Tradicionalmente, los cuentos infantiles no se entendían únicamente como un divertimento para los más pequeños, sino como una forma de acercarles a algunos de los grandes conflictos de la vida, una versión beta de la realidad que servía de preparatorio psicológico. Con el tiempo, hemos reducido este componente, especialmente en sus contenidos más crudos, por lo que aspectos como la violencia o la muerte han sido, si no eliminados, sí rebajados al mínimo. Sin embargo, cada vez que queremos hacer un guiño a la cuentística tradicional, estos elementos resurgen de entre las sombras, como los monstruos que les sirven de metáfora.
Atrapando a un Monstruo es la opera prima cinematográfica de Bryan Fuller, un cineasta que proviene del mundo de la televisión, donde, por lo general, siempre ha estado más resguardado en el terreno de las franquicias o contenidos con licencia previa. Es verdad que los títulos que lanzaron su carrera fueron las series Héroes y Criando Malvas, pero han sido títulos como Star Trek (especialmente, Star Trek. Discovery), Hannibal o American Gods los que han impulsado su carrera.
EL VIEJO MUNDO
Con la película que aquí nos ocupa, salta de las plataformas al cine y lo hace con un cuento gótico moderno, de impronta muy europea, donde el tono infantil se combina con elementos de violencia, como asesinos a sueldo o monstruos que devoran personas. Hay quien ha querido ver aquí una influencia de Guillermo del Toro y su goticismo clásico. Lo cierto es que a nosotros nos parece más cercana al cine dirigido por aquella dupla efímera, pero icónica, formada por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, especialmente La Ciudad de los Niños Perdidos.
El tono de la narración es barroco. Fuller mantiene la cámara en movimiento perpetuo, girando sobre sí misma, sobrevolando la escenografía, acompañando los movimientos de los personajes. No es sólo una cuestión de dar ritmo a la historia, sino un uso premeditado de la imagen para enfatizar el carácter ensoñador de la historia y de los personajes. Esto viene reforzado por una dirección de arte recargada. Todos los espacios, el vestuario, los colores, el atrezzo, todo es excesivo, pomposo, hasta lo irreal.

EL MUNDO DE LOS SUEÑOS
Desde un primer momento, la perspectiva de la historia viene dada por el personaje infantil, dejando claro que parte de su percepción de la realidad viene determinada por su imaginación. Cuánto de real y cuánto de ensoñación hay en la historia es parte del juego. Fuller hace trampa con eso, presentando al personaje de Mads Mikkelsen (quien repite con Fuller tras su papel de Lecter en la serie Hannibal) con una estilizada escena de lucha, donde sicarios orientales y la figura de un dragón se entremezclan. Los acontecimientos ajenos a la mirada de la niña tampoco rompen con la idea de ilusión. No hay un salto de realidad en el restaurante donde Mikkelsen se reúne con el personaje de Sigourney Weaver y, desde luego, la banda de sicarios liderados por David Dastmalchian resulta tan estrambótica como cualquier cosa asociada a David Dastmalchian puede ser.
FANTASÍA DE BAJO PRESUPUESTO
Lo llamativo de todo esto es que Fuller ha contado con un presupuesto de 12 millones de dólares, bastante bajo para ser una película de producción estadounidense. La película ha sido rodada en plató, algo necesario para crear esa atmósfera de cuento de hadas; sin embargo, cuenta con una dirección de arte muy ambiciosa. Cuenta con un reparto de rostros conocidos, aunque queda patente que, Mikkelsen aparte, las estrellas más relumbrantes del reparto han contado con pocos días de rodaje, diseminando bien sus escenas a lo largo de la película.
En cuanto a los efectos digitales, Fuller juega con el fuera de campo o la visión parcial de la criatura hasta el clímax final, donde ya si despliega a su monstruo. Todo esto disfraza las carencias presupuestarias de la película, pero también obliga a jugar con varias escenas de relleno que permitan armar un metraje adecuado, pero que, en la parte central de la cinta, cae en una cierta repetición y vacuidad. Afortunadamente, todo esto se redime en su extenso clímax final.
COLORÍN COLORADO
Atrapando a un Monstruo es una película atípica, más anacrónica que contemporánea, con un espíritu más europeo que estadounidense, y una ambición de superproducción para un presupuesto exiguo. En un punto intermedio entre estas dicotomías, la cinta encuentra su identidad, pero no puede evitar la tirantez de conceptos. Aún así, resulta original y llamativa, un entretenimiento anómalo, que, sin cumplir sus ambiciones, sí deja un buen regusto en el paladar del espectador.










