‘GHOST OF TSUSHIMA’ avanza los comentarios del director

Ghost of Tsushima desvela un avance del vídeo de los comentarios del director del videojuego, contenido disponible al completo en la edición Digital Deluxe del título.

En él, el director Nate Fox, Shuei Yoshida y el prestigioso historiador Kazuto Hongo, ahondan en las claves históricas del videojuego para descubrir lo que realmente ocurrió en la invasión mongola de la playa de Komoda, Tsushima, en el año 1274.

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Este tráiler muestra un resumen de los comentarios del director, con el que los fans del título podrán conocer cómo se creó la historia de Jin Sakai a raíz de este acontecimiento histórico del siglo XIII, cómo lucharon los samuráis frente a las hordas del imperio mongol y cómo de fieles son las vestimentas y armaduras del juego, entre otros aspectos.

Además, desde hoy los jugadores tendrán la oportunidad de actualizar la edición estándar de Ghost of Tsushima para disfrutar de este contenido al completo y el resto de ventajas de la Digital Deluxe Edition. Esta actualización ya puede adquirirse a través de PlayStation Store a un precio de 10,99€ e incluye las siguientes características:

• 1 punto de técnica
• Amuleto de gracia de Hachiman*
• Conjunto de aspectos Héroe de Tsushima*: Máscara dorada, Armadura, Diseño de espada, Caballo, Montura
• Minilibro de arte digital
• Comentarios del director
• Tema Samurái para PS4™

Ghost of Tsushima, exclusivo de PlayStation 4, ya está disponible a un precio recomendado de 69,99€ y PEGI 18 a través de PlayStation® Store y puntos de venta habituales.

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‘LITTLE MONSTERS’, de estreno en cines

Este viernes, 14 de agosto, llega a los cines españoles Little Monsters. Esta comedia de terror, la nueva película escrita y dirigida por el cineasta australiano Abe Forsythe (Down Under), está protagonizada por la actriz ganadora del Oscar que ya sorprendió en el género por su papel en Nosotros, Lupita Nyong’o (12 años de esclavitud).

La película tuvo su première mundial en la pasada edición del Festival de Sundance y se presentó en el Festival de Sitges, en el Festival Nocturna de Madrid (Premio Mejor Actriz, Premio del Público, Premio Mejor Guion), en el Festival de Cine Fantástico de Canarias Isla Calavera (Premio Mejor Largometraje, Premio Mejor Guion), en el Festival de Cine de Terror de Molins de Rei, en el Fancine Málaga y en la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián.

Además de contar con la multipremiada Lupita Nyong’o, la película está protagonizada por Alexander England (Alien: Covenant) y Josh Gad («La bella y la bestia», «Pixels: La película»), entre otros.

En Little Monsters, Dave acompaña a su sobrino a una excursión escolar para poder acercarse a una de las maestras. Todo irá bien hasta que se desata una invasión zombi que amenazará sus planes.

Proyectos de Guillermo del Toro y nueva serie de televisión sobre ‘MIMIC’

El éxito del oscarizado cineasta mexicano Guillermo del Toro es incontestable, pero remontándonos a sus inicios, su debut en Hollywood fue tremendamente irregular y no hacía presagiar una filmografía de género fantástico repleta de joyas como su último largometraje, La forma del agua, con la que logró cuatro premios Óscar en 2018, incluido el de mejor película del año. En 1997 estrenaba Mimic, su segundo trabajo tras la producción mexicana Cronos, que había llamado la atención de Miramax y de los hermanos Bob y Harvey Weinstein.

El encargo consistía en la adaptación de un relato del escritor estadounidense especializado en ciencia ficción Donald A. Wollheim que planteaba la posibilidad de que los insectos pudieran tomar el control y hacer frente a los seres humanos. Lamentablemente, las diferencias entre los productores y el director, junto a complicaciones de todo tipo, desencadenaron un resultado final sin éxito alguno. Tampoco se desmarcaron sus sucesivas secuelas Mimic 2 (2001) y Mimic 3 (2003), que llegaron directamente al mercado doméstico ya sin el mexicano al mando. Pese a todo, con los años y con la aparición en 2011 de un nuevo montaje del director (tras desvincularse la productora de los Weinstein), la película se ha convertido en un título de culto para los amantes del terror.

La premisa ideada por Wollheim sigue, sin embargo, interesando a Miramax, y los estudios acaban de anunciar el desarrollo de una serie de televisión basada en el cuento original. En el proyecto no estará Guillermo del Toro, pero contará con Paul W. S. Anderson como productor ejecutivo y en la dirección, al menos, del episodio piloto. Especializado en llevar al cine videojuegos como Mortal Kombat, Resident Evil o, próximamente, Monster Hunter, el director británico irá de la mano de Jim Danger Gray (Hannibal, Orange is the new black), como showrunner, guionista y también en la producción ejecutiva.

El reparto

La versión de Guillermo del Toro contaba con un reparto destacado encabezado por Mira Sorvino, en el papel de una científica, especialista en entomología, que descubre junto a su marido el remedio para acabar con una plaga de cucarachas en Nueva York que ha propagado una enfermedad que afecta a los niños. Bajo el nombre de Judas, desarrollan un insecto modificado genéticamente para cumplir con su objetivo, pero años más tarde, evolucionará y se alzará contra las personas. También participaban Josh Brolin (Thanos en el universo cinematográfico de Marvel), Doug Jones (habitual en el cine de Del Toro en el papel de los monstruos), Giancarlo Giannini (Quantum of Solace y Casino Royale) y Norman Reedus (Daryl Dixon en The Walking Dead). Por su parte, aún no han transcendido detalles del elenco ni del argumento de la nueva propuesta de Anderson.

The Hollow Ones, nuevo libro de Guillermo del Toro y Chuck Hogan

De otro lado, el mexicano sigue con sus propios proyectos y acaba de lanzar un nuevo libro, The Hollow Ones, coescrito junto a Chuck Hogan, autor de El príncipe de los ladrones, que llevó al cine Ben Affleck en 2010 (The Town). Como tándem, ya presentaron en 2009 y 2010 las novelas Nocturna y Oscura, una vuelta de tuerca al género de vampiros que llevarían a la televisión en 2014, a través de la serie de cuatro temporadas The Strain. En The Hollow Ones, no abandonan el terror, pero se embarcan en un thriller policíaco con elementos y criaturas sobrenaturales.

Nuevos trabajos de Guillermo del Toro para el cine

Mientras tanto, trabaja en sus dos próximos trabajos para la pantalla grande: el thriller ‘El callejón de las almas perdidas’ (Nightmare Alley), cuyo rodaje había iniciado en enero con Bradley Cooper, Cate Blanchett, Toni Collette y Willem Dafoe; y su oscura versión del cuento clásico de ‘Pinocho’, que prepara en stop-motion junto al especialista en esta técnica de animación fotograma a fotograma Mark Gustafson (El fantástico Sr. Fox). En esta última participan estrellas como Tilda Swinton, Christoph Waltz, Ron Perlman y Ewan McGregor, quien dará vida a Pepito Grillo.

‘THE LAST OF US PARTE II’ presenta una nueva actualización con mejoras.

