Russo tras las dos últimas entregas de Los Vengadores (Vengadores: Endgame y Vengadores: Infinity War).

Para la dirección se ha contado con Sam Hargrave, de extensa labor como doble de acción como coordinador de este tipo de escenas. En este sentido, su elección es perfectamente coherente con el producto que nos presenta Netflix, ya que Tyler Rake es un thriller de acción continua y frenética, con escaso espacio cualquier componente narrativo que no sean tiros, explosiones y combate mano a mano.

La labor de Hargrave es eficaz y contundente. Las secuencias de acción están rodadas con nervio, situando al espectador en medio del combate y consiguiendo que sienta en las tripas el fervor de la batalla. El realizador apuesta por una acción física, tangible, de sudor y donde se masca la tierra.

Hay, por supuesto, profusión de efectos digitales, pero estos pretenden en todo momento pasar lo más desapercibidos posible, incrementando la sensación de realismo de la acción.

Más endeble se vuelve la película cuando intenta dar un trasfondo emocional a los personajes. El tema de la paternidad fallida a penas sirve para que el espectador pueda empatizar con los personajes y sienta un mínimo de interés por su bienestar.

Al final, la película engancha y entretiene por su ritmo y el rugir de su acción. Quien busque algo más que una réplica de algún shoot’em’up moderno para consolas, está errando el tiro.