LA ANTIGUA VAMURTA

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Igor
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LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Jue Jun 04, 2009 10:31

PRIMERA PARTE
UN MUNDO ENCERRADO

Capítulo Primero
"LAS PUERTAS DE LA CIUDAD"


Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido en poco tiempo por todo su cuerpo cansado hasta mandar sobre su voluntad. Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los rayos de sol que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no estaba solo, que algunos estaban cerca. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”.
Casi no recordaba nada de esos últimos días, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas a su alrededor. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.

La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a un dormir nervioso.
El incienso que quemaba en la estancia aligeraba el peso de sus propios olores, el hedor de un enfermo mezclado con las secreciones de su herida. Volvió a un estado de semiinconsciencia, sumergido en un baño de emociones. En el aquel rincón de reposo, el mundo era un lugar sin tiempo.

Debía ser muy pronto. Cerró y abrió sus puños, se palpó la cara con prudencia, como si concibiera la posibilidad de descubrir a otro. Haber perdido el paso de los días y de las noches le producía una vaga sensación de vértigo. La fiebre había remitido. Ahora era capaz de observar su entorno y volver a situarse.
El techo de la cámara era un gran lienzo, escenas de combates de los padres de su pueblo. Se habían aplicado pocos colores. Dominaba una textura color tierra punteada de azules y tonos más oscuros. En el centro de la escena, un grupo de hombres grises traspasaban con largas lanzas los esbeltos cuerpos de los murrianos, agrupados en un extremo del mural, dibujados con una idéntica expresión de terror, alineados como si se tratara de un rebaño que espera su sacrificio. Algunos intentaban escapar y eran dibujados huyendo a la carrera hacia el otro extremo del mural, allí donde se vislumbraba el horizonte, donde se distinguían las grandes montañas del oeste. A la derecha, era representada Vamurta, con su gran anillo amurallado, de donde salían filas y más filas de soldados, los cascos azulados, bajo los estandartes negros y blancos del condado. Su mirada abandonó los movimientos del fresco, desplazándose hasta la pared que tenía justo enfrente. Encontró una amplia estantería de duro roble que llegaba hasta el techo. Allí se guardaban gruesos lomos de cuero viejo. Libros de doctrina religiosa, de ciencia y arte, las Leyes Dantorum, tomos de caza y algún tratado naval. Era su habitación. Veía el armario de armas abierto a la derecha de la balconada, por donde, tamizada por delgadas cortinas blancas, se filtraba la luz fría y limpia del amanecer.

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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Vie Jun 05, 2009 16:18

El dolor volvía a despertarse, a quemarlo. La pierna. Un dolor negro y silencioso que conseguía romperlo. ¿Qué había pasado? Se retorcía sobre las sábanas, cerraba sus puños con fuerza. Dejó escapar un alarido. ¿Cuándo, por qué todo se despedazaba? Sus seguridades, sus recuerdos tiemblan. ¿Qué hacía allí, en su cama, herido? Nadie los había visto llegar. Cerró los párpados, se acarició su barba negra, de pelo liso, aún, después su rostro de piel gris cuarteada por los años. Estiró su pie izquierdo hasta notar cómo los huesos crujían. Los hechos se habían sucedido con gran violencia, uno tras otro sin que nadie los pudiera frenar. Los hombres grises no estaban preparados, nadie conocía, nadie había previsto los preparativos del pueblo murriano. Le pareció recordar cómo se había despertado en algún punto cerca de la capital, tras la batalla. Estaba allí, aturdido. Se había medio incorporado sin entender qué es lo que tenía enfrente, dónde se encontraba. Sombras, manchas de luz mortecina. El cielo, una gran franja azulosa apagándose, se extendía por encima de la línea del montículo que se elevaba frente a sus ojos. El silencio del crepúsculo, el momento en que los latidos del día se retiran.
Desde su cama recordó cómo en aquel momento un intenso mareo lo mantuvo de rodillas, sin fuerzas, atormentado por una terrible sed. No sentía la lengua ni los labios. Sabía que necesitaba agua para abrir esa masa de arena que era su boca. Le llegó un rugir lejano, lamentos diluidos por la distancia. Volver a caer. No podía incorporase. Muy confundido aún, sus manos aterrizaron sobre algo frío y viscoso. Apoyado sobre un solo brazo se miró la palma de su mano. Roja, aquello que se adhería a su piel gris era sangre. El espanto. El miedo le devolvió los sentidos. Se encontraba rodeado de cuerpos sin vida, se había incorporado de entre los muertos. Veía bultos, hombres y mujeres cubiertos de un barro seco, manchados, algunos agarrados al asta de las lanzas, ahí una mano ligada al pomo de una espada. Una gran extensión sembrada por los restos de la batalla, un campo reventado, como un naufragio. Cuerpos amontonados siguiendo las ondulaciones del terreno, acariciados por la luz azul y morada de la noche. Volúmenes inmóviles de los que sobresalían cabezas, banderas arañadas y brazos. Sobre el manto de los muertos, trazaban amplios círculos los buitres hasta aterrizar con gran parsimonia para desgarrar y tomar su tajada. Oía a su alrededor su aleteo incesante, los grandes pájaros levantando el vuelo, allí había uno dando pequeños brincos entre los muertos. Intentó entender.
Solo, al pie de una loma de piedras, abrasado por la sed, sucumbió al impulso de remover los cuerpos, frenético, sin percibir el gran hedor que como una niebla flotaba a ras de suelo. Levantaba piernas, giraba barrigas, levantaba corazas, hasta que encontró una piel de agua. No había mucho, dos tragos cortos. Exhaló aire. Inmediatamente después de beber su olfato percibió todos los matices de la podredumbre. Notó un golpe en el estómago, hasta tres veces sintió la subida del vómito... Consiguió dar dos pasos. Había que subir hasta esa loma. Había que salir...


****** ******************************************

Eran tres doctores. Enseguida reconoció al joven Ermengol, amigo y médico de Palacio. Explicaba a los otros dos colegas el estado del paciente levantando los pulgares de sus manos entrelazadas.
- Debilitado, sí. La punta de lanza le ha arrancado musculatura, no mucha, pero no ha roto ningún hueso ni las vías de sangre - decía, mientras se paseaba arriba y abajo, haciendo oscilar la túnica verde oscuro de doctor de la corte. - La herida ha sido desinfectada con raíces de osspirrus, lavada y cicatrizada con hierro candente. Hay que esperar. Ver si la carne se pudre o no. El golpe en la cabeza no es nada. Este hombre ha sufrido un cuadro de fiebre alta, de agotamiento físico total... Saben los dioses dónde habrá estado estos últimos días...
El diagnóstico había sido más benigno de lo que podría parecer por su aspecto. Los tres médicos guardaron silencio mientras observaban a su enfermo que se revolvía entre las sábanas, inquieto, sudando y abriendo mucho los ojos. Los miró un momento con la mirada del ido. Se incorporó con violencia.
- ¡La ciudad arderá! - les gritó-. ¡Arderá con todos dentro!
- ¡Ya habla! - exclamó, sorprendido, uno de los doctores.
- No habéis de hablar ni moveros, señor - sentenció Ermengol mientras empujaba suavemente al enfermo contra la cama.
- La ciudad está perdida. ¡Escapad! - vociferó con desgarro.
- ¡Rápido! Hierbas de Alou - ordenó Ermengol.
Los vapores de las hierbas lo devolvieron a un sueño profundo.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Sab Jun 20, 2009 8:21

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De aquel sueño nació una nube borrosa de donde surgía su ciudad. Cuando la ciudad ya se había alzado sobre un mar de nubes grises, empezó a temblar, a resquebrajarse hasta que, de repente, se hundió en muy poco tiempo, como si algo la hubiera aspirado abajo, abajo, mientras él presenciaba el hundimiento, impotente, desde una torre lejana donde se sentía encadenado por un encantamiento que inmovilizaba sus piernas, sus manos, su corazón. Después caía un gran torrente de agua y de entre esas aguas emergía su madre. Parecía muy joven y le hablaba. No podía comprender sus palabras, sólo recordaba que le hablaba. Su madre continuaba hablando y hablando y sus labios mojados describían una sonrisa permanente. Lo tomó por la mano y lo condujo a algún sitio. Era el Palacio de Verano y ya no llovía. Miraban las grandes encinas, de hoja lenta, desde el balcón alto. Su madre le miró sonriente y golpeó su pierna con furia. Dejó escapar un grito de dolor y despertó. Apretó las mandíbulas, sus dientes mordieron el aire. En la habitación reinaba la noche. Dos velas quemaban en la mesa, a su lado un viejo sacerdote dormitaba sobre una silla con las manos entrelazadas sobre su estómago. La herida era aún punzante pero su cuerpo cansado parecía haber recobrado un cierto vigor. Pero, ¿cuánto tiempo llevaba durmiendo? ¿El sol estaba a punto de asomar por su balcón o era media noche? El dolor en la pierna ya no mandaba, era intenso pero podía pensar. Pensar.

