‘CIELO DE MEDIANOCHE’. Crónicas desde el fin del mundo

Disponible en Netflix.

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Observatorio Barbeau, Círculo Polar Ártico. El presente de la humanidad está muy cercano a su próximo pasado. Febrero de 2049, tan sólo tres semanas después de “el suceso”. La soledad más recalcitrante, la gelidez más absoluta y el silencio más atronador presiden el enorme comedor, provisto de unas cristaleras con vistas a la soledad y desolación árticas. Un hombre de mediana edad que ha conocido tiempos mejores, Augustine Lofthouse (George Clooney), abatido, enfermo, con enormes ojeras, pelo corto y una poblada y canosa barba, come rutinariamente frente a las cristaleras, mirando al horizonte, sumido en la más plena desolación que pudiéramos imaginar en tan angosto lugar. Pese a los ventanales con vistas al paisaje natural, en el interior reinan los colores fríos con absoluto predominio del blanco y el azul, resaltando la iluminación artificial.

La humanidad ha abandonado el planeta Tierra, que se va convirtiendo lenta e inexorablemente en un lugar completamente inhabitable. Agustine ha decidido “no competir por morirse antes que nadie” convencido de que el ártico es “un hogar como cualquier otro…” dadas las circunstancias. El hombre tiene una enfermedad que demanda mucha atención. Si no se realiza transfusiones constantes de sangre morirá. En el observatorio posee toda la tecnología necesaria para mantenerse con vida. Posee víveres, el instrumental necesario, los medicamentos que le mantienen, y alcohol abundante para ahogar la desesperación de la soledad y del retraso de lo inevitable a nivel personal y universal. El sonido natural de su respiración, de su angustia al vomitar, su mirada silenciosa al cielo a través de la claraboya en el techo de la enfermería mientras se hace las transfusiones marcan la rutina de su aislamiento. Ciertos “despistes” como dejarse otro cuenco de leche con cereales en una de las mesas del inmenso comedor plantean ciertos interrogantes: ¿está su mente receptiva a “desdoblarse” o a la búsqueda de “amigos invisibles”? Un pequeño incendio en la cocina hace saltar la alarma. Un fuego en la placa es la causa. Lo apaga con un extintor. Sentado en el suelo de la cocina descubre a una niña (Caoilinn Springall) oculta bajo uno de los muebles. El hombre trata de contactar infructuosamente con las personas que se fueron de la estación, notificándoles que se han dejado a la niña atrás y que han de regresar a por ella. Nadie contesta. Fuera no hay más que nieve, viento, frío y oscuridad. La niña se llama Iris. No habla, solo dibuja y asiente. ¿no puede o no quiere hablar? La joven no querrá separarse ni un momento de su improvisado cuidador.

Cielo de Medianoche. Netflix.
Cielo de Medianoche. Netflix.

Una nueva película de George Clooney

Este es el punto de arranque Cielo de medianoche, de la séptima película de George Clooney como realizador. Los años 90 del siglo XX presenciaron un potente punto de ruptura de la carrera del actor, pasando de manera meteórica, de la serie z más recalcitrante a la primera división de la industria, merced a su potente y ambicioso papel en Abierto Hasta el Amanecer (From Dusk Till Down, EEUU, 1993), de Robert Rodríguez. Literalmente devoraba la pantalla con su magnetismo y carisma. Los primeros años del milenio, por su parte, presencian el arranque de una paralela y muy respetada carrera como realizador, cuyo debut se produce con la correctísima Confesiones de una mente peligrosa (Confession of a Dangerous Mind, EEUU, 2002).

Sin embargo, esta especie de “Robinson Crusoe en el Ártico” no es el único prisma de este complejo filme. Asistimos también de manera poliédrica a unos flashbacks en la vida del protagonista, que tienden a conectar la historia con ciertas revelaciones. El joven Augustine (Ethan Peck) se dirige, en un instante de pleno júbilo en su vida profesional, a un inmenso auditorio. El científico reflexiona y comparte descubrimientos ante un público cautivado. De entre los cientos de miles de estrellas que pueblan nuestro sistema
solar, por una cuestión de mera probabilidad era evidente que alguna de ellas sería habitable.

