Programa de clases magistrales de la edición 2020 de la FIMUCITÉ FILM SCORING ACADEMY

El Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife, que celebra entre el 18 y el 27 de septiembre su decimocuarta edición con el apoyo de Cabildo de Tenerife, Ayuntamiento de Santa Cruz, Ayuntamiento de La Laguna, Gobierno de Canarias, Auditorio de Tenerife y Orquesta Sinfónica de Tenerife, bajo la dirección del reconocido compositor y director de Orquesta Diego Navarro, presenta el programa de una de sus actividades paralelas más esperadas, la FIMUCITÉ Film Scoring Academy (FFSA).

FIMUCITÉ mantiene así su apuesta de continuidad por la formación especializada en el terreno de la música para el audiovisual. La creación sonora original para todos aquellos soportes basados en la imagen, que abarca películas, documentales, videojuegos y todo tipo de contenido multimedia, es el territorio a través del que reconocidos profesionales de extraordinario prestigio internacional servirán de instructores en el arte del “Film Scoring”.

La Academia Fimucité para compositores audiovisuales, coordinada por Pedro J. Mérida, celebrará su quinta edición en La Laguna, el viernes 25 de septiembre en el Teatro Leal (Auditorio principal) y el sábado, día 26, en el Ex Convento de Santo Domingo (Sala de Cristal). El plazo de inscripción en las actividades formativas, de carácter gratuito, concluye el día 23 de septiembre. Los asistentes recibirán un diploma acreditativo de su participación.

El equipo docente está compuesto por algunos de los mejores profesionales del sector en nuestro país. Manel Santisteban e Iván Martínez Lacámara, autores de la banda sonora de la exitosa serie de televisión ‘La Casa De Papel’, encabezan el elenco de ponentes, junto a otros nombres como los compositores Xavier Capellas (‘Bruc’, ‘The Paradise’), Arturo Cardelús (‘Buñuel en el Laberinto de las Tortugas’) y Vicente Miras Pascual (‘El cazador oculto’). También participarán: Darío Palomo, presidente de la Asociación de Compositores de Música para Audiovisual, Musimagen, y Juan José Solana, presidente de la Fundación SGAE.

Desde el año 2016, FIMUCITÉ Film Scoring Academy ofrece a una audiencia en edad de formación y a profesionales recién iniciados un amplio catálogo formativo especializado en el que se han abordado múltiples y variadas disciplinas sobre lo que significa la relación de un músico con su obra en el terreno audiovisual. Esta iniciativa, que cumple en este 2020 su primer lustro de existencia, es una de las ofertas académicas más singulares dentro del mundo musical. Este año, durante dos jornadas intensivas, se explorarán aspectos hasta ahora desconocidos en el universo de la música audiovisual.

FIMUCITÉ 14 || PROGRAMA DE LA FIMUCITÉ FILM SCORING ACADEMY

VIERNES 25 DE SEPTIEMBRE
Teatro Leal de La Laguna (Auditorio Principal)

15:00 – Darío Palomo y Juan José Solana

SÁBADO 26 DE SEPTIEMBRE
Ex Convento de Santo Domingo de La Laguna (Sala de Cristal)

11:00 – Manel Santisteban e Iván Martínez Lacámara
15:00 – Xavier Capellas, Arturo Cardelús y Vicente Miras Pascual. Sesión moderada por Gorka Oteiza.

Títulos clave de las secciones paralelas y clásicos del fantástico en SITGES 2020

Sitges – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya prepara la celebración de una edición única, en formato híbrido entre presencial y online, que tendrá lugar del 8 al 18 de octubre. Con el anuncio de nuevos títulos de la programación de la Sección Oficial Fantástico a Competición.

También se han desvelado novedades en las secciones paralelas de Sitges 2020, que reúnen títulos de naturaleza arriesgada y transversal.

Noves Visions

Last Words, de Jonathan Nossiter, inaugurará Noves Visions con una historia futurista donde la Tierra se ha convertido en un gran desierto. Un joven se propondrá construir una cámara para filmar los instantes finales de una humanidad devastada.

El controvertido Bruce LaBruce (L.A. Zombie) presentará Saint-Narcisse, una cinta intimista con toques de comedia sobre un joven en busca de su madre, que vive en una remota cabaña en el bosque en compañía de una mujer misteriosa.

También dentro del terreno de la comedia, el inclasificable Juan Cavestany propone Un efecto óptico, protagonizada por Carmen Machi y Pepón Nieto, que interpretan a un matrimonio de Burgos que viaja a Nueva York y que, una vez allí, se dan cuenta de que se trata de otra ciudad.

The Stylist, de Jill Gevargizian, presenta a una peluquera muy especial. Por su silla pasan muchas personas y, a veces, sus tijeras cortan algo más que cabello, permitiéndole llevarse a su solitario hogar un souvenir único con el que ampliar su peculiar colección.

Panorama Fantàstic

La inauguración de Panorama Fantàstic irá a cargo del estreno mundial de Vicious Fun, de Cody Calahan, una comedia negrísima teñida de neones retro sobre un grupo de terapia para asesinos en serie.

Dentro de la sección también se podrá ver Sangre Vurdalak, film argentino dirigido por Santiago Fernández Calvete, adaptación de un relato de vampiros de 1939.
May the Devil Take You Too es la secuela de la película indonesia de Timo Tjahjanto, proyectada en Sitges 2018, y que sigue la línea de terror sobrenatural de la primera parte.

Clásicos de aniversario

La 53ª edición del Festival de Sitges será también un momento para recordar y conmemorar grandes títulos del fantástico que celebran aniversarios. A las ya anunciadas El hombre elefante de David Lynch (The Elephant Man, 40.º cumpleaños y clausura de Sitges 2020) y Desafío total (Total Recall, 30º cumpleaños), se suman Flash Gordon, de Mike Hodges, y La guerra de las galaxias. Episodio V: El imperio contraataca (Star Wars. Episode V: The Empire Strikes Back), de Irvin Kershner. Ambas cintas celebran sus 40 años de existencia y recibirán su homenaje como piezas imprescindibles en la historia del fantástico.

 

David Lynch recibirá el Gran Premio Honorífico del FESTIVAL DE SITGES 2020

El Sitges – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, que celebra su 53º edición entre el 8 y el 18 de octubre, premiará la trayectoria del cineasta norteamericano David Lynch.

El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) impactó, entusiasmó y estremeció al público hace un siglo. El Sitges – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, que celebra su 53º edición entre el 8 y el 18 de octubre, adopta este espíritu y lo traslada al tiempo actual, con una programación que busca captar las últimas tendencias del fantástico e ilusionar a los fans. Las últimas novedades se combinarán con la recuperación de clásicos y el reconocimiento a David Lynch, una personalidad inimitable en la historia del cine.

Lynch encarna la figura de artista total, con múltiples facetas dentro del mundo cinematográfico (director, guionista, productor o actor) y en otras artes como la pintura, la música, el diseño o la publicidad. El cineasta recibirá el Gran Premio Honorífico del Festival de Sitges, una entrega que se realizará de manera virtual a causa de las circunstancias actuales.

'The Elephant Man', de David Lynch
‘The Elephant Man’, de David Lynch

The Elephant Man, película de clausura

La obra de David Lynch se expresa por sí misma y es ampliamente conocida por cualquier cinéfilo. Desde Eraserhead (1977) hasta Twin Peaks: The Return (2017), sus trabajos invitan a un viaje por los sueños, el surrealismo, los miedos y las obsesiones humanas.

The Elephant Man (1980), cinta que clausurará Sitges 2020 celebrando el 40º aniversario con su remasterización en 4K; Dune (1984); Blue Velvet (1986), ganadora del Festival en 1986; Wild at Heart (1990); Lost Highway (1997); The Straight Story (1999); Mulholland Drive (2001) o Inland Empire (2006), conforman una cinematografía magistral que homenajeará Sitges 2020.

Tras despuntar en el underground, David Lynch abrazó el relato clásico en El hombre elefante, logrando una de sus películas más emotivas sin renunciar al amor por lo extraño, que se convertiría en una de sus señas de identidad. Ambientada en el Londres victoriano, en The Elephant Man un joven cirujano rescata a un hombre terriblemente desfigurado por la neurofibromatosis congénita del freakshow en el que malvive obligado a exhibirse. 

SITGES 2020 apuesta por los nuevos talentos del fantástico en su atrevida programación

Del 8 al 18 de octubre, Sitges será el punto de encuentro de los amantes del género. Tanto en las salas de cine del certamen como a través de la pantalla, gracias a la plataforma de contenidos online Shift72, se podrá disfrutar de una programación atrevida de alto nivel. Las últimas novedades se combinarán con la recuperación de clásicos y el reconocimiento a una personalidad inimitable en la historia del cine, David Lynch.