Se hallaba tumbado en la cima de aquella loma. Había llegado hasta arriba y desde allí había divisado el amplio valle que se extendía alrededor de las viejas murallas de la capital. Vamurta. Más allá, sobre las finas líneas de las playas, siguiendo la hendidura del golfo de Vamurta sobre el mar, se destacaban multitud de puntos blancos sobre el azul cobrizo de las aguas. La flota del condado, la última vía de escape.
El mar era aún territorio del hombre gris pero no había dudas sobre el descalabro. Decenas de centurias de murrianos formaban alrededor de la capital. Detrás de la infantería enemiga, grandes rinocerontes de tiro, resoplando con fuerza, cargaban sobre sus lomos las largas serpientes de fuego que habían derruido los muros de las ciudades del oeste. A la derecha del ejército murriano, y siguiendo el camino de poniente, veía avanzar ocho torres de asedio, que eran arrastradas por el esfuerzo de grandes bueyes que, a cada tirón, hacían tambalear los altos castillos de madera. El cerco estaba casi completado. No podía apartar los ojos de aquel espectáculo ejecutado con absoluta precisión. El enemigo era un enorme hormiguero desplazándose en perfecto movimiento, deslumbrante, el metal de las armaduras arrancando destellos a las últimas luces del día, un hormiguero que cruzaba los grandes rectángulos de los campos de trigo, derruyendo una a una las grandes masías de los barones erigidas sin orden por el amplio valle verde y dorado de los hombres grises, rasgando los colores de su condado con las lenguas fulgentes de sus armas. Banderas ocres, el rojo de los incendios provocados en su avance y el negro de las muchas columnas de humo que se levantaban para diluirse en el vasto cielo encarnado de la tarde.
Lejos, al pie de las puertas de la ciudad, podía distinguir algunas formaciones dispersas de los hombres, aguardando, esperando a que la masa que se acercaba se desencadenara sobre ellos. Casi parecían niños. Sobre los muros y sobre la Torre de Oriente se amontonaba la guarnición de la ciudad, expectante. Cuando aún se sentía incapaz de apartar los ojos de aquel despliegue de fuerzas, se rompió el monótono avance del enemigo. Torció la boca seca, esbozando una sonrisa de esperanza. Un pequeño grupo de guerreros grises, quizás unos doscientos, corrían hacia su ciudad trazando una diagonal por entre dos grandes grupos de murrianos. Avanzaban a media carrera soportando el peso de sus armaduras pectorales y sus escudos de rodela. Era un cuadro erizado de lanzas, una mancha plateada vista desde lejos, que rompía los tonos ocres oscuros de los estrechos bancales que formaba el enemigo. Las tropas que defendían Vamurta reaccionaron intentando una salida, pero las dos falanges grises tuvieron que retroceder ante la intensidad de la lluvia de proyectiles con que los murrianos respondieron.
Aquellos desesperados seguían corriendo. Podía intuir el esfuerzo, el estirón del armamento a cada paso, el sudor, el cansancio... A unas señales de bandera, dos brigadas de arcabuceros murrianos giraron ordenadamente hacia la derecha, encarándose a los que corrían. A su vez, dos grandes grupos que no supo distinguir, iniciaron un rápido movimiento para cortar el paso a aquellos hombres. Los murrianos, propulsados por aquellas desproporcionadas piernas, recortaban las distancias con una facilidad pasmosa. También vio grupos de piqueros enemigos moviéndose hacia las murallas de Vamurta para formar una segunda línea de contención.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Sab Jul 04, 2009 9:54

"Corred, corred", murmuró, aunque ya era evidente que los hombres grises nunca llegarían a su ciudad. A contraluz, observó como cada uno de los grupos levantaba grandes nubes de polvo que se movían sobre los campos y entre los frutales. Ya no distinguía nada. Poco después aquellas grandes estelas de polvo coincidieron y se entremezclaron. Se escucharon las detonaciones de los arcabuces, a intervalos regulares y, amortiguado por la distancia, el entrechocar de las armas. Pronto, los ruidos cesaron y el polvo volvió lentamente a la tierra. Lleno de impotencia, impaciente, empezaba a vislumbrar los resultados del choque. Observó que los bultos que se amontonaba eran los cuerpos tendidos de sus hombres. Se maldijo, tiró de su barba hasta hacerse daño. Quiso gritar. Todo aquello era evitable. ¡Todo! Tantos muertos… La ciudad cercada, la vana esperanza de una ayuda que no iba a llegar...

Aquella escaramuza despertó en él grandes dudas. Cansado, abotargado, veía como un suicidio atravesar los anillos del asedio. Los tres tradios que lo separaban de los muros eran recorridos constantemente por fuertes patrullas enemigas. A campo abierto era del todo imposible no ser cazado. Se mordisqueó los labios. Sabía que los murrianos eran capaces de recorrer las extensas llanuras de Ibam y podían sobrepasar con facilidad a cualquier hombre. Era necesario esperar la llegada de las sombras. Quizá sería más fácil para un solo hombre. Cruzar las líneas murrianas en silencio...
Hacía falta esperar. Retrocedió, bajando hasta media loma, arrastrándose sobre las piedras. Consiguió parapetarse entre unos matorrales. Quedó panza arriba. Cerró los ojos, dejando que la brisa del crepúsculo le secara el sudor.

El Consejo de los Once había subestimado aquella nueva guerra. Se había considerado todo aquello como otra fase en la larga lucha entre hombres grises y murrianos. Nadie creyó que habría tres grandes batallas perdidas y aún menos que se pudiera llegar al sitio de Vamurta. Nadie había previsto tal reorganización de los ejércitos murrianos. No habían llegado noticias de sus nuevas armas de fuego, capaces de romper madera, hierro y carne. “Nos abaten como a conejos”, pensó. Él, orgulloso de su mundo, de su linaje. Era el fin de su civilización, tan segura de su paso sobre la tierra. Y sí, habían estado sesteando, pendientes de los asuntos de las colonias, la vista puesta también en los territorios que se extendían al sur, siguiendo la costa del Mar de los Anónimos, una tierra habitada por clanes. Qué había más allá, se había preguntado muchas veces. Otro mundo aguardaba...

Esas bestias habían llegado desde el oeste profundo, huyendo de algo. Su padre ya había combatido a los murrianos hacía más de treinta años. En aquella época nada podía frenar las cargas de las falanges. Aquellos guerreros grises acorazados de la cabeza a los pies. Sus mejores hombres, su infantería pesada. El Batallón Sagrado, la Falange Roja... Eran los tiempos de la superioridad, cuando su padre capitaneaba las huestes y su madre el Palacio. Recordaba a su madre, las duras exigencias de su madre, maestra de la corte, valedora de mercaderes y grandes artesanos y a la vez, si los vientos giraban y sus protegidos caían en desgracia, una daga en las entrañas. Su juventud lejos de las mujeres. ¿Quién se atrevería a acercarse al hijo de la condesa? Aquel desastre. Era evidente que los informadores al servicio de Vamurta se habían limitado a cobrar para dar parte de sandeces... O incluso habían sido corrompidos. Malditos todos. Maldito cada uno.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Jue Jul 16, 2009 15:09

Caía la noche sobre el valle. Ya no se oía el aletear de los buitres. Pronto aparecerían las alimañas para cobrar su recompensa. Nada podía hacerse por los muertos. Todo había sucedido tan rápido. Recordaba las últimas batallas como una sola. Las tropas grises formadas en líneas, los intentos de carga, los rápidos repliegues del enemigo a la vez que se somete a las falanges a una lluvia de fuego, dardos y lanzas desde los flancos hasta convertirlas en masas esponjosas sobre las que caen los jinetes de Alak, lanzados desde atrás, montados en sus temibles ciervos de combate. Aquellos odiosos murrianos de montaña, sus largas lanzas como agujas. Luego llegaba el resto, aguijoneándolos, rompiéndolos...

