TECNÓMADAS. Capítulo 1. EL PESCADOR – TELÉMACUS

Recuerdo una historia que solía contarme mi padre.

Hablaba de luces que no eran luces, más allá del cielo. Hablaba de otros mundos, y de lugares tan lejanos y hermosos que intentar comprenderlos podía ser dañino para nosotros, los que hemos nacido en la Frontera y no comprendemos las cosas más allá de una cierta simpleza. Hablaba de todo lo que hubo antes de la Caída, y del vacío que trajo el hecho de que nos quedáramos solos.

¿O quizá fueron los demás los que se aislaron? Siempre me he hecho esa pregunta. Si lo que cuenta mi padre es cierto, y no son solo los desvaríos de un viejo loco, hubo algo mucho más grande que esto en los tiempos del abuelo de su abuelo. Un universo tan grande y complejo que nos faltan palabras para abarcarlo. Tal vez hayamos borrado las expresiones que hacían falta para definirlo, pues el desuso crea olvido, y el olvido ignorancia. ¿Pero quiénes se separaron cuando todo se vino abajo: nosotros, los pobres que vivimos en este planeta desolado al que llamamos Enómena, que gira alrededor del sagrado ojo de Mia Tetis… o los supuestos habitantes de esos mundos increíbles, hijos de las mil luces escondidas tras el cielo?

Crecí temiendo que jamás encontraría una respuesta.
Crecí equivocado.
¿Cuál es el sonido del fin del mundo?

Para Radhus Sfilgam, guardaespaldas personal del Intérprete de los Muertos, fue la exhalación ventosa de una bestia Romy, recién salida de su guarida y con un enfado de mil demonios por haber sido despertada de su largo sueño. Pero eso, una hora antes, no lo sabía. Una hora antes, todavía estaba pilotando la barcaza de su amo por encima del Mar de Tradis, una de las extensas áreas de antigravedad del planeta. Una hora antes, aún se creía inmortal, pues su puesto de responsabilidad le granjeaba el respeto de los seres inferiores —entendidos como tales los enómenos que no pertenecieran al clan de su amo—. Y como todo aquel que se ha acostumbrado demasiado pronto a estar arriba, jamás pensó que su caída dolería tanto.

Pero es injusto comenzar esta historia por él. Si quiero contarla bien, debo empezar hablándoos del hombre que lo mató: Telémacus Olfhen.
En el momento en que sucedió lo que a punto estoy de relatar, yo aún no le conocía. Me enteré de todo —con mayor detalle del que me habría gustado— más tarde, cuando nuestros caminos al fin se cruzaron. Pero la historia de Telémacus empieza en el momento en que él pensó que se acabaría, es decir, el día que salió por última vez a pescar truchas cero-g con su hijo Veldram. Él llegaría a pensar, retrospectivamente, que no tuvo que haber sobrevivido a aquello. Que sería la última efeméride anotada en el libro de su vida, antes de cerrarse con un fuerte ¡plomp!

Estaba equivocado. Los finales tienen eso: que si se los mira desde el lado correcto, en realidad son la semilla de un nuevo principio.
Telémacus y su hijo en el pequeño catamarán, eso sí me lo puedo imaginar. Pertenecían por adopción a la etnia Lum, aunque no hubiesen nacido en ella. El hijo tal vez sí, pues la madre era una lumita que Telémacus había conocido al poco de pedir refugio en su aldea. Pero desde luego el padre no. Telémacus era grande y fuerte, y cuando salía a cazar, sus manos demostraban esa confianza y fluidez en los movimientos típica de los que han sido entrenados en el arte de la Muerte. No solía hablar de su pasado, y los de la tribu nunca le preguntaban nada por respeto a su intimidad. Pero sospechaban cosas. Y hablaban entre ellos compartiendo las más disparatadas teorías, como que era un antiguo mercenario entrenado en los escuadrones de castigo, por ejemplo, a sueldo del Intérprete. O que se había fugado cuando alguien de dentro había intentado traicionarlo. O que venía de las tierras que había más allá del mar, de algún pueblo guerrero que por fortuna aún no había descubierto aquellas costas… A partir de ahí, esa historia parecía una derivación de la anterior.

Lo único cierto era que Telémacus sabía luchar, y muy bien. Y que le había enseñado algunos de esos trucos a su hijo Veldram cuando era pequeño, «solo para que sepas defenderte en caso de necesidad». La gente iba a verlos entrenar muchas veces a su casa, porque les fascinaban los movimientos plásticos del padre: la seguridad en los golpes, la precisión cuando arrojaba cuchillos, la elegancia con la que se recuperaba de las acrobacias y dejaba sus pies flexionados, preparados para la siguiente llave. Era la horripilante belleza de lo funesto.

Su oficio, como el de la mayoría de los varones lumitas, era la pesca. O más bien la recolección, pues dadas las características de nuestros «mares», no había inmersión de redes para recoger las presas. Estas subían solas a la superficie, a lo que ellos llamaban familiarmente la piel invisible. Para que entendáis estos conceptos, quizá sería mejor que os describiese primero cómo son nuestros mares: no contienen agua, como los viejos afirman que pasa en otros mundos, sino espacio vacío. Aire. Porque no son enormes volúmenes de líquido —me cuesta imaginar eso cuando lo describo; no puedo concebir que exista tanta agua junta en el universo—, sino regiones muy extensas en las que la gravedad del planeta está al revés: repele, en lugar de atraer. Levanta las cosas en lugar de aplastarlas contra el suelo. Pero no lo hace eternamente, sino que ese raro efecto se extingue justo a cien varas del lecho de abajo. Ahí es donde forma una frontera invisible, la famosa piel, en la que los fragmentos de la roca de abajo que han subido se detienen. Todos a la misma altura. Y forman una película fina que se prolonga hasta donde alcanza la vista. Dice una vieja leyenda que, si algún día lográsemos volar tan alto como las estrellas y contemplásemos nuestro mundo desde arriba, lo que veríamos serían parches de ingravidez tiñendo de gris áreas irregulares del planeta semejantes a continentes.
Por lo menos no era un océano corrosivo como esos de los que hablaban las leyendas de los viajeros del espacio, hechos de amoníaco y estables a temperaturas imposiblemente heladas, que formaban lagos y mares someros.

Pero volvamos a Enómena: semejante océano de ingravidez tiene sus peculiaridades, como por ejemplo la forma de nuestros barcos, grandes tentetiesos diseñados para que la pera inferior los mantenga horizontales a medida que avanzan por esa suave tensión superficial. Se dice que un barco lumita jamás podría llegar a volcar porque la pera y la gravedad no le dejarían. También resulta peculiar nuestra manera de pescar, que consiste en disparar al lecho marino una carga explosiva, que cuando llega abajo detona y libera una nube de piedras y tierra que sube hasta hacer más densa la piel. Entonces nos ponemos a cribarla con nuestros cedazos, a ver qué encontramos. Es un oficio tranquilo, aunque no exento de peligros.

El fatídico día en que comienza mi historia, Telémacus y Veldram se hallaban faenando en el bajío de la Ostra Púrpura, a treinta minutos de su aldea. Recordaron bien aquel día porque estaba lloviendo, y todos estaban deprimidos. Es porque allí, en la costa, llueve tan poco que cuando pasa marca hitos en la vida de las personas, y difumina lo vivido entre una y otra precipitación.
Bajo aquella cortina húmeda, fue el adolescente el primero que divisó la silueta del otro bajel en la distancia.

