Antes de cartografiar el territorio terrestre, el ser humano fantaseaba con lugares mágicos, ya sea en la superficie o en la tierra hueca, repletos de criaturas y civilizaciones desconocidas. A medida que nuestro conocimiento de nuestro planeta ha sido cada vez más exhaustivo, nuestra especie ha seguido mirando al cielo como ese lugar abierto a la imaginación. Cyrano de Bergerac, Julio Verne, Georges Méliès son algunas de las voces que han hecho propio este misterio de lo desconocido. A lo largo del siglo XX, con el desarrollo científico, la ciencia ficción se ha ido apoyando (bueno, no siempre) en patrones más fundamentados de lo que podemos encontrar en el exterior de nuestro planeta. La segunda mitad del siglo XX estuvo muy implicada en el desarrollo científico y tecnológico para viajar más allá de los límites de nuestra atmósfera, “a donde nadie ha llegado jamás”.
VOLVER AL ESPACIO
El interés por el espacio fue menguando en las dos últimas décadas del siglo, a pesar de que éxitos cinematográficos como Star Wars fomentaban la proliferación del space opera como un subgénero que definió a toda una generación. O quizás precisamente porque ese componente fantástico se construía más sobre conceptos de aventura y fantasía que sobre aspiraciones científicas. Ahora vivimos en un momento de recuperación del sueño espacial. Títulos como Interstellar, Gravity, La Llegada o series como Para Toda la Humanidad, que acaba de estrenar su quinta temporada, han vuelto a situar la ciencia y la astronomía en nuestro radar. Ha regresado el interés por viajar a Marte y la carrera espacial parece vivir un resurgimiento con la misión Artemis II.
EL DETECTIVE CIENTÍFICO
Andy Weir se ha posicionado como uno de los escritores de ficción que ha impulsado, desde el terreno de la fantasía y la ciencia ficción, la curiosidad por la ciencia aplicada al espacio. La suya no es una literatura de ciencia ficción dura, sino más bien puzles de lógica, casi a modo de literatura procedimental. Él mismo relaciona a sus personajes con Sherlock Holmes por su propósito de que los conflictos y obstáculos que surgen en sus novelas no se resuelvan con pistolas de rayos láser o espadas de luz, ni con torpedos cuánticos, sino mediante procesos deductivos científicos, bien documentados, y donde, pese al carácter ficticio y fantástico de sus tramas, la respuesta al conflicto sea sólida. Éste, por otro lado, era precisamente uno de los pilares sobre los que Gene Roddenberry ideó inicialmente Star Trek, hasta que la cadena le impuso que era necesario introducir un apartado de acción para que el producto fuera atractivo para el público.
SESENTA AÑOS DE EXPLORACIÓN DE LA GALAXIA
Es una verdadera serendipia que Proyecto Salvación se haya estrenado y esté siendo un éxito en 2026, el año en el que se conmemora el 60º aniversario del estreno de la serie original de Star Trek, no sólo por la coincidencia del concepto de exploración del universo que empareja ambos títulos, sino también porque para llevar a la gran pantalla la tercera novela de Andy Weir, los responsables de la película han considerado que había que enfatizar valores como la aventura, la fantasía o el humor y restar el contenido científico del libro original. No es algo que pille de nuevas a Weir. Cuando Ridley Scott dirigió Marte, adaptación de El Marciano, primera novela del escritor, también se vio en la tesitura de suavizar el contenido científico de la obra en favor de aspectos más emocionales con los que el espectador pudiera empatizar sin tener que contar con un doctorado en astrofísica. Es cierto que los ritmos y la narrativa cinematográfica son distintos de la literaria, pero la Historia del Cine ha contado con varios títulos que no han necesitado sacrificar una cosa para alcanzar la otra.
CONSTRUYENDO EL COHETE ESPACIAL
Afortunadamente, tanto para Marte como para Proyecto Salvación, el responsable de trasladar el material literario en materia prima cinematográfica ha sido Drew Goddard. Como ya sucediera en la película de Ridley Scott, Goddard ha logrado un milagroso efecto filosofal, logrando un equilibrio bien fundamentado entre la fidelidad no sólo al espíritu de la novela, sino a su valor como obra de divulgación científica, y las dosis de emoción, aventura, humor y asombro que el espectador de a pie pide a una película de viajes espaciales. Los lectores de la novela, al igual que los espectadores de perfil más intelectual, echarán de menos muchos aspectos explicativos afinados por Andy Weir, pero hay que reconocer que el resultado final es lo mejor de ambos mundos.
