Cuatro décadas atrás, los niños que nacimos entre finales de la década de los años sesenta y principios de los setenta del pasado siglo XX, nos despertamos un día con una mitología propia y con unos héroes que representaban todo aquello que la sociedad de aquel entonces se había olvidado por el camino.

Aquella mitología la aportó una película de apenas dos horas, con actores desconocidos e inmersa en un género, el de la ciencia ficción, que no pasaba por sus mejores momentos y que fue capaz de darnos lo mismo que antaño aportaran todos aquellos los seriales cinematográficos, las novelas Pulp, las tiras de prensa diarias y los comic-books de las primeras décadas del siglo XX para con los niños nacidos y criados en aquellos años.

Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el auge e imposición de la Guerra Fría y los sucesivos conflictos, revoluciones y crisis de todo tipo y condición terminaron, todos, por sumir al mundo en una suerte de pesadilla grotesca y torticera, la cual tiñó de desencanto cualquier muestra de producción cultural. Por añadidura, en países como el nuestro, a todo lo anteriormente dicho había que sumarle una opresiva, retrógrada e insensata dictadura militar, similar a la que debían soportar otros tantos países del continente europeo, por ceñirnos a un espacio geográfico concreto, que castigaba y/o censuraba todo lo que atentara contra la moral y los valores propagados por el régimen.

La película escrita y dirigida por George Lucas tuvo esa fortuna que dicta el mejor cálculo probabilístico, la de llegar en un momento donde el mundo parecía haberse tomado un respiro en su guerra consigo mismo y, de la noche a la mañana, sin demasiada atención por parte de nadie y casi sin querer terminó por cambiarnos la vida a muchos de los que asistimos al primer pase de lo que hoy se conoce como la saga espacial de Star Wars y que, entonces, solamente se llamaba La Guerra de las Galaxias.

Tengo asumido, y más cuando llevo hablando de esta última etapa desde hace un lustro, que muchos de aquellos niños han crecido y ahora ya no ven en el mundo como antes, ni tienen la misma disposición anímica y sentimental que tuvieron antaño. Las guerras, todas ellas, lejos de hacer grande a una persona, la van minando y, al final, poco queda de la persona original. Otra cosa bien distinta son las prioridades de cada uno y su capacidad por NO olvidar lo que es importante y lo que no.

Habrá quien piense que es un símbolo de madurez denostar unas películas como éstas, frente a otras que, sin trabas ni cortapisas, representan la sociedad tal cual es.

Yo, ante esa afirmación, siempre he pensado lo mismo, y lo seguiré haciendo. Por mucho que pueda molestar, todas las películas de esta -ya larga-saga siguen propugnando unos valores que deberían ser, en muchos casos, de estudio obligado en las escuelas, institutos y universidades. El trabajo en equipo, la defensa de la libertad, del libre pensamiento y de la independencia frente a quienes tiranizan una sociedad, ya sea económicamente, intelectualmente o militarmente. Son conceptos que están impresos con letras bien grandes e indelebles en las aventuras de un grupo de personas que, de una forma o de otra, -siguiendo los postulados teóricos y académicos del antropólogo Joseph Campbell– terminaron por convertirse en unos héroes.

El afán de superación, el respeto por los dogmas del pasado -cuando éstos le aportan algo a la persona en vez de condicionar su existencia- y la igualdad de oportunidades para ambos sexos, algo que la primera trilogía ofreció al mundo mucho antes de los movimientos que, ahora, pretenden acabar, y con razón, con el insensato y demencial “techo de cristal” para con el sexo femenino son otros de los valores que todos y cada uno de los responsables de la escritura de los sucesivos borradores de otros tantos guiones han querido impregnar en las páginas de sus escritos.

Luego están las particularidades, la espiritualidad y la forma de afrontar los problemas por parte de quienes han pasado a formar parte de la vida cotidiana de millones de persona. Y eso es por algo más que por culpa de una planificada estrategia de marketing y promoción, estrategia que hace cuarenta años, ni estaba prevista, ni se la esperaba y tampoco se la necesitaba, todo sea dicho. Puede que entonces no estuviéramos tan informados, o nos preocupábamos más por recopilar nosotros mismos la información, sin necesidad de tener que recurrir a la legión de mamarrachos, indocumentados y “cantamañanas” que han ido proliferando con el auge de las nuevas tecnologías y las redes sociales.