Sony Interactive Entertainment anuncia que The Last of Us Parte II tendrá un parche de actualización gratuito que añade la dificultad realista y el modo de muerte permanente entre otras funciones y trofeos.

Para los fans más veteranos de The Last of Us, la dificultad Realista representa la prueba de habilidad definitiva. Esta dificultad lo hace todo más complicado, no solo con enemigos más letales y munición, mejoras y materiales de fabricación increíblemente escasos, sino que también elimina herramientas de supervivencia tan cruciales como el modo Escucha o los elementos del HUD.” Así lo ha expresado Matthew Gallant, diseñador principal de sistemas de Naughty Dog.

Este modo pasará a ser una de las opciones de dificultad básicas disponibles al comienzo de la historia, de modo que no será necesario haber completado el juego para que esté disponible.

Para añadir una capa extra de dificultad, también se ha incluido el nuevo modo de muerte permanente. Con este modo de personalización activado, los jugadores no tendrán segundas oportunidades: deberán completar el juego entero sin morir o, de lo contrario, deberán empezar desde el principio. “Aunque, si os desmoraliza demasiado la idea de tener que empezar desde cero, podéis activar el modo de muerte permanente con puntos de control por capítulos o actos. En otras palabras: si morís al final del día uno, tendréis que repetir el día completo” detalla Matthew.

Como recompensa, la actualización Realista presenta dos nuevos trofeos: uno por completar el juego con cualquier modo de muerte permanente activado y otro por superarlo en la dificultad Realista, que no serán necesarios para conseguir el platino.

Además de los nuevos retos de dificultad, Naughty Dog incluirá en este parche un modo con gráficos cel shading,thriller noir y en tonos sepia, entre otros. En total, una treintena de nuevos modos de renderizado gráfico, así como varios modificadores de sonido que permitirán jugar de un modo diferente.

También llegarán nuevos modificadores de juego desbloqueables:

Mundo de espejo
Mundo Invertido al Morir
Cámara Lenta
Modo Velocidad de Bala
Munición Infinita
Fabricación Infinita
Duración Cuerpo a Cuerpo Infinita
Alcance del Modo Escucha Infinito
Un Disparo
Toque de Muerte
Sonido 8 Bits
Sonido 4 Bits
Sonido Helio
Sonido Xenón

Todos estos modificadores están disponibles en el menú de Extras y se desbloquean al completar el juego.

Serie de mejoras y nuevas funciones que se incluirán con la actualización Realista:

Tiempo de juego actualizado al segundo en las partidas guardadas
Opción de Ajuste de Granulado de Película
Opción para Desactivar el Modo Escucha
Opción para Apuntar con Función de Sensor de Movimiento
Opción para Mostrar el HUD de Lanzamiento
Opción para Escalar la Aceleración al Apuntar
Opción para Escalar la Potencia al Apuntar
Mejoras de accesibilidad para el encuentro Zona Cero, seguimiento de coleccionables, Modo Escucha Mejorado para los coleccionables y mecánicas de juego con cuerda

The Last of Us Parte II, el videojuego exclusivo de PlayStation 4, ya puede ser adquirido a través de PlayStation Store y en los puntos de venta habituales a un PVP recomendado de 69,99€ y PEGI 18.

Avance de ‘THE CROWN OF WU’

The Crown of Wu, el videojuego de aventuras, acción y puzles del estudio español Red Mountain, presenta un nuevo tráiler que muestra el avanzado desarrollo en el que se encuentra. El videojuego, que cuenta con el apoyo de PlayStaton Talents y la escuela de artes digitales Trazos, y está siendo desarrollado en el PlayStation Talents Games Camp de Madrid.

El título presenta una propuesta que combina una estética tradicional de tintes asiáticos y el futurismo, en una aventura que narra la historia de Wu, un antiguo heraldo del Emperador de la Gran Ciudad de Sihul que despierta congelado tras su condena.

The Crown of Wu

Wu deberá recopilar la información que le proveerán los habitantes de diferentes escenarios, quienes están sometidos a unos temibles robots a los que deberá enfrentarse para limpiar su imagen y redimirse de su pasado. Avanzando por los distintos niveles, el jugador irá descubriendo la historia del protagonista, ayudando a Wu a restaurar equilibrio en la Maquinaria Ancestral que conecta toda la red mineral y así salvar su mundo.

The Crown of Wu llegará próximamente en exclusiva para PlayStaton 4.

The Crown of Wu

Crítica: «TRAIN TO BUSAN 2: PENINSULA»

Han pasado cuatro años desde que, sin saber muy bien ni cómo, ni por qué -explicaciones hay, pero tampoco es que sirva de mucho a estas alturas- los ciudadanos de la república de Corea comúnmente conocida, ésta, como Corea del Sur, empezaron a transformarse en una suerte de horda sanguinaria y descarnada, la cual tertrain minó con la respetable pátina de la sociedad que, hasta ese momento, habitaba en aquel lugar del globo.

En realidad, todo el entramado duró solamente un día, tiempo en el que las bases sociales, políticas y militares se vieron sacudidas y, luego, totalmente demolidas por una pandemia que se extendió como un megalítico cataclismo que nadie pudo evitar. Quienes lograron escapar, para dar con sus huesos en la podredumbre de los callejones y el submundo de la antigua colonia británica de Hong-Kong, ya casi se han olvidado de todo aquel escenario que empezó, una noche cualquiera, en una estación de metro de la capital del país, Seúl.

Si nos detenemos un momento, aquel insignificante suceso pivotaba sobre dos personajes, aunque, en medio de ella, aparecerá un tercero en discordia, el cual, como invitado no deseado, terminará por acarrear situaciones mucho más dantescas, en un escenario ya de por si infernal del todo. Tampoco me quiero olvidar de un “sin techo” que tratará, insistentemente y sin ningún tipo de resultado, de ayudar a quien, a todas luces, es el “paciente cero” de la epidemia, pero su inserción en esta narración tiene como finalidad principal el ponernos en situación; es decir, presentarnos todo el escenario en el que transcurrirá esta tragicomedia macabra y, de paso, conocer más en profundidad las cloacas de una sociedad, la surcoreana, la cual parece modélica, pero, en realidad, es todo lo contrario.

'Train to Busan 2: Península'
‘Train to Busan 2: Península’

Es más, todo está tan borroso que quienes aún recuerdan el principio del fin, sentados, éstos, en uno de los diminutos puestos de comida diseminados entre las esquinas de aquellas angostas y claustrofóbicas calles de la ciudad china, lo hacen como si se tratara de una historia dibujada y luego animada, no interpretada por esos mismos seres humanos.

Sea como fuere, los tres personajes anteriormente citados son quienes nos muestren el verdadero rostro de la sociedad en la que vive. Estos responden a los nombres de Hye-sun, una joven prostituta que ha logrado huir de quien la obligaba a ejercer la profesión más antigua de este torticero mundo; de su “novio”, Ki-woong, otro explotador en potencia, aunque con los colmillos aun por salir; y de Suk-Kyu, el hombre que pretende ser el padre de la joven, aunque, luego se quite su máscara de respetabilidad para mostrarnos quién es realmente.