En este sentido, y llevándolo más allá que en Marte, la apuesta ha sido contrarrestar la reducción del componente científico con un apartado más emocional, representado principalmente en la relación del protagonista, Ryland Grace, con Rocky, un primer contacto que, lejos de apoyarse en el miedo o la desconfianza, reivindica el valor de la colaboración como mejor vía para superar los conflictos.

DE LA CIENCIA A LA MAGIA
Atenuado el discurso científico, Proyecto Salvación utiliza la magia del cine para impulsarse. No es una obra maestra, no es una película revolucionaria como en su día fueron 2001. Una Odisea en el Espacio o, en otro sentido, Star Wars. Episodio IV. Una Nueva Esperanza, pero sí es una película de exquisita factura a todos los niveles y que ofrece al espectador una superproducción grandilocuente, visualmente deslumbrante, con la medida justa de reflexión sobre el valor de la ciencia y su aplicación para la supervivencia de la humanidad como especie.
Cuenta también con emotivas y reveladoras relaciones entre personajes, sirviendo de vehículo para una de las principales estrellas cinematográficas del momento. Después de interpretar al mismísimo Neil Armstrong en 2018 con First Man, aquí Ryan Gosling ofrece un perfil muy diferente con ese otro explorador espacial que es Ryland Grace. Más construido en base a ese perfil cinematográfico, menos dramático, que la estrella ha ido definiendo en sus últimas películas, aquí impera el humor y el sentido de la maravilla en el personaje, en ocasiones quizás demasiado, con alguna escena donde parece asomar el Ken de Barbie.
A nivel técnico, la combinación de elementos prácticos y digitales ayuda a convertir lo que vemos en pantalla al mismo tiempo en algo cercano y visualmente epatante. En el apartado sonoro, el despliegue es extraordinario, no sólo en lo referente al cuidado a la hora de representar los elementos reales de la trama, sino sobre todo aportando identidad sonora a aquellos componentes que se salen de nuestra capacidad de conocimiento. A esto se suma una excelente partitura musical de Daniel Pemberton, compositor cada vez más interesante y, en nuestra opinión, que aquí presenta una de sus mejores partituras.
En este sentido, resulta relevante encontrar tras la cámara al tándem de cineastas formado por Phil Lord y Chris Miller, dos directores que a lo largo de su filmografía conjunta se han caracterizado por atreverse con proyectos a priori poco atractivos (¿una cinta de animación sobre una máquina que hace llover albóndigas, un remake paródico de Jóvenes Policías, una película sobre los juego de construcción Lego?), pero que no sólo consiguieron llevarlas a buen puerto, sino que además han respaldado las dos cintas de animación de Spiderman protagonizadas por Miles Morales, de lo mejor que nos ha ofrecido el cine de superhéroes del siglo XXI.
Proyecto Salvación nos puede servir como hoja de ruta de lo que podría haber sido la precuela de Han Solo y que Disney no se atrevió a llevar a cabo, sustituyéndoles a mitad del rodaje por Ron Howard. Eso sí, de nuevo estamos ante dos directores que donde mejor se manejan es en terreno del humor, la fantasía y la aventura, con propuestas abiertas a una audiencia global y no a ese nicho seguidor de la ciencia ficción hard.

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EL BLOCKBUSTER PERFECTO
Más allá de la simplificación ya comentada de su carga científica, como película lo que nos descuadra el equilibrio global es una excesiva tendencia a la comedia, sobre todo en su tercio inicial. Por el resto, la película es todo lo que podemos esperar de una superproducción de Hollywood, en el fondo intrascendente, pero emocionante, sorprendente y divertida. Nos queda la duda, eso sí, de qué hubiese pasado si, en lugar de Phil Lord y Chris Miller, tras la cámara hubiese estado un director más del perfil de un Christopher Nolan o Denis Villeneuve y, por lo tanto, más propenso a salvaguardar una mirada más adulta e intelectual a la novela.









