LA ANTIGUA VAMURTA

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Igor
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mar Abr 20, 2010 7:51

Empiezo un relato, que tengo colgado en el blog.
Me alejo del tono de la novela Antigua Vamurta y me acerco al relato histórico. Es una historia de amor.

UN DÍA Y UNA NOCHE

Ermesenda iba dando saltos por el pasillo de Palacio. Tras tanto tiempo, ¡tras tanto tiempo!, podrían encontrarse los dos, solos. Canturreaba y brincaba sobre las losas de piedra sin dejar que sus talones tocaran el suelo. Agarró la cortina de terciopelo granate e improvisó unos pasos de baile, zarandeando la tela como si ésta fuera su pareja. Pasó delante de los ventanales de arcos ojivales como un actor desfila ante su público, llegando a su aposento. Ajustó la puerta y se lanzó sobre la cama, revolcándose sobre la colcha y los cojines, temblorosa aún por la nueva, refugiándose en la intimidad del dosel de visillo que, en su habitación, siempre la escondía de sus propios miedos y del mundo. Aspiró el aire con fuerza, se quedó quieta, panza arriba, dejando sus brazos inertes sobre la cama. Su corazón seguía palpitando acelerado.
—¿Por qué estás tan contenta? –su madre la miraba, bajo el arco de la puerta. No la había oído llegar.
—No lo sé, madre… Será por el baile de máscaras.
—Niña engreída –repuso burlona—. Espero que esta noche te comportes como la hija de vizcondes que eres.
—Madre. Ya sabéis que amo las fiestas. ¡Al cuerno con las ceremonias! ¡Hoy es el baile!
Su madre cruzó la habitación, observando todos los vestidos, zapatos y joyas desparramadas por el cuarto. Que su hija era una jovencita presumida, bien lo sabía, pero también se daba cuenta que había algo exagerado en todo aquello. Su hija había depositado sobre el alféizar de la ventana, a modo de objeto sagrado, la diadema de plata que le había regalado su padre el verano pasado. “Como una devota”, pensó.
—¿No pensáis aparecer esta noche? ¿Verdad, madre? —preguntó Ermesenda dando vueltas sobre la colcha—. ¿Me escucháis?
—Evidentemente, junto a tu padre. El Baile de Máscaras de Vamurta es la gran celebración del año, ¡la única vez que puedo pellizcar a tu padre sin que se enfade! –contestó, con un teatral gesto desafiante.
—¿Me dejaréis la máscara de zafiros?
Antes de salir de la habitación, la señora de la casa se giró un momento, negando con la cabeza.
—No iría a ese baile por nada del mundo. Además, podría hacerte sombra –contestó, alzando las cejas.
Cuando los pasos de su madre se perdían por el pasillo de la segunda planta de palacio, Ermesenda saltó de la cama dispuesta a comerse el mundo. Decidió enfundarse un vestido marrón que se abría por la espalda y se calzó unos zapatos negros y planos. Se miró en el pequeño espejo del tocador. De un gris pálido, su rostro le sonreía. Se colgó unos aros de oro, untó la yema de sus dedos en la pintura roja para mojar sus labios delgados. Tibia y algo viscosa, notaba la textura del barro, la misma arcilla con la que se garabateaba la cara siendo una chiquilla, ahí en el castillo donde pasó su infancia, lejos de aquella ciudad. Observando su propio reflejo, sintió un leve presagio, una premonición de algo que no entendía. Sin pensar más, corrió por el pasillo y bajó en tres saltos las escalinatas que la llevaban al atrio, donde descansaban carros y porteadores. Se dirigió a las cocinas, en las que los sirvientes se afanaban en preparar las comidas del día, sin importarles el vapor de las ollas y el calor de los fogones. Llamó a su dama de compañía, que pinchaba, para su cocción, un trozo de pastel en el fondo de la cocina.
—Vamos al mercado. Coge tu cesto y…
—Pero, señora. La compra ya está hecha. Fuimos con la salida del sol.
—No protestes —contestó Ermesenda, marcando su autoridad—. Coge el cesto.

Salieron de la gran casa por el callejón de atrás. Ermesenda quería devorar el mundo, a pesar del hedor de la callejuela oscura, de ese otoño que aún no había traído los primeros fríos tras el largo sofoco del verano.
Giraron en la Avenida de la Victoria, bajando por aquella rambla atestada, cruzándose con mercaderes y tenderos, soldados y damas que iban al mercado o a dejar pequeñas ofrendas en los templos, suplicando el favor de los cielos. Un murmullo de voces las acompañaba, un sonido discordante cargado de acentos, el latir de aquella mañana en que Ermesenda tomaría partido por primera vez en su vida.
—Escúchame, querida. Tú harás algunas compras ¡lo que quieras! Y dirás que yo las he hecho… O irás al templo, o las dos cosas…
—¿Señora? Hoy hemos comprado pescado de playa, y granos negros de pimienta, acelgas, pan de centeno y también medio cordero para la cena…
—No rechistes. ¿No te lo he contado? Hoy veré a Jacobo.
Su dama de compañía abrió mucho la boca para cerrarla de inmediato. Su señora la estaba arrastrando a un encuentro ilícito que no contaba con la aprobación de los vizcondes, y ella, era cómplice obligada. Un súbito espanto se apoderó de la doncella, temerosa del castigo y de perder su trabajo, pero Ermesenda, leyendo sus pensamientos, la cogió por el brazo.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié Abr 28, 2010 15:32

—Un día seré yo la gran señora. Y Jacobo mi señor, aunque su casa no sea la más rica de Vamurta…Entonces tú serás la mayordoma mayor, con cargo de veinte o treinta sirvientes. De momento coge esto, por tu silencio –dijo, dejándole en la palma de la mano un streich de plata.
Cerró el puño su dama y Ermesenda la empujó hacia delante, hacia el mercado de los pescadores que bullía entre gritos, silbidos y empellones entre las mozas que buscaban el mejor lenguado al mejor precio y las señoras que, a pesar de comprar arenques en salmuera o pececillos de roca, no perdían sus aires de alta alcurnia. Pasaron entre la multitud, mezclándose en aquel pasacalles, las caóticas filas de hombres y mujeres que se tejían y destejían, sabiendo, pensaba Ermesenda, que si alguien intentaba seguirlas, las perdería en ese río revuelto. Se detuvieron detrás de un puesto de bacalaos y miraron atrás, sin ver a nadie sospechoso. Entonces, se adentraron en una de las calles laterales, los Hiladores, calle popular en la que los niños corrían bajo castillos de ropa tendida. Ermesenda dudó un instante antes de entrar en un portal estrecho de donde partía una escalera de caracol que giraba hacia las tinieblas del piso superior. Al cerrar la puerta, cesó el rumor del exterior, y ella y su dama iniciaron la ascensión.
—Señora…
—Ya sé. No te preocupes –contestó, algo inquieta—. Mejor baja y espérame en el templo de Sira. Sí, allí nadie preguntará nada.

Al llegar a la primera planta, oyó como su doncella salía a la calle. Ante ella tenía una pequeña puerta sin cerradura. Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de los que las familias humildes de la ciudad se amontonan unos sobre otros. Quiso marcharse pero le llegó una voz de hombre, alguien canturreaba al otro lado de la vivienda. Se armó de valor y alcanzó el comedor. Jacobo se giró al oírla entrar. Toda la estancia estaba tapizada con flores, parecía como si Jacobo hubiera comprado todos los ramos de Vamurta y los hubiera esparcido por el suelo desnudo y sobre el único mueble de la casa, una pequeña cama cubierta de lirios sobre la que llegaba la luz del mediodía. Se acercaron, hasta quedar uno frente al otro, indecisos. Él hizo el ademán de acercarse más, pero un leve movimiento de Ermesenda lo frenó. Se miraron, buscando el alma del otro, hasta que Jacobo se lanzó sobre ella y la besó con brusquedad. De un manotazo se lo quitó de encima y volvieron a mirarse. La media sonrisa de Ermesenda devolvió el valor a su amante, que respiró aliviado. ¡Cuánto tiempo! Desde el pasado invierno, cuando se conocieron en el Teatro, no habían dejado de verse, pero jamás habían podido estar los dos a solas. ¡Cuánto tiempo deseándolo! El corazón de Ermesenda resplandecía.