Cada uno, llegado el momento, recurrió a su instinto de supervivencia y se comportaron como realmente eran, aunque hubo instantes en donde la redención parece posible. Sin embargo, son sólo eso, instantes en un fresco que tras dejarlo secar no tardó en mostrarnos las verdaderas motivaciones de los seres humanos, sin importar lo radical y descarnado que pueda resultar el ambiente en el que sucede la acción. Bien se podría decir que, con la llegada de la brutal pandemia, la mera idea de “tomar prisioneros, en vez de pisotearlos y/o devorarlos” quedó borrada de la psique humana.

Póster 'Train to Busan 2: Peninsula'.
Póster ‘Train to Busan 2: Peninsula’.

Quizás ése sea el problema del capitán de la infantería de marina de la República de Corea, Jung-seok, educado según unas reglas que duraron poco más de veinticuatro horas, y quien debió sobrevivir al infortunio de no poder salvar ni a su hermana mayor, ni a su sobrina, cuando ésa era su obligación, como hermano, tío y militar.

Jung-seok es uno de tantos supervivientes quienes no sólo no lograron llegar a Japón, lugar donde en teoría debería haberse dirigido el barco en el que lograron huir, sino que fueron, casi se diría que, obligados a sobrevivir, dentro del submundo de una urbe tan áspera como lo es Hong-Kong.

En cierta forma, el sentido del deber que atormenta al capitán lo emparenta con las motivaciones y el comportamiento de Seok Woo, quien un día después de lo que sucedió en aquella estación de metro de la ciudad de Seúl, se subió a un tren KTX junto con su hija Soo-an y se sumergió en el agobiante y claustrofóbico escenario de un ferrocarril de alta velocidad, un espacio donde la mera idea de esconderse supone un reto hercúleo. Además, aquel viaje estaba, ya de por sí, lastrado por las difíciles relaciones entre un padre ausente y una hija que vivía separada de su madre y que, por mucho que el padre no sea consciente de ello, la echa de menos. El que luego ambos se vean abocados a tener que sobrevivir en el peor escenario posible, allí donde no importa el cargo, la formación o la cuna en la que se haya nacido, es algo que, por extraño que pueda sonar, terminará uniéndoles más de lo que nunca pensaron llegar a lograr.

Otra cosa bien distinta es ser testigo de lo que sucede cuando la epidemia se desata y queda palpable que el peor enemigo no ese ser grotesco que anda de manera esperpéntica y destila bilis por entre sus labios. No, el peor enemigo es todo aquel que no duda en coaccionar, engañar, mentir, atropellar y, si se diera el caso, asesinar a la primera persona que pasara a su alrededor si, con ello, sobrevive un segundo más. En voz baja, todavía se habla de un pasajero de aquel tren, miembro de la clase empresarial o del estamento político en sus capas menos relevantes, -hay opiniones enfrentadas al respecto- que, si por él hubiera sido, hubiese vendido a todos y a cada uno de los pasajeros del tren con tal de sobrevivir, por mucho que algunos tratasen de imitar su torticero comportamiento.

Tampoco hay que olvidar que, de pie sobre aquel escenario, TODO lo que nunca pensaste hacer y/o decir será lo primero que hagas y/o digas, aunque todavía quede espacio para un postrero instante de redención. Un ejemplo será aquel protagonizado por Sang Hwa, quien tras un primer enfrentamiento con Seok Woo, no dudará en colocarse como última línea de defensa entre la horda hambrienta que les acosa y la salvación del padre, la hija y su mujer, Sung Gyeong.

Tren a Busan 2

Desgraciadamente, este tipo de comportamientos serán sólo un vano espejismo en medio de una nueva realidad, la resultante de perder cualquier atadura con unas normas sociales que dejaron de tener valor cuando el instinto de supervivencia se convirtió en la única regla válida y aceptada por todos aquellos que no lograron abandonar el país asiático a tiempo.

En este particular, el capitán Jung-seok también será testigo del sacrificio de Chul-min, el marido de su hermana mayor, quien no dudará en perder la vida para que el antiguo oficial logre salir con bien del atolladero en el que ambos se han visto inmersos, tras aceptar el encargo de una de las muchas alimañas que se aprovechan de su nueva situación.

Éste el caso de Min-jung, sus hijas Joon y Yu-jin y el abuelo Kim, quienes no lograron encontrar la ayuda necesaria para poder “escapar” a tiempo. Lo paradójico del caso es que la memoria y las pesadillas del antiguo militar también han sido golpeadas, no sólo por el recuerdo de quienes perecieron en el barco de refugiados que los debía evacuar de Corea del Sur, sino por el recuerdo de una mujer que, con su hija en brazos, le rogó que les ayudara cuando éste se dirigía al barco junto con su familia. Al final, la pérdida de sus seres queridos, la deuda para con el marido y padre de su hermana y sobrina, y el recuerdo de aquella madre desesperada serán el detonante que lo lleve a responder, de manera afirmativa, a una misión que nadie en su sano juicio aceptaría, aunque, dicho esto, el juicio fue lo primero que se perdió cuando hasta los mismos animales empezaron a regresar de la muerte…

Volver al escenario donde su desesperación y desazón comenzaron es como salir a la superficie en un océano pintado para un corto de animación fúnebre y macabro, tintado con la sangre y pútridas vísceras de quienes ahora trotan, cual dantesco rebaño, por las calles, las avenidas y los túneles de las que, un día, fueran las principales ciudades de la República de Corea. Todo es extremo, irracional y disparatado, por mucho que un grupo de supervivientes, los autodenominados integrantes de la milicia 631, se empeñen en querer demostrar que saben cómo sobrevivir en aquella atmósfera.

En realidad, la milicia “popular” 631 no deja de ser una MUY mala copia de los miembros de la cúpula del trueno, eso sí, sin contar con Aunty Entity y, ni tan siquiera, se les puede comparar con la horda motorizada del teatral y esperpéntico The Humungus. Todos, sin prácticamente excepción, son el reflejo de cómo el ser humano no ha aprendido nada en todos estos milenios de historia documentada y, cómo, por poco que se le deje, regresará al estado salvaje y animal del que proviene para retozar entre sus malolientes excrementos.

De tan estereotipados que son, terminan por dar risa, de la misma forma que los “caminantes” que pululan por aquellos páramos, o se agolpan en cualquier lugar que uno pudiera imaginar, se comportan como los dibujos de los cortos de animación protagonizados por Bugs Bunny, el Correcaminos o Woody Woodpecker (El Pájara Loco). De ahí que, cuando Jung-seok es rescatado por las dos hermanas, nada más regresar a su país natal, la mayor de las dos, al volante del todo terreno en el que se encuentran, trate a sus perseguidores de la misma forma en la que los anteriormente citados personajes animados trataban a quienes les querían acosar; es decir, sin tomárselos demasiado en serio.

Esto no quiere decir que se olviden de dónde están y del peligro que corren, pero de nada sirve preocuparse demasiado cuando, cada minuto que pasa, las reglas del juego deben adaptarse ante una situación que tiempo atrás se escapó de cualquier control posible.