La garganta volvía a quemarle. Era incapaz de tragar un poco de saliva. No podía concentrarse en nada, la sequedad lo absorbía todo. Decidió arrastrarse hasta la llanura en la que había sido herido. Rebuscó entre los cadáveres, ya con signos de rigidez, tembloroso, hasta que encontró otra piel. La sacudió y escuchó el sonido del líquido. Abrió la bolsa con mucho cuidado, bebió poco a poco, gota a gota, sentado en medio de ese campo de muerte. Pudo mover la lengua, la arrastró por el paladar, después entre los dientes. Se sintió un poco vivo, vivo. Debió de perder el conocimiento, quizá por un golpe en la cabeza. El casco, seguramente, le salvó la vida. No conseguía recordar, había negro en la memoria. Miró a su alrededor. Cerró los ojos respirando muy profundamente. Cuatro lágrimas colgaban de sus párpados. No quiso frenarlas como era el deber de un hombre, de un noble. Se hacía tarde. Agarró una lanza corta del suelo. Haciéndola servir de bastón se desplazó hasta otro pequeño promontorio que se erguía más al este. Las últimas luces desaparecían por las altas montañas de la boca del valle, la brisa fresca fregaba su barba y su rostro encostrado de barro, sudor y sangre seca. Una vez arriba se ocultó de los ojos del mundo tras los gruesos troncos de unos algarrobos.

La noche, como una gran bóveda destellante, era rasgada por el fuego murriano. Las gigantescas bombardas escupían su carga sobre los viejos muros de Vamurta causando enormes estragos. Descargadas de los rinocerontes, habían sido montadas sobre gruesas bases de maderas. Atadas con cuerdas del ancho de un olmo joven, el retroceso de las armas era así frenado, aunque la cadencia de fuego era baja. Contó, por los fogonazos, hasta diecisiete serpientes de bronce que abrían brecha en los muros y en los corazones de los hombres grises. El retronar, las largas lenguas de fuego de esas armas, causaban tanto daño como sus proyectiles. Las puertas de la Torre de Oriente, a pesar de su aplacado de hierro, ya ardían.

Desde su improvisada atalaya seguía una vez y otra los trazados y las frecuencias de las patrullas de murrianos que controlaban los accesos a su ciudad. Entendió que la única alternativa para alcanzar los muros de Vamurta era infiltrarse hasta llegar al paraje del Molino Toscado, arrastrarse entre las altas espigas de cebada, dejar pasar una de las patrullas y cuando ésta desapareciera lanzarse a la carrera hasta el pie de los muros. Era un plan sencillo. Todo dependía de la rapidez y del sigilo. Se deshizo de la coraza pectoral, de las anchas grebas, dejó caer el pesado cinturón de cuero, se despojó de la cota de malla. Cubierto con un jubón sencillo y medias negras, descendió del montículo. A medida que avanzaba hacia las posiciones de los enemigos, una incómoda sensación de pánico lo atenazaba más y más. Cualquier ruido lo asustaba, el leve aletear de las aves entre las zarzas lo asustaba, se agachaba por nada, mirando a los lados. Bien sabía que si era capturado su fin era seguro. Ya no pensaba en la suerte de los suyos. Sólo pensaba en salvarse. Esclavo, sería un esclavo para el resto de sus días.
Llegó hasta los olivos que precedían a las primeras espigas de los campos. El rugir de las bombardas le proporcionaba la suficiente cobertura para avanzar más rápido en la oscuridad. Corrió hasta el olivo más cercano, se paró jadeante. Estaba demasiado asustado, tenía que dominarse. Respiraba muy deprisa. Corrió hasta esconderse tras otro árbol. Un poco más adelante empezaba el sembrado de cereales, abandonado precipitadamente, sin segar aún, donde podría moverse sin ser visto. Era mejor no pensar, recorrer aquella distancia, jugársela, y una vez allí, descansar. Así lo hizo, a paso rápido, corriendo a intervalos, sin vigilar, concentrando su mirada en las manchas puntiagudas de las espigas que se mecían con suavidad, levantando un leve rumor que se apagaba cuando la brisa dejaba de soplar. El último tramo lo cubrió en una carrera descompuesta, los brazos torcidos pegados a su cuerpo. Se dejó caer en el campo como un muñeco, se adentró un poco entre la cebada y cerró los ojos. Únicamente le faltaba cubrir la distancia hasta los muros. Oyó retumbar el suelo, eran pasos, muchos. Una columna de murrianos se acercaba como un torbellino.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Jue Jul 30, 2009 15:42

A ras de suelo los vio pasar y alejarse. Las antorchas de los enemigos brillaban sobre las láminas de sus delgadas armaduras, sobre sus rostros, haciéndolos más feroces. No gruñían, no hablaban. Era el repicar de sus pisadas y el tintineo de sus armas lo que le hacía apretarse contra el suelo. Entre las espigas entrevió sus enormes muslos, sus piernas esculpidas en acero. Lo que sería la tibia de los hombres era una extremidad muy estrecha, que descendía hasta una especie de pie negro y duro, parecido a una pezuña hendida. Sobre esa potencia descansaban unos tórax estrechos y largos, cubiertos con pectorales de cuero y metal, de los que salían unos brazos largos y nudosos, de pelo escaso.

Cuando la columna se alejaba pudo escuchar las voces de largas sílabas que emitían los murrianos. Sólo comunicaban alguna orden, aún y así se estremeció. Ya estaba tan cerca... Podría dormir y comer. Los ruidos se alejaron. Giró el cuerpo, quedando panza arriba. Respiró todo el aire de la noche de una sola bocanada. Ahora contemplaba el infinito vidrio oscuro del cielo, las estrellas aparecían y se escondían tras las grandes y alargadas nubes, que como poderosas galeras cruzaban el firmamento absorbiendo la luz de una luna titubeante. “Este es un buen lugar donde vivir”, se dijo, “es mi corazón, mi tierra”. Aquella idea lo reconfortó, otorgándole suficiente fuerza para incorporarse de nuevo. Atravesó a gatas, con apenas luz, unos huertos arrasados, cerrados por paredes discontinuas hechas con pequeñas piedras, hasta llegar a un espacio donde crecían aquí y allí matorrales bajos y dispersos. Más allá se percibía la masa negra de la muralla de poniente, de la altura de doce hombres, hecha de enormes piedras grises encajadas por el arte de los antiguos picapedreros de Vamurta. Se distinguían las pequeñas siluetas de los hombres de guardia recortadas contra un cielo casi negro, repartidos regularmente entre las almenas. Eran pocos porque la mayoría debían encontrarse detrás de las ruinas de la Torre de Oriente, listos para hacer sangrante la toma de la ciudad.

En ese estado, entre el agotamiento y el retorno a una lucidez intermitente, el Heredero de Vamurta veía pasar ante sí imágenes y recuerdos cada vez más ordenados. Se preguntó por qué, tras tantos años de guerras, casi no sabían nada de aquella raza. Sabía que en las colonias, especialmente desde su independencia, hombres de todas las clases y murrianos compartían el territorio y, cada vez con mayor frecuencia, compartían negocios, creaban líneas de comercio en ciudades y aldeas en las que las mezclas dejaban de ser un hecho aislado. En la inmensidad de su condado, sólo sabían de ellos por los prisioneros. No vivía en Vamurta un solo murriano y en las alejadas marcas los contactos entre ambas civilizaciones eran escasos, casi siempre zanjados por el entrechocar de las armas.