—Casi me asustas, ¿qué es este lugar? –dijo ella.
—Tuve que esperar a que esa familia abandonara la casa, ¿si no, dónde? –le contestó Jacobo con su voz de tonos graves—. Cada paso que das es vigilado por muchos ojos.
Se abrazaron, Jacobo acarició su cuello de bailarina como si tocara un jarrón de cristal, besándolo con cuidado. Casi no se oía nada en ese pequeño salón de paredes desconchadas y vacías. Era como si, allí, la calle fuera algo inexplicable y muy lejano. Ermesenda se sentía estremecida, agarrada a las espaldas de su amado, se sentía dichosa. Un hombre muy joven, de piel suave, que la miraba como si tuviera miedo de romperla, sonriente, embargado de emoción contenida.
—Tantas lunas sin poder besarte, sin tan siquiera poder tocarte…
—Nuestras familias. Toda esta ciudad que vigila y susurra —repuso ella—. No lo soporto.
—Serás mi esposa, y entonces todo esto nos parecerá un instante, nada más —rió, abrazándola de nuevo, apretando sus manos sobre la delgadez de la espalda de su amada.

Ermesenda imaginó el día de mañana, en un palacete de la Avenida de la Victoria, lleno de niños. Un humilde palacio de la nobleza de Vamurta a la espera que alguno de los grandes un día los honrara con una vista… Cerró los ojos y olvidó el futuro. Jacobo le había abierto la boca con los dedos y lamía sus labios con prudencia, temiendo alguna reacción contrariada. Sus lenguas húmedas se encontraban, enroscándose en un trémulo placer. Cayeron sobre la cama, rodando entre las sábanas, felices de encontrarse. A ratos se besaban como niños y reían por cualquier cosa. Jacobo la desnudaba con disimulo, esperando que ella marcara las reglas, los límites. Se hizo un lío con las tiras del escote de espalda y se detuvo.
Ermesenda se incorporó, sentada sobre sus rodillas, observando a su amado con una sonrisa enigmática. Empezó a desenredar su cabello rizado, dejándolo suelto sobre sus hombros. De un estirón, lo dejó sin calzones. Dejó caer las tiras de su vestido, apareciendo ante él como una diosa remota que muestra sus gracias a un fiel devoto. La sorpresa dejó extasiado a Jacobo, que quedó sin habla y sin saber muy bien qué debía hacer. Acto seguido, empezó a cabalgarlo con suavidad, equivocándose, obligados a parar para conseguir adaptarse el uno al otro, llegando al final, plenos.

—He tenido un sueño esta noche –susurró, mientras acariciaba los cabellos cortos de su querido—. Me perdía en un bosque espeso, de suelo duro, cubierto de hiedras que se enredaban en mis pies. No había mucha luz y sabía que debía salir de ahí. Caminaba deprisa, pero la espesura parecía atarme… No me movía o me movía muy poco. Creo, creo que las zarzas se enganchaban en mi vestido, en mi pelo y no veía nada. Caía la noche, empecé a correr sin destino, errando, sin ir hacia ningún lado. Las ramas, los matojos altos me nublaban, cuanto más avanzaba más aprisionada me sentía… Llegué a lo alto de un cerro, y a lo lejos, veía las playas de Vamurta y sus murallas, pero no podía alcanzarlas.
—No escuches los sueños –le respondió—. No los escuches, sólo nos traen desgracias. ¿Sabes de alguien que los haya seguido? ¿Qué de algo le hayan servido, amor?
— Jacobo, me tranquilizas –besó sus párpados—. Pero desperté con el corazón encogido.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié May 12, 2010 17:13

Pensó en la noche de las máscaras. Brillaría como una estrella fugaz, resplandeciente entre la nobleza, querida y admirada. Quizás no era la hija de uno de los grandes, ni sus blasones contaban con un historial de gestas, pero durante el tiempo que durara el baile, quería ser la más mirada. Se abrazó a Jacobo, lo besó en la frente. Ermesenda se sentía llena de dicha, cargada de ilusiones. Incluso aquel piso de familia pobre adquiría una gracia que al entrar no había apreciado.
Quedaron medio dormidos, abrazados sobre la cama, acompañados por alguna voz y el vibrar de los pasos del piso de arriba. No sentían ni hambre ni calor, ni acusaban el paso del tiempo. Divagaban sus mentes por senderos distintos mientras cada uno sentía el latir del otro.


**********************************

En el templo de Sira todo era el murmullo de las devotas. De espaldas al altar, formaban un coro arrodillado que lloraba a su diosa, esperando que la luz penetrara en sus vidas.
Buscó entre las cabezas que besaban el suelo hasta encontrar a su dama de compañía. No se sentía mal, no sentía remordimientos siendo impura bajo la bóveda circular del templo, que por las ventanas de su techo derramaba torrentes de claridad.
—Vayamos a la Casa de las Seguras.
—¿Lleváis dinero, mi señora?
—No te preocupes. Quiero una máscara azul, de esas puntiagudas, que me esconda esta noche. ¡Y una sortija o collar! Si encuentro algo digno.

La dama de Ermesenda se iba quejando de lo caro que sería todo aquello, mientras sus pasos las llevaban a la mejor joyería de la capital. Sentía casi amor por las piedras, más que hacia aquellos dioses que jamás la habían beneficiado en nada. Ermesenda andaba altiva entre los plebeyos que, al verla, dejaban paso libre. El cuerpo de pájaro de humedales, el cuello recto y largo de un ciervo, la mirada centellante que podía llegar a cortar como una hoja de acero. Aquel era su día, un mundo atento a sus deseos se parapetaba tras los muros de las tiendas, en los balcones, en los ojos de esas mujeres que jamás podrían ser como ella, y que la vigilaban y estudiaban con cierto disimulo.
Dejaron atrás el Gran Teatro y la Jabise, la arena elíptica donde los jóvenes competían en velocidad y resistencia. El estómago de Ermesenda empezaba a rugir, pero eso poco la inquietaba. Tomaron una naranjada con gotitas de limón en uno de los tenderetes del mercado del Hierro, en el que, por aquella época, era frecuente encontrar hombres rojos y grises de las colonias adquiriendo herramientas y armas, discutiendo acaloradamente los precios.
Llegaron a la Casa de las Seguras, detrás del gran templo de Onar. Un porche medio cerrado con cortinas blancas otorgaba una cierta discreción a los que entraban y salían, ya fuera para comprar como para empeñar joyas y objetos de valor. Se adentraron en la antesala, donde un criado les ofreció, sobre una cerámica rosácea, tiras de carne con salsa de jengibre. Cerraron la puerta de la casa y el sol desapareció a sus espaldas. El sirviente las acompañó hasta La Era, el epicentro de aquella casa, en el que se exponían las piezas en una sala de paredes altas organizada en fabulosas mesas sobre las que se podían contemplar anillos engarzados con magníficas tallas, brazaletes de oro, collares de diamantes negros y blancos, máscaras para las fiestas, pañuelos bordados en plata, dagas trabajadas en oro, en plata, y juegos de cofres de varios tamaños. Clientes silenciosos recorrían las mesas, otros nobles como ella, acariciando las joyas. Ermesenda empezó su búsqueda con desparpajo, preguntando a los discretos vendedores el precio de aquella cadena o ese otro abalorio. Halló un gran collar de aguamarinas. Las piedras no eran gran cosa, pero el abanico que formaban, montadas en plata, le pareció excelso, le traía algún recuerdo lejano sin saber muy bien cuál.
—¡Eh! ¡Oiga! ¿Qué piden por éste? —preguntó en voz alta, quebrando el casi ambiente monacal de la Casa.
—Señora, —se acercó una vendedora pintarrajeada como un pavo—. Este collar fue fundido y trabajado en las Sierras de Dotrunas, hará más de doscientas primaveras. Es una pieza única, sin duda, hecha por…
—¿Cuánto? —preguntó, sin atender ninguna cortesía.
—Unas treinta piezas.
La risa de Ermesenda resonó bajo la bóveda como el repentino romper de una catarata. Todos los presentes se giraron, algo sobresaltados.
—¿Treinta de plata? Pero si aquí no hay más que cinco o seis piezas fundidas, ¡ja! ¿Por quién me tomáis? ¿Por alguien que acaba de desembarcar? ¿Por una montañesa?
La dama de compañía se había puesto roja y no sabía dónde mirar. Todos escuchaban.
—Olvidáis, señora, las piedras —repuso la vendedora, sabedora que debía mantener, como fuera, la compostura.
—Sí, son aguamarinas —replicó Ermesenda, levantando el collar en lo alto, haciéndolo brillar bajo las luces de aceite de la tienda—. Doy quince piezas por ellas y por ese antifaz de seda azul que tenéis a la derecha.
Finalmente pagó dieciocho. Un hombre, en la penumbra de los arcos laterales, la observaba con enorme seriedad. “¿Quién sería?” Se preguntó, impregnada de curiosidad.
Volvió a su casa llena de dicha, mientras su dama aún se recuperaba del sofoco. Debían descansar y acicalarse para aquella noche que había de llegar.