Una Sección Oficial Fantástico a Competición audaz y diversa

La Sección Oficial Fantástico a Competición ofrecerá una selección de los títulos más relevantes de la temporada. A las ya anunciadas Peninsula, Sputnik, Relic o La vampira de Barcelona, se añaden un puñado de filmes de varias temáticas y procedencias.

Brandon Cronenberg, que en 2012 ganó el premio al mejor director revelación en Sitges con Antiviral, presentará Possessor, cinta de terror ambientada en una organización secreta que utiliza tecnología de implantes cerebrales para ocupar los cuerpos otras personas, con el fin de llevarlas a cometer asesinatos.

Wendy, de Benh Zeitlin (Beasts of the Southern Wild), será otro de los títulos más esperados. Perdida en una isla misteriosa donde el tiempo y el envejecimiento se han de tenido, Wendy tendrá que luchar para salvar su familia, su libertad y su espíritu alegre del peligro mortal de crecer.

Dentro de la amplia representación de cine español de este año, también estará Baby (estreno mundial) una obra muy personal de Juanma Bajo Ulloa (Alas de mariposa, La madre muerta, Airbag) que fue apadrinada por Sitges dentro del proyecto Fantastic 7. Una joven drogadicta incapaz de cuidar su bebé, lo vende a una mujer extraña y pronto se arrepentirá de esta decisión.

Quentin Dupieux, un habitual de Sitges con comedias tan singulares como Rubber (2010), Au poste! (2018) o Le daim (2019) presentará Mandibules, protagonizada en este caso por moscas gigantes.

El humor absurdo y casi surrealista también es la base de la francesa Teddy, de los gemelos Ludovic y Zoran Boukherma. La historia de un joven atacado por una bestia que empieza a sentir una pulsión animal.

Y todavía habrá más comedia con Save Yourselves!, de Alex Fischer y Eleanor Wilson presenta a una pareja neoyorquina que, ante el miedo que la adicción a la tecnología acabe con su amor, decide pasar unas vacaciones en una cabaña en el bosque. Esto les impedirá saber que unos alienígenas han invadido la Tierra.

En Mosquito State, del polaco Filip Jan Rymsza, un obsesivo analista de datos de Wall Street encuentra patrones similares entre sus modelos informáticos y los mosquitos de su apartamento.

Otros estrenos mundiales

Sitges 2020 acogerá varios estrenos mundiales, entre los que destacan tres cintas de ciencia ficción y acción:

  • Le dernier voyage de Paul W.R., de Romain Quirot, es una propuesta sci-fi que arranca con la desaparición del astronauta Paul W.R., destinado a una importante misión para salvar la Tierra.
  • Archenemy, de Adam Egypt Mortimer, director de Daniel Isn’t Real (Sitges 2019) y Some Kind of Hate (Sitges 2015), tiene como protagonista a un héroe de otra dimensión que cae por accidente a la Tierra, donde es incapaz de emplear sus poderes.
  • Por su parte, Superdeep, del ruso Arseny Sukhin, se sitúa en 1984 en el Círculo Polar Ártico, a 12.000 metros bajo tierra, donde se ubica el laboratorio secreto más grande de la Unión Soviética.

Una de las propuestas más sugerentes de la Sección Oficial es The Book of Vision, un drama de época dirigido por el debutante Carlo Hintermann y con la producción de Terrence Malick. Una estudiante de medicina descubre un manuscrito del siglo XVIII, que recoge las emociones, temores y sueños de una multitud de pacientes. Una cinta donde se entrevé la fuerte influencia del cineasta canadiense responsable de The Tree of Life.

Llega a los cines ‘ANTEBELLUM’, un aterrador thriller de los directores revelación Bush+Renz

Finalmente, este miércoles 2 de septiembre se estrena en España Antebellum, un thriller de suspense del productor de Déjame salir y Nosotros protagonizado por Janelle Monáe. Gerard Bush y Christopher Renz (Bush+Renz) debutan como guionistas y directores de esta película de intriga y terror con una impactante trama que retorcerá las expectativas del espectador a cada paso.

Antebellum está protagonizada por la cantante y actriz Janelle Monáe (Figuras ocultas), Eric Lange (Narcos) y la nominada al globo de oro Jena Malone (saga Los juegos del hambre). Completan el reparto Jack Huston (Ben-Hur), Kiersey Clemons (Enganchados a la muerte), y la nominada al Oscar por Precious Gabourey Sidibe.

En la misma línea de Déjame salir o Nosotros, Antebellum cuenta una aterradora historia en la que los derechos civiles y la cultura afroamericana cobran más protagonismo que nunca.

SINOPSIS DE ‘ANTEBELLUM’

La exitosa autora Veronica Henley (Janelle Monáe) se encuentra atrapada en una terrorífica realidad cuyo misterio debe resolver antes de que sea demasiado tarde.

DeAPlaneta estrena Antebellum en España.

Póster Antebellum. DeAPlaneta
Póster Antebellum. DeAPlaneta

Fangoria: Vive, muere, repite

En estos días extraños, en los que el sector cultural trata de levantarse contra viento y marea ante las consecuencias de la crisis sanitaria internacional, también hay hueco para noticias esperanzadoras. Así, conocíamos esta semana que la publicación Fangoria, durante años bandera y referente del género fantástico, vuelve a la palestra tras la adquisición de las marcas Starlog, Gorezone y la icónica cabecera por parte de la productora y directora ejecutiva de Wanderwell Entertainment Tara Ansley (Tragedy Girls, St. Agatha) y el empresario Abhi Goel.

Editada por Starlog Communications International, Fangoria nace en Estados Unidos en el verano de 1979. A comienzos de los años 90 inicia su expansión mundial, y estrena su edición española en junio de 1991, de la mano de Ediciones Zinco y Luis Vigil (fallecido el pasado diciembre a la edad de 79 años), con un número especial para coleccionistas y una colorida e inolvidable portada dedicada a la historia de Stephen King A veces vuelven y su adaptación a televisión, entre otros contenidos.

Cuando surge Fangoria, la mayoría de las publicaciones especializadas -como Castle of Frankenstein o Famous Monsters of Filmland– se centraban en el cine clásico mientras que las nuevas producciones fantásticas encontraban apoyo en los fanzines. La revista, con el tiempo y el auge del cine de terror norteamericano de los 80, encontró precisamente ahí su gran baza y mantenía informados de los aficionados a través de reportajes, noticias, fotos exclusivas y entrevistas con los creadores del momento. Los efectos especiales y de maquillaje estaban siempre en el foco de atención y pronto se convirtió en la cabecera más importante para el público y todo amante del fantástico.

Tras cerca de cuatro decenios dedicados a la difusión, y un espectacular legado que transcendió la edición impresa de la revista a través de la creación de su propio sello de cómics, premios (los Fangoria Chainsaw Awards) y convenciones, y la producción de películas de género, la pasada década comenzó la peor racha de la publicación. Debido a la caída de ingresos publicitarios, perdió su frecuencia mensual a finales de 2015 y en 2017 dejó de publicarse en papel, mientras la edición digital seguía latiendo.

Y entretanto, la Fangoria española se despedía por primera vez de los kioscos en diciembre de 1994 tras 35 números editados, y volvía en 2000 durante una segunda época que se prolongó por solo dos años dejando huérfanos a sus lectores.

En 2018, la compañía con sede en Texas Cinestate, liderada por Dallas Sonnier, resucitó la firma e inició una nueva etapa de publicación trimestral, bajo el mandato de Phil Nobile Jr. (ex redactor jefe de Birth.Movies.Death.com), compaginada con la edición de libros, la producción de películas y una red de podcasts. Productor de títulos renombrados como Bone Tomahawk (2015), Brawl in Cell Block 99 (2017) o Dragged Across Concrete (2019), entre otros, Sonnier lanzó bajo la marca “Fangoria presenta” largometrajes como Puppet Master: The Littlest Reich (2018) y Satanic Panic (2019), o las novelas Our Lady of the Inferno, de Preston Fassel, y These Evil Things We Do, escrita por Mick Garris.

Nueva etapa para Fangoria

En este nuevo resurgir, la revista Fangoria, con su equipo actual dirigido por Phil Nobile Jr. con Meredith Borders como editora jefa, continuará publicándose de modo trimestral. Por otro lado, Fangoria Studios, Fangoria Podcast Network y las ediciones digitales de Fangoria, Starlog y Gorezone se relanzarán en 2021.