—Papá, compañía —dijo, oteando por encima de la baranda. Sus ojos estaban posados en el objeto que se acercaba, pero sus expertas manos seguían limpiando la red.
Telémacus se aseguró de dejar listo el explosivo antes de mirar. Había momentos delicados en el arte de la pesca en los que una distracción solía acarrear malas consecuencias. Así que, aunque sentía curiosidad por saber a qué se refería su hijo, no levantó los ojos del saco de profundidad hasta que la pólvora estuvo bien segura, y la mecha en su sitio. A su lado descansaba su pequeña y artesanal mochila cohete, un invento necesario para las raras ocasiones en las que el pescador tenía que «sumergirse» para recuperar su plomada, o para cazar con el arpón de aire comprimido algún pez-sonda.
Cuando terminó, alzó la vista. Y comprendió que en los próximos minutos la cosa iba a ponerse muy seria.
—Felbercap. —Era un juramento muy propio de nuestra tierra. Y muy malsonante. A Veldram lo violentaba que su padre lo usase—. Es la barcaza ceremonial del Intérprete de los Muertos, de la tribu de los dravitas.
El joven se asustó. Había oído muchas historias sobre ese oscuro barco, y ninguna de ellas buena.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, alterado—. ¿Huimos?
—No nos daría tiempo, son más rápidos que nosotros. De todos modos no hemos hecho nada malo, solo estamos pescando —rumió su padre—. Sigue con lo tuyo. Si se nos acercan, yo hablaré.
Padre e hijo continuaron con su labor calladamente, como si la presencia de los recién llegados no fuera con ellos. Nervioso, Veldram apartó con una pala ancha la costra de tierra que formaba la piel para mirar abajo, a las profundidades. Por debajo de la película opaca de tierra estaba oscuro: el sol la atravesaba por innumerables huecos minúsculos, formando una miríada de columnas brillantes, pero había zonas lóbregas en las que costaba ver lo que tenían debajo.
—¿Cuánto tiempo cuestan estas redes, papá? —La pregunta de Veldram era pertinente, pues la moneda de los lumitas era el szkab, un concepto abstracto que tenía su equivalencia en horas de trabajo, no en pequeños trocitos de algún mineral valioso.
—Quince. Así que no las rompas o te veo trabajando esta noche.
En aquel lugar el lecho sí estaba iluminado, y pudo distinguir unas truchas cero-g, llamadas así porque variaban de tal forma la densidad de sus cuerpos que podían nadar en aquel líquido compuesto de antigravedad pura. Pero la presa jugosa no eran ellas, sino sus huevos, que poseían una alta reactividad que servía de combustible para los motores de repulsión, como el que movía el catamarán de Telémacus. Y también la barcaza que se les acercaba.
—Padre, veo nidos de truchas. Muy juntos alrededor de una protuberancia verde. ¡Tira el explosivo!
—No creo que sea buena idea. Esa protuberancia, como tú la llamas, es el maxilipedio de una bestia Romy que duerme bajo tierra. Su boca. —El joven lo miró con pavor, y luego a las fauces del monstruo, que permanecían cerradas. Allí abajo estaba, con su oscuro jaspe encaramado a una masa de esquisto y caliza—. Pero no la despertaremos, tranquilo. Aprende esto: donde veas muchos nidos juntos de truchas, probablemente habrá una Romy cerca. Se aprovechan del calor que desprende su caparazón para incubar.
—Entendido. Trasladémonos a otra zona, entonces.
—No hay tiempo.
El ruido de las velas repulsoras de la barcaza parecía el de un enjambre de insectos, colonias cúbicas de pentamorfos que revoloteaban como mariposas. Era un vehículo mucho más grande que el catamarán, de varias cubiertas de altura, y poseía repulsores no solo en las velas y en el timón trasero, sino también en la punta de cada remo. Así, los esclavos que los manejaban podían controlar no solo el giro, sino también la profundidad a la que el bajel se hundía en la piel. Por debajo del casco le salía el típico mástil de estabilización, con tres contrapesos.
Por la baranda de estribor se asomó una persona a la que el hijo de Telémacus no conocía, pero su padre sí. Era Radhus Sfilgam.
—Vaya, vaya, pero qué tenemos aquí —exclamó, chupándose las encías. Su cara de comadreja adquirió un aspecto cetrino—. Si es nada menos que el bueno de Telémacus en persona.
—Hola, Radhus —saludó sin mucho entusiasmo—. ¿Qué mala gravedad te trae?
—Qué manera más despreciativa de tratar al que fue tu protector cuando ingresaste en nuestra orden. Eso es feo.
—Eso pasó hace mucho tiempo. —El padre miró a su hijo con la expresión de quien no quiere que escuche ciertas cosas—. Ya no llevo esa vida. Ahora pesco truchas y perlas de coral. Soy un hombre pacífico.
—¡Qué bonito oficio! ¿Se te da bien? A mí me regaló mi antigua amante un collar de esas perlas. Fue justo antes de que la vendiera como esclava a otro clan —sonrió el guardaespaldas del Intérprete de los Muertos—. Me gusta mirar esas cositas brillantes tan hermosas. Es como si sobre ellas convergieran diversos factores: simetría, orden, refractancia, proporción… Encierran todo lo que hemos podido rescatar de nuestros recuerdos como especie.
—Para mí son solo combustible. Mueven mi barquita y mi economía familiar.
—Buen tesoro, entonces. ¿Por aquí hay muchas?
—Oye, Radhus, ¿qué felbercap quieres de mí? Estoy trabajando.
El hombre se apoyó en la baranda. Era más viejo de lo que parecía, con ojos negros incrustados en una telaraña de arrugas. Su complexión fuerte hablaba de un pasado lejano pero vigoroso, de una juventud donde se culminaron proezas atléticas, pero que había quedado muy atrás.
—Ja ja, tú siempre al grano. Me gusta. Vengo a reclutarte otra vez para la causa, pescador. Necesito tu experiencia para un asunto delicado.
Los ojos de Telémacus brillaron.
—Dimití hace tiempo, y mis buenas razones tuve —gruñó—. Te hará falta más que una simple petición para obligarme a cambiar de idea.
—¡Obligar es una palabra muy fea! Yo no obligo, solo sugiero. Y espero que mis sugerencias sean tomadas en cuenta.
—Por el bien de quien te escucha, ¿no?
—Si tenemos que llegar a la fase de obligación, Olfhen… es que estaba muy equivocado con respecto a ti. —Una señal de su dedo se materializó en forma de cuatro hombres que se asomaron a la baranda. Se parecían a su jefe en las ropas y en los horrendos peinados en trenzas, con la salvedad de que ellos iban armados. Era la primera vez que Veldram veía artilugios como aquellos, pero su padre reconoció la peculiar forma de las carabinas energéticas. Reliquias de otra época que solo los grandes clanes como los dravitas poseían—. Anda, sube a bordo y déjame invitarte a una copa. Ya verás que la oferta que tengo para ti es muy lucrativa. Hagamos esto por las buenas.
Veldram miró a su padre. Estaba buscando el nudo de angustia, el carbón de su nerviosismo. Estaba allí, alojado en su pecho como un coágulo cercano al corazón. Pero Telémacus lo tranquilizó con un golpecito en el hombro, y tiró como quien no quiere la cosa el saco de profundidad por la borda. Atado a una cuerda, el explosivo fue cayendo lentamente hacia el fondo marino, justo sobre la cabeza de la bestia Romy.
—Vale, Radhus; si te empeñas, te haré el favor de escucharte. —Lo dijo con una inflexión peculiar—. Pero déjame que termine de cribar esta zona. Si mi esposa me ve volver con las manos vacías, me mata.
—Lo lamento pero no hay tiempo, amigo. Además de contigo, tengo que hablar con otros antiguos cazadores antes de que acabe la jornada. ¡Subid ya!
Sus sicarios arrojaron una escala por la borda, y les apuntaron con sus armas. El hijo de Telémacus se hizo un ovillo tras la delgada baranda del catamarán, pensando que eso podría protegerlo de las descargas láser, pero su padre no se achantó. Miró a Radhus con mal disimulado desprecio.
—¿Cuánto combustible has quemado en la barrigona de tu barcaza para llegar hasta aquí? ¿Seis medidas, diez…? No creo que hayas gastado todos esos recursos para matarme. Así que déjate de bravatas, imbécil.
Radhus, que no era un hombre acostumbrado a ser insultado, perdió los nervios, aunque en el fondo sabía que el pescador tenía razón. De la comisura de la boca le brotó un repentino chorro de imprecaciones entre violentos graznidos, una ráfaga sucia que puso a sus sicarios en movimiento: empezaron a descender por la escala, dispuestos a abordar el pequeño catamarán y llevarse por la fuerza a sus ocupantes. Veldram se abrazó a su padre.
En ese momento, la carga explosiva llegó al fondo del mar y detonó.
Para cualquiera que no esté familiarizado con la pesca en gravedades inversas, imaginar una explosión es fácil: se coge un gran pedazo de suelo, se remueve y se desmenuza, y a continuación se lanza al aire. La dispersión de las partículas es la normal y adopta la típica forma de cúpula. Falso. En gravedad invertida las explosiones adoptan una forma muy peculiar: para empezar, la seta está al revés, formando un embudo, una especie de bulbo puesto boca abajo. Y la velocidad de las partículas desprendidas no tiende a frenar, sino a acelerarse cuanto más suben. Es decir, que cuando una carga de profundidad revienta, dibuja en torno a ella un bulbo raquídeo de tierra y piedrecitas, que se desmenuza cuando el detrito de la explosión acelera, siendo repelido hacia la superficie, y llega hasta los pescadores en forma de ondas concéntricas que también van al revés. No se abren como cuando tiras una piedra a un estanque y ves cómo reacciona el agua: aquí se juntan hacia el centro, lo que amasa el «botín» en torno a las barcas de pesca.
Todo son ventajas, salvo cuando tu carga despierta a una bestia Romy con muy malas pulgas que reposa plácidamente en su periodo de hibernación.
Los sicarios saltaron a la barca amenazando a sus ocupantes. Telémacus se agarró al mástil —que no era más que el extremo contrario de la pera, su contrapeso—, y esperó unos segundos a que algo pasara. Fuera lo que fuese lo que él sabía pero Radhus no, se haría patente de inmediato.
—No me obligues a… —empezó Radhus, pero no terminó la frase, porque su barcaza sufrió una convulsión. Fue golpeada por algo desde abajo, un golpe tan tremendo que la alzó unos centímetros en el aire para dejarla caer después. Toda la gente que había en la sobrecubierta se tambaleó y cayó al suelo. Uno de los sicarios, que estaba descendiendo por la cuerda, resbaló y cayó al vacío con un grito. Su cuerpo se quedó flotando en una parodia de cero g justo en el límite de la piel, pero entonces, algo invisible tiró de él hacia abajo y lo engulló.

Veldram apenas pudo seguir el veloz movimiento de su padre cuando se echó encima de uno de los sicarios que habían subido a la barca: en primer lugar le estrujó el dedo que tenía en el gatillo del arma para que esta se disparase y le diese de lleno a su compañero, para a continuación agarrar la carabina con ambas manos y golpearle con la culata en la cara.

El sicario retrocedió, dolorido, y un puntapié de Telémacus acabó de arrojarlo por la borda. El padre de Veldram se encajó la carabina que acababa de robarle en el hombro y empezó a disparar contra los agentes del Intérprete que aún estaban asomados a la cubierta.
—¡Veldram, agáchate! —le gritó a su hijo, el cual, acongojado, se tapó la cabeza con la red de pesca. Pero aún tuvo tiempo de asombrarse cuando vio cómo algo largo y tubular asomaba su fea extremidad por encima de la piel invisible: se trataba de un tentáculo de medio metro de ancho y por lo menos veinte de altura, que al alcanzar toda su longitud se abrió en la punta como si fuera una vaina, mostrando tres esferas preparadas para captar tanto señales bioluminiscentes como perturbaciones en un campo magnético, opsinas sintonizadas para sentir las corrientes eléctricas.

Eran los ojos de una criatura de las profundidades.

Radhus estaba tan ocupado ofendiéndose por la actitud de Telémacus y por su desfachatez al resistirse a sus órdenes, que no vio el tentáculo hasta que fue demasiado tarde. Se acuclilló en la cubierta de la barcaza para que los disparos del pescador no lo alcanzasen, y le chilló:
—¡Esta ha sido tu última tontería, Telémacus, acabas de firmar tu sentencia de muerte! ¡El drav Raccolys jamás te perdonará semejante traición! ¡Os perseguirá eternamente, a tu familia y a ti!
—Si lo ves, dile de mi parte que los lumitas ya no necesitamos de sus servicios —le increpó—. A partir de ahora, nos bastaremos nosotros solos para escuchar las voces de nuestros ancestros.
Telémacus le dio una patada a la palanca que controlaba el impulsor, y la pequeña barca empezó a acelerar alejándose de la nave grande. A su alrededor detonaban impactos de plasma, en medio de lluvias de chispas y gotas de hierro fundido, a medida que los disparos de los sicarios caían sobre ellos. Pero él siguió disparando a cualquiera que asomara la cabeza, y su puntería, mientras militaba en las filas de los cazarrecompensas, había sido legendaria.
—¡Sigue agachado, aún no estamos fuera de peligro! —le ordenó a su hijo, el cual, entre sollozos, balbuceó:
—¿Cuándo lo estaremos, papá? ¡Dijiste que su barcaza era más rápida que la nuestra!
—Lo es, pero no podrán salir en persecución. Mira.
La visión de Veldram estaba filtrada por una malla de fibras cruzadas, pues lo observaba todo a través de la red de pesca, pero aun así comprendió a qué se refería su padre: la barcaza estaba escorada hacia delante, hundida unos metros por la proa, lo cual sería imposible a menos que alguien —o algo— hubiese apresado su mástil de estabilización y estuviese tirando de él hacia abajo.