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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié Jul 21, 2010 16:49

El cielo era tinta negra y los aromas de jazmín flotaban, a ras de suelo, en plazas y calles. Ermesenda abandonó el palacio bajo la mirada reprobadora de su padre, que censuraba así el gran escote que su hija luciría en la fiesta. Su dama y dos guardias la acompañaron por la Avenida, en el que la latir de la ciudad era un leve susurro, con la luna encaramada por encima de los tejados.
Llegaron hasta las puertas del Gran Teatro, delante del cual se acumulaban otros guardias y criados, armándose de paciencia para pasar allí buena parte de la velada, a la espera de sus señores.
Ante la columnata de la entrada, Ermesenda se despidió de su criada, y fue reconocida por las dos figuras que guardaban el paso, escondidos bajo dos máscaras de cera triangulares, dos leones de expresión pétrea, que nada dijeron mientras cruzaba el umbral. Dentro, en la antesala, reinaba una neblina rota por los puntos de luz de las lámparas y velas, donde las primeras grandes columnas de ese bosque de piedra, bien parecían el límite de un laberinto que se perdía en la oscuridad. Otros dos hombres, éstos de torsos desnudos, impregnados en aceite como los luchadores de odouk, tomaron su capa ligera y le sirvieron una copa de cristal llena de vino dulce, a modo de bienvenida. Paladeó la densidad del vino, mientras oía el aleteo de risas lejanas. Sabía que al llegar al patio del teatro, vaciado de bancos y asientos para la ocasión, sería anunciada, sin que su nombre fuera pronunciado y que, durante un instante, todos los ojos se posarían en ella.
Jacobo y sus amigas la esperaban. ¿La reconocerían? Se recogió el pelo y se hizo una larga cola de caballo, se tapó cuello y hombros con un pañuelo de colores, y se colocó con cuidado su antifaz azul de trazos puntiagudos, a juego con su nuevo collar. La acompañaron hasta la pesada puerta que daba acceso al patio del teatro. Dos guardias más, ataviados con máscaras blancas, abrieron las puertas y vociferaron a los presentes: “¡La Mujer Azul se incorpora al baile!”.

Cuando se apagó la voz de las caretas blancas, el gentío que la había mirado, continuó bailando. Los músicos no habían dejado de tocar sobre el escenario del teatro y la fiesta siguió, burbujeante. Nadie había reparado en ella, o eso parecía. Quizás la habían tomado por una de esas mujeres disipadas que, como era tradición, eran bien pagadas para asistir al baile de máscaras y levantar los ánimos, junto a hombres atléticos escogidos en los rabales de la ciudad para ese mismo fin. Se sintió sin status y así, se adentró en el enorme jaleo de barrigas y cuerpos, de máscaras grotescas y ojos escondidos.
—Hermosa dama, de quien no puedo apartar mi mirar, ¿me concedéis el baile? –oyó, entre las risas, la música y la confusión de aquella masa en danza.
Un hombre de melena rizada, larga y negra, la sujetaba por el codo. Ermesenda dudó, no lo conocía, estaba segura. Llevaba puesto un antifaz rojo, pequeño y fino, que contrastaba con su cara cuadrada, de poderoso mentón. Sus ojos la esperaban. Ermesenda giró la cabeza buscando una salida, y vio que junto a los camareros del fondo, dos de sus amigas enmascaradas rebañaban un platito, vaciando sin piedad las fuentes de comida que les iban sirviendo. Corrió hacia ellas, liberada.
—¡Lestra! ¡Carolina! Os reconocería aunque os pasearais con un saco en la cabeza.
—¿Ermesenda? ¡Por Sira! Creíamos que no vendrías. Casi no te reconozco —dijo Lestra, algo asombrada.
—Aquí estoy, queridas —respondió, algo más calmada tras encontrar a dos de sus puntales. Miró hacia el baile. Aquel hombre había desaparecido.

Carolina le ofreció un plato con queso y muslos de pollo braseados en aguardiente. Charlaban, a la vez que el baile iba girando como las aspas de un molino, del que surgían voces agudas y graves, mezcladas con las cítaras y flautas, creando un torbellino mareante. Jugaron a reconocer a aquél o aquél otro noble, a hallar sus preferidos tras esas complicadas caretas, algunas ganchudas, otras monstruosas, aunque de muy pocos estuvieron seguras.
—Esta noche tiene un aire especial. Como de espera —apuntó Carolina.
—Quizás los dioses nos muestren una puerta al mañana —añadió Ermesenda, con sonrisa iluminada, al ver a su amante y prometido, Jacobo, llegar al baile.
Al encontrarse, notó que algo no iba bien. Tras su antifaz de pájaro, sus ojos parecían no concentrarse en nada. Miró sus amigos, que reían mucho, que reían como necios.
—Amada mía –tartamudeó.
—¿Habéis bebido? ¿Es eso? —preguntó Ermesenda sin disimular su disgusto—. ¿Teníais que beber esta noche, la más hermosa el año?
—No, no… No hemos bebido tanto —contestó, inseguro, Jacobo. Respuesta que fue acompañada por las risotadas de sus camaradas.

Sintiéndose profundamente ofendida, les dio la espalda para volver con Lestra y Carolina. Tras el mediodía que había regalado a su amado, tras tanta promesa, ¡y del esmero que había tenido para ser una de las hermosas entre las lechuzas pintadas de la baja nobleza! Se sentía enfurecida.
Tomó una jarra de aguamiel y la bebió de un trajo. ¿Qué se había creído? Miró a su alrededor, le empezaba a interesar el baile. Allí estaba la vizcondesa de Amer moviendo sus enormes caderas junto a un caballero canoso que no reconoció. La dama, a pesar de su desfachatez, poseía una gracia, una sinuosidad en su baile de viuda alegre. Un grupo de enmascarados seguía los pasos de toda mujer que pasara por delante, apoyados contra la pared, esperando como un grupo de cuervos subidos a un árbol. La baronesa de Verbaz, de las montañas como se la llamaba, iba cayéndose, metida en el huracán del baile, sostenida por un joven de largas patillas, que la apuntalaba y la recogía. Un pecho saltó del vestido cuando se tambaleó hacia delante, sin que ella se diera cuenta, a pesar de los gestos burlones de muchos.
Dos águilas, altos y barbudos, se acercaron a ellas para darles conversación, pero el jaleo reinante les impedía entenderse. Se cansaron de ellos y salieron a bailar, sumadas a las decenas de caretas y disfraces que basculaban bajo centenares de velas, cambiando de pareja con frecuencia hasta no saber quién bailaba con quién, hasta confundir hombres y mujeres en un mismo alud movido por el repicar de tambores, flautas, laúdes y cítaras. En un respiro que se tomó Ermesenda, vio que Jacobo abandonaba el patio del teatro, tambaleante, sostenido por los brazos de sus amigos.
Se sentía sola en aquel rincón, sorbiendo vino. No veía a Carolina ni a Lestra. Alguien disfrazado de oso quiso devolverla al baile, pero Ermesenda rehusó, al ver los brazos y frente de aquel hombre bajito tan sudado, tan sucio.
Un poco mareada, pero a la vez exultante y rabiosa, decidió alargar la velada. Las máscaras aparecían frente a ella y se desvanecían sin más para que otras emergieran, ocupando su lugar, creando en ella una sensación extraña, como si el tiempo hubiera desaparecido, como si hubiera olvidado que más pronto o más tarde, debía volver a su palacio, a su casa. Entre el sinfín de caras cubiertas, apareció una que la miraba intensamente, fija en aquel baile incesante. El hombre de pelo negro y el antifaz rojo. Sintió que su vientre se contraía, que un repentino calor asomaba en sus mejillas. La copa que sostenía temblaba, sus ojos negros parecían hacerla arder.
—Os he visto comprar ese collar.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Dom Ago 22, 2010 23:26

Penúlimo trozo de este relato. Luego iré colgando más.
En el blog sigo subiendo cosas, lo último el relato fantástico "La Siesta" (http://epicavamurta.blogspot.com/, sobre un tipo que tiene un mal despertar. Es el primero fuera del mundo de Antigua Vamurta.


Aquellas palabras la sobresaltaron. Se había quedado embobada mirando al extraño, sin notar que un joven de espaldas anchas y manos fuertes, se había situado a su lado. Bajo una máscara de mimo, salpicada de incrustaciones de oro, unos ojos azules y pequeños, casi fríos, la miraban, divertidos.
—Recordaré —añadió el joven—, pasados muchos otoños, vuestra risa en esa joyería y la expresión de horror de la dueña, que en esos momentos me atendía.
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó Ermesenda, con expresión un tanto distante.
—¡Oh! Soy de por aquí. Muchos me preguntan qué deben hacer y muy pocos me aconsejan qué debo hacer yo.
—¿Es un juego, señor? Prefiero bailar.
—Todo esto es un juego… Si preferís bailar, hacedlo conmigo.
Y sin esperar respuesta, la arrancó del rincón y la transportó hacia el epicentro de ese marasmo que parecía adquirir un ritmo endiablado. Bailaron y bailaron, y él la conducía con manos firmes, pero su pensamiento estaba en otra fiesta, en la que el único invitado era el hombre moreno.
Dos enmascarados se acercaron a su pareja de baile, y con una señal, le avisaron de algo. Se disculpó ante ella, y con una profunda reverencia se despidió, diciendo:
—Volveremos a vernos. De eso, podéis estar segura, y sin juegos.