En palabras de Tara Ansley, “estas marcas han sido una fuerza fundamental en el entretenimiento de género durante décadas y han inspirado, influenciado y dado forma a generaciones de cineastas, escritores, actores y fans, incluidos nosotros mismos”.

El primer número de la edición española de Fangoria llegaba a los kioscos en junio de 1991.
El primer número de la edición española de Fangoria llegaba a los kioscos en junio de 1991.

Crítica: ‘PROYECTO POWER’. Con la dosis justa

Últimamente, Netflix parece haber encontrado su fórmula ideal dentro de las producciones propias en materia de largometrajes. Se parte de una producción ambiciosa, se reúne a un conjunto de actores de cierto renombre, se añade a la mezcla un cierto componente de acción y fantasía y se deja la elaboración del plato en manos de algún realizador mínimamente competente y con estética rápida y efectista. El resultado son películas vistosas, que llaman la atención de sus subscriptores, que rápidamente se convierten en la producción más vista del momento en la plataforma, que dan de qué hablar durante un par de semanas y rápidamente caen en el olvido. Ese es el caso de Tyler Rake, Los Últimos Días del Crimen, La Vieja Guardia y, ahora, Proyecto Power.

Nadie puede negar que estas películas resultan entretenidas y cumplen su función, pero también ha generado una dinámica dentro de la plataforma que genera películas demasiado irrelevantes y desaprovechadas para el volumen de producción que requieren.

Proyecto Power parte de una buena premisa. A partir de ahí se embarca en una huida hacia adelante, cargada de acción, de efectos especiales y ritmo frenético, con dos actores veteranos como Joseph Gordon-Levitt y Jamie Foxx, cumpliendo con su cometido sin grandes aspavientos y con una puerta abierta por si la plataforma considera oportuno dar mayor recorrido a la historia. El resultado final, como con las anteriores, entretenido, pero ni chicha, ni limonada.

Bastante mejor que Los Últimos Días del Crimen, pero por debajo de La Vieja Guardia y, Tyler Drake, que sigue siendo el referente a seguir.

Crítica: ‘TENET’. Expectativas invertidas

La palabra Tenet es un palíndromo, es decir, una palabra que se escribe y se lee exactamente igual al derecho que al revés, hacia adelante que hacia atrás. En griego “palín dromein” significa “volver a ir hacia atrás”. Los primeros juegos de palabras en este sentido se atribuyen por vez primera al poeta griego Sótades en el siglo III A. C. Tenet es una palabra poco usual, o, al menos, no tan habitual, en el idioma inglés. En castellano puede traducirse como “principio”, “doctrina”, “postulado”, “dogma” o “aserto”. Es decir, una regla, un razonamiento o un enunciado para conseguir un objetivo o fin concreto.

El realizador y guionista británico Christopher Nolan posee una gran habilidad para encontrar las palabras más impactantes para rotular sus filmes. Memento, Prestige, Inception o Interstellar son algunas de las “cápsulas” que definen algunos de sus filmes más personales. La palabra definitoria tiene que estar a la altura de las complejas tramas que la resumen. En su película número once, Tenet resume el McGuffin, o elemento que hace que los personajes avancen en la trama. Si utilizamos esa palabra y la ponemos en conexión con la expresión “cronología invertida”, tenemos el instrumento temporal sobre el que gira el filme, su argumento, y por supuesto, los personajes.

En estos tiempos de incertidumbre, de sectarismos, de la necesidad de dar la talla en todos los aspectos de la vida, y después de la desleal maniobra de Disney con los distribuidores y exhibidores respecto a Mulán (que finalmente no se verá en salas sino en la plataforma, abonando 21.99 euros adicionales a la suscripción), Tenet, el filme, se ha convertido en la película baluarte que simboliza la esperanza depositada por los maltratados exhibidores. La película que, en definitiva, va a salvar a las salas de cine de los tiempos complejos e inciertos en los que estamos anclados. En ese sentido, siendo cinéfilos y disfrutando plenamente de la exhibición de las películas en la gran pantalla, es evidente que hay que apostar por acudir a ver el filme al lugar donde pertenece.

Tema diferente es cómo afrontar el visionado del filme y que sensaciones deja. Las películas de Christopher Nolan son de una enorme complejidad. Un primer visionado suele aparejar un considerable conglomerado de sugerencias y evocaciones, grandes ideas, pero también muchas lagunas, y, por tanto, la irremediable necesidad de visionarlas nuevamente. Armar el puzle narrativo y visual al que nos tiene acostumbrado su realizador es probablemente una de las mayores satisfacciones que como cinéfilos nos ha proporcionado el cine mainstream reciente. Hay quien sucumbe y declara que es imposible comprender las películas del realizador. Que es imposible saber qué nos quiere narrar el cineasta. Hay quien opina que nadie entiende el cine del director británico y que son admiradas e idolatradas por las imágenes. La polémica siempre está servida. La indiferencia es una palabra que nunca está en el vocabulario calificador de su cine. La memoria, la identidad, la demencia, la deconstrucción del espacio y tiempo y la imposibilidad de calcular adecuadamente éste (en su filme que aborda un género más académico como el bélico, Dunkerque, concurren tres acciones cada una de ellas con su tiempo específico y no digamos su segundo filme, Memento, que transcurre desde el final hacia el comienzo), el mundo de los sueños, sus capas y la proyección de realidades y personas que han formado parte de nuestras vidas, el espacio exterior y sus agujeros negros, con sus diferentes esferas temporales, etc., son temas que han servido a Nolan para ir ofreciéndonos unas películas muy especiales.

Con el director de Insomnia, el hype siempre está muy alto. ¿Responde Tenet a las expectativas depositadas? En mi caso, siento decir que, siendo nolaniano hasta la médula, esta vez no me sedujo inexorablemente. Digámoslo ya: Tenet no es una “mala película”, pero sí es una “mala película” de Christopher Nolan, del mismo modo que El Padrino parte III siendo una buena película es una “mala película” de la saga El Padrino.

Cuando llegan los créditos finales, y con ellos los nombres de todo el equipo que ha seguido a Nolan desde el inicio del milenio (su esposa Emma Thomas, el actor Michael Caine, el diseñador de producción Nathan Crawley…), así como los nuevos nombres (Hoyte Van Hoytema, que lleva sustituyendo a Wally Fifster en la fotografía desde Interstellar), la sensación es de regusto un tanto agridulce, y palabras como decepción y desencanto, vienen a la mente con desafortunada rapidez.

Tenet es una película entretenida, compleja, posee secuencias absolutamente espectaculares y el dominio de la imagen por parte de su realizador sigue intacto. Las expectativas que él mismo crea alrededor de sus filmes terminan en esta ocasión por echar por tierra otras sensaciones finales que hubiera estado bien tener. Es admirable la resistencia del cineasta a los CGI, así como a filmar en celuloide. Son decisiones que otorgan autenticidad a las imágenes. ¿Qué ocurre entonces? ¿Demasiada matemática y física cuántica en la trama y diálogos del filme? Un experto en las materias probablemente dirá que no…algunos de los demás mortales diríamos que sí. La fórmula esta vez no me parece tan equilibrada, sino un tanto confusa y farragosa. El impacto de algunas imágenes, como los 10 primeros minutos, siempre muy intensos en el cine de su director, no compensa la insatisfacción y el desequilibrio de conjunto. Lo peor de Tenet no es eso. La sensación final es de deja vu, sensación que abarca, no solo el universo del director, sino también otros mundos cinematográficos ajenos al cineasta británico.

Mi particular sensación al terminar de ver Tenet es la de haber entrado a la “realidad invertida” de Origen (después de Memento la mejor película de Christopher Nolan), y que, de la alteración e inversión de esa onírica realidad, surgiese la franja temporal invertida que es Tenet, cambiando el mundo de los sueños de aquella, por esa inversión del tiempo y el binomio pasado-presente, de ésta, saliendo perdiendo con el cambio.