¿Significa esto que ya no hay espacio para la esperanza? La verdad es que Min-jung, en su papel de progenitora y líder del grupo, y el abuelo Kim, siempre a la caza y captura de baterías que le ayuden a mantener viva la radio con la que comunicarse con el mundo exterior -un mundo simbolizado por la voz de la comandante Jane, de ONU- soportan sobre sus hombros el último atisbo de esperanza y cierta racionalidad, en medio de la “película de terror, de acción REAL” con segmentos de animación intercalados, donde llevan viviendo desde hace cuatro años. Jung-seok debería, por su parte, ser quien diera la réplica al mismo sentido de la palabra redención, como si se tratara de un héroe de la antigüedad, en busca de su destino, aunque, el oficial de ejército despojado de sus galones, tiempo atrás, deba hacer frente a sus fantasmas interiores para así poder aceptar su papel en este nuevo tablero de juego.

Península (En coreano: 반도) nos devuelve hasta el mismo espacio donde nos dejó Seoul Station y Train to Busan, ambas estrenadas en el año 2016, responsabilidad del director, guionista y animador, Yeon Sang-ho. En esta ocasión, el discurso del realizador coreano es mucho más cínico para con su organizada y respetuosa sociedad y, salvo por un par de personajes, la visión que da del país en el que vive es, por decirlo de una forma clara, absolutamente dantesca. Tampoco es que el resto de la sociedad, desde los oficiales al cargo del barco donde se apelotonan los supervivientes que acompañan al capitán Jung-seok, pasando por las sanguijuelas que los devuelven a su país de origen y terminando por el resto de los individuos con los que interactúan en su destierro de Hong-Kong salga mejor parada. Es más, los integrantes de la milicia 631, el último ejemplo de la que anteriormente fuera la sociedad surcoreana, son aparte de esperpénticos y caricaturescos, unos degenerados que se divierten alimentando los más bajos instintos del ser humano.

Tanto es el contraste con la mentalidad del grupo familiar simbolizado por Min-jung o la que motiva el comportamiento del infante de marina coreano que uno termina por olvidar que el país ha sido devastado y colonizado por una horda de “muertos vivientes” y/o de infectados que no cesan de acosar a todos lo que no son como ellos.

En esto, como ya ocurriera con las películas del patriarca zombi, George A. Romero, todas las películas de Yeon Sang-ho beben de la misma fuente y utilizan la pandemia y quienes se ven infectados como la herramienta para mostrar cómo son, en realidad, los que aun son “humanos”. Claro que, esta vez, el director surcoreano lleva el discurso hasta el mismo disparate, de una forma tremendamente dinámica, sin casi dejar tiempo para respirar entre secuencia y secuencia, de la misma forma que ocurriera con un proyecto que, primero se conoció como Busan-Bound y luego se estrenó con el título de Train to Busan. La diferencia es que, cuatro años antes aún había esperanza. Ahora, sólo toca sobrevivir tanto tiempo como sea posible.

El corto ‘ABRACITOS’ se estrena en el Fantasia International Film Festival.

Tras conseguir más de 400 selecciones oficiales y más de 80 premios internacionales en festivales de todo el mundo con los cortometrajes Hada y Black eyed child, el realizador Tony Morales estrenará a nivel mundial Abracitos en el Fantasia International Film Festival (Montreal, Canadá) en una edición virtual.

El cortometraje Abracitos, protagonizado por Beatriz Salas, Carmen Salas y Virginia Gómez, está producido por Marila Films, Loasur Studios, Extended Reality Studios, Wonder y Héqate Producciones.

Escrito por Fer Zaragoza y Tony Morales, el equipo técnico del cortometraje está compuesto por profesionales como César Alonso (responsables del maquillaje FX de La Piel Fría, Errementari), Fernando García (ganador del Goya al mejor Vestuario por La Isla Mínima) o Ignacio Lacosta (responsable de los efectos especiales de Zona Hostil, El Bar, 1898: Los últimos de Filipinas, etc).

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Abracitos fue rodado durante el segundo fin de semana del pasado mes de Febrero en los Estudios Loasur del municipio de Coín (Málaga). Cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Benahavís, Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre, Ayuntamiento de Coín, Ayuntamiento de Alhaurín el Grande y el MIT School Málaga.

Una terrible llamada telefónica en mitad de la noche sacude el mundo de Laura. Mientras, la pequeña Ainara, juega en su habitación. La aparición de un ser ¿desconocido? pondrá a prueba la estabilidad mental y emocional de las dos hermanas.

abracitos

TECNÓMADAS. Capítulo 8.2

Telémacus, a través de la visión periférica de su casco, vio que unos vehículos rápidos se acercaban al camión de cola, el que conducía Tsunavi. Parecían aerodeslizadores blindados de despliegue táctico, posiblemente de origen militar, que volaban a un par de metros del suelo dejando estelas de polvo. Justo la clase de vehículos que les gustaba llevarse a los dravitas a sus «cacerías».

Maldiciendo, redujo la velocidad y se detuvo unos instantes junto a la ventanilla del primer camión. Los rostros de Vala y Veldram le miraron ansiosos a través del  cristal.

—¡Sigue adelante, no te pares! ¡En cuanto veas una entrada al interior del cañón, a una zona que no esté en llamas, tómala! ¡Yo me desharé de los dravitas!

Su mujer asintió y aproximó más el camión al borde del barranco. Telémacus frenó casi en seco y salió disparado hacia atrás como un proyectil; dejó que le adelantara el segundo camión y se puso al lado de la cabina del tercero. Tsunavi lo miró y le dedicó una de sus sonrisas diabólicas. Abrió la ventanilla.

—¡Parece que al fin tendremos fiesta! —gritó la cazarrecompensas.

—¡Cuidado, por tu derecha! —advirtió Telémacus cuando el primer aerodeslizador llegó hasta el camión y trató de embestirlo. Llevaba encima a cinco mercenarios de mirada feroz, armados con carabinas láser de corto alcance. Tsunavi los vio por el retrovisor y giró la esfera que hacía las veces de volante, para que su vehículo, más pesado, chocara contra el suyo. Telémacus lanzó una maldición y se imaginó a la delicada carga que llevaba detrás (más de un centenar de hombres, mujeres y niños) gritando de terror, confinados como estaban, sin saber lo que ocurría.

—¿¡Estás loca!? ¡No hagas eso! —le gritó, pero ella no escuchaba. Los tentáculos del pobre Logus culebreaban por la cabina, asustados; él también lo estaría pasando muy mal, con lo sensible que era.

Telémacus lanzó una blasfemia y redujo la potencia del colchón antigravitatorio de su esquife, de modo que este redujo su altitud con respecto al suelo. A tan poca altura que sus rodillas casi rozaban la tierra, se inclinó hacia la derecha y obligó a su vehículo a pasar por debajo del enorme camión; por unos instantes sintió la presión de los campos suspensores aplastándole la espalda, pero no tardó ni un segundo en emerger por el otro lado, pegado al aerodeslizador de los dravitas. Y gozó de su cara de sorpresa.