A través de una oquedad en la piel invisible pudo constatar que su teoría era correcta: dos tentáculos de la bestia Romy se habían enroscado en torno a la pera de la barcaza, y estaban tirando con fuerza hacia abajo. El nervio y el poderío de aquellos seres estaban fuera de toda duda, pues el folclore de los Lum estaba decorado con historias espeluznantes sobre pescadores que salieron un día a la mar a por su botín, pero fueron succionados por esos horribles pseudópodos. El joven Veldram supuso que a los sicarios del Intérprete les quedaban solo unos minutos de vida.

Un sicario desesperado, al ver el tentáculo de los tres ojos, se situó en el podio de control de un cañón coaxial pesado, un artefacto negro y sucio que dominaba la cubierta del buque. Empezó a hacerlo rotar sobre su eje para apuntar al tentáculo, y sin duda podría haberlo partido en dos de una descarga, de no ser porque Telémacus lo enfiló en la mira, se tomó su tiempo para apuntar, y mató al artillero de un sólido disparo en las costillas.
Radhus, colérico, señaló con un dedo impregnado en la más ardiente furia al pescador y tomó el lugar de su artillero, girando el cañón en dirección a la barquita. A su espalda, el tentáculo hacía lentos barridos sobre la cubierta, apresando a la gente con sus ventosas y descargando su ira en salvajes explosiones de velocidad.
—¡Eres un traidor, Telémacus! ¡Rompiste tu juramento a la orden, y quemaste el poco honor que te quedaba al salir huyendo! ¡El castigo más benévolo que podría aguardarte es la muerte! ¡Y el drav Raccolys hará que se cumpla, para ti y para tu familia! —se desgañitó—. ¡Ni uno solo sobrevivirá de tu apestoso linaje!
Una sombra se proyectó sobre él cuando tenía prácticamente a tiro la barca de pesca. Lentamente, con ese temor frío de quien se sabe presa de un designio inevitable, Radhus se volvió. Las piernas le parecieron bolsas de agua caliente cuando vio aquellos tres ojos imposibles cernirse sobre él. Pero el cuerpo del hombre nunca llegó a tocar el suelo, pues unas fibras salieron disparadas desde el centro de las ventosas, lo agarraron y lo absorbieron hacia una herida que se acababa de abrir longitudinalmente en el tentáculo.
Telémacus, que había visto cazar en el pasado a las bestias Romy, sabía que no era una herida sino una boca vertical, llena de colmillos que convirtieron el cuerpo de Radhus en carne molida en cuestión de segundos. Le tapo los ojos a su hijo para que no viera la carnicería mientras aceleraba al máximo su enclenque esquife. La Romy no se fijaría en ellos teniendo una presa mucho más apetitosa a mano.

Mientras la barcaza ceremonial del Intérprete de los Muertos se partía en dos y se hundía con toda su tripulación, los dos pescadores se pusieron a salvo, rumbo a su aldea. Aquel día no traerían nada útil en sus sacos, nada que vender para sacar adelante a su familia, pero no les importaba: el destino del que acababan de escapar era mucho más aciago.
—¿A qué se refería con que eres un traidor, papá? —le preguntó en un momento dado su hijo—. ¿De quiénes huiste, y por qué?
La mente de Telémacus, en ese momento un torbellino de recuerdos, no estaba preparada para contarle esa historia.
—Ya te lo contaré otro día, hijo, pero no ahora. Has de saber que nos hemos metido en un buen lío —suspiró—. Uno del que, sinceramente, no sé cómo vamos a salir.

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Paranoia, Virus y RICHARD MATHESON 

Si hay una palabra que pueda definir el final de los años cuarenta y toda la década de los cincuenta del pasado siglo XX, paranoia es, sin duda alguna, la más acertada.

La paranoia es un término psiquiátrico que describe un estado de salud mental patológico en el que el paciente sufre delirios -percepciones y creencias sistemáticas y erróneas, desconectadas de la realidad y resistentes al cambio- de los cuales los más comunes y más conocidos son los de persecución y de grandeza. En la forma más grave, la psicosis conocida como esquizofrenia paranoide, el paciente puede tener alucinaciones en las que personajes históricos, mitológicos o religiosos se le aparecen y le transmiten mensajes, alucinaciones obviamente conectadas con los delirios de grandeza del paciente.

El psiquiatra y escritor español Enrique González Duro, en su libro La paranoia: Delirios persecutorios, de grandeza y otras locuras de los cuerdos (1991), afirma que: el pensamiento paranoide es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para así convertirlo en convicción. 1

Tal patología clínica define a la perfección los comportamientos de buena parte de los líderes políticos que manejaron el mundo de una forma totalmente delirante durante aquellos años, un comportamiento que desembocó en la todavía recordada y, casi me atrevería a decir que añorada por muchos, “Guerra Fría”.

En un mundo tan extremo y radicalizado como el resultante de la Segunda Guerra Mundial, los contendientes se olvidaron de cualquier consideración ética y se embarcaron en una peligrosa deriva ideológica que les hizo borrar, de un plumazo, las mismas leyes y los mismos principios que inspiraron la contienda en contra del régimen del canciller alemán Adolf Hitler y del resto de sus aliados en el conflicto bélico anterior.

Un inmejorable ejemplo de lo expresado en el párrafo anterior lo representa la figura senador republicano Joseph Raymond McCarthy (1908-1957) quien decidió emprender una nueva e infame “caza de brujas”, la cual sacudió los Estados Unidos de América durante casi una década.

El combativo y ciertamente cuestionado político transformó la Comisión de Actividades Anti-americanas -creada en 1934 para investigar la colaboración de ciudadanos y/ o empresas norteamericanas con el Reich alemán- en otra cosa bien distinta. En manos del senador de Wisconsin dicha institución se convirtió en una versión contemporánea de los no menos infames juicios de Salem, que tuvieron lugar entre 1962 y 1963. Para los que participaron en aquella charada, entre ellos, el abogado y asesor Roy Marcus Cohn, además de un recién llegado llamado Richard M. Nixon y del mismísimo patriarca de la familia Kennedy, detener la amenaza comunista era una prioridad de Seguridad Nacional y, por lo tanto, cualquier medida estaba justificada y/o bendecida. 2

Por ello, y al igual que sucedió en los juicios celebrados en el pueblo de Salem, poco importó que a los acusados se les privara de sus más elementales derechos, entre ellos, la presunción de inocencia, y que, para articular sus discursos, los miembros de la comisión se valieran de toda una suerte de argumentos trufados de mentiras, chismes malintencionados e insinuaciones sin fundamento. 3

En su afán por controlar “los corazones y las mentes” de los norteamericanos -a imagen y semejanza del ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels Joseph McCarthy persiguió, extorsionó y arruinó la vida y la carrera profesional de todos aquellos que se negaron a delatar a quienes podrían tener alguna que otra inclinación subversiva, mayormente asociada con la ideología comunista, valiéndose, claro está, de unos métodos muy similares a los utilizados por la Gestapo alemana durante más de una década. El fruto de tanta tropelía fue la redacción de las celebérrimas listas negras, aquéllas en las que se incluyó a todas las personas sospechosas de ser simpatizantes para con la ideología comunista. Ahora, con el paso del tiempo, resulta digno de reseñar que, del total de las personas acusadas, poco más de un seis por ciento era, realmente, seguidor y/ o simpatizante del partido comunista…

Y es en esos momentos tan convulsos y desquiciados cuando empieza a germinar el trabajo del escritor y guionista Richard Burton Matheson (1926-2013). Al escritor originario de Allendale (Nueva Jersey), uno de los pilares de la ciencia ficción contemporánea, se le considera uno de los escritores que mejor ha sabido plasmar la paranoia y la indefensión del ser humano frente a los avatares de la civilización.

En sus novelas y relatos más conocidos el hombre está expuesto a las consecuencias de una pandemia (I am Legend – Soy leyenda); a un suceso relacionado con la tecnología y/ o la ciencia (Duel y The Incredible Shrinking Man); o a las consecuencias directas de sus propias decisiones (Buttom, Buttom) y sus personajes poco pueden hacer por cambiar el resultado final.

I am Legend

Es cierto que, en algunos casos, esos mismos protagonistas llegan a encontrar un nivel de lucidez que les lleva a comprender el sentido de su propia existencia, caso de Robert Neville o Scott Carey. Sin embargo, no es menos cierto que la obra de Richard Matheson está gobernada por un claro determinismo darwiniano y por un pesimismo hacia la raza humana que, desgraciadamente, la civilización se empeña en confirmar diariamente, sobre todo en los peores momentos.

Los miedos que refleja el escritor en sus trabajos son los miedos acuñados tras el final de la Segunda Guerra Mundial; es decir, el miedo atómico y sus consecuencias –tal y como le sucede a Scott Carey, el increíble “hombre menguante”-; el miedo a la gran pandemia bacteriológica, a imagen de la devastadora Peste Negra del medievo; o el miedo a la omnipresente tecnología, responsable de la deshumanización de las personas. Al final, los personajes de Richard Matheson se ven obligados a luchar en un escenario cada vez más adverso, asaltados por la desesperación y la paranoia que les atrapa sin remedio.

De entre todos esos personajes escritos por Richard Matheson, el que es más relevante a la hora de hablar de una pandemia que asola la raza humana es Robert Neville, eje central de la novela I am Legend, publicada en 1954 por la editorial Gold Medal Book. En ella, un hombre, sólo y perseguido por sus recuerdos, sobrevive en un mundo asolado por una epidemia que ha transformado a los seres humanos en vampiros y, además, ha hecho que los muertos abandonen sus tumbas y anden sobre la Tierra.