Siempre le había llamado poderosamente la atención las testas de sus enemigos, esas pequeñas astas sobresaliendo entre una larga cabellera de pelo adusto y de colores pajizos, el rostro, encerrado por líneas romboidales, sus ojos rasgados, normalmente de un color amarillento, a veces de un color madera sucio, y sus pequeñas narices, orificios encastados entre sus largos bigotes, delgados y tensados como el cordaje de un laúd. De barbilla estrecha y boca carnosa, aquellas bestias eran animales esbeltos y no muy altos, de corpulencia equivalente a un chico de diecisiete o dieciocho años. A pesar de esa grácil apariencia, los murrianos estaban dotados de una enorme resistencia, siendo capaces de presentar combate tras recorrer distancias considerables, distancias que las piernas del hombre gris sólo soportarían con intervalos de descanso. La pesadilla, la obsesión del Heredero era la velocidad de sus enemigos, superior a cualquiera de los hombres más jóvenes y rápidos del condado. En combate, excepto los oficiales, los murrianos se protegían con pequeños escudos de madera forrados por una capa de medio dedo de metal, sobre la que dibujaban los emblemas de sus unidades. Sus cascos, en forma de gota y con dos pequeñas aberturas, acaban en un guardanucas de tela acolchada y recubierta de una fina coracina de hierro. Los murrianos tenían la virtud de la disciplina, la idea de ser una aldea organizada, donde cada paso, cada nueva idea era del grupo, no del individuo. Quizás era aquella su mayor virtud y ello se reflejaba en su organización militar. Protegidos con uniformes de cuero que les llegaban hasta media pierna, y pectorales de lámina de acero, se ataban al cuello pañuelos de colores que ayudaban a identificar y mover las diferentes centurias en el caos de la batalla. Casi nunca escapaban ni se rendían, y era tarea improbable capturar esos animales con vida.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mié Ago 05, 2009 7:58

Ya se encontraba cerca de los muros que encerraban su ciudad, aplastado contra un frío suelo. La noche se desparramaba sobre los campos y la ciudad, transformando las formas del día en un solo plano oscuro. Creyó distinguir un sonido nuevo, amortiguado por la distancia. Escuchó con mayor atención. Cuando las bombardas callaban le pareció que le llegaba un rumor, una vibración parecida a la de una gran manada de búfalos en movimiento. No era una alucinación, a pesar de su enorme sed y cansancio. Era la gente de su ciudad. O el movimiento de un gran ejército. No, no, eran sus ciudadanos, se oían los llantos de los más pequeños, los ladridos de perros, voces de mujeres... ¿La ciudad huía hacia el mar?

Decidió cubrir el último tramo también a la carrera. Ya no podía pensar mucho más. La patrulla murriana hacía un momento que había desaparecido hacia el oeste. Sin más razones que le hubieran frenado, se lanzó al vacío del campo abierto levantando un revelador golpeteo de sandalias que repicaban contra la tierra argilosa. Veía la pared de la muralla acercarse más y más, alta, inaccesible. Corría y algo lo desconcertaba. Dejó de correr. Ahora comprendía, sobre el silencio de aquel sector se levantaban los gritos de los soldados que, desde las almenas, le coreaban. "¡Callad, callad!”. No tuvo suficientes fuerzas para gritar, le faltaba aire. Por fin palpó las piedras, frescas, agradables. Apoyó la espalda sobre la muralla, ahogado.
- ¡Subidme! ¡Tiradme una cuerda! ¡Rápido! - gritó, sorprendido por la fuerza con la que había lanzado su plegaria.
- La estamos buscando - respondieron desde arriba. Mientras, observaba a su alrededor, buscando en la noche alguna señal de movimiento-. Esperad un poco -oyó-.
La luna sacó la cabeza detrás de unas nubes agrietadas. No se oía nada, excepto la lejana letanía del bombardeo. Tuvo la sensación de que el mundo había dejado de rodar. Un instante de sosiego. Se escuchó el sibilino deslizamiento de una cuerda rozando la pared de la muralla. Agarró la cuerda con fuerza, dispuesto a escalar los muros de su propio hogar.

Empezó la escalada con prudencia, buscando las grietas y los salientes en los lindes de los grandes sillares. Cuando apenas había ascendido a la altura de dos hombres, giró la cabeza para observar a su alrededor. El corazón le dio un salto. Recortados a la luz de la luna, vio acercarse un grupo de murrianos, al menos una brigada, avanzando al trote. Él era un blanco fácil, inmóvil para los dardos del enemigo. "Morir o vivir", se dijo. No tenía sentido permanecer a la espera, quieto como un pequeño gorrión. El trote de los enemigos perdía intensidad. Entendió que habían acudido para saber que había levantando tanto alborto. No parecían tener una excesiva prisa. Siguió ascendiendo. El peso de su cuerpo por fin fue captado por los hombres de arriba. Comenzaron a izarlo como a un fardo. A cada tirón, sentía que se alejaba del peligro. Los murrianos permanecieron a la expectativa, quietos, vigilando aquel alejado tramo de muralla. Estaban ahí armados de lanzas cortas, las empuñaduras de las espadas sobresaliendo por encima de sus clavículas, los pequeños escudos adosados a sus vientres, inmóviles como espectros. Fue un golpe de mala suerte. Mientras lo subían, se desequilibró levemente y golpeó con la rodilla contra el muro. Una piedra del diámetro de un puño se desprendió, cayendo, picando contra las grandes losas de los muros, llamando la atención. Los soldados grises dejaron de estirar. Quedó en suspensión, a su suerte. Los murrianos, como animados por una señal secreta, cobraron vida de nuevo y se dirigieron hacía él. Era inútil esconderse.
- ¡Tirad! ¡Tirad, malditos! - gritó con voz rota.
La cuerda se tenso de nuevo, alzándolo, sacudiéndolo. Escuchó unos silbidos, una excitación en la noche, un rápido galopar en la oscuridad. Luego, a su alrededor, unos golpes secos en la muralla. Sudaba, su corazón se había desbocado. En la oscuridad sólo podía percibir las lanzas cuando picaban contra la piedra. Otro rebote, el cuarto le rozó el cuello. Desde las almenas empezaron a responder, se oía el zumbido de flechas cruzando la noche, haciéndola vibrar. Notó el desgarro. Un dolor agudo lo llenaba, retorciendo todos sus músculos. El punto de quemazón nacía en el muslo. La sangre brotaba de su pierna, deslizándose hasta sus pies. Vio el dardo, blando, colgando de su carne. Miró abajo, los murrianos se retiraban arrastrando a dos de los suyos heridos. Lo siguieron izando, se mareaba, percibía cómo iba perdiendo la tensión en sus brazos, el cielo oscuro bailaba y volvía a girar...
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Lun Ago 10, 2009 15:21

Lo trasladaban por detrás de las almenas de su ciudad. Consiguió abrir los ojos. Había conseguido sostenerse, agarrado a esa cuerda. Dos mujeres de la guardia lo movían, arrastrándolo entre una multitud de soldados que se habían agrupado para ver al que sería el último hombre en romper el asedio.
- ¿Es el Heredero? - preguntó una de las soldados a su compañera.
- No estoy segura... - respondió la otra resoplando -. Parece... Cuando lleguemos abajo. Hay antorchas.
Antes que lo bajasen por las escaleras de caracol que descendían hasta la calle, recuperó la consciencia unos instantes. Miró hacia su ciudad, que se extendía alargada siguiendo la línea de la costa hasta el delta del río Llarieta, que alcanzaba el mar tranquilo y caudaloso. Vista desde la altura de la muralla, la ciudad parecía un inmenso rompecabezas, un laberinto infinito donde las líneas de manchas de las azoteas se rompían y se volvían a cruzar. Había pocas antorchas encendidas, pocas lumbres marcaban las irregulares líneas de las calles. Los grandes palacios permanecían en las sombras. El único edificio iluminado era la Ciudadela Condal, erigida sobre un suave promontorio, y el referente de aquella enorme trama urbana. Los altos muros casi inexpugnables del corazón del condado.

