Crítica: VENOM. El veneno del cine moderno

Estreno en cines (España): 5 de octubre de 2018

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Venom
Venom

Hay un veneno que se extiende por la industria del cine y que lo carcome por dentro. La necesidad de llegar a un público mayoritario obliga a desnaturalizar a muchas películas que acaban convirtiéndose en obras lobotomizadas para encajar en los cuadrantes comerciales. Venom es un ejemplo de ello.

En la película vemos convivir diferentes tendencias de acuerdo a los intereses de según qué sector de la producción. Mientras el estudio quiere un producto abierto a un público juvenil, que pueda ramificar en una franquicia; el director y el actor principal apuestan por la comedia negra, gamberra y, en ocasiones, irreverente.

A lo largo del metraje vemos muchos intentos de secuencias espectaculares, con esa narrativa caótica propia de la era post Michael Bay (como en la horrible batalla final, donde resulta harto confuso distinguir qué está sucediendo en la pantalla). Latente, se aprecia un ansia de desatar a la bestia y ofrecer un producto con brotes de terror y hasta cierto gore, que nunca llega a salir a la superficie.

El sentido del humor también aspira a ser más insolente, más acorde al modelo de Deadpool, pero su campo está repleto de vallas que limitan su trayectoria. Por otro lado, por mucho que hace tiempo que Venom se ha independizado de cabecera materna, lo cierto es que este “estoy, pero no estoy” dentro del Spider-Verse (con algún guiño solapado a determinados personajes y situaciones, pero evitando cualquier referencia directa al trepamuros) también deja a la cinta un tanto huérfana de contexto.

Al final, tanto tirar cada uno para su lado hace que la película no tenga una identidad definida, un objetivo claro, ni un resultado conciso. Todo es dispersión, confusión y callejones sin salida.