Richard Matheson reunió en las páginas de su novela el mito del vampirismo, recreado por Bram Stoker en las páginas de Drácula, y le superpuso el concepto de una pandemia bacteriológica mundial, cuyos principales síntomas eran la sed de sangre y la repulsión hacia el ajo, los símbolos religiosos y la luz del sol. No obstante, la bacteria responsable de todo aquello también había sido la causante de que los muertos salieran de sus tumbas, tal y como le sucede a la mujer del protagonista. (…) Neville meneó la cabeza. El mundo ha enloquecido, pensó. Los muertos se pasean por las calles y no me sorprende. El retorno de los cadáveres es hoy un asunto trivial. ¡Con qué rapidez acepta uno lo increíble, si lo ve a menudo! En un mundo como ése, Robert Neville pasa a ser el último ser humano con vida, un fósil viviente, símbolo de una civilización que murió al desatarse la epidemia. 4

Sobra decir que el aislamiento y la desesperación que rodea al personaje terminará por ser tan angustiosa o más que la que experimentan los personajes de la película dirigida por Donald Siegel en 1956 Invasion of the Body Snatchers. En este sentido, cabe decir que las palabras pronunciadas por Carol Malone (Meg Tilly), personaje que aparece en la película Body Snatcher (Abel Ferrara. 1993) -tercera adaptación cinematográfica de la novela original de Jack Finney The body snatchers– bien pudieran servir de resumen de la peripecia vital que soporta Robert Neville ¿A dónde vas a ir, hacia dónde vas a correr, dónde te vas a esconder? Es inútil… No hay nadie más como tú. 5

Al final, Neville debe aceptar que está viviendo una odisea que le supera, por más que él trate de sobrellevarla y se obstine en encontrar respuestas a una situación que, tiempo atrás, dejó de tener una explicación racional.

Esto mismo se le puede aplicar al personaje de Ann Collins, protagonista de otro relato del escritor titulado The Stranger Within. En él, una mujer se queda embarazada, a pesar de la imposibilidad física de su marido para concebir hijos, tras someterse a una vasectomía. Toda la catarata de preguntas que asaltan a la mujer son las mismas que asaltarán la mente de David Mann, el personaje al volante del Plymouth Valiant rojo en Duel, acosado, éste, por un psicótico conductor a los mandos de un vetusto y amenazador camión cisterna modelo Peterbilt 281 que no cesa en su empeño por sacarlo de la carretera. 6

Tanto Neville, como Carey, Collins, o Mann son seres que tratarán de salir indemnes y cuerdos de la pesadilla paranoica y sin sentido a la que se verán abocados, fiel reflejo de la mentalidad de Richard Matheson y del momento histórico en el que le tocó vivir. En el caso de Robert Neville, éste logra encontrar un último momento de lucidez, el cual le permite despedirse del mundo sin el desasosiego que le ha perseguido desde que se dio cuenta de que era el “último hombre vivo” sobre la faz del planeta. Neville miró a los nuevos habitantes de la Tierra. No era como ellos. Semejantes a los vampiros, él era un anatema y un terror oscuro que debían destruir. Y de pronto nació la nueva idea. Divirtiéndose, a pesar del dolor. Se dio la vuelta y se apoyó en la pared mientras se metía las píldoras en la boca. Se cierra el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo. Soy leyenda.7

I am legend © 1954 Gold Medal Book. Fawcett Publications.
The Last Man on Earth © 1964 Associated Producers Inc., and Produzioni La Regina
Duel © 1971 Universal Television. A NBCUniversal Content Studios. All Rights reserved.

Notas:
1- Duro, E. G. (1991). La paranoia. Delirios persecutorios, de grandeza y otras locuras de los cuerdos. (1st ed., Vol. 18). Madrid.: Ediciones Temas de Hoy, S.A.
2- El senador llegó a ser considerado el peor exponente de todos los representantes de la cámara baja de los Estados Unidos de América, luego de su intervención durante el juicio de los soldados alemanes integrantes de la primera unidad de la división Panzer SS «Leibstandarte SS Adolf Hitler» responsables, éstos, de la masacre de soldados norteamericanos en Malmedy (Bélgica, diciembre 1944)
3-  Los juicios celebrados en Salem quedaron inmortalizados por la mano de Arthur Miller en su obra “The Crucible”, una dramatización de aquellos eventos que sacudieron a la mencionada población.
4- La idea de la pandemia que acaba con la civilización no es nueva. Dejando a un lado los textos de carácter religioso, existe un claro antecedente, desconocido hasta los años sesenta del pasado siglo XX, aún viniendo de una escritora tan reconocida y de tanta importancia dentro de la literatura de género como lo es Mary Shelley.  The last man es una obra de ciencia ficción, publicada en 1826, que no gozó del mismo reconocimiento que otras obras de la autora romántica. Excesivamente pesimista e impregnada de una doble lectura –tiene tintes autobiográficos- la obra no fue ni entendida, ni valorada por sus contemporáneos. De ahí que The last man y su protagonista, Lionel Verney, el último hombre vivo, permaneciera en el olvido hasta que, en 1965, se volvió a reeditar, cosechando el reconocimiento que le estuvo vetado en su momento.
5- Si hablamos de situaciones realmente angustiosas, Richard Matheson escribió, basado en su relato Alone by Night (1961), uno de los mejores guiones de cuantos se rodaron en la serie The Twilight Zone protagonizado, éste, por William Shatner. El episodio titulado Nightmare at 20,000 Feet (Richard Donner. Temporada 5 -episodio 3) nos coloca en el papel de un pasajero que es la única persona que ve cómo una horrenda criatura está tratando de sabotear el avión en el que está montado. La angustia de Robert «Bob» Wilson (William Shatner) choca contra la incapacidad de quienes le rodean para ver lo mismo que él. Son veinticinco minutos en los que se termina por palpar la desesperación del personaje, quien no logra que los demás sean conscientes del peligro al que están expuestos.
6- Duel supuso el debut del director, productor y guionista norteamericano Steven Spielberg en noviembre del año 1971. Pensada, originalmente, para ser emitida en televisión como parte del programa ABC Movie of the Week, la película terminó luego proyectándose en la gran pantalla y con metraje adicional.
7- Matheson, R. B. (1954). I am legend: A Gold Medal original (1st ed.). New York, NY: Gold Medal Books.
Lecturas recomendadas (en lengua inglesa)
Brejla, Terry. (2011). The Devils of His Own Creation: The Life and Work of Richard Matheson. San Jose: Writers Club Press.
Gagne, Paul R. (1987). The Zombies that Ate Pittsburgh: The Films of George A. Romero. New York: Dodd, Mead & Company.
Matheson, Richard. (1954). Born of Man and Woman and Other Stories. New York: Chamberlain Press.
(1954). I Am Legend. New York: Gold Medal Press.
(1956). The Shrinking Man. New York: Gold Medal Press.
(1958). A Stir of Echoes. New York: J. B. Lippincott.
(1971). Hell House. New York: The Viking Press.
Salisbury, Mark, ed. (1995). Burton on Burton. London: Faber and Faber.
Wiater, Stanley, Bradley, Matthew R, Stuve, Paul, eds. (2008). The Richard Matheson Companion. Colorado Springs: Gauntlet Press.
Wiater, Stanley. (2009). The Twilight and Other Zones: The Dark Worlds of Richard Matheson. New York: Citadel.

El último vuelo de JUAN GIMÉNEZ 

En agosto del año 2002 conocí a Juan Giménez por casualidad. El entonces director del Salón del cómic de Santa Cruz de Tenerife, Patricio García Ducha, me invitó a participar en su décima edición, junto con los miembros del colectivo La Penya (Albert Monteys, Alex Fito, Ismael Ferrer y José Miguel Álvarez), Werner Goelen “Griffo” y el artista argentino originario de la ciudad de Mendoza.

Para mí, compartir cartel y, luego, mesa, sobremesa y todo el tiempo restante entre medias, me daba la oportunidad de estar junto a unos de esos autores que habían definido mis gustos y, sobre todo, mi querencia para con el noveno arte. Por añadidura, Juan Giménez poseía una endiablada y maravillosa capacidad para plasmar sobre una página cualquier historia de ciencia ficción, por distópica y abigarrada que ésta pudiera ser, además de lograr que cualquier modelo de avión, contemporáneo o diseñado en los siglos venideros, saliera volando desde el interior de un cómic como si sus páginas actuaran de la misma forma que un hangar.

Debo confesar que con ambas ya se había ganado “mi corazón y mi mente”, sin necesidad de intercambiar una sola palabra. No obstante, la realidad siempre supera a la ficción y, durante la primera comida a la que acudimos, me tocó sentarme junto a él, sin que ninguno de los dos hiciera nada, sobre todo yo. Admito que esa misma mañana me había pasado por una librería de la ciudad, antes de acudir al evento. En uno de los expositores encontré un ejemplar de la revista Ilustración + Comix Internacional# 21, publicada por Toutain Editor -fechada, ésta, en agosto 1982- en tan buen estado que parecía que acabara de salir del almacén.

Al principio, no dije nada. Ni se me ocurrió sacar el ejemplar, dado que tampoco sabía cómo podía reaccionar él. Al final, antes de llegar al postre, se lo puse delante y fue cuando me empezó a contar cosas, tanto de aquella portada, en la que aparecían los personajes principales de la historia Ciudad, como de su etapa con Josep Toutain y su relación con el guionista, también argentino, Ricardo Barreiro.

Con este último, Juan Giménez desarrolló, en primer lugar, As de Pique, la historia que, para mí, es el mejor fresco gráfico sobre los raid aéreos que asolaron la Europa ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. Y en segundo lugar, la suma del talento de ambos autores dio como resultado una obra donde se plasmó la inexorable deshumanización, en un grado más extremo, a la que estaba abocado cualquier escenario bélico con el uso masivo de la tecnología.