Homenaje a la saga Bond

El deja vu de Tenet como decíamos no solo viene propiciado por Origen. Tenet es prácticamente una aventura de James Bond, el agente 007 al servicio Secreto de su Majestad. En 3 ó 4 filmes del realizador, aparecen guiños a la saga de Albert R. “Cubby” Broccoli, pero es que esta vez, el “homenaje” lo es de principio a fin. Tenemos al héroe, interpretado por un inexpresivo John David Washington (me parece un soberano error de casting depositar todo el peso actoral del filme en un actor tan limitado), agente especial que trabaja para el gobierno en peligrosas misiones relacionadas con una nueva “guerra fría”. Complica la trama del filme un villano estereotipadamente megalómano, multimillonario ruso (otra vez), un juguete interpretativo para el (decididamente histriónico) británico Kenneth Brannagh (en un papel demasiado parecido, por otra parte, al que interpretaba en Jack Ryan, Operación Sombra), que ya estuvo en el cast de Dunquerque (2017). Andrei Sator posee una tecnología con la que, como buen villano de la serie Bond, planea acabar con el mundo. Por supuesto, en Tenet tenemos a la “chica Bond”, sofisticada, experta en arte, más alta y menos curvilínea que de costumbre. Una elegante Elizabeth Debicki, mucho más interesante en Viudas (2018), de Steve McQueen, que en este filme. Por su parte, Robert Pattinson, el compañero del héroe, un actor que ha demostrado sus habilidades actorales y su habilidad para elegir papeles interesantes una vez salió de la famosa saga adolescente, parece un poco perdido en estas idas y venidas temporales. Resulta evidente a estas alturas que el realizador tiene una “broma privada” con Michael Caine, por la cual el veterano actor siempre tendrá un papel con poderosa flema británica, aunque sea meramente testimonial en las imágenes del carismático cineasta.

Tenet

La música de Tenet

La banda sonora de Ludwig Göransson, autor de la música de la primera temporada de la serie The Mandalorian, carece del empaque y del carácter evocador de la de Hans Zimmer en Origen (insuperable el tema musical Time). Göransson realiza una banda sonora más de efectos de sonido que de música, lo cual per se no tiene por qué tener connotaciones negativas. Sin embargo, su score, efectos de sonido incluidos, no hace por envolver al espectador con las imágenes, sino por acentuar la estridencia y confusión reinantes. Zimmer, pese a su extensa carrera y haber trabajado con muchísimos cineastas importantes, se había erigido en el atractivo sonido asociado a los filmes del director de la trilogía del Caballero Oscuro.

En definitiva, ideas demasiado vistas previamente, recursos narrativos que nos resultan demasiado familiares, (reiterados) homenajes al agente secreto británico más famoso del mundo, ya casi como constante temática, dan la sensación de que la “fórmula Nolan”, que nos ha dado momentazos muy auténticos en una pantalla de cine, experimenta visos de estarse agotando.

En cualquier caso, Christopher Nolan y los exhibidores, ese personal que trabaja de manera incansable en los cines para que éstos constituyan un lugar seguro y de confianza, se merecen nuestro apoyo a las salas, y Tenet es un filme que cada cinéfilo y cinéfila, cada admirador del cineasta británico debe valorar por sí mismo/a, como ocurre con todo filme de su realizador. Volveremos a verla.

Tenet

TECNÓMADAS. Capítulo 9 LO QUE HAY EN LAS PROFUNDIDADES DEL MUNDO

SERENAY

Hubo un momento de inconsciencia al que siguió una sensación de caída libre. Y calor. Mucho calor.

Logró ponerse de nuevo el casco, al menos había ganado eso. En qué momento exacto lo hizo, no lo recordaba, pero sucedió durante la pelea con aquel bruto. El dolor es una poderosa memoria impresa: los instantes de aquella melé estaban grabados a fuego en cada hematoma. Sus propias heridas se solidarizaban con su miedo. A pesar de estar herido de muerte por el empalamiento que le había causado Arthemis, el bruto se defendió bien. Rodó con Telémacus hasta la bodega del tóptero, intercambiaron argumentos en forma de puñetazos, cabezazos, patadas… Y de repente aquel salto, una frenética turbulencia, y los dos cayeron por la borda hacia el vacío. Hacia las profundidades de la sima ardiente.

Telémacus se golpeó la cabeza contra la barandilla y su conciencia se esfumó. Regresó al cabo de poco como una fotografía a la que lentamente se le van añadiendo colores: se vio a sí mismo cayendo en cámara lenta, pintando estelas en la ceniza; vio cómo esta se acumulaba en las placas de su armadura hasta teñirla de negro. El cuerpo del bruto, sin vida ya, se inflamaba hasta convertirse en un cometa. Y abajo, muy abajo… palpitaba el océano de llamas que se lo tragó.

Acicateado por la lujuria de haber matado, inflamado por el recuerdo de haber estado a punto de morir —¡aún lo estaba!—, Telémacus tuvo una epifanía. No supo durante cuánto tiempo estuvo cayendo, si fueron segundos o largos minutos. Ya estaba demasiado abajo como para que ni el tóptero ni ninguno de los esquifes pudiera recogerlo. Su armadura se puso al rojo, lamida por lenguas de fuego, pero el diamadio  era muy resistente y protegió a su ocupante.

—Creo que quiero despertarme ya… —susurró, haciendo frente a las marejadas de dolor que hacían temblar su organismo.

Mientras caía, descubrió que el desaliento tenía voz. Y que estaba intentando expresarse. Desde que le concedió esa potestad, la de hablar en alto, llevarse bien con él fue un juego de niños. ¿Hacia dónde estás cayendo, mercenario? A la nada, las profundidades del mundo… ¿Y qué piensas hacer allí cuando llegues? Pues montar un restaurante de comida rápida, no te fastidia…

Titánicas estructuras pasaban a su lado mientras caía. Edificios apilados como juguetes rotos en una guardería, fuselajes abrasados de viejas naves… Cosas que había tirado el viejo mundo. Los fosos ardientes se sucedían uno tras otro, mostrándole portales que llevaban a edificios ya vacíos. Solo faltaba la típica jauría de perros que saliera de detrás de los oxidados soportes, persiguiéndole como una brisa espectral desde un agujero al siguiente.

Chocó contra una superficie de hormigón y rodó por ella, siempre hacia abajo, identificándola como la chimenea de una arcaica central nuclear. Rodó como una hormiga hasta que cayó por el borde, y siguió bajando, bajando, bajando… cada vez más rojo, cada vez más intenso, como si fuera un planetoide siendo absorbido por la superficie del sol. Su armadura estaba al rojo blanco. Por dentro de las grebas, la espuma de nanocirujanos con malla redundante de plaquetas curaba superficialmente su piel al tiempo que la protegía de las llamas. Pero eso no duraría mucho.

            Vala… dónde estás. Te he fallado, no he conseguido seguir a tu lado.

Como el trueno, su percepción de las cosas llegó demasiado tarde como para recordar la luz. No se dio cuenta hasta que pasaron unos segundos de que «algo» lo había atrapado como un pez abisal. Con una lentitud infinita, más despacio de lo que tarda el planeta al envejecer, Telémacus giró la cabeza para analizar lo que le estaba pasando. Ya no caía: flotaba dentro de lo que parecía un campo de fuerza esférico. La máquina que lo generaba era una especie de robot sonda flotante con forma de medusa, que creaba el campo en su panza y con él atrapaba objetos. A través de la neblina de su casco, Telémacus vio una docena de robots similares que, como aves rapaces, pululaban por aquel infierno discriminando entre la basura y las cosas útiles.

Él había sido clasificado como cosa útil. Por eso uno de aquellos robots se lo estaba llevando. A dónde, era la pregunta del millón.

Veldram, escúchame… así es como acaba todo. Me preguntaste cómo era el desenlace de un guerrero, el punto y final de todas las cosas. Pues aquí lo tienes: sin gloria ni recompensa.

El extenuado cerebro del cazador reunió fuerzas para hacerse más preguntas: ¿qué eran aquellos robots, a quién pertenecían? ¿Cómo podían sobrevivir en aquel entorno? ¿Cómo era posible que allá abajo, donde se suponía que no había nada, también hubiese actividad, lucha por la supervivencia… vida?

Su capacidad de sorpresa se vio ampliamente rebasada cuando vio el lugar a donde lo estaban llevando: se trataba de una especie de ciudadela invertida, protegida por una cúpula puesta boca abajo, dentro de la cual colgaban edificios como si fueran estalactitas. La parte superior del complejo era plana, y no parecía tener más función que la de mantener el hábitat flotando en el aire. Pero debajo estaba aquella cúpula, y aquellos edificios que sin duda estaban habitados, porque muchas ventanitas destellaban con su propia luz.

Era un hábitat orbital de pequeño tamaño —los ancianos contaban, en sus canciones, que en el mundo de Antes los orbitales podían tener el tamaño de lunas—, solo que alguien lo había enterrado allí, en las entrañas del planeta. ¡Y estaba funcionando! ¡Había gente viviendo en él, o eso parecía!

Demasiados descubrimientos inesperados, demasiadas preguntas sin respuesta. La castigada percepción de Telémacus no pudo soportar más maravillas, y se dio por vencida por aquel día. Mientras el robot cargaba con él hasta el complejo, le dio la bienvenida a la inconsciencia. El sonido de su desesperanza, al que hacía un rato le había concedido voz y voto, se rio de él y lo acunó cantándole una melodía.

