Crítica: “LOVE STALKER”

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Género: Comedia
País: Estados Unidos
Año: 2011
Duración: 130 mins.
Fecha de estreno EEUU: 2011
Fecha de estreno España: 15 de Junio de 2013

Dirección – Matt Glasson, Bowls MacLean | Guión – Matt Glasson, Bowls MacLean | Producción – Matt Glasson, Bowls MacLean | Montaje – Matt Glasson | Fotografía – Bart Elfrink, Joshua Lassing | Música – David Ohliger

Reparto: Matt Glasson (Pete), Rachel Chapman (Stephanie), Darek Russell (Tony), Laura Baron (Sharon), Jack Baxter (Detective Shannon), Robert Nolan Clark (Detective McCarver)

¿Cuál es la línea que separa el sexo del amor?, ¿y el amor de la obsesión?, ¿el romanticismo del acoso?, ¿la cordura de la locura? Estos son algunos de los temas que trata la película de Matt Glasson y Bowls MacLean Love Stalker, una modesta pero ambiciosa producción, que ofrece una oscura reflexión sobre las relaciones humanas.

La cinta nos narra la historia de Pete (al que da vida el también co-director y guionista Matt Glasson), un asiduo a los bares de ligue en busca de sexo esporádico y sin compromiso, sin remordimientos a la hora de emplear todo tipo de triquiñuelas a la hora de llevarse a las féminas a la cama, e igual de inmaduro a la hora de deshacerse de ellas y ridiculizarlas en su particular diario de conquistas. Hasta que Stephanie (Rachel Chapman) se cruza en su camino. Dentro del compendio de elementos que encontramos en la película llama la atención su curioso cruce de géneros. El primer bloque de la cinta juega los patrones de la comedia, con un tono caricaturesco, incluso grotesco a la hora de describir a los personajes, especialmente en lo que se refiere al protagonista. El tramo central de la película se apoya en componentes románticos, centrándose en la relación romántica entre Pete y Stephanie, derivando el último tercio en un terreno psicológico más propio del género de terror, donde la realidad se distorsiona y adquiere tintes pesadillescos.

A lo largo de todo el metraje, Glasson y MacLean juegan también con las perspectivas y los puntos de vista, intentando establecer cuatro niveles de percepción: cómo los personajes se ven a sí mismos, la imagen que quieren transmitir a los demás, cómo los ven estos a ellos y cómo son en realidad (por regla general, personajes heridos que emplean la desconfianza y el desprecio hacia los demás como armas de autodefensa). Esto es especialmente evidente en el personaje de Pete, quien con su máscara de triunfador y seductor únicamente ha logrado engañarse a sí mismo y a víctimas de baja autoestima como Sharon (Laura Baron) que creen ver en él no sus falsas promesas, sino la respuesta a sus carencias afectivas. En este sentido, la construcción del personaje de Pete nos recuerda a aquel Patrick Bateman de American Psycho, sustituyendo las fantasías psicóticas del personaje de Brett Easton Ellis, por las ansías sexuales de quien pretende ser el Macho Alpha del bar. Si bien en ocasiones la mascarada le funciona a Pete, los directores no le conceden ni siquiera ese momento de gloria, caricaturizando sus “hazañas” sexuales con secuencias aceleradas y planos grotescos que dejan patente que nuestro héroe es tan patán en la cama como en la barra del bar.

Para este mosaico de percepciones que establece la película, es fundamental el juego especular al que recurren los directores. Éste resulta literal en varias ocasiones, con espejos jugando un papel determinante a la hora de definir los personajes (Pete es un narcisista que necesita constantemente revalidar su imagen de triunfador frente al espejo, mientras que Stephanie tiene la casa repleta de pequeños espejos, dejando entrever que la aparente sinceridad del personaje puede esconder múltiples rostros), pero también metafórico. Los personajes principales establecen relaciones complementarias entre ellos de una manera que enriquece las lecturas que nos ofrece la historia. Sharon, por ejemplo, inicialmente representa un papel claro a la hora de mostrar las malas artes de Pete, pero también se establece como antecedente del comportamiento acosador del protagonista en el tercer bloque de la cinta. Tony (Darek Russell), con su escaso atractivo, sus nulas habilidades sociales y su dependencia de la informática para establecer relaciones emocionales realmente nos presenta una reflejo honesto, sin subterfugios del protagonista, una especie de Pepito Grillo que en todo momento intenta convencer a Pete para que abandone su actitud machista, egoísta e inmadura (y es que, en el fondo, con todos sus defectos, Tony acaba siendo el único personaje verdaderamente positivo de la película). Finalmente, Stephanie supone el misterio de la historia. Demasiado virtuosa y pura en su presentación, es evidente que bajo esa candidez existe un reflejo oscuro, un castigo kármico hacia Pete que le coloca en la posición de víctima que él siempre ha impuesto a las mujeres con las que se relaciona.

Para narrar esta historia, Matt Glasson y Bowls MacLean echan mano de una puesta en escena artificiosa y teatral, que recuerda en ocasiones al cine de David Lynch por lo intenso de algunos colores y lo forzado y abrupto de la planificación (sin olvidar algunas citas directas, como la secuencia vouyerística del protagonista escondido en el armario que nos retrotraen a Terciopelo Azul). Esto proporciona desde el primer momento, un tono onírico, irreal, a la cinta, incrementándose a medida que la narración se adentra más y más en la psique estriada de Pete, adquiriendo una angulación y un uso del gran angular que potencia la deformación de la imagen. El resultado no es el idóneo y los cineastas en su mayor parte cuentan con más intenciones que logros. Los cambios de tono que hemos aludido en la película no fluyen de manera natural, sino abrupta, generando un ritmo irregular en la narración y que lo artificioso de algunas escenas decaiga en falso e inverosímil, sacado al espectador de la historia. Por supuesto, la carencia de medios influye en esto último, evidenciando la escasez de producción de la cinta (su presupuesto rondó los 100.000 $).

Aun así hay que reconocer a los cineastas el mérito de no dejarse tentar por una labor funcional y convencional, arriesgándose con un trabajo más experimental. Además, encontramos elementos de puesta en escena y diseño de producción que logran imponerse a estas limitaciones, consiguiendo con poco aportar interesante información al espectador. Así por ejemplo, nos pareció llamativo el contraste establecido entre el apartamento de Pete y el de Stephanie. El primero carece prácticamente de decoración, a excepción de la ropa de cama imitando piel de leopardo, con lo que se apoya esa idea de falta de personalidad del personaje principal. Por el contrario, el apartamento de Stephanie rebosa elementos personales, definiendo una personalidad culta, inquieta y refinada. En el apartado interpretativo destaca principalmente la labor de Matt Glasson en el papel protagonista, con un histrionismo que potencia el carácter arrogante e insoportable de Pete. De los secundarios, señalamos a Laura Baron, así como la inquietante participación de Jack Baxter y Robert Nolan Clark, como una peculiar y kafkiana detectives de policías. Tanto Rachel Chapman como Darek Russell cumplen con las necesidades básicas de sus personajes, pero su interpretación resulta plana, habiéndoseles podido sacar más partido a los particularismos de Stephanie y Tony.

En conclusión, Love Stalker nos pareció un interesante experimento, una propuesta con mucho potencial, que finalmente no acaba floreciendo del todo, pero que estimula al espectador por su esfuerzo en aportar una historia más compleja y rica de lo que podría parecer a primera vista.