As de Pique

Yo le hablé de álbum Factor Limite y del tanque Minitrack – Mark VII. Él me habló de War III (revista 1984)y de Silver, historia protagonizada por otra de sus grandes pasiones; es decir, las motocicletas. 1

En el caso particular de Ciudad (Astiberri) Juan Giménez me contó, con todo lujo de detalles, que en ella, “El loco” Barreiro quiso volcar todas sus querencias literarias, cinematográficas, televisivas, estéticas e, incluso, buena parte de sus pesadillas más recurrentes y atraparlas todas dentro de una ciudad fantástica y megalítica, la cual alberga a náufragos de diferentes mundos y de la que resulta prácticamente imposible escapar.
Él, por su parte, se empeñó en plasmar todo aquel caudal de conceptos recurriendo a un detallismo tan sorprendente y desenfrenado que logra atraparte de una forma tan opresiva como les ocurre a los protagonistas que se encuentran en aquella urbe, digna de una película de Lucio Fulci.

Sobre la serie As de Pique, el dibujante me recordó cómo, en la revista Skorpio, le propusieron dibujar una serie bélica, Un día alguien me llamó y me dijo: Juan, a vos que te gustan tanto las maquinitas y esas boludeces ¿no querés hacer una serie de aviones? 2
Aceptar el reto de una serie como aquélla suponía poder homenajear La Amapola Negra (1958-1959), un trabajo gráfico de Héctor Oesterheld y Francisco Solano, autores a quienes Juan Giménez admiraba mucho, tal y como me explicó. Además, le sorprendió que un “pibe” como yo conociera la obra de Oesterheld y Solano, teniendo en cuenta mi edad por aquel entonces. 3

Ni en el más loco de mis sueños podía imaginarme que, diez años después, sería yo quien fuera a escribir la introducción del tomo recopilatorio de la serie As de Pique, publicado, éste, por Dolmen Editorial en el año 2012. Eso sí, antes debí pasar por un test sobre la historia de la aeronáutica -oficiado por Juan Giménez– sentado en uno de los sillones del Auditorio del Hotel Meliá Sitges, durante la celebración del festival de cine de género que se celebra en dicha localidad.

También tuvimos tiempo para poder hablar de su trabajo en la película de animación de Columbia Pictures Heavy Metal (Gerald Potterton, 1981), largometraje en el que se encargó de diseñar al personaje de Harry Canyon y el escenario en el que éste se desenvolvía. Un vez integrado en el organigrama de la producción, sus responsables entendieron que era la persona ideal para trabajar en el desarrollo del segmento animado B-17. Lo mejor fue cuando me dijo que para poder documentarse “como era debido” los productores le dieron la oportunidad de subirse en un bombardero real que se había utilizado en la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, también revelaba los quebraderos de cabeza que les daba a los animadores con sus diseños, maquinaria y demás, mientras me sonreía, recordando todos aquellos momentos.

Luego de aquel primer encuentro, seguimos viéndonos en muchos de los salones de cómic a los que ambos acudimos, compartiendo sala, película y sobremesa durante la celebración del Festival de Cine Fantástico de Sitges e, incluso, nos sentamos junto al guionista y psicomago Alejandro Jodorowsky, responsable de las letras y la ensoñación de la saga gráfica La casta de los Metabarones (Random House Mondadori) en pleno auge de la colección. En el año 2014 tuve el privilegio de presentar su obra, por primera vez, en Finlandia, dentro de una  exposición dedicada a la editorial E.C.Comics, sello editorial del que Ricardo Barreiro se nutrió para el enfoque de la serie As de Pique, menos propagandístico y mucho más real, tal y como sucedía con la directriz sobre la que se articularon las narraciones escritas por Harvey Kurtzman para las cabeceras Two-Fisted Tales (1950-1955) y Front Line Combat (1951-1954).

La ultima vez que pudimos hablar fue en octubre del pasado año 2019, cuando lo invité a un evento de cómic en Gran Canaria. El declinó la invitación, pero se mostró igual de amable, ocurrente y terminamos, como no podía ser de otra forma, hablando de aviones.

Sólo espero que ahora, que ya nos ha dejado, tenga tiempo de irse montado en el asiento de su motocicleta favorita, al igual que el protagonista de Silver, y descubrir otros mundos y otros parajes donde, antes que él, llegaron los tripulantes del B-17 As de Pique, es sí, ya sin el acoso del Messerschmitt Me 262 “Schwalbe” pilotado por el general alemán Adolf Galland, líder de la Jagdverband 44. 4 y 5

As de Pique y Silver  © Ricardo Barreiro y Juan Giménez, 1978-2020

Notas:
1- El álbum Factor Límite incluía las historias Esplendor en la Hierba y Puesto Avanzado.

2- Skorpio (1974-1996), revista de Ediciones Record, estaba dirigida por Alfredo Scutti. Publicó doscientos treinta y cinco números. En sus páginas aparecieron las series Corto Maltés (1974) de Hugo Pratt; Alvar Mayor (1976) de Carlos Trillo y Enrique Breccia; entre otras muchas.

3- La serie La Amapola Negra (1958-1959) se desarrolló en quince episodios en la revista Hora Cero. Al igual que lo hiciera más tarde As de Pique, narraba las aventuras de la tripulación de un bombardero norteamericano B-17 durante la Segunda Guerra Mundial.

4- La historia Silver se encuentra dentro del álbum El extraño juicio a Roy Ely, publicado por Toutain Editores en el año 1984

5- Adolf Josef Ferdinand Galland (1912-1996) fue uno de los pilotos alemanes más conocidos de la Segunda Guerra Mundial, con 104 victorias confirmadas, que comenzó su carrera durante la Guerra Civil Española, formando parte de la Legión Condor, en 1937. Además de por su forma de volar, el piloto se hizo famoso por llevar pintado, en la carcasa de su aeroplano, un dibujo inspirado en el ratón Mickey Mouse.

EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS. Ray Bradbury – 1972

Puede parecer otra historia más de una noche de Halloween olvidada en un pueblo norteamericano de los sesenta. Puede sonarnos a mil cosas, vistas y leídas desde hace décadas, pero no nos equivoquemos amigos, estamos ante algo que fue y sigue siendo, un referente literario para hablar de la muerte a los más pequeños.

Reeditada recientemente por la Editorial Minotauro, refrescar este clásico de la literatura o leerlo por primera vez está muy asequible, a la mano de cualquier “huesudo” con apenas doce euros. Un dinero bien gastado para una historia que no olvidarás nunca, y puede que el señor Mortajosario se acuerde de ti algún día.

El árbol de las brujas

La historia gira en torno a unos chicos y su particular noche de Halloween, polvorienta y sucia como las tardes en el bosque de Huckleberry Finn. Sus planes darán un giro inesperado cuando uno de ellos, el chico sin miedo, el osado Huck de esta historia se queda atrás. Deja a sus no tan atrevidos amigos, al frente de su propio rescate, que tendrá que realizarse desde los aposentos de la propia muerte, al pie del verdadero y único árbol de Halloween.

Ray Bradbury nos lleva por algunas de esas noches de los muertos a través de los ojos de unos chavales que lo darán todo por salvar la vida de su amigo Pipkin. Nos lo cuenta a través de los ojos de unos niños de mentes abiertas, deseosas de conocimiento y aventuras.

La Noche de los Muertos, una tradición que ha recorrido siglos de historia y cientos de tribus, etnias y poblaciones. Llena de misterio y oscuridad, de intriga y pasión, su atractivo es tan grande como la imaginación que nos despierta.

Halloween suma con Bradbury a otro grande de la literatura norteamericana que cayó en sus fauces y lejos de conformarse fue más allá, indagando en otras culturas, en sus credos y alabanzas a la muerte, y lo hace genial.

 

El FESTIVAL ISLA CALAVERA ofrece una selección de cortos en abierto

Festival de Cine Fantástico de Canarias Isla Calavera 2020
Festival de Cine Fantástico de Canarias Isla Calavera 2020

El Festival de Cine Fantástico de Canarias Isla Calavera, que prepara una nueva edición para el próximo mes de noviembre, ofrece a los seguidores del género fantástico una selección de cortometrajes de ficción y documentales para disfrutar en casa, en estos días de confinamiento.

La propuesta, que ya está disponible en la web del Festival bajo el lema “Cine de cuarentena”, cuenta con la colaboración de los autores y consiste en títulos que participaron en anteriores ediciones del evento y otras recomendaciones.

En una primera tanda, presenta cuatro trabajos de producción española que han sido reconocidos en el ámbito internacional: Cambio (2016), de Daniel Romero; Mr. Dentonn (2013), de Iván Villamel; Héroe (2016), de los canarios José J. Ramallo y Vasni J. Ramos; y Porque hay cosas que nunca se olvidan (2008), de Lucas Figueroa, Premio Guinness de los récords al cortometraje más premiado de la historia.

El Festival de Cine Fantástico de Canarias, organizado por la Asociación Cultural Isla Calavera, la Asociación Cultural Charlas de Cine, la publicación especializada TumbaAbierta.com y Multicines Tenerife, inicia así la cuenta atrás para la celebración de su cuarta edición, que tendrá lugar entre el 13 y el 21 de noviembre de este año. Próximamente se abrirá el período de inscripción de largometrajes y cortometrajes para participar a concurso.

Anatomía de una serie: ‘EL VISITANTE’

Lograr que una serie capte la atmósfera de una novela no es nada fácil, que se palpe la tensión y el suspense que desde las páginas te lanzado a tu más cerrada intimidad cerebral tampoco es fácil. HBO se lanzó con esta historia y logró captar estos dos conceptos, que repito no son nada fáciles, que quizás sean los más difíciles de lograr. Desde el minuto uno de la serie El visitante sus creadores se volcaron en esta premisa, y se nota: una música latente, planos que sugieren tensión, los rostros tensos de un reparto que quizás sea lo mejor de la serie, etc. Todo esto está en la serie, y está en las páginas del maestro Stephen King.

Aquí tenemos una serie que es muy fiel a la novela, tanto que algunas de sus escenas fueron planificadas al dictado de cada capítulo. Los cambios sin embargo, casi todos, obedecen a contextos físicos o algún personaje que sumó a la traslación visual, y que lo que aporta es necesario para sumar profundidad en otros personajes más importantes de la trama.

