Crítica: VANISHING ON 7TH STREET

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Estreno en festivales
Género: Terror
País: Estados Unidos
Año: 2010
Duración: 90 mins

Dirección – Brad Anderson | Guión – Anthony Jaswinski | Fotografía – Uta Briesewitz | Montaje – Jeffrey Wolf | Música – Lucas Vidal

Reparto: Hayden Christensen (Luke), Thandie Newton (Rosemary), John Leguizamo (Paul)

De cara al que escribe y atendiendo a todos sus productos presentes y futuros, Brad Anderson tiene el beneficio de haber firmado Session 9 (2001), uno de los filmes de género más perturbadores y efectivos de cuantos hayamos visionado, rematado posteriormente con la prometedora The Machinist (2004), protagonizada por un famélico Christian Bale.

¿Es una especie de guiño el que haya llamado “Luke” al personaje interpretado por Hayden Christensen (el actor que interpretó a Anakin Skywalker en la segunda trilogía Star Wars) en Vanishing on 7th street?”, preguntamos al director en el Festival de Sitges tras escuchar risitas que parecían presagiar la complicidad de Anderson con la audiencia en el pase de prensa donde se encontraba presente. Ante una cuestión que parecía obvia Anderson, devolvió un semblante agrio acompañado de un escueto: “Para nada, Luke es el nombre que se nos ocurrió en la fase de guión incluso antes de elegir al actor”.

Ante esta respuesta de un director en plena promoción festivalera se nos ocurre que o bien el sentido del humor del realizador estadounidense es limitado o que no le sentó nada bien que previamente chocáramos contra su hombro por accidente con nuestra cámara de vídeo en pruebas a su entrada en la sala de prensa.

Entrando en materia con el film, Vanishing on 7th street pertenece a ese subgénero de personajes perdidos en un mundo abatido por un apocalipsis aparentemente inexplicable y en el que sobrevivir se convierte en el único objetivo posible. Sin zombies, vampiros, extraterrestres o criaturas aladas en escena, la oscuridad es el único y letal enemigo del que escapar.

El largometraje engarza con clásicos como La Noche los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), El último hombre vivo (Boris Sagal, 1971), Pitch black (David Twohy, 2000) o, aún siendo anterior, con la reciente y exitosa serie The Walking dead. Precisamente en la mezcla de lo que deberían ser ingredientes potenciadores reside su debilidad por centrarse en el drama de sus protagonistas y obviar las respuestas que resuelven el enigma que acciona la palanca de la acción.

¿Una licencia artística para incentivar pensamientos profundos en el espectador? ¿Podría darnos alguna otra pista Mr. Anderson? ¿Sigue creyendo que llamar Luke a Anakin no se merecía, al menos, una sonrisa?