Las horas muertas

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Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 8:26

Dicen que los principios son difíciles. Os puedo asegurar que, para mi, retomar un asunto es peor.

Puedo decir con orgullo que Korvec me descubrió este foro hace ya un montón de años. He tenido épocas de mucha participación e incluso he llegado a conocer a algunos de vosotros en persona. Luego llega la realidad... dejas de escribir unos días, Los días se transforman en semanas, las semanas en meses y, al final, llega un momento que te has bajado del carro.

Desde el arcén, miras el carro. Podría intentar subirme otra vez a el pero... ¿Qué pensarán los ocupantes? "¿Te vas y vuelves ahora?"
Ese pensamiento, es el que hace que te mires el carro de lejos, no vaya a ser que alguien se percate de que estas espiando a los viajeros.
A día de hoy, vuelvo a intentar subirme al carro y, ademas, lo hago con la desfachatez de me deis consejo, que me critiquéis, que me echéis una mano en este, ¿proyecto?, que no se ni a donde va ni donde me conducirá...

Un poco de mi vida. Tengo un trabajo monótono. En gran parte del horario, estoy funcionando como si fuera un robot y llevo tantos años que ya no tengo ni que pensar en lo que estoy haciendo. Y uno, que tiene un gran mundo interior, piensa. Unas veces pienso en los problemas de la vida, otras en si me llega para comprarme aquella figura que he visto o no puedo porque tengo que pagar la hipoteca y, otras veces, el germen de las historias que me gustaría escuchar, aflora. Es muy posible que sea el mismo germen (o que me lo contagiara él) que el que hizo que Korvec iniciara aquel Camino de la Cabra. La idea de que no todo esta escrito y que, si quieres algo bien hecho (Ja, Ja, Ja, Bien hecho dice... Este no tiene abuela...) hazlo a tu manera.

De aquí nace "Las horas muertas". Me pareció un titulo perfecto. No tiene mucho que ver con la historia que cuento, pero si con el momento en que me vienen las ideas para esta pesadilla. Estoy en mitad de mi mecánico trabajo y pienso: "Y si fuera en un piso heredado de su abuelos..." y ¡PLAM! me salen unas lineas. Voy en moto al curro y llega la revelación ¡PUMBA! "esa es la relación entre los dos, ¡como no lo había visto antes!

Ya os aviso. No es original. Las influencias son claras. No soy escritor con lo que, seguramente, no estará bien escrito. No tengo claro el argumento con lo que es posible que llegue un momento que no tenga ni idea de como continuarlo y lo deje.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 8:33

LAS HORAS MUERTAS


LIBRO 1. LA CIUDAD EN LA NIEBLA


CAPITULO 1 - ¿POR QUÉ EN MI TURNO


¿Por qué en mi turno?
Es lo primero que pienso después de que el compañero me informe del motivo de la llamada.
Viernes por la noche.
Molestias vecinales. Un subnormal ha decidido que las doce de la noche es la mejor hora para convertir su piso en una discoteca.
La vecina que ha llamado con la queja tampoco ayuda.
“¿Policía? Me están molestando, quiero dormir, haced vuestro trabajo. No, por supuesto que no te voy a decir quién soy, solo faltaría, para que luego me “enmarronéis”. Yo pago tu sueldo con mis impuestos, adiós y que no os tenga que volver a llamar.”
No es lo que dice, pero según mi compañero, es lo que transmite su tono. Me conozco la cantinela de memoria.
Con una rápida carrera del patrulla, nos presentamos en el domicilio. Cosas de trabajar en un municipio con cuatro calles mal contadas. La llamada viene de un viejo edificio de esos en los que no se molestan en cerrar la puerta principal. Un problema menos gracias a la mentalidad de un pueblo pequeño donde aún hay vecinos que piensan que la delincuencia es cosa exclusiva de las grandes ciudades. Subimos las escaleras hasta el segundo y picamos en la única puerta del rellano.
Música "máquina" sacada de principios de los noventa suena atronadoramente al otro lado.
Respiro hondo. ¿Qué o quién será esta vez? ¿Niñato que enseguida pedirá perdón ante la travesura? ¿Maduro que exigirá derechos por algún motivo absurdo y dará guerra antes de abdicar? ¿Un nuevo tipo de anormal que añadir a la lista?
Nos toca la segunda clase de energúmeno. Encima, borracho, y con casi total seguridad, encocado hasta los ojos.
Mierda.
Mi entrada en la rogatoria de que quite la música es, ya de entrada, brusca.
El tío es un matado. Le saco cabeza y media. Tiene una condición física tan deplorable (al menos es lo que parece) que incluso yo, que soy de los que hace muchos años intentaron poner de moda como fofi-sanos (pese a que los que me ven con buenos ojos opinan lo contrario), a su lado, parezco un gigante musculoso.
Me subo y comienzo a pegarle la bronca. Su cara de estar en otro lugar y sus absurdas respuestas de borracho solo hacen que irritarme más.
Fuera música ¿te ha quedado claro? - sonido ininteligible - ¿Voy a tener que volver?
Seeeee... - El tío no se aguanta en pie.
¿Me estás diciendo que voy a tener que volver?
Nooooo... – rectifican esa parte minúscula de sus neuronas que se dan cuenta del fallo en la respuesta añadiendo una serie de sonidos pastosos que logro descifrar como algo semejante a “Señor Agente”.
La cosa pinta mal.
Este nos amarga la noche. Está tan colgado que cualquier amenaza le va a sonar a broma. La violencia no es una opción. Primera, porque no soy de guantazo fácil. Segunda, porque no se cuanta gente hay en la fiesta y yo solo voy acompañado por un chaval que lleva cuatro días en el trabajo y que no es "oficialmente" policía.
Policía Interino, Agentes Cívicos los llaman en algunos municipios para destacar la diferencia de los que llevamos pistola y tenemos una "supuesta" formación.
Por su silencio estoy empezando a sospechar que no sabe dónde meterse y que, cuando lleguemos a la comisaría, va a tener que cambiarse la ropa interior.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 8:36

