Crítica “VENGADORES: INFINITY WAR”

0
1038

Las guerras, todas las guerras, son aberrantes por definición. Representan -no importa el pestilente rincón del universo en donde se desaten- un nuevo fracaso en el desnortado devenir de las civilizaciones y una sangrienta victoria, otra más, de la irracionalidad sobre la cordura.

Si, por añadidura, esa contienda está desatada por el megalómano y genocida cósmico por excelencia, ese ser conocido como Thanos, todo aquello que siempre suele acabar mal -todas las guerras lo hacen, no importa quien las gane- lo hará aun peor, mucho peor. Sólo faltaba que el destructor de civilización, aquel que fuera tentado por la misma muerte en su juventud, recalara en nuestro planeta en busca de las gemas aún por descubrir del no menos demencial, destructivo y manipulador Guantelete del Infinito.

Claro está que, en nuestro planeta, lleno de personajes tan autodestructivo y desalmados como cualquiera de las hordas encabezadas por los lugartenientes del titan loco, la búsqueda de dichas gemas no debería suponer ningún problema. Sin embargo, y para sorpresa del propio jerarca alienígena, la Tierra también esconde seres que son capaces de asumir una responsabilidad superior, sin dejarse llevar por los inverosímiles planteamientos que dominan la existencia de la mayoría de las personas que pululan por el orbe. Y serán todos esos seres, los cuales entienden que ha llegado la hora de asumir que son ellos la última línea de defensa del mundo -de este mundo o de cualquier otro masacrado por Thanos- quienes representen el mayor escollo para las pretensiones del recién llegado. Como en toda contienda, no están todos los que son, pero los que están representan a la mayoría de los héroes, sean éstos humanos, alienígenas, antropomórficos, mitológicos o artificiales, que siempre se han antepuestos a personajes de la misma catadura moral que el Dione de Titán.

Para algunos, Thanos representa el final de un camino que comenzó hace ya una larga década, tiempo más que suficiente para poder enfrentarse a todos esos fantasmas que terminan por asediar la existencia de los seres humanos, sobre todo cuando se ha pasado por tantas y tantas tribulaciones. Para otros, Thanos es el punto de inflexión, es la línea que hay que trazar si se quiere encontrar la coherencia o la excusa para poder cerrar aquellas heridas que se resisten a dejar de sangrar, sobre todo por la irracionalidad de sus semejantes. Atrás quedan las guerras civiles entre quienes juraron defender un mismo ideal y, quien no esté dispuesto a aceptarlo, mejor que de un paso atrás, ante la amenaza que sobrevuela nuestras cabezas.

Quizás en otra circunstancia, los hechos y sus consecuencias se hubiesen desarrollado de otra forma, pero, sin un conocimiento previo del enemigo, planificar una defensa es harto complicado y más cuando el tiempo juega en contra tuya. Hubiese estado bien que, antes de enfrentarse con Thanos, el grupo de resistentes hubieran hablado con Gamora o con Nébula, “hijas” del homicida sin consciencia y conocedoras de los excesos y de toda la sangre que ha derramado su “progenitor” a lo largo de sus correrías por el universo. A buen seguro que, de hacerlo, las cosas no se hubieran hecho de la forma que se hicieron, pero, como luego se expresó Stephen Extraño, señor de las Artes Místicas, no había otra solución.

La frase, lejos de paliar el amargo regusto que invade la consciencia de quienes aún permanecen en pie, sólo sirve para inundar el cuerpo y la mente de una angustia que tardará mucho en desaparecer. Thanos estaba equivocado. No existe equilibro detrás de la destrucción, sino todo lo contrario.

Ellos, como todos los que asistimos a esta suerte de tragedia contemporánea, desarrollada a lo largo de diez años y dividida en varios actos -según quien la protagonizara- ignorábamos que las cartas estaban marcadas desde el mismo día en el que se repartieron y sólo hacía falta que llegara Thanos para ser conscientes de tan elaborado embuste. El silencio y un símbolo impreso en un dispositivo de búsqueda de personas será la última carta que caiga sobre la mesa de juegos.

Vengadores: Infinity War es la traslación de un crossover gráfico a la gran pantalla, con páginas que te atrapan y con páginas que parece que retrasan lo que deseas ver a continuación, tal cual lleva sucediendo desde que la editorial Marvel empezó a forjar su universo, hace medio siglo.

Vengadores: Infinity War es el escenario donde interactúan juntos Tony Stark, Peter Quill, Peter Parker, Mantis y Drax, enfrentándose a Thanos, sobre los restos de un desolado planeta.

Vengadores: Infinity War convierte a Wakanda en esa última línea de defensa terrestre, compuesta por quienes fueron tildados en su día como traidores y que, ahora, sabiéndose en minoría, no dudan en ocupar la vanguardia de las tropas del rey T´Challa.

Vengadores: Infinity War es la lógica consecución de un trabajo que empezó lastrado por la estrechez de miras de quienes pregonaban las virtudes del universo Marvel, pero poco hacían para que éste pudiera desarrollarse como debía. Al final, fueron los Héroes más Poderosos del Planeta y su director, Joss Whedon, quienes demostraron que las cosas se podían hacer de otra forma y todo cambió en el universo cinematográfico de la Casa de las Ideas.

Y Vengadores: Infinity War es “el final de una escapada” que nos ha tenido pegados a las butacas de los cines, desde la primera imagen y hasta el último título de crédito que apareciera en la gran pantalla, durante diez años.

Habrá quien opine que las cosas se pudieran haber hecho de otra forma, de la misma forma que sucede, mes a mes, cuando las series gráficas llegan hasta las estanterías de las librerías especializadas, pero, no por ello, la historia desmerecerá lo más mínimo. Prefiero quedarme con los sentimientos acuñados ante la grandiosidad de una historia que te sacude emocionalmente, al igual que lo hace con los protagonistas, y no perderme en vanas disquisiciones que sólo sirven para arruinarle las convicciones y los gustos a todos los que disfrutamos con películas como éstas.