Antes de desmayarse, recordó que lo tumbaron sobre una carreta tirada por hombres. Aquella paja olía a suciedad húmeda y a sangre. Aún aguantó el dolor durante un tramo sin perder el conocimiento. En su cabeza volvía la imagen de su ciudad. Conseguía retener imágenes fragmentadas mientras las ruedas de la carreta rodaban a trompicones. Algo le desconcertaba. ¡Ah! En la Cúpula Roja del templo de Onar no ardían las llamas sagradas y en el alto minarete de Sira no había luz. Y aquel silencio latente. El sitio de la ciudad se había calmado, como si los dos bandos, agotados, quisieran tomar un respiro. Ya no resonaban los ingenios de fuego del enemigo. Ya no se oía nada.
Sufría cada uno de los baches, cada salto de la carreta sobre las calles empedradas. Lo llevaban por la Avenida de la Victoria, una vía ancha flanqueada por los altos edificios de los prohombres de la ciudad. Veía los pequeños palacios de la nobleza y de los ricos mercaderes de la ciudad, pasaron por delante del Teatro de Vajarta, sostenido por las sesenta columnas de mármol verde... Aquella gran avenida rompía la red de las callejuelas de la ciudad, y trazaba un largo arco de oeste a este hasta llegar al mar, delante de las puertas del Palacio Condal. De repente lo comprendió, no se veía gente por la calle, cuando aún la noche era joven. No, nadie, todos debían estar encerrados en sus casas o esperando poder embarcar en el puerto, rogando a los dioses. Esperando alguna noticia, alguna señal, rogando por un milagro que abriese las garras con las que los murrianos atenazaban su mundo.

************************************************


Encaramado sobre las almenas, el veguer de la Marca Sur observaba, impávido, cómo los miles de murrianos estrechaban el cerco sobre la ciudad. Dejaba que el viento de la mañana resbalara entre sus cabellos, sin pensar en nada. Habiendo perdido sus posesiones, dados por muertos sus dos hijos, nada lo haría mover de la gran grieta que el enemigo había abierto en las murallas de Vamurta. Miraba, absorto, el montón de piedras humeantes por donde pasaría el enemigo. Con las primeras luces de la mañana, los murrianos habían hecho avanzar una densa fila de culebrinas por delante de las grandes bombardas. Más finas y ligeras, aquellas armas escupían sobre los restos de la Torre de Oriente constantes descargas que perforaban escudos y corazas, causando gravísimos estragos en la tropa.
Tras comprobar el mortífero efecto de aquellas andanadas, el veguer había ordenado retirar las concentraciones de infantería que, delante de la grieta, defendían la ciudad de un asalto directo. Así, habiendo perdido la carta de una salida por sorpresa, quedaban atrapados en el interior del perímetro amurallado. A la espera. El veguer miró hacia el sur.
Mucho más allá de donde su vista se perdía en el horizonte, empezaban las que habían sido las posesiones más ricas del Condado, tierras fértiles y abundante agua canalizada por los trabajos de muchas generaciones. Daba igual. Sólo quedaba un pequeño rincón para un milagro o una huída hacia el mar. Tocó el pomo de su espada. Él no huiría, no se veía con fuerzas para emprender una nueva vida. Todo lo que amaba se había perdido. ¿Para qué marcharse? Las bombardas seguían lanzando fuego sobre el sector de Oriente, ensanchando el gran agujero en el muro, tensando más y más los nervios de los soldados con sus impactos ensordecedores.

Estando el heredero malherido en Palacio y los grandes vegueros muertos, sólo quedaban él y el capitán de la plaza para dirigir la defensa de la ciudad. Su gran duda era dar la orden de evacuación o posponer esa decisión. Algo le hacía dudar. Dar una orden precipitada significaría ser considerado un hombre temeroso, un cobarde. ¿Y si el sitio se levantaba? Sabía que los grandes burgueses y parte de la nobleza ya habían levado anclas hacia las colonias, donde en los últimos tiempos muchos habían adquirido posesiones. Los grandes marchaban con tiempo, cargando con sus familias, sirvientes y bienes. Si conseguían aguantar el asalto él sería el máximo responsable, aclamado por todos. Pero que más daba. Serían los dueños de una ciudad sin campos, sin minas. Les esperaba una lenta agonía. Algo le impedía dar la orden. A pesar de haberlo perdido todo, no asumía que su mundo fuera engullido sin más. Decidió, pues, pensarlo otra vez, dejarlo para el día siguiente.

Abajo, detrás de los muros, veía el hormiguero de sus soldados. Hombres que llegaban, hombres levantando tiendas, hombres fortificando las casas próximas a la muralla, órdenes, alboroto, confusión. Entre la masa en movimiento distinguió al capitán Álvaro, que intentaba que aquel jaleo tuviera algún sentido. Bajó al nivel de calle y avanzó entre los soldados hasta el capitán. Se saludaron, cansados. El capitán parecía superado por los acontecimientos. Casi ni le vio llegar. Sonrió con aire ausente.
- ¿Cómo veis a los hombres? - preguntó al capitán.
- Nerviosos. Saben cuántos somos aquí y a lo que nos enfrentamos... Lucharán. En la ciudad quedan los suyos... Lucharán.
- ¿Creéis que podremos aguantar? - inquirió el veguer. Sentía la necesidad de escuchar otra voz, otro veredicto.
El capitán movió la cabeza, mirando al suelo.
- No, nada podremos contra estos diablos - dejó escapar un suspiro. - A no ser que ataquen con todo, a pecho descubierto. Pero no lo harán. Se han reorganizado. Tienen esas nuevas armas. Esta es una guerra largo tiempo meditada... - afirmó, mientras se rascaba la barba, que crecía abrupta sobre su piel grisácea.


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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Sab Ago 22, 2009 17:17

El veguer miró hacia las almenas, casi vacías para evitar el martilleo del fuego enemigo. Giró la cabeza hacia sus ballesteros, formidables a corta distancia. Formaban un semicírculo detrás de la infantería condal que guardaba, algunos pasos atrás, la grieta. Encima de los tejados de las casas y también a lo largo de la calle de los Laneros, esperaban los arqueros la orden de volver a los muros. Los miró. Frente a los arcabuceros murrianos eran casi una reliquia, protegidos con sus cotas de argollas ligadas, sobre el que lucía el escudo condal, una golondrina negra sobre fondo blanco, una golondrina de alas tensas, casi rectas. Aún podrían ser útiles, aún sus arcos y sus cuchillos cortos podrían herir cerca de los muros.
Más atrás de la calle de los Laneros, que moría frente al agujero, y en otras calles, esperaban los restos de los ejércitos de Marca, los que habían conseguido llegar hasta la capital. Hombres y mujeres con todo tipo de armamento. Pesadas mazas romboidales junto a cortantes alabardas, grandes hachas, lanzas y dagas de diferentes largos, corazas y emblemas de muchos señores de frontera. Comparados con los marciales ejércitos murrianos, parecían campesinos armados. Sólo podrían servir para el choque, para apuntalar las líneas de los infantes del condado, los mejores soldados. Las falanges eran el muro delante de los ballesteros, una cortina de largas lanzas mirando hacia el cielo, manchado por estandartes de tela dura.
Al menos, aquel era un día bonito. El sol corría sobre el cielo brillante y limpio y comenzaba a caldear la tierra. Por poniente, rompiendo el lienzo azul, avanzaban masas de nubes blancas retorcidas por la pesada musculatura del agua. No había que pensar mucho. Aquel sería el último acto de su paso por el mundo, que ahora le parecía irracional, áspero, injusto. Todo perdido para él, para los grises. Un fogonazo de ira le subió por la garganta al pensar que ninguno de sus dos hijos podría ya recordarlo. Ni su mujer, a la que enterraron hacía ya mucho tiempo. Desaparecido uno, muerto el otro en aquella interminable lucha. El tiempo gasta de un lazo elástico. Aquella guerra parecía haber durado unas pocas lunas. Dio un puntapié. Todo le parecía tan igual.
Había llegado el almuerzo en grandes cacerolas de barro y se repartían pieles con vino entre la soldadesca. Se oía alguna risa seca. La tropa, lejos del bombardeo, parecía respirar.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Jue Ago 27, 2009 14:52