La luna de Júpiter, recién descubierta aquellos días, llamada K-23, parece albergar vida. Se trata de un planeta que no depende del sol, que tiene poco de exoplaneta (un exoplaneta no orbita alrededor del sol, sino de una estrella diferente, y por tanto no pertenece al sistema solar). Su atmósfera no la regula el sol, en consecuencia, sino su particular actividad térmica volcánica. Los biomarcadores y los vapores de agua parecen dejar meridianamente claro que se calienta desde dentro. El joven considera necesario estudiar mejor la habitabilidad atmosférica, pero puede adelantar por su masa, su velocidad radial y por su órbita que puede constituir el planeta idóneo para reemplazar a La Tierra. El joven es un científico brillante. Mientras habla con otros colegas, se le acerca una joven con la que parece conectar, Jean Sullivan (Sophie Rundle). Hablan, beben, intercambian miradas, sonrisas, comparten recuerdos y lugares: la playa de Portobello en Escocia. Sin embargo, el joven Augustine está completamente absorto en su trabajo de descubrir mundos habitables. La joven Jean claudica. Le comunica en un momento determinado que no está embarazada. Que él es “libre”. Antes de marcharse para siempre, la joven reproduce unas demoledoras aseveraciones “Mientras buscas nuevas vidas, pierdes la tuya y a mí me rompes el corazón”.

Felicity Jones es Sully en Cielo de Medianoche.
Felicity Jones es Sully en Cielo de Medianoche.

ATENCIÓN: SPOILERS A CONTINUACIÓN

El otro vértice de la narración afecta al espacio exterior. Se nos presenta en el propio Planeta K-23. Sullivan, la joven tripulante de la nave Aether (única nave en el espacio y única misión espacial operativa), conocida como Sully (Felicity Jones), oficial de comunicaciones, se recrea en el paisaje planetario, enrojecido por la luz que destella Júpiter, mientras recoge algunas muestras en el agua de unos arroyos que fluyen en medio de una formación rocosa. El idilio de la joven con el planeta es severamente interrumpido por la lanzadera del Aether, que despega en medio de un sonido atronador del planeta dejando atrás a la joven, que desesperadamente corre y grita infructuosamente. La secuencia es realmente una pesadilla.

La joven, visiblemente embarazada, despierta en sus aposentos un tanto angustiada. Se encuentra en el espacio, dentro de la nave que tras dos años de exploración regresa a La Tierra. Le quedan 11 horas y 54 minutos para visualizar nuestro planeta. La joven recorre la nave, y la cámara va con ella presentando al resto de la tripulación. El comandante Adewole (David Oyelowo), su pareja, que hace su ejercicio diario; La joven Maya (Tiffany Boone); el piloto Mitchell (Kyle Chandler), que echa muchísimo de menos su hogar y a su familia; y Sánchez (Demián Bichir) a quien la joven le lleva un descafeinado.

Sully asciende por la torre rotativa de la nave, en situación de gravedad cero. Es la encargada del restablecimiento de las comunicaciones con el planeta Tierra. Los miembros de la tripulación se hallan claramente preocupados por la falta de contacto. Llevan tres semanas sin comunicación con la base del desierto de Mohave. Se ha intentado contactar con España y Australia, siguientes estaciones con las que intentar el contacto, según el protocolo, pero tampoco responde nadie. Lo más sorprendente es que no consiguen establecer contacto ni siquiera con el vuelo de colonización del K-23 venido desde la Tierra, al que se dirigía la histérica población que Augustine despide en el Ártico. El fallo de las telecomunicaciones está en la nave, dictaminan los tripulantes, desconocedores de la realidad que asola el planeta.

Una adaptación para Netflix

Cuando desde la plataforma Netflix contacta con George Clooney para que interprete a Auguste Lofthouse en la adaptación de la novela éxito de ventas Good Morning, Midnight, escrita por Lily Brooks-Dalton, su entusiasmo es tal que no sólo quiere interpretarla, también coproducirla con su socio Grant Heslov a través de la productora de ambos Smoking House. Clooney, además, pone sobre la mesa que desea acometer labores de realización. De esta manera ejerce un mayor control creativo, pero también es más económica su participación como figura mediática que impulse la viabilidad del proyecto.