Volvía a estar sola en medio de aquella jarana monumental. Decidió buscar a Lestra y Carolina, sorteando las parejas que bailaban, algunas que empezaban a derrumbarse, otros que caían sobre cualquiera que les pasara por el lado, apartando máscaras negras, otras esmaltadas, otras que parecían amenazarla. Era el clímax, y en el clímax se perdió. El baile se desparramaba por los salones y cámaras anexas, donde se reunían pequeños comités de risotadas escandalosas. No las veía por ningún lado, y entonces decidió adentrarse por el sinfín de pasillos y habitaciones colmadas de efervescencia del teatro. Dos hombres corrían desnudos, con peluca y máscaras de cisne, persiguiéndose entre los gritos y chanzas de otras caretas que se movían por los claroscuros de las decenas de aposentos. Al pasar por delante de una de las habitaciones más recónditas, vio un corrillo que observaba en silencio el espectáculo que ofrecía un grupo de hombres y mujeres, enredados en el suelo, que no pudo distinguir.
Empezaba a sentirse realmente nerviosa, un poco insegura en aquella fiesta que no transcurría como ella hubiera querido. Había soñado bailar con la cabeza alta, ancladas sus manos sobre la espalda de Jacobo, acompasados por una música alegre y sostenida, mirarse sin poder besarse aún, sonreír a un porvenir que se vislumbraba sosegado y tierno.
Pensó en su madre, en la seguridad de su hogar. Algo la retenía ahí, una curiosidad no satisfecha, un querer apurar la copa antes de devolverla a su lugar.

De una estancia cerrada le llegaron jadeos entrecortados, zumbantes. No pudo evitar acercarse a esa pequeña alcoba. Pudiera ser Lestra u otra conocida. Miró a través de la rendija de esa puerta para ver a dos sombras contorsionarse encima de una cómoda.
—¿Debe una dama espiar a otros amantes?
Se sintió como una niña, avergonzada. Al mirar quién le reprochaba su falta de discreción, se encontró con aquel pelo negro, que olía a mar y a madera. Su rostro cubierto se acercó al suyo, hasta que ella tuvo que poner una mano para mantener la distancia.
—¿Me seguís? ¿Somos conocidos?
—No os sigo ni os conozco. Este es mi primer viaje a la capital, señora.
— ¿Entonces?
—Entonces nada. Os he visto, y eso ha sido suficiente para que todo mi cuerpo se retorciera, para perder mis suspiros entre estos salones, hasta que os he encontrado.
—Bromeáis, sé que bromeáis.
Ermesenda no entendía muy bien lo que le sucedía y, por una vez, se dio cuenta que no controlaba la situación. Aquello la desbordaba, iba muy deprisa. Su instinto contra su razón, que la llevaba hasta Jacobo, hasta sus padres y sobre todo le recordaba su condición de noble. Ella era noble y aquel hombre que provocaba que su transpiración mojara los pliegues de su vestido azul, era un simple mercader adinerado. La saliva se evaporaba de su boca.
—¿Realmente creéis que bromeo?
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Jue Sep 23, 2010 12:40

Con la Editorial Ajec hemos empezado el proceso de corrección de la novela Antigua Vamurta ( http://epicavamurta.blogspot.com/ ) que saldrá a principios de 2011. Y la portada, que me hace ilusión.

Acabo de subir el relato. Saludos.



Ermesenda no entendía muy bien lo que le sucedía y, por una vez, se dio cuenta que no controlaba la situación. Aquello la desbordaba, iba muy deprisa. Su instinto contra su razón, que la llevaba hasta Jacobo, hasta sus padres y sobre todo le recordaba su condición de noble. Ella era noble y aquel hombre que provocaba que su transpiración mojara los pliegues de su vestido azul, era un simple mercader adinerado. La saliva se evaporaba de su boca.
—¿Realmente creéis que bromeo?
Se acercó hasta rozarla, hasta dejar su enorme mano en la curva de su espalda, sujetándola con suavidad. Notaba su respiración sobre su pelo. Ermesenda cerró los ojos, estaba perdida, se dejaba llevar.
Noto que la cogía y la arrastraba hacia algún lugar, sin que ella fuera capaz de oponerse a aquella rudeza. Su cuerpo, presto, ganaba la partida a sus anhelos de gran dama, y supo en ese momento que en algún rincón de su alma otra mujer habitaba, una que no se había presentado.
No sabía dónde se hallaba, excepto que todo era noche calurosa cortada a cuchillo por una rendija de luz de luna. Creía que sus pies no tocaban el suelo al sentir como aquél le bajaba el vestido de un tirón. Chocaron, resbalaron el uno encima del otro, perdía el sentido de estar, de ser, gritaba y vibraba, contraída y aún resistente, hasta que su cuerpo se desató, abandonada en aquella oscuridad, estallando.
Respiraron, recuperaron sus fuerzas sin decirse nada. Se habían arrancado los antifaces, que yacían en el suelo, pisoteados. Se intuían, volvían a tocarse. La tomó por segunda y última vez en un frenesí sin pausas. Cuando terminaron, y la razón de Ermesenda volvió a llamarla con fuerza, despertó, y un espanto recorrió su cuerpo. Debía de huir de allí sin ser vista, sin testigos. Aquello podía ser su final. Se vistió, recogió su cabello enredado, entre las súplicas y gimoteos de aquel hombre sorprendido por la súbita furia de su joven amante, pues no quería perderla, levantando los brazos desde el suelo donde yacía tendido, sin entender la marcha precipitada de Ermesenda.

Cuando corrió hacia la salida del teatro, pensó que ni tan siquiera había sellado su despedida con un beso. Corría y corría. Al alcanzar la salida, hizo una señal a sus guardias y doncella, y sin mediar palabra volvieron hacia el palacio de sus padres. Ermesenda, horrorizada, intentaba contener las lágrimas, mientras apretaba con más fuerza las manos pequeñas de su dama de compañía, que la sujetaba, mirándola de reojo, angustiada por el estado descompuesto de su señora.
Cuando, por fin, alcanzó la seguridad cotidiana de su gran habitación, se encerró, pasando la balda. ¿Qué había hecho? ¿Qué tipo de locura la había arrastrado, sin salvación, hacia aquel hombre que la había poseído como un toro, llevándola hasta la cima, hasta creer poder tocar las estrellas? Lloraba pensando en Jacobo, en su vil traición. Traidora, era eso, esa palabra infame la definía como nunca ninguna otra. Se hubiera destripado si hubiese podido, pensó en lanzarse por el balcón, ese fondo negro agujereado por los destellos de la luna que iba retirándose. Se levantó de la cama, desesperada, sin control sobre sus actos.
Llamaron a la puerta. Ermesenda se quedó paralizada. ¿Ya venían a buscarla para un escarnio público? No quería ver a nadie, no quería abrir.
—Soy tu madre –oyó—. Ábreme, abre y abrázame.
Ermesenda corrió hacia la puerta, levantó la balda y se lanzó a los comprensivos brazos de quien la trajo al mundo. “Niña, ¡qué te ha pasado!”. Ermesenda lloraba con fuerza.
La tuvo en su regazo buena parte de la noche, consolándola y vigilándola.
—Madre –dijo—. Quiero volver al Castillo de Sinta, quiero volver a pasear por los campos…
—¿Tan mal ha ido?


Bien entrada la mañana, tuvo un horrible despertar. Su cabeza la condenaba a constantes punzadas y su alma se había desangrado. Salió al balcón, que la noche anterior podría haber sido su última puerta. En la Avenida, el bullicio era el de un día cualquiera, vital y escandaloso, como si una jauría de perros estuvieran ahí debajo disputándose una carnaza. El sol de verano la apabulló, hasta obligarla a volver a dentro. Un sirviente pidió permiso para entrar y le comunicó que su padre la esperaba en el comedor. “Ahora sí que estoy perdida”, pensó.
Se vistió y bajó por la escalinata del atrio del Palacio, que con el sol alto aparecía bañado de luz, haciendo más brillante el majestuoso limonero que ascendía hasta el segundo piso. Llegó al comedor. Su padre, con expresión preocupada, aguardaba, inmóvil en el sillón de señor de la casa.
—Siéntate, siéntate –dijo con voz suave—. No sé qué pasó ayer y poco me preocupa desde que llegó esta carta.
Ermesenda tomó el sobre que le ofrecía, un sobre de papiro suave, observando que el sello de cera había sido partido y la misiva leída. Aquello era una invitación para una recepción privada que se celebraría en la Ciudadela, con presencia del Conde y su esposa, junto con su primogénito. Ahora sabía quién era el joven de la máscara de oro.
—¿Sabes qué significa esto? ¿Entiendes cuáles son las consecuencias si aceptas la invitación? –preguntó su padre, mesándose la barba encanecida—. ¿Y las consecuencias si no aceptas ir?
Ermesenda entendía perfectamente todo el significado de aquella invitación. El heredero la pretendía.