Gradualmente, el temor y la furia se abrieron paso, y un grito desfigurado se revolvió en círculos cada vez más amplios a través de su pecho. Se desmayó.

—¿Hola? Sí, parece que se está despertando.

Unas pesadas cortinas se apartaron de encima de sus ojos, y la agradable luz envolvió a Telémacus. Estaba en un entorno controlado de presión y temperatura, e incluso un olor agradable matizaba el ambiente. Era como estar de regreso en casa, solo que sabía perfectamente que eso era imposible.

—¿Dónde estoy…? —Alerta, prodigio de originalidad. La verdad era que se sentía muy bien, reposado y tranquilo. Toda la fatiga muscular y el dolor remanente de la lucha habían desaparecido, como si una larga siesta reparadora hubiese puesto las cosas en su sitio.

Dio un respingo cuando vio a quién tenía a su lado: eran dos simios altos y de columna vertebral recta, como la de un humano, que vestían ropas de científicos. No usaban calzado para poder tener libres las manos de las extremidades inferiores, y su piel —al menos la que estaba expuesta en las zonas donde no tenían pelo— parecía artificial, hecha de unas celdillas hexagonales separadas entre sí por delgados espacios vacíos. La que había hablado era una simia, una hembra, y miraba al cazador con ojos curiosos mientras apuntaba cosas en una tableta. Mascaba una especie de palillo con el que jugueteaba con sus prominentes labios de mona. A su lado había otro de su misma especie, indudablemente macho, que también lucía esa piel en mosaico, y que al igual que ella parecía un científico, aunque sus poderosos brazos daban la impresión de poder aplastar al humano en cualquier momento.

—¡No te asustes! —le pidió la hembra con voz amable—. No tienes por qué tener miedo de nosotros, no te haremos daño. —¿De verdad estaba hablando, y además en su idioma?

Telémacus no tardó en configurar un esquema táctico de la situación: no llevaba puesta la armadura sino una especie de bata de hospital. Todas sus heridas habían sanado y no le quedaban ni siquiera moretones. Tampoco tenía armas a mano, aunque la especie de enfermería donde lo habían metido estaba llena de objetos punzantes que podría usar en el eventual caso de una pelea. Su entrenada mente de guerrero no tardó en buscar una salida rápida de aquel lugar, por si acaso. Pero intentó mantenerse tranquilo y seguir hablando. La primera regla para ganar una pelea era evitar que empezara.

—¿Qué es este lugar? —preguntó a la defensiva. Sentía la saliva densa, pastosa, con sabor a nanocirujanos.

—Ante todo, las presentaciones de cortesía: somos el colectivo Taelon, una raza de animales ciberevolucionados que lleva viviendo aquí desde lo que vosotros, los del mundo de la superficie, llamáis «el Día del Apagón». De eso han pasado exactamente 387 rotaciones de este planeta. Mañana empezamos la 388.

—Taelon… nunca oí hablar de vosotros…

—Nadie en el mundo de arriba nos conoce. Somos muy celosos de nuestro secretismo —sonrió ella, pasándole un escáner al humano por las piernas y el torso. El aparato soltó pitidos y lucecitas, y ella pareció satisfecha—. Bien, tu cuerpo no ha absorbido ninguna dosis de radiación letal. Me tenías preocupada, pues estuviste fuera mucho tiempo.

—¿Fuera?

—Cayendo por la grieta. ¿No viste mientras caías una especie de resplandor muy hermoso, lleno de arcoíris, que hay más abajo, en las profundidades del manto? Es radiación de alto nivel que ioniza el aire y las partículas del fuego, creando esos hermosos pero letales efectos lumínicos. Los Antiguos tiraron a las grietas muchos motores que funcionaban con energía nuclear, y la mayoría siguen ardiendo. De hecho, lo harán durante los próximos diez mil años.

Telémacus se acercó a un ventanal. Se encontraba en uno de los edificios-estalactita, mirando hacia la cúpula que protegía el hábitat. Más allá de ella… los fuegos salvajes de la creación. El misterio de la vida y la muerte podía hacerse evidente para cualquiera al contemplar la manera de andar de un niño, o cómo se curvaban los labios de una mujer al sonreír. Pero allá abajo era el violento baile de los neutrones lo que patentizaba toda belleza.

Se volvió hacia sus anfitriones. Tenía la incómoda sensación de que allí se estaban realizando pruebas de laboratorio, y que él era la cobaya.

—Así que sois evoanimales, ¿eh? ¿Creados para ayudar en estas instalaciones?

El macho asintió.

—Así fue en su día, hace siglos. Pero ahora somos dueños de este lugar. Hemos proseguido con las investigaciones de nuestros creadores, aun cuando ellos ya no están. Son cosas muy complicadas que quizá los tuyos no recuerden: combinaciones estequiométricas para analizar pautas de cristales tónicos, propiedades laberínticas en el principio de la propagación electromagnética, la demostración de que el pensamiento existe en forma de cuantos paraversales, y cosas así. —Tomó aire, inflando sus grandes pulmones de orangután—. Te ruego que, si no quieres faltarnos al respeto, nos llames por nuestro nombre genérico: taelon. Y no uses la palabra «animal», que es ofensiva.

—De acuerdo. En modo alguno querría importunaros, u ofenderos —se apresuró a decir Telémacus—. De hecho, os doy las gracias por salvarme, amigos taelon. —Se miró la piel de los brazos—. ¿Por qué me siento como si hubiera dormido cien días seguidos?

—En realidad, solo has estado en periodo de sueño nueve horas. El resto lo han hecho los nanobots que te hemos inyectado para que aceleraran tu proceso curativo. No te preocupes, no son nocivos: los eliminarás mediante el sudor y la orina en un plazo de setenta y dos horas.

Al oír esa cifra, nueve horas, el cazador se preocupó. Pensó en la caravana de camiones, en su mujer y su hijo, y en lo lejos que estarían ya de allí. Bueno, al menos no les estarían persiguiendo los dravitas: los misiles del tóptero habían hecho un buen trabajo con eso.

No recordaba haber soñado durante su periodo de convalecencia, lo cual era bueno. Últimamente, hundido en el amasijo de mantas en el que solía dormir, era presa de pesadillas y su ralea de formas aullantes, muchas de las cuales se parecían sospechosamente al drav Bergkatse.

—Te rescatamos porque nos pareció increíblemente inusual que alguien de las razas de la superficie consiguiera llegar hasta aquí —dijo la hembra. Su rostro, agradable a pesar de lo animalesco, estaba enmarcado en un halo de pelo ambarino—. Sentimos la lucha que había arriba, y cuando te vimos caer pensamos que eras otro cadáver. Pero entonces te moviste, y comprendimos que estabas vivo. Así que mandamos a uno de nuestros robots sonda para que te trajera. Tu armadura es algo prodigioso: logró protegerte no solo de las oleadas de radiactividad, sino también de un calor de trescientos grados.

—Pero ¿cómo es posible esto? —Telémacus hizo un gesto extensivo al hábitat—. ¿Lleváis aquí abajo desde hace siglos, manteniendo y usando tecnología de los Antiguos? ¿Por qué no os habéis dejado ver…?

A ella pareció entristecerle la pregunta.

—El mundo de arriba es salvaje y peligroso. Está lleno de tribus humanas involucionadas hasta un estado de barbarismo técnico, y de especies desconocidas para nosotros que no paran de guerrear entre sí por los pocos recursos que quedan. Si de repente saliéramos con un mensaje pacifista y os saludáramos al mando de nuestro hábitat, ¿qué crees que pasaría?

Tuvo que admitir que era una buena pregunta.

—Lo más lógico es que… los señores de la guerra de todos los reinos competirían por echarse encima de vosotros para esclavizaros y robaros la tecnología —suspiró—. Por desgracia, es así.

—¿Lo ves? Eres un humano inteligente. —Una gran sonrisa ensanchó su rostro de gnoma peluda—. Te das cuenta de las cosas.

—Me ha hecho gracia eso de «barbarismo técnico».

—Es la descripción que mejor se amolda a vuestro nivel de civilización. Poseéis tecnología avanzada, como campos de suspensión gravitatoria y rayos coherentes de energía. Posiblemente incluso fusión nuclear. Pero, por lo que hemos visto desde lejos, es como si vuestras estructuras sociales hubieran vuelto al feudalismo. No se puede razonar con mentes así de atrasadas.

—¿Desde lejos? —El hombre arqueó una ceja—. ¿Cuán lejos?

—Mucho —sonrió ella, enigmática. Y no quiso añadir más.

