Crítica: ‘MANDY’. Los bosques de la noche

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No sabemos si será una conexión nuestra o si durante la producción de Mandy, Panos Cosmatos tomó como referencia la obra de William Blake, pero lo cierto es que, por alguna razón, el visionado de la película nos evocaba una y otra vez sus grabados iluminados o poemas como “El Tigre”.

Emparentada también con la imaginería onírica y surrealista y la violencia descarnada de David Lynch (especialmente Corazón Salvaje, no por casualidad también protagonizada por Nicolas Cage, o Carretera Perdida) o, más recientemente, Nicolas Winding Refn (con títulos como Sólo Dios Perdona o Neon Demon), la cinta está cargada de un misticismo que nos retrotrae a la obra del artista inglés.

En su base, Mandy es una historia de venganza, de un marido que emprende un camino de violencia para desagraviar la memoria de su esposa; sin embargo, Cosmatos no busca componer una cinta de género al uso, sino expandir sus ambiciones a estratos más filosóficos y artísticos.

Para ello emplea referencias propias de la serie B más vulgar, con imágenes explícitas y provocadoras, con personajes alucinados y con una dirección artística que remite a aquellas películas de explotación surgidas en la década de los 80 tras el éxito de títulos como Mad Max y lo conjuga con unos diálogos ascéticos y crípticos y una puesta en escena esteticista y simbólica.

Todo en Mandy apunta a la desproporción y la psicotronía, con una petulancia ostentosa y delirante, pero consigue generar en el espectador una fascinación hipnótica, no sólo con la fuerza plástica de sus imágenes, sino por ese viaje chamánico hacia los infiernos que emprende el personaje de Nicolas Cage.

No es cine para todos los gustos y estómagos, pero al menos sí es un cine que se sale de los márgenes acostumbrados.