De repente se vio encumbrada en el puesto más alto del mundo que conocía, arriba, muy arriba. ¿Y Jacobo? Tuvo un momento de duda, pero si no accedía, su familia y ella misma quedarían defenestrados de por vida, y seguro que, tarde o temprano, se conocería lo que pasó durante el baile de máscaras. “O quizás no”, pensó también. Si aceptaba, pasaría a estar más allá del bien y del mal, todopoderosa para decidir, ensalzar o tachar. Cubierta de oro, piedras y fabulosos vestidos de seda, y nadie jamás podría acusarla de nada con el ejército condal a sus pies.

Respiró profundamente. Su padre, al mirar aquellos ojos rasgados y decididos, supo que su hija había tomado partido.


(FIN)
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié Nov 17, 2010 10:14

Murrianos. Razas de fantasía.

No son como los otros, pues basan su mundo, su existencia en otras escalas. Creen que no hay mayor gloria que servir a sus hermanos, madres, amigos. Llegan en oleadas desde el oeste, buscando las líneas blancas y suaves que preceden al Mar de los Anónimos. Son murrianos, a cientos, a miles.
Para un murriano, el sacrificio es voz de dios. Negarlo, la más absoluta de las deshonras.

El murriano dio una vuelta por la estancia, como si nadie hubiera allí, dando tragos. Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando su espalda contra la pared. Sus mechones caían hacia delante, emboscando su mirada. Lanzó el ánfora contra el suelo, rompiéndola con estruendo, y se desabrochó el cinturón, dejando caer la espada.
—¿Habéis oído hablar de nuestro hogar? ¿De nuestra capital? Es el lugar más bello del mundo. ¡No! No es como vuestras ciudades, abigarradas, en las que todo se amontona, sucias y mal ventiladas, donde hasta la piedra de las paredes huele mal. No, es un valle, sí, un valle elevado, cerrado por picos de nieve perpetuas. Un valle ancho, esplendoroso cuando el sol vuela por encima, siempre verde porque en mi país llueve, no como aquí, allí llueve y la hierba crece alta y hermosa, es un lugar en el que, si el día es despegado, parece que hasta las rocas tengan brillo, limpias. En ese gran valle no hay murallas, tan sólo un alcázar. Tres son los pasos de montaña para penetrar en el corazón de mi patria, y en cada paso encontraréis fortalezas que los cierran, castillos construidos para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego. Jamás nadie ha cruzado los pasos entonado cánticos de guerra. Por ese valle, Dasteo, se distribuyen aquí y allí templos y enjambres en los que vivimos, academias como grandes óvalos de piedra, jardines, plazas de muchos tamaños y formas en las que los músicos tañen laúdes hasta hacer sangrar sus dedos, paseos flanqueados por árboles milenarios,(…)


Antigua Vamurta. Fragmento del Capítulo 21. «Los esclavos».

http://epicavamurta.blogspot.com/
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El Canto de Ulam

Mensajepor Igor » Dom Ene 16, 2011 18:27

El Canto de Ulam

—Ulam… Ulam, ¡despiértate! —dijo su padre.
Hasta por la mañana hacía calor ese verano. Oyó el revuelo de las gallinas cuando el viejo cruzó el comedor, en el que también dormían. La luz entraba limpia, muy clara, por la puerta que el hombre había dejado abierta al salir. Ulam bostezó y saltó del camastro, dispuesta a devorar el pan con aceite que le había dejado sobre la mesa. Dio un manotazo a una de esas gallinas atrevidas que había osado acercarse a su desayuno y con la camisola se secó el sudor de la noche. Cuando acabó la comida, salió al patio trasero para saber qué podía esperar de aquel nuevo día. Allí estaba, solo, sentado sobre una gran raíz, arreglando uno de los lazos que de vez en cuando les proporcionaban una sabrosa perdiz de bosque.
—Buenos días —saludó con voz soñolienta.
—Hija, hoy hay que ir al bosque. Casi no nos quedan hierbas.
Era verdad, en la despensa de la casa los ramos de plantas medicinales había ido desapareciendo, vendidos junto a los huevos y la caza en el mercado de Verdela. Debía volver al bosque a por más. Ulam no se quejó. A sus ocho años bien sabía que sin las monedas del mercado no había bocado en su casa. Y ella era hija única, desde que un mal parto se había llevado junto al dios Onar, a su hermano y a su madre, a la que no conseguía recordar.
—¿Podré jugar?
—¿En el bosque? No. Ya sabes lo que se cuenta. —Su padre guardó silencio, sus enormes manos intentaban cerrar un nudo de cuerdas delgadas—. Ya jugarás cuando vuelvas. Y acuérdate de la comida.

Ulam volvió a la choza y se calzó sus duras alpargatas. Había que partir pronto, pensó, pues el calor del mediodía no le gustaba. Cogió su flautín y se despidió de su padre. Atrás quedaron las casas del pueblo, muchas abiertas para dejar pasar el poco aire de aquel verano. Siguió el camino del sur, estrecho y polvoriento. Atrás dejaba su pequeña aldea de casitas de piedra y cal, aplastadas las unas contra las otras, como un rebaño de ovejas. Casas de payeses y humildes artesanos del corcho y del vidrio organizados alrededor de la plazoleta del pueblo, donde sobre la arena se levantaba un sencillo altar a Sira, quien velaba por la bondad de las cosechas.
A su izquierda veía los naranjos cargados de fruta, y a la derecha del camino, los campos de trigo, a punto para la siega. Ulam se sentía feliz aquella mañana, para ella el bosque era un laberinto en el que a cada recodo podía hallar un pequeño tesoro. Luego, cuando hubiera recogido suficiente artemisia, hinojo, salvia y con suerte algunos tallos de lavanda, podría volver y preparar la comida. Cuando llegara la tarde, por fin, saldría a buscar a sus amigos para ir a la orilla del río, allí donde los baños alejaban por un tiempo el verano.

Ulam podía oler el bosque, que se extendía hasta donde no llegaba su vista, hacia el sur y hacia el norte, en territorio murriano. Un enorme bosque de pino y encinas, de matojos duros y suaves lomas de laderas gastadas, que hacían que la arboleda pareciese, vista desde lejos, un mar dormido.
Entró en él, empezando a recorrer sus cámaras invisibles a la búsqueda de hinojo. Al abrigo de las encinas, el sol era clemente. Brisas surgidas de la nada recorrían su húmeda piel gris, refrescándola. Anduvo de aquí a allí, dando tumbos, pendiente de entrever las llamas lilas y amarillas de las flores sobre el manto aguado de los matorrales. Cerca de un pino viejo, consiguió un ramillete de artemisia, pero aquel día la suerte le era esquiva. A media mañana, con el sol alto filtrándose entre los ropajes de los árboles, apenas había reunido unos pocos tallos. Se había aventurado lejos de los confines de la fronda y no sabía muy bien dónde se hallaba, aunque sabía muy bien cómo volver a casa, siguiendo el camino opuesto al sol. Cansada de tanto andar, se sentó sobre una roca que irrumpía desnuda desde el suelo. Miró a su alrededor, dejando vagar su mirada entre ese ejército mudo de troncos rectos y brazos abiertos de un verde oliváceo. Acercó el flautín a sus labios, mojando un poco su madera seca. Las primeras notas se elevaron suaves entre las hojas, perdiéndose en el corazón del bosque. Tocó, hizo que la caña de su flauta vibrara con dulzura, tocó, enlazando las melodías que se sucedían unas detrás de otras hasta que el tiempo desapareció a su alrededor.