Los taelon tuvieron la amabilidad de devolverle la armadura, cosa que no se esperaba. No parecían tenerle ningún miedo. Quizás, pensó observando el nivel tecnológico de aquellas salas y pasillos, no tuvieran por qué tenerlo. A lo mejor eran capaces de matarlo solo con chasquear dos dedos, bien de las manos o de los pies, tuviera él la armadura puesta o no. A lo mejor mientras dormía aquellos nanobots habían hecho algo ilícito dentro de su cuerpo.

Con una vivacidad fingida, tan hábil como poco convincente, la simia lo agarró del brazo y lo invitó a seguirla. Fue detrás de sus anfitriones hasta una sala de observación mucho más grande. Se cruzó con bastantes evoanimales de diversas especies, todos mamíferos. Los que por naturaleza no tenían pulgares oponibles los suplían con ingeniería genética o apéndices cibernéticos. Se preguntó si la tecnología de elevación de las capacidades físicas y del pensamiento funcionaría también en reptiles, o en insectos, y de ser así por qué no había ningún ejemplar a la vista. A lo mejor, los mamíferos los exterminaron en algún momento de su historia para protegerse de posibles instintos, pensó. Mentalidad de manada. O puede que los insectos o los organismos de sangre fría no tuvieran lo que había que tener, en la carrera del ADN, para que sus cerebros desarrollasen inteligencia, por densos que fueran. Se acordó de la madre insecto que los había atacado en la estación. No supo por qué, en ese momento le vino a los labios la tonadilla que les había sugerido la cítara de Veldram.

Un cristal curvo como una geoda techaba aquella sala. Sobre él flotaban cortinas de datos con imágenes tanto de las profundidades del cañón —donde pudo ver un ejército de máquinas trabajando, desmantelando los restos de una nave antes de que se la tragase para siempre el manto— como de la superficie. Toda aquella tecnología se le antojaba más adelantada que la que había en Enómena, pero al mismo tiempo retenía un aroma a artefactos viejos, a la esencia de cosas ignoradas y dadas por perdidas. Si no decrépitas, sí lejanas.

En una de las holografías que mostraba lo que pasaba fuera del barranco, Telémacus se sorprendió al ver los restos de los vehículos dravitas, todavía echando humo, y lo que quedaba del palacio flotante de Padre Addar, estrellado contra el suelo y hecho una ruina. Pequeñas personitas salían de él y huían despavoridas hacia el desierto, puede que los esclavos cantores, que habían recuperado por las malas su libertad. Pero lo que más le sorprendió era que esas imágenes eran planos cenitales, tomadas desde arriba. Desde el cielo. Como si hubiese un ojo espía flotando allá arriba, a mucha distancia.

—Tenéis satélites… —se sorprendió.

—Sí, pero apenas funcionan ya, están muy estropeados. El control que ejercemos sobre ellos es muy limitado, pero nos permite mantener vigilada la superficie y ver si a alguno de vuestros reinos guerreros le da por intentar alguna barrabasada… —dijo el macho. Un seco «cállate» por su parte era lo único que Telémacus necesitaba para no seguir dialogando con ellos, pero por ahora no lo había dicho. Así que el hombre dedujo que tenían ganas de hablar. Mejor eso que haberme metido en una celda desde el principio.

—Este planeta en el que vivo cada día me sorprende más —sonrió Telémacus—. Arriba, bárbaros descerebrados organizando cacerías humanas por mera diversión, o para reclutar carnaza para sus juegos de guerra. Abajo, donde nadie ha mirado nunca, un reducto de… eh… científicos celosos de su secretismo. Es, como si dijéramos… un mundo arriba y otro abajo, ¿correcto?

La simia asintió.

—Lo has definido perfectamente. Y esos dos mundos, por seguridad, deben permanecer aislados el uno del otro, al menos hasta que el vuestro madure lo suficiente como para dejar atrás el barbarismo y entrar en una fase de renacimiento cultural. Que nos haga sentirnos seguros a nosotros, más que a vosotros.

—Te entiendo, y estoy de acuerdo. Pero tal y como están las cosas allá arriba… —Telémacus dejó escapar un suspiro— creo que vamos a tardar mucho en alcanzar un nuevo renacimiento. Por cierto, ¿puedo haceros una pregunta que lleva intrigándome desde hace un rato?

—Inténtalo y veremos si tiene respuesta o no.

—¿Por qué tenéis la piel así, como dividida en celdillas? Decís que sois evoanimales, pero esa no parece la piel de ningún animal.

—Porque es piel presurizada celularmente, un regalo póstumo de nuestros mentores. Creyeron que podían hacer extensiva nuestra actividad al vacío espacial, y nos protegieron con un blindaje dérmico parecido a un traje de vacío. Se puede cerrar uniendo las células en forma de barrera poliédrica. Incluso los ojos y los oídos se nos recubren con una película de monómeros transparentes. Por cierto, mi nombre es Serenay —dijo la mujer—. Y este es Marghol, mi compañero. Te oímos hablar en sueños mientras te recuperabas. ¿Es Telémacus tu nombre?

—Sí. El mismo que mi padre, que a su vez lo heredó de su padre.

—Qué raras costumbres tenéis los humanos… —rezongó el macho con una media mueca que podía haberse ahorrado. Señaló la pantalla donde se veían altas concentraciones de calor, fotografiadas en infrarrojo, sobre ciudades y estructuras que desde el cielo el humano no sabía reconocer—. Como eso que están haciendo tus tribus ahora. ¿A qué viene esa inusual concentración de vehículos e individuos en los mayores centros de población?

La vista de Telémacus se paseó por aquella miríada de puntitos, por aquellas nubes de colores cálidos acampadas alrededor de los palacios… y tragó saliva.

—Se preparan para una guerra. A gran escala, por lo que parece.

—¿Vuelve a haber escasez de recursos? —se extrañó Serenay. El fruncimiento de su morro tuvo una especie de severidad histérica. El palillo que mascaba pasaba con celeridad de un lado de la boca al otro—. ¿Por eso se pelean?

—No. Lo hacen por el poder. Dos de nuestros líderes más poderosos han sido asesinados recientemente, en un breve intervalo de tiempo, y esa pelea de fieras es por ver cómo queda configurado el nuevo mapa.

—Reyes muertos, sin descendencia. Antigua historia.

—Los dravs no pueden tener hijos. —La guerra… el subconsciente de Telémacus le pedía convertir ese asunto en un tema puramente genérico, pero no podía. Y menos al ver aquel despliegue militar en las pantallas, mayor que el que recordaba de épocas anteriores—. Si como decís hicisteis un seguimiento de nuestra huida a través de la llanura, habréis deducido que mi tribu y yo estábamos escapando de ese horror. Pero nos persiguieron. Tuvimos que defendernos, y yo acabé aquí. Supongo que no hay suficientes matemáticas para describir casualidades como esta.

—No te creas, con las ecuaciones se puede describir cualquier cosa, hasta lo más inverosímil. De hecho, es mucho más sencillo analizar la posibilidad de que haya un humano bueno y decente entre un billón de hombres crueles, y que sea precisamente él quien caiga sobre nuestro techo, que describir a otro que solo sea decente durante un rato y luego se vuelva perverso sin justificación.

El cazador se fijó en un cubo muy azul —el color del calor, de la radiación térmica, así que tenía que estar muy caliente— que estaba plantado sobre dos líneas rectas y finas, paralelas. Esas líneas llegaban hasta dos ciudades que también emitían chispazos de calor. Comprendió lo que estaba viendo: era un plano cenital de la fortaleza rodante de Bergkatse, con las ciudades gemelas de Darysai y Múnegha en los extremos. Alrededor de ese cubo zumbaban como abejas centenares de tópteros, toda la flota aérea del drav.

—Eso es la región del Kon-glomerado. En breve, sus tropas colisionarán con las del país vecino, Raccolys. Los emperadores están bajo tierra, pudriéndose. Son los príncipes quienes compiten por las migajas.

—¿Por qué tu gente huye hacia el este por el desierto? —preguntó Serenay—. ¿Qué pretendéis encontrar?

—Soledad. —Telémacus se sacudió de encima la congoja que le habían dejado aquellas imágenes como un abrigo de mucho peso—. Aislamiento. Hasta que pase la tormenta.

—Vais directos hacia el elevador estelar. ¿Es a propósito?

—¿El elevador? ¿Qué queréis decir con…?