Capítulo Segundo
“VIVIR EL SITIO "





Sara miraba fijamente como su madre escogía los objetos más preciados de la casa, empaquetándolos en fardos cubiertos de tela y atados con cuerda. Nunca había visto a su madre moverse con tanto sosiego. Intuía que todo se estaba transformando en muy poco tiempo. A la ciudad habían ido llegando más y más gentes de las marcas, a pie o arrastrando carros con sus cuatro pertenencias. Eran gentes asustadas, que se amontonaban en las plazas cercanas al puerto. Más tarde comenzaron a llegar hombres de armas. Ya no eran familias de payeses. Muchos guerreros alcanzaban la ciudad heridos, sin fuerzas, e iban a morir entre largas agonías a la Casa de las Curas. Los rostros sin expresión de los que volvían, las prisas y las carreras por las calles de la ciudad, las reuniones improvisadas en las plazas, llenas de gritos y rumores. Noticias, mentiras, medias verdades que se extendían deprisa...
Ya hacía unas cuantas semanas que no iba al taller de su maestro platero, donde pulía el metal y en alguna ocasión le permitían trabajarlo. Limas, punzones, polvo y el olor plomizo del taller habían quedado atrás. Vivía en la calle, con otros chicos y chicas, sin maestros, juntándose y separándose como lo hacen las gaviotas entre la cúpula del cielo y el mar, a voluntad. Toda aquella catástrofe de los mayores la favorecía. Hacía muchos días que podía hacer todo aquello que le viniera en gana. En casa sólo aparecía para llenar la barriga. Hasta que los alimentos comenzaron a escasear y aquellas bestias se plantaron a las puertas de su ciudad. ¿Cómo que no hacían nada los mayores? ¿No eran ellos la mejor raza, no lo decían los maestros? Aquella mañana, además, la expresión extraña en los ojos de su madre le produjo una sensación opaca. Miedo. Miedo a algo que todavía no sabía definir.
- ¿Nos matarán, los murrianos?
Su madre dejó de moverse, sus manos quedaron paralizadas unos instantes. Veía muy bonita a su madre. Los ojos muy negros y redondos, las largas pestañas oscuras, los cabellos cortos oscilando en una pieza sobre su nuca. Su madre la miró. El sol de la mañana llegaba nítido hasta el comedor, donde se encontraban.

- Nos marchamos en dos o tres días. Quizás tu padre se quede unos días más.
- ¿A casa de los abuelos? ¿A dónde?
- ¡No! - rió. Hacía muchos días que no la veía reír. Aquel sonido resonó, libre, entre las paredes azulosas del comedor. De pronto, su expresión cambió.
- A las Colonias - dijo muy seria -. Una vida nueva, nuevos vecinos. Tendrás otros amigos, hay muchos jóvenes, he oído decir. Alquilaremos alguna casa pequeña cerca de algún puerto. Colgaremos cortinas verdes, nuevas, éstas están ya raídas y, y... Tu padre encontrará otro puesto como oficial. ¡Tu padre es un soldado muy valiente!

Su madre calló y tomó asiento en una silla baja de madera, el cuerpo inclinado hacia delante, las manos formando un nudo. De repente parecía otra, perdida en medio de aquella marea de violencia y amenazas. Se quedó así sin decir palabra.

Salió corriendo a la calle. Casi no había nadie. El sol de mediodía caía borrando las sombras en las calles de Vamurta. Desde hacía un buen rato no se oían las explosiones, allí, en el extremo oeste de la ciudad. El silencio parecía nuevo. Las calles deberían estar abarrotadas de vendedores de fruta y especies, de patronas, con su cesto bajo el brazo, llenas de comerciantes nerviosos llevando sus rollos de telas tintadas, de mercaderes de todas las razas buscando y regateando, atareados. Al poco volvió a escuchar el retumbar de las explosiones que paralizaban la ciudad, que la sumían en una tensión expectante, como si tras el trueno tuviera que suceder algo.
Sara siguió corriendo sobre el suelo pavimentado de las calles estrechas, que brillaban bajo el sol de la mañana. La brisa barría el olor a orines y deshechos de los callejones, corría entre casas de piedra y argamasa, de dos o tres alturas, entre fachadas pintadas de colores claros, como el de aquella mañana de verano. No se oía el latir de la ciudad. Corrió ahuyentando sus temores, el corto vestido de lino suspendido en el aire, hasta la plaza de los Boneteros, donde se paró, llenando sus pulmones de aire.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Lun Sep 14, 2009 23:01

En el otro extremo de la plaza había un pequeño grupo de tenderos que hablaban en voz baja, acompañado sus discursos de gestos secos. No los oía pero bien sabía de qué hablaban. Cerca, amontonados encima de un banco tallado en piedra, como náufragos en una balsa a la deriva, encontró a su cuadrilla. Sara se fijó en que ninguno iba demasiado limpio. La nueva vida en la calle, pensó.
—Nos vamos. Mi madre dice que nos vamos a las Colonias —les espetó, antes que nadie pudiera decir nada.
—¡Cobardes! —contestó Ordel con sorna—. Mi padre dice que nos quedamos. Dice que no entrarán, ¡es imposible!
—Te clavarán una lanza aquí —dijo Sara, enrabiada, señalando con un dedo su cuello—. Os matarán a todos, a todos, mientras yo iré en mi barco sobre el mar.
Ordel se lo tomó mal. Calló, cruzando los brazos encima de su pecho. Miraba el suelo. El grupo volvió a sus historias, las historias de terror, cuentos sobre el modo en que los murrianos iban a sembrar de cadáveres las calles de la ciudad. Ordel dio un brinco y les gritó "¡Cobardes!" y se marchó dándoles la espalda. Nadie contestó. Sara pensaba en su amigo. Lo veía arrastrado y crucificado por aquella especie de bestias. Habían oído tantas historias que el miedo, ahora cercano, iba calando con rapidez en sus pensamientos. Ellos, que no se preocupaban por las cosas de los mayores.
Un rato después se cansaron de estar ahí, en esa plazoleta casi vacía. Alguien propuso ir hasta las atarazanas, desde donde verían la gran flota.

El grupo se puso en marcha enseguida. Sin que nadie supiera el porqué, de repente, todos andaban a buen paso. El puerto siempre era un buen lugar para pasear y más aún cuando casi toda la escuadra condal se encontraba atracada, a la espera. Bajaron por la Avenida que desembocaba en el Bajador del Mar, una de las calles anchas de Vamurta. En el tronco central del paseo crecían grandes tilos de tronco plateado alternados con los majestuosos limoneros de Vamurta que buscaban el sol por encima de las sombras que proyectaban las fachadas. Los laterales eran vías para carros que bajaban y subían del puerto, llevando la carga de los buques de transporte. Era la calle de los grandes mercaderes, la de mayor tráfico, pero aquella mañana encontraron pocos hombres, sólo algunos que andaban con pasos rápidos y nerviosos subiendo y bajando del puerto. Todo el mundo parecía estar en casa. Los chicos se sentían los amos de la calle, y aquella sensación los llenaba de un vértigo que les hacía reír por cualquier cosa. Oían sus voces resonando con fuerza, y aquello les hacía sentirse mayores, casi amos del mundo.
Dejaron atrás las murallas del mar y llegaron hasta los altos edificios de las atarazanas. Se había levantado una niebla vaporosa que desdibujaba la luz del sol. El horizonte les parecía más próximo, el puerto parecía más cerrado, como si lo que la neblina encerrara fuera todo el universo existente. Las casas cercanas a los muelles se amontonaban aquí y allí entre los grandes almacenes de madera que sobresalían sobre las barracas de los pescadores y las tabernas. Sobre las estáticas aguas de los embarcaderos, vieron decenas de naves que descansaban oscilando ligeramente. Un gran bosque de troncos acerados buscando el movimiento.
Sobre los largos muelles había una actividad frenética. Parecía que toda la ciudad estuviera ahí, a punto de sobrepasar los límites que el mar marca. Cientos de estibadores y marineros cargaban en los barcos cajas y sacos hasta los límites de las bodegas, hasta abarrotar las cubiertas. Todo se hacía con mucha ansiedad. Los cargadores se gritaban unos a otros, los mayores de algunas familias que empezaban a embarcarse empujaban y se abrían camino a golpes, los marineros corrían sobre las cubiertas moviendo la carga entre las imprecaciones de los contramaestres. Otros se acercaban en pequeñas balandras y botes a remo hasta las naves fondeadas cerca de los espigones. Embarcaciones de dos y tres palos, muchas de dos usos, de guerra y transporte, en casi su totalidad propiedad de grandes mercaderes. En la punta norte del puerto se encontraba la flotilla que obedecía directamente al condado. Estos eran robustos navíos de tres palos y dos castillos, parapetados con escudos. La bandera blanca y negra de Vamurta ondeando, la tripulación dispuesta.


