Ema, una médica recién jubilada, lleva años viendo a los que ya no están. Lo ha convertido en una rutina silenciosa, en una carga íntima que administra con la precisión de quien sabe que ciertos dones no se comparten. Pero cuando muere su madre y aparece Julie, su sobrina, también tocada por esa capacidad, el equilibrio se quiebra. En Piedrabuena, un barrio atravesado por la violencia, el asesinato de tres adolescentes abre una grieta: los muertos empiezan a hacerse presentes entre los vecinos y nadie podrá escapar al sonido de sus propios fantasmas.

Esta es la imagen con la que Mis muertos tristes aterriza este lunes en la Sección Oficial del 74.º Festival de San Sebastián, en formato de largometraje de 187 minutos de duración antes de estrenarse el 24 de septiembre en Netflix como miniserie de cuatro episodios. Dirigida por Pablo Larraín y protagonizada por Mercedes Morán, la ficción amplía la presencia del universo de Mariana Enríquez en la pantalla, tras el estreno este mismo año de la película La virgen de la tosquera, de Laura Casabé.

Un collage de cuentos

Aunque toma su título del relato Mis muertos tristes, la serie no adapta de manera lineal un único texto. El guion, firmado por la propia Enríquez junto a Larraín, Guillermo Calderón y Anastasia Ayazi, entreteje elementos de otros cuentos como Julie y Un lugar soleado para gente sombría, construyendo una narración nueva que respeta las reglas del mundo literario de la autora.

Mariana Enríquez ha explicado que sus espíritus no son solo figuras del miedo: “Los relatos plantean a los fantasmas como la memoria, aquello que vuelve todo el tiempo y que en muchos casos no se puede calmar porque tienen que ver con la injusticia”. La serie traduce esa idea al drama de Ema, Julie y los habitantes de Piedrabuena, donde lo sobrenatural se ancla en conflictos sociales y familiares muy concretos.

Larraín, que ya ha trabajado con Netflix en proyectos como María y El Conde, ha insistido en preservar el tono de la escritora: “Hay ciertas cosas que ella explica o narra con literatura, que son más abstractas, sensaciones y emociones que hay que llevarlas a otro lenguaje”. El resultado es una pieza de terror dramático que sitúa el horror en lo cotidiano y en las heridas del pasado, más que en el efectismo.

Mariana Enríquez: del periodismo al gótico rioplatense

Nacida en Buenos Aires en 1973, Mariana Enríquez es escritora y periodista, una combinación que se nota en su mirada: cruda, atenta a los márgenes y obsesionada con los fantasmas históricos de Argentina. Su obra, traducida a más de veinte idiomas, ha sido reconocida con premios como el Celsius, y se ha convertido en referencia del terror contemporáneo en español.

Su trayectoria literaria arranca en los 90 con novelas como Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004), pero el salto internacional llega con sus colecciones de cuentos. Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016) la consagran como una voz única, capaz de mezclar gótico, punk y crítica social en relatos que se leen como pesadillas lúcidas. Nuestra parte de noche (2019), su novela más ambiciosa, amplía ese universo a una saga familiar atravesada por lo oculto y el poder.

De los libros a la pantalla

Con la llegada de Mis muertos tristes, el universo de Enríquez da un salto cualitativo: de la adaptación puntual a la construcción de un imaginario serial, con producción de Fábula, la compañía de los Larraín, y una estética que combina exteriores de Buenos Aires e interiores en Santiago de Chile.

La obra de Mariana Enríquez ofrece algo más que sobresaltos: propone un espejo incómodo para mirar las violencias estructurales y los duelos colectivos. Tras el éxito de proyectos como Cien años de soledad, Mis muertos tristes se presenta como una de las ficciones más esperadas del otoño, pero también como una invitación a leer a una autora que ha convertido a los fantasmas en cronistas de nuestro tiempo.

Mis muertos tristes (c) Netflix
Mis muertos tristes (c) Netflix