Influencias para una obra maestra

Tres influencias cinematográficas ondean sobre este, digámoslo ya, magnífico filme, una auténtica obra maestra, no ya en el aspecto visual, que también, sino en la contención, naturalidad, realismo y sencillez, que no simplicidad, a la hora de proponer atractivas reflexiones sobre el destino de la Humanidad, reflexiones a las que estamos particularmente sensibles en tiempos difíciles donde rozamos el apocalipsis.

Clooney elige un tono notoriamente ralentizado y realista, frente a los inevitables golpes de efecto (visuales y de montaje) y giros arbitrarios de guion que pueblan el cine actual y que buscan desesperadamente despertar del letargo al espectador medio.

Cielo de Medianoche es un filme que hay que estar dispuesto a saber apreciar. Esas tres influencias fílmicas que marcan el camino de Clooney detrás de la cámara son: El Renacido (The Revenant, EEUU, 2015), de Alejandro González Iñárritu, en cuanto a la soledad, desesperación de un protagonista en paisaje helado, que lucha por subsistir en un entorno de naturaleza hostil. Ambos filmes, casualmente, o no, comparten guionista, Mark L. Smith, también escritor de esa delirante mezcla de cine de zombis y de filme de hazañas bélicas en la Segunda Guerra Mundial muy disfrutable que es Overlord (EEUU, 2018), de Julius Avery, o la aterradora Séance (EEUU, 2006), que también dirige.

Las otras dos influencias cinematográficas claras, afectan al segmento espacial de la historia, absolutamente embriagador. Los inevitables guiños al clásico de la ciencia ficción por excelencia, 2001. Una odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, EEUU, 1968), de Stanley Kubrick, pero también a Gravity (EEUU, 2013), de Alfonso Cuarón, donde Clooney tiene, como es sabido, un papel destacado. Su manera de filmar la cotidianidad y letalidad del espacio no dejan lugar a dudas a lo aprendido de la filmación con Cuarón, así como de la predilección por la liturgia en la filmación de esa especie de danza en el espacio que es la secuencia del paseo especial. Constituye uno de los momentos más bellos del filme. Las imágenes se recrean calculadamente en la ingravidez, en las vistas del exterior de la nave y en la percepción de las formas caprichosas del espacio, nebulosas, estrellas, órbitas, etc.

Todo un deleite para la vista y las sensaciones más a flor de piel. Observamos la camaradería de los personajes y la rutina de su trabajo. El comandante, que preside la expedición en el exterior de la nave, les ha dicho a sus compañeras que lo tomen con calma, sin prisas. La prisa hace que generemos ansiedad y si ésta es mala consejera en todos los aspectos de la vida, en el espacio es letal. Se mezcla la naturalidad de la cotidianidad con la ficción y unos impresionantes efectos especiales, circunstancia ésta que dota a la secuencia de un enorme poder de convicción. El comandante le pide a Sánchez algo que anime la velada y éste dispone y suministra lo que todo el mundo necesita: la mítica canción Sweet Caroline.

Todos la cantan con entusiasmo, salvo Maya, demasiado joven para estar familiarizada con ella, asombrada de la pasión de sus compañeros de tripulación. La profesionalidad, la fascinación y la vulnerabilidad se entremezclan, para dar paso a la fragilidad del ser humano en el espacio. Una alerta sonora rompe la cordialidad del momento. Otra tormenta de pedazos de hielo afilados amenaza a la nave y a la tripulación. Hay que regresar al interior. Cuando Maya inicia su cauteloso camino de regreso, unas gotas de sangre brotan por su casco del interior del traje. Necesita ayuda. Tiene una enorme brecha. Una de las partículas afiladas que asediaron la nave unos minutos alcanzaron fatalmente a la joven. Es mucha sangre, exclamará repetidamente la inexperta tripulante, cuando sus compañeros le comienzan a quitar el traje, en la zona de descompresión de la nave, que libera miles de gotas de hemoglobina en suspensión ingrávida. La joven muere. Reestablecidos el radar y las comunicaciones. El precio ha sido alto. La eficacia de la terrible secuencia viene avalada como consecuencia del tiempo que se toma Clooney a la hora de exponer visualmente el magnífico set piece.

El filme atesora instantes memorables de auténtica ciencia ficción realista, a la que George Clooney debió aficionarse al participar en aquel remake de la obra maestra de Tarkovski, Solaris (Solyaris, Rusia, 1972), del mismo título, dirigida por Steven Soderbergh en 2002. Sin duda otros dos referentes cinematográficos de este denso filme.