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Por debajo de los grandes arcos de piedra de las atarazanas, entraban y salían marineros y calafateadores llevando cuerdas, tablones, herramientas. Se trabajaba sin descanso reparando los cascos de las naves, las maderas carcomidas por los meses y meses de navegación, cambiando cordajes castigados, dejando los transportes listos para volver a zarpar. Quizá por última vez. Parecía que todo el mundo lo percibiera y por esa razón cuanto envolvía el área marítima estaba dotado de un nerviosismo vigoroso. El retumbar del mar quedaba sepultado por las voces de los hombres.
—Aquí hay más gente que en las murallas —dijo Sara, recordando la tarde anterior, cuando con su pequeña mesnada, se habían acercado a escondidas hasta poder ver la brecha.
Aquella mañana no habían visto los pescadores de caña que sacaban los relucientes peces de roca. Tampoco habían visto los tenderetes de pescado ni los hombres discutiendo en las puertas de las tabernas del puerto. Aquello era el preludio de la huída. A Sara le pareció que a muchos sólo les importaba cargar a la seguridad de las naves los objetos que conformaban sus vidas. En Vamurta, no todos se preocupaban por defender a los suyos, el último bastión, el hogar de los hombres grises. Muchos habían dejado de creer y aquello hizo pensar a Sara. Quizás deberían huir, también. Dejar atrás aquella amenaza que los ahogaba. Subir a un barco y alejarse, sentirse aligerados. Su madre lo aprobaría. Su padre no.

Los chicos bajaron por el camino de los trapos, siguiendo el trazado exterior de las defensas, hasta saltar a unas rocas donde se aposentaron para contemplar con calma el espectáculo del puerto. Desde allí divisaban la puerta fortificada que vigilaba el mar. Detrás de la muralla, asomaba la imponente mole de la Ciudadela, sus altas paredes desnudas, la Torre de Homenaje y sus cuatro vértices rematados con robustas torres de defensa.
Los gatos que se escondían entre las rocas corrieron hasta otro rincón. Hablaban y lanzaban piedras delgadas al mar. Martín siempre ganaba. Su muñeca conseguía más saltos que los demás.
—Mi madre ha sido llamada a la Puerta. Ha salido de casa, pronto, llevando su ballesta y la daga. La abuela aún lloraba cuando me he ido —dijo, con indiferencia, Martín.
—¿Y tu padre? —inquirió Ebasto.
—No lo sé. Se fue hace meses a hacer pieles de antílope, hacia el sur. Madre me ha dicho que no deje la abuela, pero está todo el día sentada cerca del balcón, mirando la calle y... Me he escapado.
Los otros no dijeron nada, seguían mirando cómo rebotaban las piedras que lanzaban sobre las lisas aguas del mar. Cada uno se preguntaba qué iba a pasar. ¿Qué iba a suceder si la ciudad caía? ¿Estarían en casa, encerrados? Sara pensó, por primera vez, qué es lo que haría. Tras descartar muchos pensamientos, creyó que lo mejor sería esperarlos tras la puerta de su casa con un cuchillo de cortar carne. Quizá escondida podría evitar los encantamientos que, según se decía, lanzaban aquellos animales antes de atacar. Se veía a sí misma enfurecida, llena de fuerza, lanzando cuchilladas y amontonando cadáveres a sus pies, sin pensar que ella, más bien delgada, a duras penas podía sostener una espada o desviar la acometida de una lanzada. Martín la despertó de su gran gesta.
—Sara, ¿tú qué harás si llegan?
—¿Yo? Pues... ¡No les dejaré pasar! No entrarán en mi casa.
Nadie se rió. Sara había vomitado aquellas palabras impulsadas por un temor que ahora vivía cerca de ellos. Unos se miraban las sandalias polvorientas, otros, el lento latir del mar. El sol, alto ya en su mediodía, disipaba la niebla de la mañana.
—A mí me gustaría ir a las Colonias. Ahí dicen que también hay murrianos, pero muy pocos —dejó caer Elizabeth, la más pequeña de todos.
—Sí, y aquellos raros, duros como insectos. Y los hombres rojos —siguió Martín.
—¡Son fuertes como diez de los nuestros! —dijo Sara, cerrando los puños—. Llevan trenzas y colgantes, como las mujeres.
Todos se rieron, haciendo muecas. Sara bailaba entre ellos, dando brincos, despreocupada por unos momentos. Luego se quedaron callados. Cansados de tirar piedras al mar y de observar los trabajos del puerto, decidieron que irían a la Plaza de los Pájaros para ver si se cruzaban con la cuadrilla de los remensas, los hijos de los labradores de las cercanías de la ciudad. Andaban riendo otra vez, empujándose unos a otros. Cualquiera que los hubiera visto, habría pensado que aquellos mozos parecían indiferentes, felices.

Cuando subían por la calle de los Curtidores, una música que surgía de alguna parte, los clavó en el suelo. Era una música conocida. Las notas agudas de las flautas y el ritmo de los tambores hicieron enmudecer toda la ciudad, que escuchaba encogida, atenta, entre la esperanza y una desazón creciente.
—¡La Falange Roja, es la Falange Roja! —gritó Martín, señalando con un dedo la dirección de donde provenía aquella cadencia.
Comenzaron a correr todos por los callejones que conducían al este de la ciudad. Corrían como locos esquivando los vecinos que salían de sus casas. En todos los rincones la gente se asomaba a las ventanas o bajaban con prisas hasta la calle. Aquí y allí se formaban corillos. Les iban llegando murmullos, los fragmentos de conversaciones de muchos que, desalentados, empezaban a entender que aquello era el final. "Dioses de las estrellas, han salido", oyeron decir a un viejo mercader.

La Falange Roja era una unidad distinta, un gran Batallón Sagrado. Un juramento solemne los ataba al Condado, al que defenderían luchando hasta la muerte. La salida de aquella fuerza de la Ciudadela indicaba que la situación era desesperada. Muchos supieron en aquel momento que los bandos que ofrecía el condado eran falsos. No existía ninguna duda. El Batallón Sagrado participaba en las luchas en casos excepcionales, siempre comandados por el Conde hasta que murió, y más tarde, por el Heredero. Era la última línea de defensa para los ciudadanos de Vamurta, formada por parejas de hombres, parejas atadas dentro y fuera de la jerarquía militar, los conductores y los más jóvenes, los compañeros. Esa doble atadura les otorgaba una ferocidad excepcional, absoluta. Luchaban por el honor y para salvaguardar a aquellos que amaban.