La pantalla enfocó lo que la gente de aquel planeta llamaba el Hilo. Lo hizo desde mucho más cerca de lo que Telémacus había visto nunca… y pudo apreciar detalles que le sobrecogieron. Todo lo que imaginó siendo niño era cierto: ¡era una torre, no un cable! De una anchura que resultaba irrisoria en comparación con su altura pero que, a tenor de los elementos que había en el plano que permitían establecer una escala —¿esos agujeritos eran ventanas? Y si lo eran, ¿estaban a escala humana?—, le dejaron claro que el grosor de la torre debía rondar en torno a los doscientos metros. ¡Doscientos metros de anchura durante miles y miles de kilómetros, hasta desaparecer por encima del techo del cielo! ¿De dónde habían sacado los Antiguos suficientes materiales para edificar algo así? ¿Y para qué servía?

Serenay la había llamado elevador estelar, lo cual implicaba muchas cosas. De hecho, ¿acaso no parecían vías de tren verticales las tres franjas negras que pintaban de arriba abajo la torre?

—Así que servía para eso —murmuró.

—Es una vía de tren en vertical. Un ascensor. Servía no solo para subir y bajar cargas desde la órbita con un coste energético casi ridículo, sino que también había naves que despegaban desde el tallo. Era todo un invento. Pero como todo lo demás en este planeta, lo abandonaron, y fue olvidado.

—¿Por qué no lo usáis vosotros para escapar? ¿Por qué no subís a la órbita?

La simia hizo un gesto de impotencia con las manos. Lo gracioso es que lo hizo con las cuatro manos.

—¿Y luego qué, adónde iríamos? No tenemos una nave translumínica que pueda llevarnos hasta otro mundo. Y nuestro hábitat hace mucho que perdió su capacidad de volar por el espacio. Además, este planeta es levógiro, gira en sentido contrario al vector de su órbita, por lo que un hipotético efecto tirachinas no lograría sino arrojarnos al espacio profundo, a regiones donde nos congelaríamos porque este sol quedaría reducido a una estrella de tercera o cuarta magnitud. —Sacudió la cabeza—. No, hombre de la superficie… me temo que Enómena es nuestro hogar. Y que estamos tan atrapados aquí como vosotros.

—Comprendo. Pues creo que habéis tenido mucha suerte de que haya sido precisamente a mí a quien rescatasteis de la fosa, porque si llega a ser ese otro que cayó conmigo… —Su expresión se endureció—. Creo que habríais tenido serios problemas. Yo, sin dejar de ser lo que llamáis un hombre de la superficie, me considero bastante civilizado. Tengo principios morales y estoy abierto al diálogo. El que cayó conmigo, no.

—¿Quién cayó contigo? Nuestros drones no lo detectaron.

—Un asesino despiadado llamado Bestia. Por fortuna, está muerto. Lo vi arder como una tea a medida que caía. Pero es mejor así. Una molestia menos en este mundo de la que preocuparse.

—Pues parece que sí, que tuvimos suerte —gruñó Marghol mientras alimentaba datos en una consola. La sombra de una sonrisa cruzó su cara de orangután y la suavizó—. Los hombres acabáis de inventar el solipsismo involutivo retrofuturista. Uno nunca sabe qué esperar de estos dichosos humanos.

PADRE ADDAR

Padre Addar, todavía inconsciente, se pasó una mano por la cara sintiendo que los recuerdos se revolvían a un milímetro detrás de sus ojos. No eran agradables: los últimos segundos de vida de su palacio flotante; aquel tóptero traidor que bombardeó a sus tropas; el misil que intentó matarlo a él, a un dios encarnado, a un Intérprete de los Muertos, segundo solo ante la máxima autoridad, el drav…

Despertó dentro de aquella cápsula de salvamento que daba tumbos, cayendo sin control hacia… ¿dónde? El único lugar que podía justificar una sensación de caída tan prolongada era el barranco. El recuerdo que había quedado tras él, en la superficie… era el de una derrota. ¡Derrota! Qué espantosa palabra. En un par de míseros días, todo su mundo se había venido abajo: fuerzas enemigas habían asaltado el palacio rodante de su señor, asesinando al drav, y la partida de caza posterior había resultado un desastre. Si hacía una lista de acontecimientos, estos resultaban tremendamente lógicos, por mucho que a él no le gustasen. La lógica: la forma más desleal de argumentar.

La cápsula tenía una ventana circular a través de la cual vio lo que pasaba fuera: había fuego, y humo, y luz histriónica de radiación nuclear entretejiéndose consigo misma en estroboscópicas espirales. La cápsula cayó dando vueltas en medio de aquel humo y de aquel resplandor plástico, y de repente todo se oscureció. Sintió un potente golpe, y su vehículo se detuvo en seco.

La cápsula había caído dentro de lo que parecía un enorme cuenco, y yacía apoyada en ángulo contra las paredes. Addar quiso creer que aún lo protegería, pero estaba dañada: tenía muchas grietas e incluso un par de buenos agujeros por los que aquel calor tóxico se estaba filtrando. Pronto le mataría, era una certeza matemática, así que si se quedaba allí, esperando a que alguien lo rescatara, la cápsula sería su ataúd. ¿Qué alternativas tenía? La radio se había roto debido a los golpes y el escueto sistema de soporte vital también. ¿Salir fuera por sus propios medios y enfrentarse a aquellas condiciones que no eran adecuadas ni siquiera para los infiernos? Tampoco. Moriría en cuestión de minutos por una explosión de cáncer que lamería sus huesos.

En un lado estaban las profecías que aseguraban —¡iluso!— que un Intérprete de los Muertos no podía morir porque estaba protegido por los dioses. Y allí, en el otro, un nudo gordiano que requería una solución alejandrina. Addar se había esforzado por estar a la altura de su propia leyenda, y había amado a la noche, aunque ahora se hallara fuera de su alcance. La diosa fortuna le había sonreído en casi todas las etapas de su vida, y había dibujado angostas líneas de amor sobre su piel. Pero ahora lo había abandonado.

Tenía que salir de aquella ratonera. Prefería enfrentarse de pie a la muerte, cara a cara, que escondido como un caracol. Al mirar por la ventanilla dedujo que el «cuenco» donde había caído era la tobera de salida del impulsor de una nave espacial, que se estaba haciendo trizas como todo lo demás. Había tenido la suerte de caer dentro, como una pelota encestada en una canasta, y ahora la pared de la tobera le estaba ofreciendo un poco de cobertura. El siguiente razonamiento era obvio: puede que encontrase una manera de descender por el conducto de salida del plasma hacia el interior del motor, donde estaría aún más protegido. Desde allí, puede que una escotilla lo llevara al interior de la nave. Seguro que no encontraría nada útil después de tantos siglos de ser aplastada y consumida por los fuegos del interior de la tierra, pero ganaría… quién sabe, unas horas. Unos días. Una pizca de esperanza.

A nadie de los que habían preparado aquella cápsula de escape se le había ocurrido la brillante idea de incluir en el diseño un traje protector para condiciones extremas. Pensaron que serviría para salir volando de alguna situación apurada y ya está. Se acordarían de ese error, los muy desgraciados. En cuanto volviera cogería a todos sus ingenieros y los convertiría en su próximo coro de voces canoras.

Le vinieron a la mente unos versos de la Ribathán, la jaculatoria sagrada: «En este vasto tablero de noches y días / cuando la piel es fuego y el alma va surcando el oleaje / una canción despiadada / nos arrastra sin remisión hacia la noche».

Abrió la portezuela a patadas y se deslizó a duras penas por la ranura. El calor asfixiante y aquel aire lleno de partículas nocivas le hicieron toser y le irritaron los ojos. ¿Cuántos Roentgen estaría absorbiendo su cuerpo? ¿Cien, doscientos? ¿Miles? Estuvo a punto de echar los pulmones por la boca, pero encontró lo que buscaba, una fisura en el suelo por donde antaño surgieron los ciclones de plasma que impulsaron la nave, y se atrincheró dentro. Los infiernos de los que hablaban las mitologías creadas por el hombre existían, y él acababa de encontrar la puerta de entrada a uno. ¿Estaría plagado de demonios o de espíritus de fallecidos? ¿Tendrían su propio Intérprete de los Muertos? ¿Podían las inteligencias artificiales llegar a tener alma si se instalaban las suficientes actualizaciones, y habrían creado aquellas de comportamiento infame su propio rincón allá abajo? ¿Habría —tragó saliva— algún monarca de los infiernos que hubiese captado el olor de Padre Addar, y lo estuviese rastreando?

Sí. Los ojos casi se le salieron de las órbitas cuando lo vio.

Vio al príncipe de los infiernos, de pie sobre el borde de la tobera.

Mirándolo.

Era bípedo y con una altura sensiblemente superior a la de un humano normal. Sus ropas no tenían forma; parecían jirones del hostil vacío del cielo… si es que eran ropas y no simples trozos de oscuridad dúctil pegados a su piel. Había algo equívoco en su silueta, un temblor cuántico, como si su cuerpo escapase de toda ley física y fuera una bruma de principios de cohesión molecular mal expresados.