Cinco y bien armados eran demasiados para él, así que tomó una decisión drástica. Antes de dejar que tirotearan la cabina del camión o que treparan encima del remolque, ejecutó una doble maniobra muy brusca: aceleró al máximo y metió el bloqueo del motor con el pedal, ganando un poco de altura. El vehículo se colapsó, literalmente, después de un violento empujón que lo llevó a girar y a dar vueltas como una peonza sobre sí mismo. El cazador saltó en el último segundo, el parpadeo de los disparos láser llenando de luz verde el aire a su alrededor. Se agarró como pudo al frontal del aerodeslizador enemigo mientras su esquife cortaba el aire como una cuchilla, o más bien como las palas de un ventilador, golpeando a los mercenarios en un remolino furioso. Luego chocó contra el suelo y reventó en una nube de polvo y fuego —el combustible que usaba no es que fuera especialmente peligroso, pero se portaba de manera muy poco amistosa con todo aquel que no supiera comprenderlo—. Su objetivo se cumplió: ya no quedaban enemigos encima del vehículo, salvo el conductor, que se había agachado a tiempo y miraba a Telémacus con ojos desorbitados. Todos los demás habían sido barridos por la improvisada cuchilla.

El cazador trepó por el morro hasta sentarse en el sillón del copiloto. No hizo falta ni siquiera que lo amenazara: el otro lo miró con un acceso de pánico y saltó fuera, quedándose muy atrás mientras rodaba por el suelo. Telémacus tomó los mandos y se acercó a la altura de la puerta del camión.

—¡Uno menos, quedan dos! —le gritó a Tsunavi. No pretendía nada más, solo que ella lo supiera, pero la mercenaria hizo algo inesperado: le ordenó a Logus que cogiera el volante con sus palpos y abrió la puerta; agarró su machete ígneo y sus pistolas y salto al vehículo de Telémacus. Este no daba crédito—. ¿¿Pero qué demonios…?? ¿Qué coño crees que estás haciendo?

—No voy a perderme la diversión, hombretón, ni por ti ni por nadie. —Se pasó una lengua viciosa por los labios. Sus dientes de vampiro refulgieron.

—¡Estás como una puta cabra!

—Bienvenido al club, Tely…

El segundo aerodeslizador se les acercó por detrás. Tenía la forma de un monorrueda, pero flotaba a un par de metros del suelo como los otros. En su interior también iban cinco personas, todas con pinta de bárbaros sedientos de sangre. Estos dravitas… siempre tan teatrales, pensó Telémacus mientras ejecutaba quiebros duros para intentar esquivar los abanicos de luz láser que se desplegaban a su alrededor. La batalla, que habían llevado hasta el borde del barrando, era un rectángulo ancho y lento de humo en medio del desierto, los rastros de polvo que marcaban el movimiento de cada vehículo fluyendo en un cambio constante de dibujos.

Mientras él se preocupaba por atraer la atención de sus perseguidores sobre sí mismo, para alejarlos de los camiones, Tsunavi disparaba como una loca hacia atrás. Pero entonces, una forma difuminada por el movimiento surgió del aerodeslizador que tenían en la cola y su perfil entrevisto se situó muy por encima de sus cabezas. Parecía un proyectil lanzado por un mortero.

—¡Cúbrete! —le gritó a la cazadora, quizás un segundo tarde: el proyectil explotó dando a luz una nube espicular de pequeñas agujas. Estas llovieron sobre la zona como si el cielo estuviese sudando espinas.

Telémacus se encogió, pero notó cómo cuatro o cinco impactos producían un ruido como de pistola de clavos en su coraza. Al mirarse el brazo, vio que tenía espinas de acero hundidas en la hombrera y el codo. También le habían acertado un par en el casco, clavándosele como pequeños cuernitos. Por fortuna, no habían sobrepasado el blindaje de la armadura. Tsunavi no tuvo tanta suerte: de las espinas que llovieron sobre el vehículo, una había clavado literalmente su brazo izquierdo a la baranda de estribor, atravesándole la carne a la altura del tríceps braquial. Ella gritó, más por rabia que de dolor, y alzó el brazo lentamente para que la espina fuera atravesándolo poco a poco hasta salir por debajo. La mancha de sangre que Telémacus vio cuando se volvió era agresivamente roja.

—¡Ráfaga de racimo! —dijo ella, viendo cómo el artillero del otro esquife volvía a cargar el mortero. Esta vez no erraría el disparo por tantos metros, y una lluvia mortal de agujas caería como un aguacero sobre ellos. Telémacus probablemente sobreviviría gracias a su armadura (aquello no era como si les estuvieran disparando con trimisiles de filamento u hornos de plasma), pero ella quedaría convertida en papilla. Y como el aerodeslizador no tenía techo, no había dónde esconderse.

—¡Agárrate a algo! —le ordenó a Tsunavi, y justo cuando el mortero disparaba y la nueva cápsula explosiva se elevaba hacia el cielo, pisó el acelerador e invirtió los dos sustentores gravíticos de los laterales del esquife, el de babor y el de estribor, de modo que apuntaran en direcciones opuestas. Uno hacia arriba y el otro hacia abajo. Esto hizo que el vehículo diera una vuelta de campana sobre su eje. Una vuelta que, justo cuando llovieron las agujas, colocó su cárter inferior orientado hacia ellas. La parte de abajo del deslizador se llenó de púas como un puercoespín, pero hizo de escudo para sus ocupantes.

Al terminar el giro, Telémacus se encontró otra vez horizontal y otra vez acelerando, dándole gracias a los dioses por su rapidez de reflejos. Pero una sacudida le puso los pies otra vez en la tierra: desde el vehículo perseguidor habían disparado un arpón que se había clavado a fondo en la chapa, y ahora los esquifes estaban unidos por un cordón umbilical de eslabones de hierro. Vistos desde arriba, ambos vehículos parecían los pesos de unas boleadoras que temblaran frenéticos intentando deshacerse el uno del otro.

—¿Puedes dejarlos atrás? —preguntó Tsunavi mientras se echaba un suero que había sacado de su botiquín en la herida. La sangre le goteaba del antebrazo.

—No, este trasto no da para más.

—¿Y elevarte más en el eje Z?

Él la miró y comprendió su plan. Tiró de una palanca y el vehículo se separó del suelo a lo máximo que daban sus repulsores. Su techo de vuelo no es que fuera muy alto, apenas cinco metros, pero ya eran tres más arriba que sus perseguidores. Eso convirtió la cadena que los unía en una especie de tirolesa, con un extremo más elevado que el otro.

Tsunavi cortó una tira de sujeción de la cubierta con su machete y la pasó por encima de la cadena. La agarró por los extremos y se dejó caer resbalando por la cuerda hasta el otro vehículo, cuya tripulación la miraba atónita: no podían creer que alguien estuviera tan chiflado como para hacer algo así.

Por el retrovisor, Telémacus vio que la silueta de la cazadora se mezclaba con otras en una frenética danza de destrucción y combate cuerpo a cuerpo. Se había enredado en una confusión de brazos y piernas de la cual a veces salía un miembro amputado. A su alrededor florecían fuegos silenciosos de armas de energía, escapando hacia el cielo en forma de vectores láser, pero ella no les prestaba atención: era como una gata salvaje cuya única garra —el machete— había llenado sus celdillas con el calor del magma, y cortaba carne y amputaba brazos y piernas como si estuviera en un cimbrado desquiciado. Tsunavi recibía heridas también, pero quizás fuera por los estimulantes de combate que los tubos que se le metían en la base del cráneo le estaban inyectando en ese momento, o por su química corporal bizonal, que no parecía sentir dolor. Su espada era el rompiente que precedía aquellos breves oleajes de sangre, su cara un desperfecto oscuro en la pálida luz del atardecer.

