Reportaje: En recuerdo de GEORGE A. ROMERO

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La última vez que revisé la filmografía “zombie” de George A. Romero fue hace un lustro, coincidiendo con el proceso de documentación para escribir un estudio sobre un guionista, Robert Kirkman, cuya “fama y fortuna” había llegado gracias a los mismos muertos vivientes que Romero puso en el candelero cuatro décadas antes. En aquel instante me quedó claro que la impronta de un creador muy poco corriente como el norteamericano, alejado del entramado artificial del séptimo arte por convicción y, casi diría, que por necesidad -dado que los temas que aportó durante su carrera encajaban poco con los gustos del “gran público”- iba mucho más allá del mito del “muerto viviente”.

George A. Romero supo llevar el mito del zombie más clásico, aquel que tan bien trató Jacques Tourneur en I walked with a zombie (RKO Radio Pictures 1943), a la realidad de su época y lo trasladó -actualizado y sin el aura romántica de la película del director francés- al momento histórico en el que América estaba en guerra consigo misma.

Night of the living dead se estrenó sin armar mucho ruido en 1968, y sentó las bases sobre las que luego se articularán todas las propuestas protagonizadas, en mayor o menor medida, por los muertos vivientes, incluyendo, la serie de televisión The Walking Dead o World War Z, del escritor Max Brooks. A partir de entonces, lo importante no serán solamente las vísceras o la sangre, sino el ambiente en el que se desarrollarán cada una de las entregas que llegó a rodar -seis en total, y a lo largo de tres décadas- y de ahí, la validez de sus propuestas.

Cierto es que Romero también criticó y/ o vapuleó a la sociedad de su tiempo en otras películas, tales como The Crazies, pequeña y desconocida joya del cine de género que demuestra cuan peligrosos son los excesos de los gobiernos, sobre todo cuando la paranoia es la regla sobre la que se articula su discurso, tal y como, desgraciadamente, sucede en estos mismos instantes.

Sin embargo, sus películas de zombies, sobre todo las dos primeras, pintan un fresco en el que el racismo, el fanatismo, el consumismo, la doble moral, el conservadurismo más rancio y el militarismo extremo que dominaba, y sigue dominando, la sociedad de su país natal -aunque luego se nacionalizara canadiense- marcan la pauta de la narración. ¿Los zombies? Están ahí. No son lo más importante, sino el radical libre que hace que toda la pátina de respetabilidad que cubre a nuestra sociedad desaparezca sin tiempo para poder, siquiera, reaccionar.

Además, los seres humanos que pululan entre la muerte y la devastación en las películas Romero son reales, débiles, sin ningún súper poder ni nada por el estilo. Son personas obligadas a sobrevivir en el peor escenario posible, tal y como le sucede a Rick Grimes y al resto de supervivientes en la serie gráfica y televisiva creada por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard, serie cuyo planteamiento inicial no dejaba de ser un calco de la primera película de George A. Romero.

Lo paradójico del caso es que el director americano nunca se consideró como “el patriarca zombie”, y así lo expresó en la Master-Class que ofreció durante el festival de Sitges del año 2007. En aquel encuentro, Romero demostró que, por encima de todo, le gustaba contar historias, atípicas, pero historias al fin y al cabo, y que los títulos y reconocimientos no iban mucho con él. Durante aquella visita al festival catalán se proyectó Diary of the Dead, penúltimo capítulo de su andadura en el imaginario zombie, la cual bebía de la moda de rodar películas “cámara en mano”, mucho más modesta que sus anteriores incursiones. Personalmente, me gustó mucho más su anterior película, Land of the Dead (2005), protagonizada por Simon Baker, Asia Argento, John Leguizamo y Dennis Hooper, aunque, mi querencia para con Romero es difícil de ocultar.

Sea como fuere, hoy en día, -cuando todo el mundo presume de gustarle los zombies- son muchos los que ignoran el trabajo de Romero y de otros realizadores tan importantes como él dentro del imaginario de los muertos vivientes.

Nombres tales como el gran Lucio Fulci, responsable de Zombi 2 (conocida en España como Nueva York bajo el terror de los zombies); Dario Argento, colaborador de Romero y que remontó, de forma magistral, Dawn of the Dead para el mercado europeo; o el mismo Tom Savini, responsable de los “efectos zombies” en las películas de Romero y que, en 1990, llegó a dirigir una nueva versión de Night of the Living Dead, muy digna y con una interesante vuelta de tuerca en lo relativo al personaje principal, continúan siendo unos “ilustres desconocidos” para el gran público.

Me imagino que con su muerte, la filmografía de George A. Romero y su impronta dentro del séptimo arte -en un momento en donde la cotidianeidad y el realismo social imperan sobre manera- puede que logre hacerse en un hueco en las parrillas de las cadenas generalistas y/o en las de pago y así, aquellos que ignoran su trabajo, o quienes siguen, religiosamente, la adaptación televisiva del cómic de Kirkman/ Moore y Adlard descubran que antes que Rick Grimes hubo otros supervivientes que, al igual que el oficial de policía transmutado en líder postapocalíptico, también eran los auténticos “muertos vivientes”.

Un último apunte: ¡Gracias, señor Romero, por enseñarnos la forma de sobrevivir cuando el apocalipsis zombie se desate!

Night of the living dead © 1968 Image Ten, Laurel Group, Market Square Productions & Off Color Films (Aunque sea de dominio público)