Padre Addar sintió que su cordura se astillaba. Quiso gritar, pero si abría la boca, marejadas de radiación ionizante resbalarían garganta abajo y pudrirían sus pulmones. Quiso correr, jugar a un desquiciado «a ver si me coges» con aquel demonio, pero estaba atrapado en la trinchera del motor. Había más de cien grados de diferencia en la temperatura entre estar dentro o fuera, así que no se movió.

Su tímida esperanza era pasar desapercibido, no ser visto por aquellos ojos imposibles… pero ya era tarde. El rey del Averno descendió de un salto hasta el interior de la tobera, paseó lentamente alrededor de la cápsula rota, como si la examinara con curiosidad, y andó en línea recta hacia Padre Addar. Este se fijó en un efecto cuántico que su cuerpo dejaba atrás a medida que avanzaba: se iban desprendiendo de él algo parecido a fotografías, instantes congelados en el tiempo que se quedaban formando una estela a su espalda, a intervalos. Como si los fotogramas de una película se negaran a desparecer o a ser actualizados por las imágenes nuevas, y quedaran allí, en el viento, como esculturas atómicas.

El engendro miró al humano desde sus imposibles tres metros de altura. Era el horror puro, un ser hecho de temor sólido, transfigurado por aquellos ojos brillantes en una presencia desnuda, inmóvil e irrebatible como el hielo.

Pero lo peor vino cuando Padre Addar lo reconoció. Había visto antes a aquel demonio, conocía su nombre verdadero.

—El hecatonquiro… —susurró.

Aquel horror que él mismo había liberado estaba allí. Parecía haber encontrado su lugar en un ecosistema donde encajaba bien. ¿Pero qué estaba haciendo? Le había dado orden de perseguir implacablemente a los asesinos del drav.

No tuvo tiempo de preguntárselo, porque el monstruo lo agarró por el cuello y lo sacó en volandas del refugio. Padre Addar se retorció, asfixiándose, pero entonces el hecatonquiro —siempre dejando atrás aquellas fotografías suyas en el aire, aquellos ecos cuánticos— acercó la cara de Addar a la suya, la contempló durante unos instantes…

…Y empujó el cuerpo del humano dentro del suyo propio, como fundiéndolos en una sola cosa. El torbellino de quarks en el que se desgajó aquel sólido antes conocido como Padre Addar no perdió nunca la conciencia, ni la percepción de su propio yo, pero sintió su desintegración hasta la última molécula, y cómo tanto su cuerpo como su psique se mezclaban en una nueva entidad con la de aquel demonio.

Cuando el proceso acabó, Addar había dejado de ser humano. Y estaba completamente loco. A su mente no le quedaba el menor atisbo de cordura. Pero había algo que sí recordaba: un día antes, cuando sacó al monstruo de su sarcófago, sus palabras exactas fueron: «Aprende de ellos todo lo que puedas… y mátalos».

Y eso estaba haciendo el hecatonquiro: fusionándose con un humano para aprender más de ellos. Ahora ya no eran una dualidad, sino una sola cosa. El monstruo absorbió sus recuerdos y la animadversión de Padre Addar. Compartieron a partir de entonces un solo impulso, un mismo odio. Addar le devolvió una sonrisa que el otro ni siquiera había esbozado, y lo hizo con una malicia tan alegre que el resto se convirtió en una mueca.

La caza proseguía. Solo que esta vez sería mucho más letal.

FIMUCITÉ presenta la selección de largos de ficción, documentales y cortos a concurso

El 14º Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife (FIMUCITÉ) desvela la selección de 4 largometrajes de ficción, 4 documentales y 23 cortometrajes que formarán parte de la sección oficial a concurso FIMUCINEMA. Desde 2013, el festival desarrolla esta actividad paralela coordinada por Manuel Díaz Noda donde producciones de todo el mundo compiten en cuatro categorías establecidas: el Premio Alex North a la Mejor partitura original para un largometraje de ficción, y los premios Fimucinema a Mejor partitura original para un documental, Mejor partitura original para un cortometraje y Mejor canción original.

Este año los principales países desde los que se han presentado películas han sido España, Estados Unidos, Italia, Canadá, Francia y Brasil. Dentro de este amplio abanico internacional, Fimucinema se congratula como cada año de contar también en su selección con un amplio y representativo conjunto de obras de producción canaria (‘Atentado’, ‘Lila’, ‘Norberta’, ‘Renacer’, ‘Soy’), que evidencia la relevancia y competitividad del sector audiovisual en las islas, contando además con firmas de compositores de gran talento y reincidentes en estos galardones como Fernando Ortí o Jonay Armas.

Estos músicos se integran en un conjunto de compositores seleccionados donde se encuentran otros referentes ya veteranos en Fimucinema, como Josué Vergara (‘Non-Living’, ‘Segrelles. Ilustrador Universal’), Iván Capillas (‘Living with Gaudí’, ‘Atentado’), Alberto Torres (‘A Ninguna Parte’), Daniel Trujillo (‘Su Vida en tus Manos’, “Al Otro Lado”), Pablo Trujillo (‘Mujereando. El Quejío de la Diosa’), Mathieu Alvado (‘Royal Madness’, ‘Blind Eye’) o Ian Chen (‘Rag Doll’).

La selección de esta edición incluye también otros nombres como Zbigniew Preisner (‘Dear Child’), Lolita Ritmanis (‘Blizzard of Souls’), David Hadjadj (‘Long Time No See’) o Carlos Martín Jara (‘ECO’). Ritmanis forma parte también de la creciente representación femenina dentro de los trabajos presentados a concurso y que han entrado en selección, como Pilar Onares (‘Acto Reflejo’), Minia Díaz (‘Atentado’), Marta Martos Cubero (‘Confesiones de un Asesino en Ciernes’), Mariuca García-Lomas (‘Réplica’), Emily Klassen (‘The Universe According to Dan Buckley’).

Llama la atención el importante peso reivindicativo y social de los títulos presentados. Si bien el baremo de selección y el objetivo final de la sección se rige exclusivamente por la música y su aplicación al medio audiovisual, los temas tratados en el amplio espectro de películas seleccionadas abarcan denuncias sobre los efectos devastadores de la guerra (‘Blizzard of Souls’, ‘The Rotation (Xulanewe)’), la situación de la mujer en la sociedad actual (‘Mujereando. El Quejío de la Diosa’, ‘Acto Reflejo’), la problemática que tienen que afrontar individuos y familias ante una enfermedad degenerativa y cómo el arte ayuda a paliar sus efectos (‘Ho Sposato Mia Madre’, ‘Living with Gaudí’, ‘Soy’), el abuso hacia menores convertidos en esclavos o niños soldados en las llamadas guerras de la droga (‘Dear Child’) o explotados laboralmente (‘Rag Doll’); así como la reivindicación de la diversidad sexual (‘Salvo el Crepúsculo’, ‘Renacer’, ‘Norberta’) o mensajes animalistas (‘Lila’, ‘Su Vida en tus Manos’).

Por segundo año, el Espacio Cultural La Granja, situado en la planta baja de la Casa de la Cultura de Santa Cruz de Tenerife, vuelve a colaborar con Fimucinema albergando la proyección de los trabajos seleccionados. Las sesiones, que tendrán lugar entre el lunes 21 y el viernes 25 de septiembre en horario de mañana y tarde, se ajustarán a los protocolos de seguridad sanitarios establecidos para asegurar al público un espacio libre de contagios donde disfrutar de la magia del cine y la música. La lectura del palmarés tendrá lugar el domingo 27 de septiembre en este mismo espacio, en el acto de clausura del Festival, que incluirá también la proyección de la película ganadora del Premio Alex North.

Los trabajos serán evaluados por el jurado formado por Juan José Solana (músico y presidente de la Fundación SGAE), Sara López (compositora), Raquel Toste (periodista de RTVC) y Alejandro Martín (gestor cultural y director artístico del Festival Atlántico del Género Negro Tenerife Noir).

La programación completa con todos los horarios de las proyecciones está disponible en la web de FIMUCITÉ, www.fimucite.com, que celebrará su decimocuarta edición del 18 al 27 de septiembre bajo la dirección del reconocido compositor y director de Orquesta Diego Navarro. El festival cuenta con el apoyo de Cabildo de Tenerife, Ayuntamiento y Sociedad de Desarrollo de Santa Cruz, Ayuntamiento de La Laguna, Gobierno de Canarias, Auditorio de Tenerife y Orquesta Sinfónica de Tenerife.