El sol del mediodía alcanzó su cenit. Se dio cuenta, al abrir los ojos, que volvía a sudar. Dejó su pequeño instrumento apoyado en la roca y levantó la cabeza. La miraban entre las encinas que tenía enfrente. Ulam se incorporó de golpe y agarró su flautín como si de una daga se tratara. ¿Qué eran? Antes de que sus piernas empezaran a alejarla de allí sonaron, alegres, las notas de otra flauta. No sabía qué hacer. Se disolvió aquella melodía y de entre aquel grupo brotó un nuevo cántico, y otro lo siguió a continuación. Veía, ante ella, una hilera de seres, de animales cubiertos con túnicas de color tierra y collares de cuero de diferentes gruesos como único atavío. Animales de piernas parecidas a las de los hombres, erguidas. Debía salir corriendo pero la curiosidad la retenía. Sus cabezas eran en algo similares a los cráneos de las gacelas meridionales, pero prácticamente carecían de pelo y sus labios eran finos y sonrosados. Se apagaron las flautas y, aún de pie, sin saber muy bien porqué, Ulam respondió con su flautín. Mientras su música discurría suave como un riachuelo, aquellos parecían escucharla, fascinados ¿O se lo imaginaba así?
Cuando calló, los otros guardaron silencio hasta que uno de ellos la replicó, rompiendo la tensión repentina que sintió Ulam. Los observó un poco más, dándose cuenta de que en algo recordaban a los murrianos que alguna vez había visto pasar cerca de su pueblo, en la frontera. Manos de tres dedos muy anchos, duros, cuerpos alargados y estrechos, unos pocos mechones de cabello negro cayendo hacia atrás, la frente alta. No parecían agresivos ni Ulam vio arma alguna, quizás fueran aquellos de los que se hablaba en la plaza del pueblo, en las noches de verano, cuando los vecinos se reúnen y beben naranjadas para ahuyentar el bochorno … Tras unas breves réplicas, Ulam recordó a su padre y todas las plantas que no había recogido. Hizo un gesto rápido con la mano a modo de despedida y volvió sobre sus pasos, casi corriendo. ¿Los volvería a ver? Nadie parecía seguirla, a sus espaldas le llegaba el tenue murmullo del calor en el follaje. Su cabeza hervía con tantas preguntas, estaba tan excitada que casi no se dio cuenta que ya había salido del cobijo de la arboleda.

Al llegar a casa juró no decir palabra a nadie, ¿quién la creería?, y menos a su padre, que no la entendería y del susto no la dejaría volver a aquella floresta nunca más. Quizás ahora hubiera encontrado unos que amaban la música como ella, y con quiénes no necesitaba hablar. Antes de cruzar la puerta de su casa se preguntó si los seres del bosque sabrían utilizar las palabras. Incluso se preguntó si lo que acababa de vivir no lo habría imaginado. Bebió el agua fresca del cántaro y puso patatas y calabacines a hervir. Pronto llegaría su padre del huerto, y llegaría hambriento.

Días después, volvió entre los árboles. Tras recoger un buen puñado de tomillo, se adentró. ¿Cómo volvería a encontrarlos? Tuvo una ocurrencia, era la única forma. Hizo sonar su flautín mientras iba avanzando, sorteando zarzas y matorrales. Pronto, oyó a lo lejos unas notas que respondían a sus señales. Había una alegría, un latir, en esa música. Ulam tocó y tocó hasta que las melodías se fueron enlazando entre los árboles y el cielo. De pronto los vio. Se volvió a asustar al ver aquellas cabezas de gacela tan cerca, pero la música hizo que su miedo se fuera disipando.
A ese hallarse siguieron otros, en los que Ulam aprendió a confiar en ellos. A veces eran tres o cuatro, a veces más, hasta diez contó un día. Ya no tocaban separados, se sentaban en círculos, aceptando a la niña, y en ocasiones hacían resonar flautines y flautas junto a pequeños tambores, quebrando el silencio agostado del bosque. Cuando Ulam tocaba, los hombres gacela parecían atender, mirándola con sus ojos de agua negra y sus hocicos derechos, hasta que uno repetía las notas y el siguiente las volvía a repetir introduciendo variaciones, marcando un timbre o alargando un pasaje, hasta que el canto de Ulam se transformaba en la voz de muchos, que era la voz de los montes y claros, de los campos al amanecer, del río que murmura en las noches junto al soplo de la brisa que discurre sobre las llanuras.
Su vida continuó con su secreto, aunque a muchos en su pueblo les extrañó que aquella chiquilla de trenzas apelmazadas hubiera aprendido tanto en el intrincado arte de la música.

Ulam jamás olvidaría el último encuentro. Aunque a medida que pasaron otros inviernos, más le parecía todo aquello que vivó algo al filo de la irrealidad, donde sus recuerdos se funden con los sueños y con un tiempo desaparecido. Fue a principios de aquel otoño, cuando los campos de trigo habían sido segados y faltaban pocos días para las fiestas que despiden los vientos cálidos del sureste y abren la ventana a los del norte. Ulam, como otras veces, había encontrado sus extraños amigos haciendo sonar su flautín, pero aquella vez le había costado mucho tiempo obtener una respuesta, así que tuvo que adentrarse en la espesura, hasta lugares que pocas veces frecuentaba.
Al encontrarlos, Ulam se sorprendió que aquella vez fueran tantos. Doce contó, sentados en la huella de lo que había sido una antigua laguna, escondidos de una mirada fortuita. Dejaron sitio a la niña gris, quien no había dejado de emitir breves juegos de notas. Cuando se sentó entre ellos, las respuestas se aceleraron y Ulam tuvo que hacer un gran esfuerzo para seguirlas, cada vez más rápidas, hasta que los trece instrumentos sonaron al unísono, como si iniciaran un rito ancestral y las melodías fueran invocaciones a lo que existe más allá del mundo visible, en algún lugar y en todos, sobre la piel en la que palpita una música inaudible. Ulam se estremecía, sin poder dejar que sus dedos saltarines bajaran y subieran sobre el suave tacto de la madera, sintiéndose ida, tocada por algo que no entendía, una circunferencia que giraba a su alrededor, que la separaba del mundo hasta hacerla comprender cosas que jamás hubiera pensado, viendo brillar en su ceguera rutas, luces, conexiones sin equivalentes, sintiendo que se alejaba de su propio cuerpo y empezaba a flotar en ese espacio de frontera en que las copas de los árboles se enroscan con el azul del cielo, y más allá…

Cuando despertó, era casi de noche. Al principio ni se dio cuenta de dónde estaba, ni tan siquiera se acordaba de sí misma. Había dormido sobre el suelo, protegida por un manto de flores, que al incorporarse se marchitaron, desvaneciéndose. ¡Ahora recordaba! Su padre ya la estaría buscando, acompañado de todos sus vecinos y los ruidosos perros de caza. Su corazón se asustó. ¿Qué les podría decir? Se levantó y empezó a andar deprisa hacia su casa. Por un momento sintió ira hacia sus amigos del bosque que la habían entretenido el tiempo que tarda el sol en cruzar el cielo. Si caía la noche se extraviaría y no sabría volver. Corrió entre las penumbras sin pensar en nada más que no fuera llegar lo más pronto posible a su pequeño hogar. La impaciencia la impulsaba, la hacía ser veloz, sorteando la masa de árboles que a momentos parecía cerrarse sobre ella, como si quisieran absorberla.

Tras una marcha que le pareció interminable, Ulam salió de la arboleda para alcanzar la senda del sur. El aire olía a grano quemando, a humo, a madera chamuscada. Inició, rápida, la ascensión del camino para llegar a la parte alta donde vería los campos sembrados y, en lontananza, los cubiles abigarrados de su aldea. Al llegar arriba divisó su pueblo en llamas, llamas que ascendían hacia el añil oscuro que antecede al crepúsculo. Jadeando, llegó hasta su casa, que era una pira centellante entre los muchos fuegos. Buscó y buscó sin encontrar a nadie. Incluso los pozos de los silos ardían, convertidos en enormes braseros a ras de suelo. Vio flechas y lanzas partidas por el suelo, clavadas en alguna pared que se había salvado del incendio, pero ni rastro de los suyos. Olor a muerte, silencio. Ninguna pista de su padre, nada. Los murrianos habían golpeado y desaparecido.
Ulam, presa de una infinita desorientación, volvió cerca de su choza. Allí se sentó sobre los hierbajos y empezó a tocar, sin importarle el tiempo, sin importarle lo que hacía. Lo que siguió, apenas lo recordaría. El tintineo de múltiples aceros en la noche, las voces graves de los hombres atraídos por la música de los ángeles. El destello de las llamas sobre las corazas de aquellos hombres grises que la contemplaban como a un milagro.
—¿Por qué la habrán perdonado? –preguntó una de las sombras.
Un hombre muy joven, derecho frente a ella, con furia y asombro en su mirada, marcaría su destino.
—Llevadla a Palacio, a Vamurta. Alguien así debe estar protegida, a salvo. Llevadla junto a Ermesenda, mi madre.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Lun Ene 31, 2011 22:50

La mujer de nieve.

En las leyendas japonesas, Yukki Onna era un espíritu del mal. Pero en uno de los cuentos de fantasía nipones se muestra más humana, lo que llamó mi atención. En esta historia he querido rendir homenaje a este breve relato fantástico, La mujer de nieve, mezclándolo con el mundo de Antigua Vamurta. Un brebaje peligroso, sin duda, que quizás cause algún disgusto.