El arpón que unía ambos esquifes acabó arrancando un trozo del fuselaje del de Telémacus, y levantó una nube de polvo al impactar contra el suelo que ocultó por un momento a perseguidor de perseguido. Sin embargo, pudo ver algo que le preocupó, y era que el tercero de los aerodeslizadores que se habían adelantado, el más grande —parecía una mezcla entre vehículo flotador y robot-grúa gigante— se acercaba peligrosamente al camión que iba en cabeza, el de su mujer.

 

 

—Una puta locura —lo calificó Arthemis al verlo. Solo la combinación Telémacus-Tsunavi podía ser capaz de desplegar tamaña destrucción con tan pocos medios a su alcance (¡esa era su chica!). Una contradicción tan elegante no necesitaba pruebas que refutaran su existencia.

Aceleró para acercarse al robot-grúa desde atrás y por la derecha. Seguro que Telémacus le echaría una bronca tremenda si supiera lo que pretendía hacer: convertir aquel transporte de civiles en un arma. Pero algo tenía que hacer contra aquel monstruo o sus brazos articulados arrancarían de cuajo el remolque del camión de Vala.

—Espera… ¿¿qué pretendes?? —se asustó Liánfal, que iba a su lado agarrada al cinturón de seguridad como si fuera la cuerda de un escalador.

—Vamos a echarle una mano a la pobre Vala.

—¡¡Pero no así!!

—Lo siento, no sé hablar cobardiqués. ¡Agárrese!

Las masas metálicas se acercaron con velocidad la una a la otra, toros bravos apuntando con la testa al flanco más desprotegido. Liánfal soltó un agudo «iiiiiiiiih» en los últimos metros, cuando vio que el costado del robot-grúa estaba a menos de un segundo de impactar contra su parachoques. Hasta el techo de la cabina tembló cuando ambos vehículos se encontraron, y una vibración apabullante y abrumadora les subió por las piernas y les hizo bailar la cintura. Hubo chispazos y luces que reventaron en la bitácora de instrumentos, y gritos de pánico en la parte de atrás. El tacómetro que contaba el número de revoluciones de la hélice que refrigeraba el motor se cansó de su lugar en el tablero y saltó como una rana. El camión se quedó pegado al otro vehículo, avanzando en paralelo.

—¡Coja el volante! —ordenó Arthemis, e intercambio a empujones su sitio con la anciana.

—¿¿Qué?? ¿Adónde coño vas?

—¿Cuándo fue la última vez que oyó a un rifle de pulsos decir «¡ffuuussshhh!»?

—Tengo mis dudas sobre esto, niña.

—Mejor, sus dudas conseguirán que viva más tiempo —sonrió la cazarrecompensas. Cogió su rifle y salió por la ventana. Aterrorizada, la místar agarró la esfera y puso los pies en los pedales. Por el momento, se conformaba con ir hacia delante sin chocar con nada, y eso sí se veía capaz de hacerlo. Los vehículos se movían a través de un mundo limitado, borrado por las nubes de humo que salían del gran barranco, convertidas en maremotos de copos grises que se desvanecían en el momento de tocar aquella oscuridad.

Arthemis escaló por las irregularidades del costado del otro vehículo y llegó hasta una ventana de su parte trasera. Poseía un bloque delantero que parecía una locomotora de morro redondo, que no expulsaba humo por una chimenea sino arcos voltaicos. Esa locomotora tiraba de una segunda sección donde se elevaba un torso humano de seis metros de altura, un robot con dos brazos demoledores y una cabeza en forma de ocho. Cada brazo acababa en un racimo de cortadoras, bolas con cadenas y otros instrumentos de demolición. Como se pusieran en marcha… Arthemis prefería no imaginar lo que harían con el camión de Vala.

Trepó como un chimpancé hasta colocarse junto a la ventana de esa sección, la que había a los pies del robot: vio un grupo de soldados que se estaba disponiendo a saltar de un vehículo al otro, y que no iba armado con arsenales de complejidad desconcertante, sino con objetos muy simples: porras, garfios, garras, picos, ganchos, gavilanes. Parecían bárbaros aerotransportados, no soldados de anónima eficiencia uniformados en serie.

Saludó con los deditos a través de la ventana, y abrió fuego. Los destellos láser hicieron estragos dentro de aquella cabina con afectado deleite; sus discordantes siseos estremecieron el metal y la carne y sembraron quemaduras aquí y allá. No paró hasta que no quedó ninguno de aquellos brutos en pie. Tan rápida y feroz fue la ráfaga, que se le agotó la batería y tuvo que extraerla y cargar otra con la boca.

A eso se había reducido todo en aquellos locos días, pensó: a una pugna extrema entre sobrevivir o extinguirse. La vida era la metáfora más rara que había en el universo, y ella acababa de apagar una docena de ellas simplemente por necesidad, porque aquellos salvajes habían decidido unánimemente que su huida hacia la libertad era un pecado y que había que cortarla de raíz. Pues bien, como le había dicho una vez a su actual contratante… no sería ella la que se sintiera incómoda por defenderse.

—¡Traidora! —le gritó otra voz femenina desde arriba. Alzando la vista, vio que en el pecho del robot-grúa, en un espacio reservado para su operario, había una mujer. Se acordaba de ella por las reuniones de cazadores del gremio: era la sin par Baby Boom, una sádica asesina que empleaba muñecos de niños cargados con explosivos para sus fines, responsable de las iniciales BB en los epitafios de sus víctimas. Vestía parodiando los uniformes de las cuidadoras de guardería, y siempre llevaba encima, colgando de arneses de bebé, media docena de muñecos con pinta siniestra y altamente explosivos.

—¿Traidora? Tú has violado el juramento del gremio al alistarte en el ejército de ese loco, no yo —le respondió con lenta precisión—. Has prostituido tus creencias por Bergkatse.

—Katse ya no existe, lo liquidaron hace unos días en su fortaleza. Y, o bien me estoy equivocando mucho, o tú conoces mejor que nadie la historia.

Arthemis hizo un mohín.

—Yo no la calificaría de historia, sino de… je je, un trabajo de primera categoría.

—No tienes ni idea del caos que has desatado al cargarte al jefe. —Cuando hablaba, salpicaduras de saliva manchaban la boca de aquella psicópata como rocío de mar. Aquella mujer se había vuelto una experta, además de en explosivos, en viroplastia: una disciplina de arte dérmico que usaba microimplantes de colágeno vírico que crecían libremente, por su cuenta, hasta que convertían la piel del sujeto en una obra de arte desagradable a la vista. También se había implantado un hombro rotatorio, lo que le permitía girar su brazo izquierdo como si fuera una hélice… algunos decían que para poder lanzar sus muñecas explosivas más lejos—. Ahora quien está al mando es su perro, Padre Addar. Y no parará hasta tener vuestras cabezas disecadas en su salón.

