Existe una foto en la que estamos Jack Taylor, Colin Arthur, y el que esto escribe, brindando a cámara con nuestras copas, por el cine fantástico, por el público, por la vida, en ese festival tan acogedor, divertido y maravillosamente cinematográfico como es el de Cine Fantástico de Canarias, Isla Calavera Ciudad de la Laguna. Y es que en las dos ocasiones en que Taylor visitó el certamen, demostró su afabilidad, su magnetismo, su misterio.
Pues bien, tras su primera visita, la de la primera edición, proponen del Isla Calavera a Taylor, que el galardón de interpretación lleve su nombre. Me consta que se lo pensó. Mucho. Y no porque no considerase que era un honor, si no porque su honestidad, su pudor, su carácter, le hacía reflexionar mucho estas cosas. Algo de lo que finalmente siempre se sintió orgulloso, que un premio llevase su nombre, en un festival de género fantástico, la comunidad de aficionados que más le reivindica, y en las islas donde había rodado películas como Oscar. Una pasión surrealista (2006), de Lucas Fernández, o La iguana (1988).
Un mito del cine de género español de los años 60 y 70
Tal y como cuento en el prólogo de sus memorias recién publicadas, Mis 100 años de cine, conocí a Jack en la primavera de 1996, momento en que me cité con él en su casa para entrevistarle para un fanzine en el que yo colaboraba entonces. Mucho antes, en 1982, siendo yo un niño, me percato por primera vez de que existe un actor de tez pálida, cabello rubio y ojos azules, de porte elegante y mirada intensa, de los que traspasa la pantalla, llamado Jack Taylor. Ese año veo en vídeo, La venganza de la momia (1975) en la que Taylor es protagonista junto al gran Paul Naschy; veo Conan, el bárbaro (1982) en el cine de verano de mi pueblo, donde el actor comparte secuencias junto a Arnold Schwarzenegger; y, más decisivo, aunque no tenía la edad para entrar a ver Mil gritos tiene la noche (1982), me cuelo y veo a Taylor interpretar a uno de los sospechosos de los terribles crímenes de la trama. En esa ocasión, tan solo en un momento, Jack tocaba una sierra mecánica ensangrentada, suficiente para convertirse en una imagen icónica de los ochenta y hasta la actualidad.
Ni por asomo pensaba entonces que llegaría a conocer a Jack Taylor, ni mucho menos entablar amistad con él, ni colaborar profesionalmente con un nombre de su prestigio. Después, se inició una amistad continuada, que se ha mantenido hasta el día de su partida, y una colaboración profesional muy fluida y compenetrada, dirigiéndole como actor en largometrajes y cortometrajes, y codirigiendo juntos teatro.
Probablemente, Jack Taylor es el mejor actor con el que he trabajado nunca. Excelente compañero, elegante, generoso, siempre amable con todo el mundo. Aprendí mucho de él y con él en el tiempo de codirección juntos, sobre todo con el espectáculo Auto de los Reyes Magos. Han sido treinta años exactos de amistad, de un ser absolutamente excepcional y con ese regalo me quedo.
Brindo por él, por su vida apasionante, por el cine. Como en aquella foto.
Por Víctor Matellano (*Director de cine y teatro)