Yo era muy, muy joven. Apenas un chico. El primogénito de una estirpe de nobles de Vamurta. Al morir mi padre, mi madre siguió contestando al poder de la Corte. Ella desapareció y yo, como barón, promoví la Asamblea de Notables. Pero la Condesa ganó el pulso y huí, exiliándome en las Colonias, huyendo de las garras de Ermesenda. Y aquello fue una bendición. En aquellos tiempos las nuevas tierras eran para los hombres grises un horizonte nuevo, un lugar por explorar. La tierra prometida. Entonces era fuerte, no conocía el cansancio y a pesar de mi desgracia, era un hombre esperanzado. Aunque de estas cosas uno no se da cuenta cuando suceden, sino después, cuando no están. Esto fue lo que ocurrió. Me había enrolado en una expedición que pretendía fundar una ciudad muy al noreste. Era una empresa ambiciosa, y desconociéndolo todo, entramos en tierras sagradas de los vesclanos.En aquellos lejanos parajes empezamos a construir casas y almacenes, rodeados de una empalizada. Cazábamos y horadábamos la tierra para dejar las semillas que debían sustentarnos. Llegó el invierno, áspero, y cubrió los bosques con un manto blanco. En una de esas noches gélidas, aparecieron los vesclanos, a cientos, iluminando la oscuridad con sus antorchas. Asaltaron la aldea y a penas pudimos resistir. Un viejo sacerdote de Onar y yo pudimos huir a la montaña, aprovechando la confusión de la lucha.
Muertos de frío, aterrados, vagamos por la noche. Una tempestad se desató sobre nosotros, el cielo rugió y sus hijos, el viento y la nieve, nos azotaron hasta casi acabar con nuestras fuerzas. Onar, que es misericordioso, nos condujo hasta una cabaña abandonada. Una mísera construcción de troncos donde pudimos encender fuego y calentar nuestras ropas mojadas. Allí encontramos algo de comida y, por primera vez, nos sentimos a salvo. Afuera, el temporal arreciaba.
—Si conseguimos volver, tú que eres joven, deberías hacer los votos para entrar al servicio de nuestro dios. Hoy nos ha salvado.
Apenas escuchaba a aquel pobre hombre, porque cerca del fuego mi cuerpo se amodorraba. Enseguida caí en un profundo sueño.
Pasada la medianoche, un golpe de viento abrió la puerta, el viento entró como una furia y la nieve arremolinada apagó la chimenea.
—¡Menudo frío!
Entonces la vi, erguida, la ventisca aullando a su alrededor.
—¿Quién eres? ¿Por qué has entrado?
Una mujer de tez blanquísima, vestida con sedas vaporosas, bella. Sus largos cabellos negros seguían bailando, a pesar de que había cerrado la puerta, la mirada glacial. Sentí un escalofrío profundo, sus ojos negros me traspasaban.
Ignoró por completo mi presencia. Quedé medio incorporado, como una estatua, incapaz de moverme o abrir la boca. Como si flotara, se dirigió al viejo sacerdote que no había despertado. Se inclinó sobre él y sus labios emanaron una nube de hielo que lentamente lo petrificó.
—¡Onar! —grité— ¡Onar!
Intenté huir, pero ella, en un abrir y cerrar de ojos, se plantó en la salida. La Mujer de Nieve se aproximó, diciéndome, mientras me miraba con dureza.
—Lleno de vida. Además eres un hombre hermoso —murmuró—. Te permitiré continuar en este mundo, pero si cuentas alguna vez a alguien lo que has visto esta noche, te buscaré estés donde estés, y te mataré.
Di un paso atrás, recordé mi espada, me giré para ver dónde la guardaba. Al volverme, la mujer había desparecido. Mi conmoción era tan honda, que debí perder la consciencia, pues al día siguiente me levanté tiritando, tumbado cerca de la puerta.

Aquella mañana, conseguí reunir suficientes fuerzas para volver atrás. Antes, sin poder contener las lágrimas, enterré al sacerdote que, al haber fallecido, de algún modo me había salvado. Durante tres días deambulé hacia el sur, hasta hallar la primera aldea de los hombres grises. Allí conté cómo los vesclanos nos habían masacrado, pero mucho me guardé de decir nada de La Mujer de Nieve. Pasaron las estaciones. Era uno más en esa aldea de agricultores y guerreros. La Asamblea de las Colonias parecía haber renunciado a su expansión y mis noches se sucedían sin que existiera algo profundo que llenara mi espíritu.

Durante una primavera especialmente lluviosa, aguardaba en mi minúscula casa a que escampara, para poder ir a recoger leña al bosque. En la casa de enfrente, observé a una muchacha que se resguardaba de la lluvia, aunque ya debía estar calada hasta los huesos. La invité a entrar.
Ella dijo que se llamaba Yokai, explicó que era extranjera y que quería llegar a Nueva Vamurta para buscar trabajo como hilandera. Le pregunté a qué tribu pertenecía, pues no había visto a nadie como ella entre las distintas razas de aquellas tierras.
—Déjame dormir en tu casa esta noche. Te lo ruego, con esta lluvia, no llegaré muy lejos.
Al principio dudé mucho, pues ni disponía de comida ni de otra cama. ¡Cómo alojar a una mujer tan bonita en mi barraca! Le ofrecí un tazón de hidromiel cerca del fuego, mientras meditaba qué hacer.
—No me importa dejar de comer, ni dormir en el suelo, pero déjame quedar, al menos esta noche.
Aquella súplica dicha por esa voz de ruiseñor me enamoró. De eso, también me di cuenta más tarde. Se quedó conmigo y, al poco, nos casamos con la bendición de las sacerdotisas de Sira.

Durante esos años fui el hombre más feliz del mundo. Solo quería volver a casa pronto para estar junto a ella. Nada me faltaba, ni tan siquiera pensaba en el futuro. Teníamos siete preciosos niños, sanos, fuertes y vivarachos. Me sentía afortunado. Mi única inquietud era ella, pues en los días de sol y calor, jamás abandonaba nuestra habitación, mientras que cuando caía la noche, salía a pasear con los niños. El verano la volvía apática y apenas podía hacer nada. Con la llegada de los primeros fríos, su rostro extrañamente blanco parecía resplandecer, y las fuerzas volvían a ella. Era entonces cuando se mostraba alegre y enérgica.
En una de esas noches de invierno le dije:
—Amor, pareces tan joven como el día en que te conocí. El tiempo te respeta absolutamente.
—Eso lo dices tú, que me sigues queriendo —respondió ella, con una sonrisa en sus labios de piñón.
—Te voy a decir algo que acabo de recordar y que jamás he contado a nadie. Verdaderamente, te pareces a una mujer que vi una vez, siendo yo muy joven. O eso creo, pues casi diría que vi una aparición.
—¡Oh! ¿Y quién era? —contestó ella sin dejar de mirar las llamas de nuestro hogar.
—Alguna vez te he contado aquella desastrosa expedición, años atrás. Pero no te lo he contado todo. Al huir de la aldea, se desató el peor temporal que he visto. Fue en esa noche cuando la vi. Todavía me pregunto si lo soñé o no, aunque algunos sacerdotes aseguran que nuestro paso por la tierra también es un sueño… ¿Has oído alguna vez las historias que se cuentan de la Mujer de Nieve?
—¿Por qué me cuentas todo esto? —Viendo como se transmutaba su expresión, pienso hoy que debí haber callado.
—Porque esa noche vi a la Mujer de Nieve.
—¡Me lo prometiste! Me prometiste que no lo contarías a nadie, ¡jamás!
Yokai se había levantado, y mientras lo hacía se transformaba en la Mujer de Nieve. Una furia helada invadía nuestro comedor. A medida que se movía, su sencillo vestido de lana color tierra se transformaba en un suntuoso abrigo blanco, su hermoso pelo negro diríase que flotaba.
—Pero, ¿qué quieres decir, amor? ¿Qué haces? ¿Por qué abres la puerta?—pregunté, angustiado—. Yokai, ¡no! ¿Eres tú…?
La Mujer de Nieve me miró. En sus ojos se podía leer un profundo dolor, una terrible incertidumbre. Debía de tomar una decisión en aquel momento, pues había roto la promesa y yo recordaba el castigo. Frente a mí, poco quedaba de ella, de mi esposa y madre de siete hijos. Un ser de otro mundo daba un paso atrás, todavía indeciso.
—Me has descubierto, dejo de ser humana. No puedo matar al único hombre que todavía quiero —Abrió la puerta. Ráfagas de viento invadieron la casa, la nieve revoloteaba, libre—. ¡Mi vida contigo!... ¡Era feliz! Cuida de los pequeños, pues si no lo haces, vendré a por ti. ¡Lástima, era feliz!
Mi mujer era una figura blanca, pétrea, cuyos ropajes se desplegaban en el aire furioso. Parecía que iba a salir, cabalgando en la tempestad, como un animal sin rumbo.
—Yokai, ¡quédate! ¡No lo sabrá nadie! ¡No te vayas!
Desesperado, me incorporé, y salí corriendo para atraparla. Puede oír un «que tengas suerte», antes de que desapareciera en la noche lúgubre en que la perdí.