—¿Es él quien va en esa especie de fanfarria flotante, la de los globos? —se burló Arthemis. Sintió nacer en su pecho una necesidad de enfrentarse a aquella asesina y medirse con ella. La embargaba, le quemaba por dentro. La adrenalina corría brillante y feroz por su sangre—. Pues que se acerque más, que mi pequeño tiene un mensaje que darle. —Acarició su rifle láser con lascivia, momento en el que Baby Boom tiró de una palanca, haciendo que el robot se pusiera en marcha.

El torso de la máquina, clavado como estaba al vehículo, solo podía rotar hacia la derecha o la izquierda; su libertad de movimientos era muy limitada, pero no necesitaba más que eso para hacer su trabajo. Sus brazos se alzaron y unas potentes sierras de disco que llevaba en los extremos empezaron a girar, dispuestas a cortar el mundo. Arthemis sabía que solo tenía una oportunidad contra ellas, y era pegarse al torso del robot, a su cintura, para quedar fuera de su alcance. Así que cuando la primera de las sierras descendió como una promesa de muerte, saltó hacia delante, rodó y se catapultó con las piernas hasta chocar contra la cintura giratoria del monstruo. Se hizo daño en el hombro, pero no le importó. La sierra cayó sobre el propio vehículo que la transportaba, haciendo trizas el techo de la cabina donde estaban los soldados muertos; olas brillantes de chispas bañaron el remolque, una espuma de fragmentos que creó una pantalla que se encendía por los fuegos del barranco, y que soplaba en una ventisca de metralla. El aire, que también estaba siendo mutilado por aquellas sierras, silbaba a su alrededor como un grito.

La desquiciada Baby Boom sabía que Arthemis se había puesto fuera de su alcance, por lo que chilló con rabia y tiró de más palancas como si aquello fuera un juego aleatorio, a ver qué más podía romper. Las bolas de demolición se descolgaron y empezaron a pendular peligrosamente. Arthemis las vio pasar a toda velocidad cerca de donde ella estaba, chocando sin control contra el remolque de Liánfal y el propio vehículo-grúa. Aquello sí que era peligroso, incluso para la operaria del robot, pero a aquella chalada le importaba poco. Lo único que quería era saciar sus ansias homicidas.

Arthemis apretó los dientes y empezó a trepar por el torso. Solo tenía que llegar hasta su pecho, que era donde estaba la cabina de mando, no hasta la cabeza —que no era más que una antena de radio—. Hizo un estribo con las manos para apoyar el rifle, pero no tenía solución de fuego. Tenía que subir más. El inicio de su escalada coincidió con un bajón del terreno que los vehículos tomaron a alta velocidad; sintió una presión momentánea en los oídos, como si la atmósfera le hubiese dado un apretón.

Baby Boom no podía ver a su enemiga, la tenía situada en un ángulo muerto por debajo de la carlinga, lo cual era muy peligroso. Tenía que obligarla a mostrarse o no conseguiría acertarle con ninguna de sus extremidades robóticas. Así que eligió otro sistema.

—Conque crees que vas a pillarme por sorpresa, ¿eh? —refunfuñó—. Vamos a ver cuánto te importan de verdad esos aldeanos…

El torso pivotó hacia su izquierda, encarándose con el camión. Con las sierras, cortó un trozo del techo del remolque, que salió volando. Decenas de caras de lumitas horrorizados miraron al cielo a través de aquel agujero, hombres, mujeres y niños abrazándose sin poder huir de aquella ratonera. El techo que los protegía había salido volando, y lo que veían ahora era aquel coloso mecánico con dedos como perforadoras y músculos como martinetes hidráulicos. Una serie de oscilaciones y cabeceos se propagó por el remolque, como si fuera un juguete en manos de un niño enorme y travieso.

Arthemis, que estaba a metro y medio de la carlinga, miró todo aquello con un siseante «Mierda…» empezando a salir de su boca. No podía permitir esa matanza, aunque fuera por principios. No tenía ningún vínculo emocional con aquellos desgraciados, pero tampoco iba a dejar que Baby se saliese impunemente con la suya.

Miró su rifle, y se le ocurrió la idea.

Alzó la vista más allá de los brazos del robot y del camión que estaba pegado a ellas. Miró el borde del barranco, con sus nubes de humo, sus adarves de llamas y las sombras de los edificios y las montañas de escombros que estaban metidas dentro, quemándose. Aquellos objetos masivos pasaban a gran velocidad junto a ellos como si no tuvieran nada que ver con la locura que se estaba desatando en la frontera de sus dominios infernales. Pero había una manera de hacerlos participar en la batalla.

Maldita sea, se quejó; si me dieran un szkab por cada vez que le he salvado la vida a otro en esta estúpida misión sin llevarme yo ni una mísera recompensa…

Elevó el rifle y apuntó con cuidado, pero no puso el selector de tiro en descarga láser, sino que activó su arpón-cohete. Oyó el chasquido de control del arma. Le fastidiaba un montón tener que gastarlo en esto, pero era la única manera que se le ocurría, a la desesperada, de salvar a aquella pobre gente. Así que apuntó con cuidado, intentando coger en una sola línea una de las cadenas con bolas de demolición del monstruo y las sombras de edificios que había detrás… y apretó el gatillo.

El arpón salió disparado hacia delante primero con la fuerza del rifle, como si fuera una ballesta, pero décimas de segundo después encendió su propulsor autónomo, y aceleró convertido en un misil. Su cabeza se abrió formando una U, y atrapó la cadena llevándosela hacia atrás y clavándola a la pared de uno de los edificios que pasaban. Arthemis abrió mucho los ojos al darse cuenta de que su plan había funcionado, milagrosamente, y que ahora la extremidad del robot-grúa estaba clavada a aquel obstáculo inmóvil.

Baby Boom también se dio cuenta de lo que había pasado mientras la cadena se estiraba hacia atrás, a medida que el vehículo continuaba su loca carrera hacia delante. La O de su boca transmitió claramente la pregunta: «¿Es cierto?». Y le obsequió a Arthemis la sonrisa condescendiente que utilizaba cuando las cosas no salían como estaba previsto. Cuando el carrete de cadena no dio más de sí, esta se tensó y dio un fortísimo tirón.

El resultado fue más espectacular que lo que Arthemis había previsto: esperaba que el tirón arrancara uno de los brazos del robot, y que lo dejara pivotando sobre su cintura. Pero había un principio consustancial a toda aquella tecnología que no había tenido en cuenta: su vejez. El robot, como casi todos aquellos aparatos, había sido ensamblado en los tiempos pre-apagón, hacía siglos. En aquella época probablemente fue un hombretón grande y fuerte capaz de tirar de todo el planeta hacia sí en lugar de acercarse él, si quería coger algo. Pero eso fue antes de que el uso prolongado y la fatiga del metal se acumularan como capas de senectud. Así que cuando la cadena dio un tirón, lo que se partió no fue su muñeca, sino su cintura.

Arthemis sacudió la cabeza con mucha suavidad, como si pretendiera trasladar su cerebro a un nivel más bajo dentro del cráneo, y vio cómo el corpachón del robot-grúa se partía y caía hacia atrás con la consabida lentitud de las cosas grandes. Ante el ojo humano parecía que se moviera a cámara lenta mientras se desplomaba como un gigante derribado por una lanza, mientras sus actuadores, acoplamientos, reductores y el piñón asido a un rodamiento de gran diámetro explotaban en miles de piezas. El robot envió una onda sísmica a través de todo el vehículo a medida que se separaba de él, y golpeó el suelo con una explosión de polvo tan densa como una pequeña tormenta de arena. Se abrió como el capullo de una flor, fotograma a fotograma. El morro del vehículo bajó bruscamente, y el aerodeslizador se estremeció como un animal que se sacude gotas de agua del pelaje. Los lumitas que iban en el remolque gritaron de alegría.