Resulta curioso y así lo expresé en un artículo dedicado a la figura de Alex Raymond y su principal personaje, Flash Gordon -la mayor y más clara influencia en el trabajo de George Lucas– que las nuevas generaciones sigan ignorando dicha aportación con las herramientas de las que disponen. Nosotros no podíamos apretar ninguna tecla en ningún ordenador para ver los seriales cinematográficos del personaje y, ahora que sí pueden, raramente lo hacen.

Quizás el problema con la saga galáctica -y el Episodio IX no escapa a esta problemática- es que su mitología, sus principios, sus valores y su forma de afrontar un reto están basados en reglas que ya están desfasadas. Ni siquiera la representación de los dementes sociópatas que suelen aparecer en la pantalla causan el mismo rechazo que antaño, dado que, ahora, los sociópatas y los asesinos en serie son mucho más atractivos que quienes se dejan la vida luchando contra un régimen que se regodea destruyendo planetas, como si éstos fueran los últimos globos que han permanecen inflados tras una azarosa fiesta infantil.

Y quizás, por eso, la película que pone punto y final a esta epopeya no pierde oportunidad de colocar en su sitio algunas de esas piezas que quedaron fuera en las entregas anteriores, las cuales siempre han permanecido en el imaginario de quienes las vimos en el mismo momento de su estreno. Tampoco este propósito es una cuestión baladí, sino una búsqueda de coherencia para una narración que se ha ido enriqueciendo, dentro y fuera de la pantalla y, en especial, en las mentes de quienes las hemos revisado, una y otra, queriendo ver más allá de las imágenes que se proyectaron en una pantalla. Esta vez SI se trata de hacer las cosas y no solamente de intentarlas.

Esa capacidad, como la de mantenerte sentado durante 142 minutos sin casi mover un solo músculo del cuerpo, es lo que ha hecho, de verdad, imperecedera a esta saga. NO, toda su imaginería y lo que haya podido generar después. Esta saga logró y aún lo sigue haciendo que los niños de antaño, algo más grandes en la actualidad, podamos vivir la misma aventura que todos aquellos personajes, codo con codo con ellos y sin mirar atrás.

Poco importa lo que se puede llegar a perder, pilotando una desvencijada nave rebelde frente a un destructor imperial y todo un enjambre de cazas a su alrededor. A diferencia de la sociedad actual, por seguir usando la misma denominación que alguien debería cambiar, dado el desaguisado en el que estamos sumidos, en una batalla como ésa, uno sabe cuál es su bando y contra quién está luchando. Poco importa el resultado final, si se logra darle sentido a una vida que, en el momento actual, vale tan poco como la palabra de quienes dicen gobernarnos.

Y ya dije que, anteriormente, que las guerras no hacen grande a nadie, pero hay momentos en los que luchar da un sentido a toda una existencia y más cuando se escoge, no se impone. Jyn Erso dijo una vez que las rebeliones se sustentan en la esperanza y eso fue lo que la saga galáctica nos dio; es decir, esperanza para afrontar un futuro que se preveía bastante oscuro, casi diría que terminal, y enseñarnos que se podían cambiar las cosas para que el mundo fuera de otra manera.

Cuatro décadas después, algunos, sé que ya no muchos, todavía pensamos de la misma forma, con mayor consciencia de lo que hacemos, decimos y sentimos, pero, seguimos pensando de la misma manera y NADA ni NADIE nos hará cambiar, por mucho que las tropas de asalto, el demente emperador y toda la legión de amargados que pretende acabar con el séptimo arte y la fantasía, tal y la conocemos, se empeñen en lograrlo.

Para todo lo demás, visiten, por última vez… a galaxy far, far away.

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2019

Star Wars © Lucasfilms Ltd & TM. All rights reserved. Text and illustrations for Star Wars are © 2019 Lucasfilms Ltd.