Mi nombre es Matrol, Alto Magistrado del Consejo de los Veintiuno. Jamás he vuelto a amar a una mujer. Aunque he pasado los años procurando ayudar a los otros y ahora soy viejo y el fin se acerca, antes de acostarme y al despertar pienso en ella. Una melancolía pervive en mí, en lo más profundo de mi ser, que alivio en las noches de invierno, cuando salgo a pasear por los caminos. A veces creo oír un gemido en la noche, una voz que se desvanece como la nieve cuando intentas atraparla. Es cuando la llamo, y en fría oscuridad la invoco, para así dar calor a su corazón helado.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié Mar 23, 2011 18:22

Leandra, una dama de fronteraOtra de las grandes protagonistas de la novela Antigua Vamurta es Leandra. Una poderosa dama de orígenes inciertos aposentada en su palacio-fortaleza de Villalaia. Desde allí, casi es capaz de controlar el mundo. Se trata de una mujer de carácter, hecha a sí misma, golpe a golpe. ¿Conocerá la piedad, Leandra?
La figura de Leandra está inspirada vagamente en aquellas formidables viudas romanas que heredaban el patrimonio de sus maridos muertos en combate. También, en algunas figuras de aquella rebelión medieval ubicada en el Milán del 1300, protagonizada por Maifreda da Pirovano y Guillermina de Bohemia. Aunque acabaron en la hoguera, durante veinte años Maifreda administró sacramentos y enseñó y gobernó en su nombre, ¡ahí queda eso!.
Pero Leandra, Leandra es única en su especie...




«Una gran pila de leña se consumía con estrépito, acentuando el silencio y la incomodidad con la que el Conde y Sara esperaban a su anfitriona, sentados en una mesa alargada, sembrada de velas. Luces pálidas y anaranjadas, sombras sobre la piedra de los muros desnudos, que convertían la espera en un hastío interminable. Aparecieron dos criados que llenaron sus copas con un vino aromatizado. Poco después entraba la señora, sonriendo, enseñando las palmas de sus dos manos delgadas, en señal de bienvenida. Se acercó al Conde para besarle las manos, moviendo su cuerpo ágil y esbelto, cubierto por una túnica que oscilaba sobre su carne como una hoja temblorosa. Sara se sorprendió de que alguien de las Colonias de dirigiera a Serlan utilizando los viejos ceremoniales de Vamurta. Serlan reaccionó alzándose y ofreciendo la silla de honor a su anfitriona.
—Señora, os lo ruego, por favor.
—Gracias, noble señor. Mi nombre es Leandra y como ya debéis saber, soy la señora de esta casa bendecida por Onar. Vos debéis ser Serlan ¿y tú debes ser Sara, verdad?
—Así es, señora —contestó la muchacha con voz quebradiza, intimidada por la fastuosa presencia de Leandra, que como un perfume intenso, llenaba todo el espacio. Los cabellos negros ensortijados, eran recogidos por una diadema de plata en la que brillaba una línea de esmeraldas. En los brazos finos y atléticos, se reflejaba el fulgor de dos grandes brazaletes de oro, seguramente extraído del Alto Crayón. El rostro, anguloso, aunque marcado por el tiempo, mostraba una extraordinaria belleza otoñal. Sus enormes ojos grises estaban puestos sobre un halagado Serlan, impresionado y agradecido por ser tratado como correspondía a su estamento, por alguien que también ostentaba una alta posición.
Leandra volvió a sonreír. Como sabría Sara con el tiempo, sonreír no significaba nada más que una forma de estar para aquella mujer opulenta, y bien podría ordenar el descuartizamiento de alguien con una de sus sonrisas amplias y cálidas.
—Es esta una noche muy especial para Villalaia, casi nunca nos visitan unos huéspedes tan distinguidos. Para honraros, he hecho cocinar las mejores viandas y se han abierto vinos valiosos. ¡Ah! Y las voces de dos doncellas nos acompañarán durante la velada.
Efectivamente, la cena estaba a la altura de los mejores banquetes de la corte de Vamurta. Sara observaba cómo la señora y el Conde se trataban con una sorprendente naturalidad y pronto comprendió que se entendían con fluidez, en parte debido a que Leandra sabía intuir los sentimientos de Serlan y sutilmente conseguía que éste se sintiera otra vez importante, como alguien que los dioses han señalado entre los hombres. Hablaron de muchos asuntos durante el ágape, mientras brindaban por cualquier razón y se deleitaban con la variedad de los platos que les iban sirviendo.»

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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Lun Jun 13, 2011 9:33

Una portada para un libro de género fantástico que nada entre muchos mares; el épico, el histórico, el fantástico, hasta cabría el terror en alguno de sus pasajes. El diseño es obra de David Prieto. Escritor de Salamanca, autor de la saga “Urnas de Jade”. Un tipo que, me parece, es incapaz de estarse quieto en la silla.
La portada es de carácter simbólico, más emocional que descriptiva. Entre otras razones, se pensó en seguir este camino porque no sabíamos qué destacar por encima de todo.
Creo que el diseño de la portada cumple su función: ser una señal que a la vez genera una pregunta, ¿qué hay detrás de ese sol que emerge, de esa ciudad sobrevolada por golondrinas?
En muy poco tiempo, las respuestas estarán al alcance de un par de clicks. El ebook de la editorial AJEC ya está en fase de pruebas.

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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié Jun 15, 2011 9:57

Hola, he econtrado una manera de que se vea más grande....

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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Jue Jun 16, 2011 14:43

Cuando te piden que hagas una sinopsis para un libro que tú mismo has escrito, te preguntas, «¿y ahora qué dijo?», y sobre todo, «qué no dijo». Escribí una, dos, tres. Hasta que Susana Eevee, novelista y correctora, a quien he pedido consejo en diversas ocasiones, me dijo algo así como «Igor, la siopsis sirve para explicarse». Por suerte, siempre hay gente que sabe más, que desenredan madejas hasta dejar sobre la mesa un hilo claro, evidente. Así que con la ayuda de la autora de Dos Coronas, escribí una sinopsis.

Sinopsis

El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.

Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.

Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.

La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.


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Se hace extraño publicar. Está claro que es una gran suerte. Aunque a veces recuerdo a Punset que decía que la felicidad se encuentra en la antesala. Quién sabe, hasta Punset puede equivocarse.
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Ebook de Vamurta a la venta.

Mensajepor Igor » Vie Jun 17, 2011 10:49

O cómo comprar el libro.
Ya está a la venta el ebook de Antigua Vamurta en Ficcion Books, el nuevo portal de libros electrónicos de grupo AJEC. Para acceder, hay que pinchar en el siguiente enlace:

http://www.ficcionbooks.com/index.php?main_page=product_info&cPath=13_40&products_id=112

El libro sale a un precio plausible, por el momento. Ya veremos qué sucede en el futuro con esos 3,95 euros (también en dólares y libras).
La presentación del libro es absolutamente espartana. Sólo texto, sin imágenes, sin arabescos. Con un cuerpo de letra grande para facilitar su lectura en pantalla. Esto se ha hecho así para que el archivo pese lo menos posible.
Y hablando de archivos, al bajártelo te lo dan en dos opciones: pdf, que lo tenemos todos, y en ePub, cuyo programa es gratuito en Internet.

Antigua Vamurta se encuadra en la colección “Excálibur Fantástica” de la editorial, la mejor fantasía épica en castellano.
Y ahora que está a la venta, empiezan mis miedos. Ya diréis los que optéis por compraros el libro. Si estoy en disposición de pedir algo, pediría opiniones sinceras. Estoy seguro de que habrá cosas que os gustarán y otras no.
Diciendo lo que pensáis me haríais un gran favor, mejorar.

Gracias a todos,
Igor.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Sab Jun 18, 2011 17:56

Igor escribió:Cuando te piden que hagas una sinopsis para un libro que tú mismo has escrito, te preguntas, «¿y ahora qué digo?», y sobre todo, «qué no digo». Escribí una, dos, tres. Hasta que Susana Eevee, novelista y correctora, a quien he pedido consejo en diversas ocasiones, me dijo algo así como «Igor, la siopsis sirve para explicarse». Por suerte, siempre hay gente que sabe más, que desenredan madejas hasta dejar sobre la mesa un hilo claro, evidente. Así que con la ayuda de la autora de Dos Coronas, escribí una sinopsis.

Sinopsis

El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.

Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.

Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.

La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.


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Se hace extraño publicar. Está claro que es una gran suerte. Aunque a veces recuerdo a Punset que decía que la felicidad se encuentra en la antesala. Quién sabe, hasta Punset puede equivocarse.
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