Pero si Arthemis creyó que todo terminaría ahí, estaba equivocada, porque de repente, unas manos surgieron de la nube de polvo que el vehículo arrastraba tras de sí, y el cuerpo de Baby Boom, tosiendo, apareció detrás. De algún modo había logrado saltar a tiempo de la carlinga y se había agarrado al deslizador. Seguía viva, con sus muñecos explosivos colgando como abalorios de los enganches de su traje. Temblaba con una soltura desarticulada, como si ella misma fuera un maniquí. Los muñecos miraron a Arthemis y le dedicaron sonrisas desquiciadas.

Ayudó a Tsunavi a trepar y le plantó la bocacha roma del rifle de energía en la cara. Le parecía increíble que aquella cabeza compacta pudiera contener tal cantidad de odio. Pero ahora era Arthemis la que tenía la sartén por el mango.

—Bien, amiguita… ¿qué decías antes sobre que íbamos a ajustar cuentas…?

Finaliza el rodaje de LA ABUELA, la nueva película de terror de Paco Plaza

Tras su interrupción el pasado mes de marzo debido a la crisis sanitaria, el rodaje de La abuela, la nueva película del director Paco Plaza, ha llegado a su fin y Sony Pictures presenta las primeras imágenes de este título de terror. La abuela está protagonizada por la debutante Almudena Amor, que interpreta a Susana, y la actriz brasileña Vera Valdez, antigua musa de Coco Chanel, que dará vida a Pilar.

Producida por Apache Films, en asociación con Atresmedia Cine y Sony Pictures International Productions y con la participación de Atresmedia y Amazon Prime Video, la película cuenta con guion de Carlos Vermut a partir de una idea original de Paco Plaza. El rodaje, salvando su interrupción, se ha prolongado a lo largo de siete semanas en localizaciones de Madrid y París. El proyecto ha contado con la supervisión de Sandra Condito y Natalia Fernández por parte de Sony Pictures International Productions.

La abuela, de Paco Plaza.
La abuela, de Paco Plaza.

Sinopsis de La abuela

Susana tiene que dejar su vida en París trabajando como modelo para regresar a Madrid. Su abuela Pilar acaba de sufrir un derrame cerebral. Años atrás, cuando los padres de Susana murieron, su abuela la crio como si fuese su propia hija. Susana necesita encontrar a alguien que cuide de Pilar, pero lo que deberían ser solo unos días con su abuela, se acabarán convirtiendo en una terrorífica pesadilla.

Paco Plaza (Valencia, 1973) es una de las figuras imprescindibles del cine de género en nuestro país. Creador junto a Jaume Balagueró de la saga [Rec], su película Verónica (2017), recibió siete nominaciones a los Premios Goya y un importante éxito de taquilla y de la crítica a nivel internacional. El pasado año estrenó Quién a hierro mata (2019), que obtuvo tres nominaciones en la última edición de los Premios Goya.

La vejez, «uno de los mayores terrores de la sociedad»

La primera vez que Paco Plaza se sentó con el productor Enrique López Lavigne para hablar del proyecto le dijo “es una película de posesiones en la que la vejez es el demonio, un demonio real, que tenemos presente cada día, queramos mirarlo o no”. En palabras de Plaza “el cine de género es el más adecuado para hablar de los grandes temas que nos preocupan, nos permite hablar de la realidad utilizando códigos que proporcionan una libertad creativa inigualable.

Para Carlos Vermut, guionista de la película, “escribir el guion de La abuela es la oportunidad de poder enfrentarme al género de terror, algo que siempre había querido hacer. Creo que el terror es uno de los géneros en los que más se está innovando en este momento y uno de los que mejor permiten una radiografía de la actualidad. La abuela trata sobre uno de los mayores terrores de la sociedad, algo que escondemos y que evitamos: la vejez.”

Enrique López Lavigne, productor de Apache Films considera que “Ya en Verónica, Paco inició un camino que vestía el cine de terror de realidad, un naturalismo que a nuestro juicio había desaparecido del cine de género que consumíamos en las salas y que nos parecía repetitivo y ajeno al momento que vivimos. Con La abuela la idea es seguir abonando ese sendero ya iniciado. Profundizar en nuestras vidas y las relaciones que tenemos con nuestro entorno, que el terror surja de manera espontánea en un territorio inesperado, porque eso es el MIEDO, la capacidad de enfrentarnos a lo irracional desde lo racional”.

Sobre este proyecto, Iván Losada, Director General de Sony Pictures Entertainment Iberia celebra “con una sensación de enorme entusiasmo reunirnos de nuevo con Paco y con Enrique en este nuevo viaje que emprendemos 3 años después de Verónica. Y también celebramos el miedo que experimentará el público en todo el mundo”.

“Estamos enormemente entusiasmados de colaborar con Paco Plaza y Apaches nuevamente en esta película de terror atmosférico” afirma Laine Kline, Head of Sony Pictures International Productions. “Nuestra última película, Verónica, fue un gran éxito en España e internacionalmente a través de su exhibición en plataformas. Cualquiera al que le haya gustado Verónica le encantará esta nueva película.”

Crítica: ‘OFRENDA A LA TORMENTA’: De aquellos truenos, estas tormentas

En España hemos tardado en tener la visión del cine como industria que tienen en Estados Unidos. Durante mucho tiempo, en nuestro país la búsqueda de productos comerciales a los que poder sacar largo recorrido y exprimir comercialmente, salvo excepciones, estaba mal visto. Afortunadamente, cuando se ha tratado de llevar la Trilogía del Baztán de Dolores Redondo al cine, la mentalidad ha sido distinta.

No sólo se han completado las tres historias, sino que además se ha hecho un esfuerzo para que la producción haya sido continuada y manteniendo al mismo equipo de producción, con lo que ello conlleva de coherencia estilística. Incluso, ante los obstáculos que planteó la pandemia, se abogó por tener visión de futuro y lanzar la tercera entrega directamente a través de Netflix.

En este sentido, lo más positivo de la trilogía y de esta última entrega lo encontramos en este espíritu empresarial y poco habitual en nuestro país.

Como película, Ofrenda a la Tormenta sabe continuar los diferentes hilos dejados por las dos entregas anteriores, aunque ello supone mantener los mismos aciertos y los mismos errores. Entre los primeros, la puesta en escena atmosférica de Fernando González Molina y una espléndida Marta Etura. Entre los segundos, muchas situaciones incoherentes o inverosímiles, ideas desaprovechadas a nivel argumental y personajes secundarios poco o mal desarrollados.

Particularmente, esta tercera entrega nos ha parecido ligeramente inferior a Legado en los Huesos y por encima de El Guardián Invisible.

En conjunto, una trilogía entretenida y con buenas dosis de suspense, pero a la que le falta más visión de la historia que quiere contar y le sobra efectismo.