Cincuenta años después de su estreno, ¿Quién puede matar a un niño? (1976) continúa siendo una de las grandes referencias del cine fantástico español. Dirigida por Narciso «Chicho» Ibáñez Serrador, la obra rompió con los códigos clásicos del terror para plantear una pregunta moral que sigue resultando incómoda: ¿puede un adulto acabar con un niño para sobrevivir? Con motivo de este aniversario, el Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Valladolid (PUFA) ha rendido homenaje a su creador y a un título cuya vigencia permanece intacta.

La isla de Almanzora: vacaciones hacia el horror

La historia sigue a Tom y Evelyn, un matrimonio británico que llega a la aparentemente tranquila isla de Almanzora. Lo que comienza como unas vacaciones se convierte en una pesadilla cuando descubren que solo quedan niños, responsables de la muerte de todos los adultos. A partir de esa premisa, Ibáñez Serrador construye un inquietante dilema ético que obliga al espectador a cuestionarse hasta dónde estaría dispuesto a llegar para sobrevivir.

El miedo a plena luz del día

El director revolucionó además la forma de representar el miedo. Frente al terror gótico, apostó por escenarios abiertos, luz diurna y la ausencia de monstruos o elementos sobrenaturales. «Asustar es fácil, lo difícil es dar miedo», defendía Chicho, y aquí lo consigue convirtiendo lo cotidiano en una amenaza.

Aunque solo dirigió dos largometrajes —La residencia y ¿Quién puede matar a un niño?—, su legado en el género es mucho más amplio gracias a Historias para no dormir, serie fundamental del terror televisivo en España, en la que desarrolló guiones originales y adaptó relatos de autores como Edgar Allan Poe o Ray Bradbury.

La culpa adulta en el prólogo documental

El propio Ibáñez Serrador señalaba que la clave del filme está en su prólogo documental, construido con imágenes reales de guerras en las que los niños son las principales víctimas. Desde ese punto de partida, la historia puede interpretarse como una metáfora de la responsabilidad del mundo adulto y de las consecuencias de su fracaso.

Premio PUFA de Honor

El homenaje de PUFA incluyó la entrega del Premio de Honor, a título póstumo, recogido por su hijo, el cineasta Alejandro Ibáñez Nauta. Durante su intervención tras la proyección de la película defendió que el verdadero antagonista de la historia no son los niños, sino los adultos. «Estamos destruyendo el futuro de los niños», afirmó. Esa contradicción entre la inocencia infantil y la violencia extrema es, a su juicio, el verdadero origen del horror.

De la novela al mito cinematográfico

La cinta adapta la novela El juego de los niños, del escritor asturiano Juan José Plans. Sin embargo, mientras el libro atribuye el comportamiento homicida de los menores a un extraño polen, Ibáñez Serrador eliminó cualquier explicación racional, haciendo que la amenaza resultara aún más perturbadora.

Rodada en localizaciones como Almuñécar, Menorca, Sitges y Toledo, la obra se ha consolidado con el tiempo como un clásico de culto que ha influido en cineastas como Quentin Tarantino, Guillermo del Toro o Eli Roth. El tributo en PUFA se completó con el visionado del premiado cortometraje Montecarlo 67, de Rubén Guindo, que imagina con humor y melancolía un encuentro entre un joven Steven Spielberg y Chicho Ibáñez Serrador, seguida de un coloquio sobre la influencia del director en el cine contemporáneo.

El recorrido conmemorativo continuará en octubre en el Festival de Sitges, que dedicará parte de su programación a explorar la relación entre infancia y mal en el cine fantástico. En diálogo con títulos como El exorcista, La semilla del diablo, El resplandor o La mala semilla, el certamen trazará una genealogía de este motivo, situando la película de Chicho como una pieza clave. Cincuenta años después, su pregunta sigue abierta y, quizás, más incómoda que nunca.