REPORTAJE: IP MAN. UN MAESTRO DE LEYENDA

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Hay vidas que sin necesidad de añadirles nada, ya son material de leyenda. Vidas que honraron a todos aquellos que tuvieron la oportunidad de convivir con ellas. Vidas que, mientras existieron sobre la faz del planeta, ayudaron a que nuestro mundo fuera un lugar mejor.

Todo esto y mucho más se puede decir de una persona como Yip Man, más conocido como IP Man, uno de los grandes maestros en artes marciales, y en la vida, de cuantos han existido. Hombre sencillo, humilde, y nada pagado de si mismo, Yip Man fue considerado por sus contemporáneos como el mejor experto en el arte marcial del mundo.

Sin embargo, el mayor interés de Yip Man fue enseñar el arte del Wing Chun –disciplina que proviene de los legendarios monjes Shaolin– a todo aquel que quisiera y no pasarse la vida peleando para demostrar su valía ante los demás. Dicha filosofía le granjeó, a lo largo de su vida, muchas enemistades, sobre todo entre los maestros de las distintas escuelas, empeñados en enseñar sus conocimientos sólo a un selecto y reducido grupo de alumnos. A todo esto, hay que sumar los cambios políticos y sociales que le tocaron vivir,  primero con la invasión japonesa de su ciudad natal, Foshan, y luego con la victoria del partido comunista chino, una vez acababa la Segunda Guerra Mundial, los cuales le obligaron a tener que emigrar para poder continuar con su labor docente.

Al final, en 1945, Yip Man se asentó en Hong-Kong, por entonces colonia británica, un lugar donde, tras superar la trabas impuestas por los maestros en artes marciales del lugar, tal y como ya le había pasado en su país, logró afianzarse como maestro de maestros en el estudio del Wing Chun. De aquellos años y todos aquellos alumnos a los que enseñó, hay uno que, por razones más que conocidas, brilló con luz propia, aunque no tanto como su maestro hubiera querido. Su nombre, Bruce Lee.

Con tales antecedentes, es lógico pensar que la vida de Yip Man fuera llevada al cine, mezclando la épica cinematográfica con los sucesos reales que jalonaron la vida del maestro.
Al final el productor Raymong Wong y el director Wilson Yip se pusieron al frente de un proyecto encabezado por el actor Donnie Yen, quien da la réplica al personaje de Yip Man, dividiendo la historia en dos partes.

La primera de las dos películas, tituladas ambas IP Man –y presentadas en el Festival de Cine de Sitges– cuenta los problemas de Yip Man cuando los japoneses invadieron su ciudad natal, Foshan, durante la Segunda Guerra Mundial. Yip Man no era un hombre violento, más bien todo lo contrario, pero los continuos atropellos de las tropas japonesas le obligaron a situarse frente al enemigo, llegando a rechazar una proposición para entrenar a las tropas japonesas del lugar.
Sobra decir que los mandos en plaza no estaban muy contentos con la actitud de maestro, dada su popularidad y credibilidad ante la población local. Sin embargo, Yip Man no se amilanó ante los continuos acosos de personajes como el general Miura o el coronel Sato, fiel reflejo de los excesos cometidos por las tropas niponas en aquellos años.

A la película de Wilson Yip se la criticó por exagerar dicho enfrentamiento, el cual llega a su momento cumbre con la pelea frente a frente con el fanático general Miura. Dicho recurso, no obstante, sirve para ejemplificar la actitud del personaje frente al invasor, dando rienda suelta a la épica inherente en este tipo de producciones en detrimento, eso si, del carácter documental que algunos quieren llegar a encontrar cuando se habla de una figura histórica.

De igual forma, el enfrentamiento con el zafio y pendenciero campeón de boxeo británico –Taylor Milos– refleja la visión que muchos occidentales tenían del pueblo chino en los años en los que Hong-Kong formaba parte de la colonia británica. Sus malos modos y su falta de respeto hacia las tradiciones de un pueblo muchísimo más antiguo que el suyo es un cliché que aún hoy en día pervive en la mente de muchos. El enfrentamiento entre el David oriental, Yip Man, y el Goliat occidental, Taylor Milos, recuerda, en muchos de sus lances, al “choque de trenes” entre el gigante soviético Ivan Drago y Rocky Balboa, aunque sin la carga ideológica de esta última. Al final, como ya ocurriera en la bíblica historia, el gigante occidental deberá doblar la rodilla ante el coraje y el empeño del maestro Yip Man, quien acabará con la estela de imbatibilidad de Milos y sus delirios de grandeza.

Puede que IP Man. Parte dos no mantenga el nivel de intensidad de la primera película, sobre todo porque ya se ha perdido parte del asombro ante la maestría de Yip Man cuando se enfrenta a cualquiera de sus adversarios. Sin embargo, las dos partes conforman un todo en el que la figura y la filosofía vital de Yip Man sí quedan muy bien reflejadas. Esto se debe, en gran medida, a la cuidada y espectacular coreografía, responsabilidad del no menos mítico Sammo Hung, quien aparece en la segunda parte, en el papel del maestro Hung Chun-nam. Siguiendo con los paralelismo, el personaje de Sammo Hung muere en el ring víctima de la paliza que le propina Taylor Milos, tal y como le sucede al personaje de Apollo Creed en Rocky IV.

La suma de todos estos factores, convierten a las dos películas basadas en la vida de Yip Man en una de las propuestas más interesantes y recomendables que el cine de artes marciales ha presentado en los últimos años. El trabajo de Donnie Yen es de una enorme intensidad, aunque no pierde el carácter sencillo y relajado que siempre acompañó al maestro a lo largo de su vida. Junto a él, actores como Simon Yam, Lynn Hung o el ya mencionado Sammo Hung completan un reparto que contribuye a darle empaque y credibilidad a las dos realizaciones.

IP Man 2 finaliza con la llegada a la escuela de Yip Man de un joven y pendenciero Lee Jun-Fan, luego conocido como Bruce Lee, el cual es despedido por el maestro ante su corta edad. Unos años más tarde, la leyenda de Yip Man se volvió a  cruzar con Lee, ya un adolescente de 13 años, quien se convirtió el primer y mejor escaparate que han tenido las artes marciales durante el pasado siglo XX. Claro que ésa es otra historia, aunque igualmente impregnada del espíritu que Yip Man dejó en todos sus alumnos.