Si bien hace mucho tiempo que la carrera de Gerald Butler parece encallada en una sucesión de actioners ‘a la Cannon’, de vez en cuando consigue salirse del encasillamiento y apuesta por otro tipo de papeles y películas. Es verdad que muchas de ellas tampoco es que eleven el listón cualitativo de su filmografía, pero al menos le dan opción de interpretar roles un tanto diferentes al de policía cazurro, o criminal cazurro, o espía cazurro. Como en Geostorm (2017), Butler parece dispuesto, con este díptico, a enarbolar una cierta imagen de actor medioambientalista, sin perder su perfil de héroe de acción.
De Groenlandia a Francia: nuevo éxodo apocalíptico
En Greenland, la entrega anterior, la familia Garrity debía llevar a cabo un éxodo desde el estado de Georgia hasta Groenlandia en busca de un refugio en el que resguardarse del apocalipsis climático que va a generar la colisión contra La Tierra de meteoritos pertenecientes a un cometa. Ahora, en la segunda parte, el declive de este refugio, obliga a los protagonistas a hacer un segundo éxodo, en esta ocasión desde Groenlandia hasta Francia, a una cueva que ha desarrollado un sistema natural donde la vida humana puede refugiarse hasta que los efectos de esta colisión permitan el regreso de la civilización a la superficie.
Un guion sin pretensiones realistas
Seamos claros, si argumentalmente la primera entrega era un dislate, ésta no logra mejorar nuestra impresión. La idea de una familia haciendo un viaje de estas características, en un planeta en pleno proceso de extinción masiva, ya pone a prueba nuestra suspensión de incredulidad. Que además la película quiera enarbolar un discurso humanista, donde los protagonistas van superando etapa tras etapa gracias a la buena voluntad de personas que les ayudan y hasta se sacrifican por ellos nos parece una bonita mentira.
No hay en el guion pretensión alguna de aportar verosimilitud a la trama, simplemente, mantener una estructura de retos físicos y geográficos con los que seguir llenando metraje hasta su clímax final.
La solidez técnica de Ric Roman Waugh
Afortunadamente, en este intento de Butler por diversificar su filmografía, el universo ha puesto en su camino al director Ric Roman Waugh. El suyo no es cine de autor, pero, como artesano, Waugh tiene buen hacer. Consigue darle una robusta factura a la película. La trascendencia y el peso dramático que brillan por su ausencia en el guion, adquieren valor en el tono narrativo. Con sus 90 millones de presupuesto, la película consigue cierto empaque con su fotografía, los efectos visuales, la partitura musical o el uso del sonido. No es que esto salve la película, pero, al menos, la distancia del desastre total.
Como su predecesora, Greenland 2 es un producto entretenido, de factura correcta, pero intrascendente, inverosímil y, en última instancia, olvidable. Eso sí, esta segunda parte sigue sin resolvernos la gran incógnita de la película. ¿Por qué en España mantenemos el título original, Greenland, y no lo hemos traducido al equivalente en español, Groenlandia? ¿Tendrá Trump algo que ver? ¿Tendremos que esperar a Greenland 3 para salir de dudas?