Esta es una serie que la disfrutará más quién no haya leído el libro, o viceversa. Su premisa de arranque es tan potente que hace que esta historia arranque desde la cumbre de la intriga y el suspense e inevitablemente vaya en caída, suave, pero hacia abajo. Le pasa lo que al barco fantasma, su potencia en lo que al suspense se refiere y su fuerza visual (siempre hay que imaginar una proa abriendo la niebla en contrapicado, no se olviden) se pierden cuando te subes en él y lo recorres (palabras del maestro Alfred Hitchcock). No obstante, ese poder cautivador es el que te mantiene en las páginas de la novela de King y en los capítulos de la serie, y cuando recorremos la cubierta, los camarotes y la bodega, empezamos a notar la pérdida de peso del misterio, empezamos a bajar la ladera suavemente, pero lo disfrutas.

Jason Bateman es Terry Maitland, el principal sospechoso de ‘El Visitante’.

Como en algunas otras historias de King, en las que las premisas de arranque son lo mejor, y sus resoluciones, por lógica matemática, no están tan a la altura (algo que vemos normal en el maestro, y a lo que estamos ya acostumbrados quienes consumimos sus obras como posesos) son el recorrido y la tensión del mismo lo que hacen mantenernos en las páginas o en los capítulos (si son tan fieles a la obra como en esta ocasión). Aquí, los creadores de la serie tuvieron eso en cuenta y lo trabajaron notablemente. Conocían la teoría del descenso de la cumbre, y la amortiguaron, tal y como King lo hace.

Premisa

¿Puede una persona estar en dos sitios a la vez? Y si en uno de ellos comete un atroz asesinato, ¿cómo puede defenderse ante un jurado? ¿Qué pruebas culpan o exculpan a esa persona?

Y lo que suma a esta puesta de largo es el “qué” es lo que suplanta la identidad del original, quién es el visitante.

La serie mantiene el misterio en línea con la obra literaria. Nos van dando pequeñas dosis, necesarias para ir construyendo nuestro propio monstruo imaginario.

Sin embargo, para poder envolver este arranque de la mayor verosimilitud, hemos de encajarla en un elenco de personajes que sean asépticos a lo sobrenatural y que su propio descubrimiento sea el del espectador. Por tanto, la incredulidad de ellos y el empecinamiento de alguno en continuar por esa línea, serán vitales si no queremos desvelar mucho a través de los capítulos, si queremos mantener la tensión y la intriga.
La policía aquí juega ese papel, son los aferrados a la realidad como no podía ser de otra manera, pero necesitan de una mente abierta que les haga indagar por lo sobrenatural con la suficiente distancia para estar alejados de ella en caso de que fuera necesario. La detective Holly Gibney es el engranaje necesario para llevar un caso de asesinato por la senda del fantástico. Con la dosis justa del manejo de lo sobrenatural, este personaje será la mente abierta que desequilibre la balanza de la realidad hacia el terror a algo que no entendemos.

Referencias

A todos nos han contado alguna vez la historia de “El coco” o de “El hombre del saco”, un ser sobrenatural que viene a llevarse a los niños por la noche (algo de locos, nuestros padres y abuelos se habrían tomado algo para contarnos esas historias, y nosotros vacunados para cualquier cosa después de escucharlas). El visitante le da un sentido nuevo a este clásico de los cuentos orales de cama. Stephen King vuelve a tomar un referente popular del terror para darle su visión particular. Una visión atroz, tal y como la imaginamos los niños y niñas que la sufrimos de boca de nuestros padres y abuelos (tomaban algo fuerte, seguro).

Stephen King

Hablar del maestro King a los amantes del terror y el fantástico es como tratar de explicar el funcionamiento de un yogur; ni nos hace falta porque lo conocemos, ni queremos porque cada uno de nosotros se ha creado en su mente a su propio Stephen King.

Personalismos aparte, tenemos ante nosotros al escritor más adaptado al cine de la historia, a uno de los más prolíferos y al que sin duda es el que dejará la huella más honda el día nos deje.

En El visitante, Stephen King vuelve a utilizar un recurso que ya ha trabajado en su larga vida como escritor; coger un clásico del terror, un cuento popular, y darle su particular visión. Aquí encontraréis al King más macabro, el que es capaz de sacrificar a niños si la trama lo requiere. Si no has leído la novela, disfrutarás del suspense y correrás por sus páginas tratando de dar caza a uno de los personajes más escurridizos que ha creado Stephen King, El coco.

Richard Price: Showrunner de la serie

Un escritor adaptando a otro escritor, es como dejar a un bebé en los brazos de un ángel, y qué ángel. Polifacético y meticuloso escritor y guionista, Richard Price nos ha dejado un sinfín de buenos guiones y obras literarias a lo largo de sus años de trabajo. Es el guionista de El color del dinero y de The night of, serie que podrás ver en HBO al igual que El visitante. Además, también aportó a The wire su particular visión de la labor policial más cruda y realista, guionizando varios de los mejores capítulos de la serie de David Simon.

Este es sin duda alguna el principal acierto de esta producción. Price es un creador que maneja como pocos las realidades más duras de la calle. Es minucioso y meticuloso, hasta puntos insospechados, que te maravillan por ser ricos y ambiciosos. En las obras de Price todos los personajes son interesantes y tienen el peso que precisa la trama.

Cuando le preguntaron a Richard Price si era lector habitual de King, éste contestó: “No conozco a nadie a quien no le guste. Casi todo el mundo ha quedado marcado por tres o cuatro novelas suyas, y no suelen ser las mismas.”

Actualmente Price está tratando de sacar adelante una segunda temporada de la serie, ésta sería sin la colaboración de King ya que en la primera temporada se desarrolla la trama entera de la obra literaria del maestro.

Un reparto de altura

Ben Mendelsohn, un actor que nos maravilló con su interpretación en Animal Kingdom (David Michôd, 2010) interpreta al inspector Ralph Anderson encargado del caso. El personaje que ha de ir flexibilizando su raciocinio para poder entender un caso que le sobrepasa.

Mendelsohn es uno de esos actores con los que disfrutas simplemente con mirarlo, no nos hace falta que haga mucho. Sobrio en sus actuaciones y maestro del “microgesto”, es un actor que puede estar en cualquiera de las quinielas a los Oscars de los años venideros. Sin duda un gran acierto para la serie.

Ben Mendelsohn

Cynthia Erivo interpreta a la investigadora privada Holly Gibney, el elemento desequilibrante y embaucador necesario para llevar por la senda de lo sobrenatural a los escépticos policías. Un personaje lleno de aristas e incógnitas, que irá desplazando a otros a un segundo plano hasta hacerse con el coprotagonismo de la serie.

Erivo, actriz que ya vimos en Viudas (Steve McQueen, 2018), cantante y compositora, ganadora de un Tony por su papel de Celie en la obra El color Púrpura, realiza aquí un trabajo magnífico, un papel que le encaja a la perfección.

Mare Winningham interpreta a Jeannie Anderson, esposa del inspector Anderson encargado del caso. Uno de los mejores personajes de la serie. Rompe el cliché de la mujer florero del protagonista aportando inteligencia a la trama y desarrollo emocional al protagonista. Es además un personaje clave para desequilibrar la balanza de la investigación y del necesario salto a la credibilidad de lo imposible. A esta veterana actriz de televisión le va el papel como anillo al dedo. Es un gustazo ver su trabajo en cada plano, siempre en la medida justa y aportando a la escena lo que ésta requiere.

Mare Winningham

Jason Bateman interpreta a Terry Maitland, principal sospechoso del asesinato con el que arranca la trama. Este actor, que a priori destaca sobre el elenco actoral de la serie, es utilizado con un efecto “Hitchcock” en la trama, es el que nos da un giro tremendo e impactante cuando menos te lo esperas. Otro aspecto más que nos hace pensar en un trabajo de showrunner muy estudiado. El acierto también está en su elección para el papel, porque su bagaje como actor tiene un desequilibrio hacia la “comedia blanca”, hacia los papeles en los que siempre es buena persona o trata de hacer lo correcto. Y aquí eso juega un papel interesante, haciéndonos posicionarnos como espectadores hacia su lado (este tipo no puede ser el asesino, tiene cara de bueno). Sumen a toda esta ecuación que el propio Bateman dirigió los dos primeros capítulos de la serie, quizás de los mejores de esta primera temporada.

Jason Bateman

Crítica: ‘NIGHTMARE CINEMA’. Cóctel macabro

Al igual que sucede con las antologías de relatos, hay un placer especial en las películas episódicas. Es cierto que, por naturaleza, cada espectador suele conectar mejor con algunos bloques que con otros, pero ahí radica también parte del disfrute, en poder ver pequeñas historias de diferentes características y dejarse llevar por la variedad de temas y enfoques. Mick Garris, como productor y como director, es plenamente consciente de esto y un maestro a la hora de crear este tipo de cócteles macabros, donde poder conjugar las sensibilidades y peculiaridades creativas de directores de diferente índole. Masters of Horror fue un ejemplo de esto y Nightmare Cinema amplía esta visión, al menos en un sentido geográfico. Si la primera suponía la oportunidad de dar libertad a algunos de los nombres de referencia del género fantástico en Estados Unidos (la mayoría ya alejados de la primera línea de la industria), la segunda nace también con la idea de seguir abriendo fronteras a culturas diferentes, de ahí la incorporación de un argentino y un japonés al equipo.

Precisamente, el primero de los segmentos, The Thing in the Woods, viene firmado por Alejandro Brugués, quien al igual que ya hiciera con Juan de los Muertos, ofrece aquí una mirada cariñosa y respetuosa, aunque también cargada de parodia a diferentes subgéneros fantásticos, especialmente el slasher de los 80. Sangrienta, divertida, con un ritmo rápido y una acumulación espléndida de giros inesperados, supone un arranque sorprendente y lúdico para la película.

La segunda historia pertenece a Joe Dante, quien, manteniendo el tono usado en Masters of Horror, carga su segmento, Mirari, de lectura social. Si en Masters of Horror, reflexionó acerca de la Guerra de Irak y la violencia contra las mujeres, aquí pone su punto de mira en los abusos de la cirugía estética y la presión social especialmente hacia las mujeres sobre su apariencia física. Dante ofrece una sátira elegante, aunque no carente de algún que otro arrebato truculento.

Ryûhei Kitamura toma el control en el tercer episodio con una mezcla explosiva: religión, posesiones demoníacas, sexo, asesinato e infancia. Mashit juega con el tabú de manera gradual, colocando a lo largo de su metraje imágenes provocadoras y desafiantes que desembocan en una orgía de sangre. Al contrario que con Dante, aquí la intención no es tanto escenificar un discurso social, sino directamente atacar (con éxito) a la mentalidad más conservadora de la audiencia.