Escenas reseñables

Destacamos las siguientes escenas:

1. Los ratos de intimidad que pasan Mitchell, Maya y Sánchez, o bien rodeados de los hologramas de sus familiares (Mitchell y Maya), o bien observándolos nostálgicamente a la distancia (Sánchez), tratando de paliar inútilmente la añoranza de sus seres queridos.

2. El momento en el que los tripulantes del Aether planifican trazar un nuevo rumbo, que se fragua desde un mapa tridimensional sobre el que avanzan los tripulantes de la nave, mientras hablan. El nuevo rumbo trazado incluye la incertidumbre de tener que cruzar una zona del espacio no cartografiada.

3. Los sueños respectivos que tienen Augustine y Sully y su memorable conexión con las realidades que ambos viven. El hombre y la niña llegan a una caseta portátil, que parece el remolque de una caravana. La niña pinta con sus rotuladores el rostro de una mujer. El hombre le pregunta quien es, sabiendo que la niña no le va a responder, A continuación, Auguste le cuenta que una vez conoció a una mujer parecida a la del dibujo, salvo por el cabello. Ella se reía mucho y era muy escandalosa, del mismo modo que la niña es silenciosa. Era muy inteligente y captaba la atención de la gente que estaba alrededor de ella. La niña rompe su silencio y le pregunta si la amaba. En ese momento irrumpe la realidad: el remolque donde él e Iris pasan la noche, se hunde lenta pero inexorablemente en el hielo resquebrajado que da paso al agua gélida del enorme lago Haze, que lo engulle todo. Esta secuencia de alguna manera está en conexión con la pesadilla de Sully, de que la lanzadera del Aether la dejaba abandonada en el planeta. A diferencia de ese sueño, el planteamiento de la secuencia es el contrario. La joven Sully tiene un mal sueño que la retorna a una realidad plácida, la de sus aposentos en una nave espacial segura, de regreso a la rutina en el espacio. Por el contrario, Augustine tiene un sueño nostálgico y plácido, y se despierta en una realidad aterradora.

Cielo de Medianoche. Observatorio Astrofísico del Roque de los Muchachos.
Cielo de Medianoche. Observatorio Astrofísico del Roque de los Muchachos.

Rodada en La Palma

El uso de las localizaciones es igualmente modélico en el filme. Particularmente destacan las de la isla de La Palma, que son aquellas que afectan al planeta K-23, el escenario del onírico reconocimiento de Sully al comienzo del filme (donde es fácil reconocer las paredes rocosas y las fuentes de agua de la Caldera de Taburiente).

También ocupa una posición reconocible el Observatorio de Las Nieves en algunas secuencias de la juventud de Augustine. La llamada “Isla Bonita” luce maravillosamente cargada de fotogenia en este magnífico filme.

Finalmente es destacable en el filme la última comunicación de Sully con Lofthouse, absolutamente reveladora. La descripción que la joven hace del planeta descubierto por el hombre de mediana edad (que éste jamás podrá ver con sus propios ojos), se refleja maravillosamente con una frase: Es como entrar a Oz y ver el color por primera vez.

Un filme fascinante

Cielo de Medianoche es, en definitiva, un filme absolutamente fascinante que navega prodigiosamente a varias velocidades, pero que forman parte de un engranaje cinematográfico decididamente modélico.

Lo cataloguemos como un filme de Ciencia Ficción o como Drama Humano, Drama de Aventuras, etc. contiene una considerable carga emocional muy bien dosificada. Siempre fiel a su propio y premeditado “tempo narrativo”, que evidentemente no será del gusto de todos.

Si se observa detenidamente y con la mirada apropiada, constituye toda una revelación. No es un filme meramente contemplativo, pues cada instante descrito invita a considerables reflexiones, que dotan de muchísima riqueza a la textura del filme.

El fin del mundo con toda probabilidad no tiene nada de épico, como nos deja claro el filme, aunque las decisiones humanas sencillas, que no simples, pueden resultar absolutamente gloriosas.

Un filme muy rico, diseñado para regodearse varias veces en él como espectador. El tiempo lo tratará maravillosamente.