Los chicos, finalmente, desembocaron en la Rambla Este, que seguía en paralelo al trazado de la muralla, donde se levantaba el, antes de la guerra, tumultuoso barrio de pescadores. Giraron Rambla arriba y allí encontraron la cola de la Falange, que avanzaba marcial en columna de a cinco. Detrás, entre los chicos y la Falange, seguían dos brigadas de infantería ligera y dos más de arqueros. Eran las fuerzas destinadas a proteger la fortaleza de los condes. Las gentes de Vamurta los veían pasar como el peor de los presagios. Las madres llamaban a sus hijos para hacerlos entrar en casa.
—Vamos hasta la cabeza de la columna, quizás veamos al Heredero —chilló Sara, entre la confusión de la música y las gentes.
Corrieron siguiendo la serpiente que formaban los soldados, admirando el brillo opaco de las armaduras de un rojo oscuro, las altas lanzas, sus largas espadas colgando de sus cinturones. Aquellos hombretones altos de mirada fija, de espaldas pesadas, quizá sabían que se encaminaban hacia el último acto de su existencia. El grupo llegó hasta la cabeza de la marcha, sorteando los transeúntes. Pero al llegar hasta los hombres que encabezaban la columna, sólo vieron al capitán de la Falange y los portaestandartes, llevando en alto la golondrina del condado, la única de todas las unidades coloreada en rojo.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Sab Sep 26, 2009 8:43

Capítulo 3
"LA ESPERA"





El rumor de los combates se fundía con la tranquilizadora música de la cotidianidad. Las voces de la calle llegaban amortiguadas hasta la habitación donde Serlan De Enroc, heredero de Vamurta, dormía desde hacía más de un día. Una terrible sed lo debió despertar, ya que al abrir los ojos dirigió sus manos temblorosas hacia la jarra de agua que le habían dejado en la mesa, al lado de su cama. La bebió precipitadamente, sin importarle que buena parte del líquido cayera sobre su camisa blanca y las sábanas.

Cuando acabó de beber miró su habitación como si nunca hubiera estado allí. Tardó en conseguir incorporarse, la espalda le pesaba mucho, sus piernas no le respondían bien. Se sentó en la cama, quieto, escuchando como reaccionaba su cuerpo. Lejos, le llegó el seco retronar del bombardeo. Entonces comenzó a recordar. El despertar tras la batalla, aquella enorme confusión, la cuerda con la que fue izado, la herida. Las gentes de su condado, de su ciudad, sus vidas, estranguladas por el sitio.
Se sintió lo bastante seguro para levantarse y, muy despacio, comenzar a andar sobre el mármol frío de sus aposentos. Se dirigió hasta el balcón, apartó les pesadas cortinas de lana negra y salió. Los rayos del sol lo cegaron, toda la ciudad parecía blanca, golpeada por aquel baño de luz. Cuando sus ojos fueron adaptándose a la claridad pudo distinguir las columnas de humo que se levantaban a poniente. Más allá vislumbró el ejército enemigo. Desde su habitación, parecían bolsas negras desparramadas sobre las doradas y sinuosas extensiones de los campos de cereales y las cuadrículas verdosas de los huertos. Su debilitamiento, los mareos que le sobrevenían desde que se levantó, le ofrecían una nueva perspectiva. Todo aquello parecía muy lejano, lejano a su persona. Se preguntó por qué hacía la guerra. En aquel momento no recordó demasiado bien cómo empezó, quién inició las hostilidades. ¿Fue aquel ataque murriano a uno de los castillos de frontera? A los soldados de la guarnición les habían cortado el cuello. Hombres grises abandonados a la muerte. Habían llegado rumores de una matanza en algún asentamiento murriano, antes del ataque. Nadie estaba seguro. En las guerras nadie sabe la verdad, ni tan siquiera los verdugos, ni él, el heredero… Le pareció que los acontecimientos se habían sucedido sin una razón, sin que los pudiera gobernar, incapaz de virar el rumbo de los mismos.

Paseó su mirada sobre las azoteas de su ciudad, que le parecieron un inmenso tablero de ajedrez hecho de casillas irregulares, algunas más hundidas, otras elevadas. Siguió los cortes de las calles hasta que su atención se centró en el puerto de Vamurta, al este de la ciudadela. Figuras minúsculas y ajetreadas cargaban las naves, muchas ancladas al abrigo del espigón construido con grandes rocas. Debía haber unas cincuenta o algo más, las banderas rojas y blancas ondeando. Era la escuadra que siempre había dominado el Golfo de Daler y el Mar de los Anónimos, capaces de ahuyentar las flotas de corsarios que habían organizado los Pueblos del Mar y hacer valer su supremacía sobre las humildes escuadras de las Colonias.
Vamurta exportaba hierro de las minas de la Sierra de Andonin, armas forjadas por las decenas de herreros asentados en la ciudad, cereales y paños tintados con colores puros. Las mercancías llegaban a las Colonias y desde allí a otros muchos puntos. Algunos mercaderes también habían establecido rutas más al sur y al norte, con pueblos extraños a los que sólo se les conocía por sus productos, que los comerciantes traían en sus viajes de vuelta. En tiempos de paz había habido un ir y volver de mercancías hacia el oeste, incluso algunos murrianos se habían establecido en la capital, pero eso ya parecía una leyenda remota.
Serlan sabía que muchos de los prohombres de la ciudad previeron que el sitio iba a llegar. Quizá por su cercanía a los centros de poder del Condado. Recogían y se marchaban. Los artesanos y los campesinos, más ignorantes de todo lo que sucedía, seguían en la ciudad.

Un mareo intenso le obligó a apoyarse sobre la baranda del balcón. Todo daba vueltas. Volvió a la cama, donde se estiró. Se sentía abatido, incapaz de luchar. Oyó el rugir de las explosiones. Todo aquello que amaba, su mundo, sus gentes, se rompía sin que él pudiera hacer nada para invertir los acontecimientos. Quizás hubiera sido mejor atrincherarse desde un principio tras los muros de la capital o subir a las montañas, donde habrían resistido mucho tiempo, o incluso desplazarse hacia el norte, siguiendo la costa, donde sólo había pequeñas tribus de hombres grises. Las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo. Estaba casi convencido de haber escogido el peor camino. Presentar combate a campo abierto, una y otra vez, hasta aniquilar a todos sus ejércitos grises. Se cubrió la cara con sus manos rugosas, nunca se había considerado tan responsable de aquella debacle. Otra vez su debilidad lo atrapaba y lo conducía a la antesala de sueños tenebrosos.

— ¿Señor? ¿Me escucháis?
Una densa nube lo arrastraba entre fuertes corrientes de agua, alzándolo y hundiéndolo. Luego era llevado hasta unos bosques cubiertos de niebla y vapuleado entre esa masa de agua y ramas. Nada podía hacer, excepto seguir nadando en aquella especie de útero áspero y acuoso, intentando no ahogarse.
— Señor, la Condesa os reclama. ¡Señor! —levantó la voz—. Vuestra madre os reclama en el Salón de Gobierno.
"Yo mismo de mi mal ministro siendo". Fco. de Aldana.

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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mar Dic 15, 2009 0:01

Hola,

He creado un blog para ir subiendo la novela y otras cosas. Es sencillo pero también fácil, creo.
Espero que os guste.
Os dejo el link: http://epicavamurta.blogspot.com/

Un saludo.
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Sab Ene 16, 2010 16:36

Hola,

Os quería comunicar una buena noticia.

Antigua Vamurta será publicada por la editorial Grupo AJEC, de Granada (España). Es una novedad que me deja muy descansado, es un revulsivo.

La novela saldrá al mercado en un año, aproximadamente.
Quiero agradecer las lecturas que se han hecho de los capítulos que he ido subiendo, lo que, creí yo, era motivo suficiente para seguir compartiendo esta historia, que espero que continúe siendo de interés.

Un saludo,
Igor
Os dejo el link, por si queréis echar un vistazo:
http://epicavamurta.blogspot.com/
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Re: LA ANTIGUA VAMURTA

Mensajepor Igor » Mar Mar 16, 2010 11:46

Hola,
Y voy ampliando el blog, con nuevos temas: cine y poesía.
Pero quería comentar que un joven artista mexicano ha hecho algunas ilustraciones del libro, que no están nada mal, y a mí me hacen mucha ilusión verlas colgadas allí.
Os dejo una de las que más gracia me hacen.
Un saludo.


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"Yo mismo de mi mal ministro siendo". Fco. de Aldana.


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