This Way to Egress es la propuesta que hace David Slade y supone una ruptura con respecto a los segmentos anteriores en cuanto a que se presenta en blanco y negro, pero además, frente a las propuestas más propiamente de género, aquí se opta por una puesta en escena más artística, y también más seria y agresiva que las anteriores, donde el humor equilibraba la violencia explícita. En nuestra opinión, éste es el segmento más logrado de toda la antología, no sólo en cuanto a realización en sí, sino también por su capacidad de extrapolar la acción, no a un espacio físico, sino a la perturbada mente de la protagonista.
El capítulo de cierre pertenece al anfitrión.

Mick Garris se encarga de dirigir Dead, regreso a los patrones de género puro y duro, con una historia de fantasmas con ecos a El Sexto Sentido”, rodada de manera elegante y segura por el veterano director. Las referencias al mundo de la música le da esa exquisitez al relato, que contrasta con las representaciones sobrenaturales, todas de corte violento y visualmente sórdidas.

Mención aparte tiene todo el apartado del Proyeccionista que sirve de hilo conector de los cinco cortos. Dirigida esta parte también por Mick Garris, supone lo más endeble de la propuesta. Más allá de la curiosidad de ver a Mickey Rourke en el papel, esa paulatina reunión de los diferentes protagonistas de las historias y la resolución final carecen de la originalidad y la destreza del resto de los segmentos. En el fondo parece lo que es, un elemento forzado para intentar dar una cohesión a los diferentes episodios que conforman la película.

Nightmare Cinema se convierte así en un menú de cinco platos, todos elaborados con la experiencia de cineastas conocedores del terreno en el que se mueven, y que, libres de cortapisas propias de producciones de mayor presupuesto, aquí sí pueden explayar su imaginería visceral y humor irreverente. La película apuesta por el terror adulto, con amplio uso del gore y rompiendo diferentes tabúes de nuestra cultura occidental como rara vez se puede ver hoy en día en los circuitos comerciales. Esperemos que la propuesta tenga buena recepción y tenga continuidad, recogiendo definitivamente el testigo dejado por Masters of Horror.

Póster de 'Nightmare Cinema'.
Póster de ‘Nightmare Cinema’.

Anatomía de una serie: ‘TITANES’

El desarrollo de una serie centrada en los famosos Teen Titans de DC Comics, me sugirió de inicio no pocas dudas, cuando además se anunció como primera producción propia de una nueva plataforma de escaso contenido las dudas se transformaron en temor. Cuando se publicó el primer tráiler de Titanes, el excesivo protagonismo de la música acrecentó mi desgana. Pero, he de reconocer que cuando se estrenó finalmente en España de la mano de Netflix, todo ello quedó como simple anécdota, al tratarse de un show que respeta el espíritu de su referente en las viñetas para actualizarlo con un toque más maduro y sumo cariño hacia los personajes.

Hablar de los Titanes de Marv Wolfman y George Pérez a modo de breve introducción es hablar de una de las colecciones más importantes del comic-book de los años 80, amén de la serie que catapultaría a sus autores como aquellos que habrían de hacerse cargo de Crisis en Tierras infinitas. Ambos habían trabajado juntos en Los Cuatro Fantásticos para Marvel y, por separado habían dado sobradas muestras de su habilidad. Sin embargo, su labor en el relanzamiento de los Titanes es considerada por muchos su trabajo más importante en una colección regular. Entre los dos, consiguieron que una idea que había empezado como la versión adolescente de la Liga de la Justicia pasara a convertirse en una franquicia independiente que aún hoy sigue dando guerra, aunque sin alcanzar el nivel obtenido en la etapa de los citados autores.

Titanes, la serie, es un producto hecho sin miedo a no encandilar a las complicadas audiencias teen de The CW, algo hasta ahora poco frecuente en las adaptaciones de DC para la pequeña pantalla.

Para explicar el tono de la serie, diré que Titanes se acerca más a la oscuridad de las pelis del DCEU (DC Extended Universe) con Zack Snyder (Man of Steel y Batman v Superman: Dawn of Justice), que a propuestas posteriores como Justice League, Aquaman o Shazam.

Si nos limitamos al universo televisivo, Titanes se parece más al universo de The Defenders de Marvel que al de las series de DC en CW. Aunque no lo sea, parece una serie del universo DC creada por Netflix.

Aunque la temporada se centra más en el desarrollo de la trama que en el de todos los personajes, lógico por otra parte pensando en temporadas sucesivas, son Dick Grayson (Robin original) y Rachel (Raven) los que tienen un mayor desarrollo.

Teniendo a Robin como el personaje más conocido para el público general, era un peligro que la sombra de Batman estuviera siempre presente. Quizás se pensó en el riesgo de que el espectador considerara que éste es un grupo de personajes de segunda fila, que dependería de que Bruce Wayne apareciera en algún momento. Y no ha sido así. Robin, Dick Grayson, es de lo mejor que he visto en la televisión en el universo superheroico de DC y desde luego la mejor representación de este personaje hasta el momento. La serie nos presenta a un Robin despiadado, frustrado y desquiciado. La sociedad lo ve como un peligro, e incluso se usa en numerosas ocasiones la palabra «sociópata». La relación que tiene con Batman / Bruce Wayne omnipresente en todo momento, le atormenta, sumiéndolo en una crisis de identidad que persiste incluso en la temporada 2. Al no tratarse de un personaje tan emblemático y encorsetado como Batman, la ficción de DC es valiente. No tiene miedo de probar, de aventurarse a explorar, desarrollar el personaje y lo hace de forma brillante.

Aunque me atrae la violencia en la ficción, resulta muy atractiva la propuesta descarada de este Robin al que le vence la ira, con la cara salpicada de sangre después de atacar como un psicópata a los malhechores.

Rachel (Raven) tiene el personaje con más desarrollo después del de Dick. Es el que genera más intriga desde el principio y es el motor de la trama de la primera temporada; lo que une al equipo. El misterio de su origen (para los que no conocemos la historia) y su lucha por controlar su lado oscuro mantienen el interés.

Si bien existe un déficit de presupuesto, pues el CGI canta en ocasiones, han sabido disimularlo con acierto al utilizar la noche como camuflaje y estar la mayor parte de los personajes conociendo sus habilidades, sin haber demostrado aún hasta dónde pueden ir con sus talentos; carencia que, no obstante, se subsana en buena parte en la segunda temporada.

El ritmo en cada episodio es uno de sus mejores aciertos, sin contar una o dos excepciones, hace que los 40-50 minutos que duran se pasen volando.

Otro de los aspectos más destacados son las escenas de acción. Están muy bien filmadas, eligiendo casi siempre los mejores planos. Han sabido captar a las mil maravillas cómo debe pelear un justiciero. Se nota el trabajo detrás del apartado técnico y es de agradecer que, visualmente, la serie sea una gozada absoluta.

La serie cuenta con Greg Berlanti como showrunner, director de la encantadora Love, Simon, que se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en uno de los productores televisivos más prolíficos y exitosos.

Su especialidad, la adaptación, en formato teleserie, de historias protagonizadas por distintos personajes procedentes de los cómics de la factoría DC. Suyas son series como The Flash, Arrow o Supergirl para CW.

Además de Berlanti, una de las bazas de esta ficción de DC es la presencia, en labores de producción y guion, de Akiva Goldsman, Oscar en la categoría de mejor guion adaptado por Una mente maravillosa (A Beautiful Mind), largometraje a mayor gloria de su pareja protagonista: Russell Crowe y Jennifer Connelly.

Desde luego y, sin ninguna duda, estamos ante la mejor ficción de DC para la pequeña pantalla hasta el momento, excepto quizás las primeras temporadas de Arrow.

Bruce llenó tu vacío de la única forma que sabía: con rabia y violencia. Wonder Woman fue creada para proteger a los inocentes; Batman fue creado para castigar a los culpables. Pero nosotros no somos ellos”.
-Donna a Dick (1×08).

‘EL VISITANTE’ siempre llama dos veces: lo que sabemos sobre la segunda temporada de la serie

Volvemos a hablar en estas páginas de Stephen King, algo perfectamente plausible cuando las adaptaciones al cine y la televisión del prolífico autor de más de 60 novelas y unos 200 relatos y novelas cortas están a la orden del día y sus resultados son tan notables.

Estrenaba HBO a comienzos de enero la miniserie basada en el libro de King del mismo título El visitante (The outsider), que vio la luz en mayo de 2018. Tanto la novela como su versión audiovisual han sido aplaudidas por crítica y público y, aunque la historia original se contó en su totalidad en la pantalla, las posibilidades de una segunda temporada están sobre la mesa y así lo aseguraba el propio Jason Bateman, director, productor y actor en la serie. La escena post-créditos al término del décimo episodio lo dejaba en el aire, pero según recientes declaraciones de Bateman a la publicación especializada Collider, el reputado guionista Richard Price (nominado al Oscar en 1987 por el guion de El color del dinero) está trabajando en nuevas ideas para dar una continuidad dado el éxito cosechado.

Las claves de El visitante, tanto en papel como en imagen, recaen en la investigación de un crimen brutal que tiene lugar en la localidad ficticia de Flint City, en Oklahoma. Todas las pruebas físicas y los testigos oculares apuntan a Terry Maitland, uno de los más populares y queridos habitantes del pueblo, como autor de la violación, mutilación y asesinato de un niño de 11 años. Sin embargo, en el mismo momento de la agresión, Maitland se encontraba a cientos de kilómetros de distancia, con una coartada perfecta corroborada por colegas de profesión e imágenes en vídeo. El misterio solo responderá a motivos sobrenaturales, sobre los que el detective de policía Ralph Anderson responsable de la detención del sospechoso pondrá todos sus reparos, mientras que la investigadora privada Holly Gibney, con la mente más abierta a estas circunstancias, llevará las indagaciones por estos cauces.

El tono de la propuesta de HBO recuerda a otros títulos para televisión como True Detective o Mindhunter, pausado y atmosférico, detonante de un ambiente turbador que engancha al espectador ansioso de conocer que sucederá en el siguiente capítulo; al igual que la novela, que lleva al lector a devorar sus páginas lo más rápidamente posible para descubrir todas las aristas del suceso.

El personaje de Gibney es ya conocido por los seguidores del escritor, tras aparecer en la trilogía de Mr. Mercedes (también llevada a televisión a través de Audience Network, en tres temporadas). Además, regresará en la próxima publicación de King, que saldrá a la venta el 21 de abril, una recopilación de cuatro historias cortas tituladas: Mr. Harrigan’s Phone, The Life of Chuck, Rat y If It Bleeds. Esta última, que da nombre al volumen y podría traducirse como “Si sangra”, recupera una frase que pudimos escuchar en la serie El visitante y abordará un nuevo y extraño caso a cargo de los carismáticos Anderson y Holly, quienes recuerdan a la pareja Dana Scully-Fox Mulder de Expediente X en lo que al choque entre escepticismo y creencias paranormales se refiere.

De otro lado, la criatura que centra la trama de El visitante nos lleva a pensar en un viejo mito de las historias más aterradoras en la bibliografía de Stephen King: It. Pennywise cuenta con el mismo afán por el horror y el dolor, del que también se alimenta el Cuco, el Coco, el Hombre del Saco o Baba Yagá, leyendas que utiliza Holly Gibney para dar forma a la entidad inexplicable de El visitante. En numerosas ocasiones al referirse a él lo llaman “Eso” y en un momento dado se le aparece a uno de los personajes “flotando” tras una ventana.

Todo lo anterior y un reparto de lujo, encabezado por Ben Meldensohn (Capitana Marvel) y Cynthia Erivo (Malos tiempos en el Royale), han dejado a los espectadores de El visitante con ganas de más.

TECNÓMADAS. PRÓLOGO: LA CANCIÓN DEL SILENCIO

«Para Thais, mi pequeña viajera»

Hubo un zumbido inaudible en el espacio profundo. Luego, un apelmazarse de la luz, unos grumos que aparecieron donde antes solo había oscuridad, como si unas anfractuosidades de espuma girasen en el espesor de un líquido, y el zumbido se convirtió en masa.

Había sido el último salto que el objeto podía dar por el Hipervínculo. Sus motores, exhaustos, no le permitirían hacer ninguno más, lo que significaba que la luz, esa antigua barrera, volvería a marcarle una frontera intraspasable. Estaba condenado a continuar su viaje a velocidades infrarrelativistas, lo que podía significar la ruina. No para él, pues era eterno: a menos que chocara contra algún otro objeto errante o lo atrajera el campo de gravedad de uno de esos sumideros cósmicos llamados estrellas, su cuerpo y su mente podían funcionar eternamente. Pero eso no era lo que él quería. Tenía prisa. Debía cumplir una misión.

El objeto que había salido del Hipervínculo era una nave. O más bien, la reconfiguración de un montón de materia y de recursos en forma de nave espacial, con capacidad de movimiento autónomo. Originalmente, antes de partir hacia el espacio profundo, no había sido eso. Ni siquiera había tenido nombre con el que llamarse a sí misma. Cuando viajaba en estado de reposo en la bodega de la Gran Nave no era más que una masa cúbica de mil ochocientas toneladas de sensometal en estado inerte, durmiendo un largo sueño a la espera de que lo llamaran para que se pusiera en manos de quienes estaban destinados a usarlo, es decir, los colonos de los lejanos asentamientos del Imperio Gestáltico. El sensometal era uno de los últimos gritos en la tecnología del Imperio, un sistema de computación sólida que eliminaba el desplazamiento de la energía y su degradación. El principio de no desplazamiento de la energía hacía que su mente estuviera a la vez en todos los lugares de su cuerpo y en ninguno en concreto. Así de eficiente era. Así de extraño.

En las sabias manos de los colonos se transformaría en lo que ellos necesitaran en ese momento: cuchillas para arados, paredes para graneros, motores para camiones, circuitería para antenas… lo que fuera necesario para aumentar el nivel de productividad de la colonia. Sus células hacían de anfitriones para bacterias arqueriotas y microorganismos extremófilos destinados a su uso en ambientes de cultivo extremos. El sensometal estaba contento con ese destino: había sido creado para servir, para hacer evolucionar cualquier otra tecnología atrasada con la que entrara en contacto hacia escalones superiores, volviéndola más moderna, más competitiva. Sus mejoras se extenderían como un virus por toda la materia inerte y por el software que encontrase en su camino. Era, a todos los efectos, un «actualizador» del nivel de vida de cualquier asentamiento humano.
Sin embargo, ese bello sueño nunca tuvo lugar. Porque por razones desconocidas, justo en mitad de la misión de la Gran Nave, esta fue destruida. Y su carga, incluyendo el montón de sensometal inerte, quedó flotando a la deriva en el espacio, a millones de kilómetros de ninguna parte.

¿Cómo cumpliría ahora su misión?

Recordaba muy poco del desastre. Sabía que había sido embarcado en Delos, la capital del Imperio, y que su destino final eran los mundos diamantinos de Nubia Sagitarii, allá en el borde exterior. No era un viaje muy largo, a pesar de los miles y miles de pársecs que separaban ambos sistemas solares: como todas las grandes naves de carga, la que lo llevaba a él contaba en su interior con unos navegadores mnémicos del Teléuteron, cuyas mentes enlazarían con la del supremo Emperador Gestáltico para teleportar la nave directamente a su destino —ellos decían «proyectar»—. El carguero desaparecería de la existencia en Delos y volvería a materializarse, instantáneamente, en la órbita del mundo de destino.

Por desgracia, un vuelo de rutina se convirtió, jamás supo por qué, en una debacle: los sentidos del sensometal, colocados en modo pasivo, despertaron al percatarse del caos que se desataba a su alrededor. Aturdido, vio cómo la bodega se desgarraba, todo su contenido expulsado al espacio. Los tripulantes gritaban de pánico, corrían a las cápsulas de salvamento, todo el mundo estaba muy asustado. Vio fuego en las bolsas de oxígeno contenidas por los campos de fuerza, las ondas expansivas de las explosiones, el metal de la nave madre desgarrándose y calcinándose a medida que unas gigantescas bolas llenas de fuerza cinética impactaban contra ella. Cuando el cubo de sensometal fue expulsado al vacío, pudo ver la terrible realidad: la nave había aparecido por error en las cercanías de una estrella —no sabía ni siquiera si era su estrella, Nubia Sagitarii, aunque no lo parecía—, en medio de un enjambre de asteroides que estaba siendo atraído hacia ella a enorme velocidad. Esas rocas estaban pulverizando el carguero, convirtiéndolo en un borrón de metal triturado que se sumaba a la inmersión en aquellos dantescos campos gravitatorios.
¿Cómo era posible? El Emperador jamás cometía esa clase de errores. ¿Cómo habían aparecido tan cerca de un pozo gravitatorio? ¡Era una locura, un suicidio! Aquel sistema solar ni siquiera parecía estable, sino que estaba lleno de polvo y caos: era un entorno muy primitivo en el que los objetos planetesimales todavía se agregaban para formar cuerpos mayores, y llovían sobre los planetas para alterar su forma y composición. Un entorno muy peligroso para cualquier objeto construido por el hombre.

Al cubo le quedaban pocos segundos para encontrar una solución y escapar, o se convertiría en otro asteroide engullido por el horno solar. Así que hizo lo que mejor sabía: evolucionar. Convertirse a sí mismo en otra cosa. Y su elección, obviamente, fue una nave estelar.

Se reconfiguró para adoptar un diseño de chalupa de corto alcance, toda motor y núcleo de empuje, sin espacio para pasajeros ni cabina. Le habría gustado salvar a alguno de aquellos desdichados que morían a miles a su alrededor, pero era demasiado tarde, pues la nave no tenía tripulación, solo mente y cuerpo. Cuando estuvo preparada, saltó al Hipervínculo. Era una forma de viajar muchísimo más lenta que a través de la conexión mnémica, pero al menos la sacaría de aquella trampa mortal.
Y así fue como empezó su viaje de varios siglos.

La capacidad de salto de la pequeña nave era muy limitada, por lo que usó todos los trucos conocidos por el hombre para acelerar, que ella podía rescatar de sus bancos de memoria: desde frenados aéreos a efectos de tirachinas electromagnéticos, todo lo que pudiera impulsarla en una dirección determinada sin tener que gastar su valioso combustible, destilado a partir de sí misma. La nave canibalizaba sus propias entrañas para saltar al Hipervínculo, lo cual implicaba que mientras más saltos ejecutara, menos cantidad de ella quedaría para llegar al destino final.

Sin embargo, la pregunta crucial seguía siendo cuál era ese destino.

Con la cantidad de detrito cósmico que había en aquel sistema era muy improbable que hubiese mundos colonizados cerca, así que hizo nacer en su proa una antena de leptones y sondeó con ella las luces cercanas, las estrellas del vecindario. Y, ¡oh, milagro!, encontró algo: un faro que le devolvió la señal. Un intervalo musical corto en la canción del silencio.
Contenta, la sensonave fue en aquella dirección. Atravesó campos vacíos, hectáreas de luz solar sembradas de partículas rutilantes. Una nebulosa, el cuento inacabado que una estrella interrumpió. El problema era que tardaría en llegar hasta allí: a la distancia a la que estaba de aquel otro sol y dada la poca velocidad que podía desarrollar su motor recién nacido, le llevaría un par de siglos en cómputo humano alcanzar su destino. A ella no le importaba, por supuesto, pues podía vivir eternamente, pero ¿qué pensarían los humanos a los que se debía en cuerpo y alma? ¿Qué opinión tendrían de ella si aparecía con cuatro o cinco generaciones de retraso, dispuesta a servir a los hombres actualmente vivos cuando fueron sus tatarabuelos los que más la necesitaban?

Ese problema estaba fuera de su alcance. No podía hacer más que lo que ya hacía, pues no fue culpa suya que la Gran Nave se destruyera. Así pues, con un encogimiento de hombros digital, aceleró rumbo a aquella baliza y rezó, si es que las mentes cuánticas rezan, por llegar a tiempo para resultarle útil a la colonia.

Lo que jamás pensó fue que cuando llegara allí, ya quedaría poca civilización a la que socorrer.

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Ilustración de portada: Daniel Fumero para LIMBO KIDS