CAPÍTULO 2 - EL MUNDO, A LAS SEIS DE LA MAÑANA

Tras finalizar mi servicio a las seis de la mañana, paso novedades al turno que entra (cosas de las policías de pueblo, las novedades se pasan entre el personal, nada de grandes charlas en salas de reuniones como en las películas), me cambio de "paisano" y recorro con mi moto de segunda mano los veinte minutos que me separan de casa.
Al llegar a mi silenciosa cueva (Normal, vivo solo, la mañana que entre y alguien me de los buenos días, me cago...) abro una cerveza y enciendo la tele.
Lo único que consumo de la caja tonta son las noticias.
Nada nuevo.
Imágenes de la actualidad, un cuarto de hora antes del fin del mundo. Las ciudades están en unas condiciones penosas. No solo las ciudades. Las regiones, los países, el planeta entero.
La decadencia en la que vive sumida la humanidad no es culpa directa de guerras, religiones o conflictos económicos (que también). La decadencia es algo que nos ha llegado sí que nadie se haya dado cuenta y es cuando, acercando la lupa, uno se percata de que estamos acabando una cuenta atrás hacia el apocalipsis.
Ha sido una desidia que se ha extendido por cada ser humano y que nos ha llevado a perder valores, motivaciones y esperanzas de futuro.
Rudolph Giuliani, el que fuera alcalde de Nueva York hace décadas, puso de moda la “teoría de las ventanas rotas”. Resumiendo, según esta teoría, si no vas arreglando las pequeñas cosas que se estropean, la degradación se extiende y se acaba conviviendo con la total ruina. En ese punto de la civilización estamos. Llevamos tanto tiempo sin sustituir los cristales que se rompen, que ahora mismo no queda una ventana entera en este edificio que llamamos “mundo”.
Tomemos Barcelona, por la proximidad geográfica con mi domicilio, como ejemplo.
Desde el Ayuntamiento están fracasando estrepitosamente en la organización de diversos proyectos de convivencia, solidaridad y ayuda hacia toda esa gente que se está hundiendo en la miseria debido, entre otras cosas, a los índices de paro que están batiendo récords históricos. Pero a nadie parece importarle.
El nivel de la costa mediterránea ha subido varios metros y la culpa, según pregonan las noticias, es del cambio climático que lleva décadas afectando al planeta. En Barcelona, la subida del nivel del mar ha inundado, casi permanentemente, los sótanos de las primeras líneas de edificaciones. El agua corre libremente unos centímetros por encima de las aceras del barrio de la Barceloneta. La ronda del Litoral y la línea de metro que discurren paralelas al mar están sumergidas. Pero a nadie parece importarle.
El mar mediterráneo está muy cerca de ser lo más parecido un vertedero tóxico, poblado de muerte y podredumbre, por culpa de los múltiples accidentes marítimos relacionados con transportes de dudosas mercancías. El agua que llega a las costa es aceitosa, huele mal y los carteles de las autoridades sanitarias en las playas (ahora inundadas) ya hace tiempo estaban pasando del "se recomienda no bañarse" al "peligro biológico". Pero a nadie parece importarle.
La delincuencia a todos los niveles está descontrolada. A las drogas de diseño les ha tomado el relevo las drogas de los pobres, de los marginados, y no es raro escuchar noticias de disturbios provocados por adictos al Spice, al pegamento y a mierdas incluso más baratas y letales. Pero a nadie parece importarle.
El presentador de televisión Jordi No-Se-Cuantos, famoso por los chistes a costa de su longevidad y aparente juventud eterna, ha decidido retirarse. Y esto sí que ha provocado cartas de indignación y duelo (como si en vez de jubilarse alegremente, se hubiera muerto). Los titulares de varios periódicos, los marujeos entre los tertulianos radiofónicos y, ahora mismo, cinco minutos de noticias del telediario, se hacen eco de la noticia trascendental para la humanidad. Un referente mediático, se ha jubilado.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 8:40

CAPITULO 3 - LA CHARLA DEL JEFE

A media mañana del martes, segundo día de mi semana de descanso, el jefe me llama.
Juan Ramón Aguilera es un antiguo Guardia Civil. Un Judas come pollas que tuvo el acierto de ver que cualquier día sus compañeros lo matarían, lo tirarían a una zanja y luego harían una fiesta para celebrarlo en la caserna.
En una ocasión en la que un compañero le puso una “chuta” del yonqui al que estaban reduciendo en la cara y le insinuó que, si él no encontraba motivos para coger la baja, ya se los daría alguien. Aguilera decidió que era momento de buscarse otro agujero.
La vieja historia aquella de que tienes un conocido que tiene un amigo que a su vez es vecino de aquel que estaba casado con la hermana del alcalde de un pueblo de poco más de cuatro habitantes que, casualmente, está buscando un nuevo jefe para la policía porque el anterior ha acabado hasta los huevos de la mierda del municipio.

Lupo, vente para dependencias que tenemos que hablar.
¿En mis días libres? Ni de coña. –Le digo.
Tú mismo, - Endurece el tono. - o vienes y hablamos, o paso el informe directamente a la junta de regidores y, con un poco de suerte, te estás buscando curro nuevo pasado mañana. Eso si no te enchironan.

Con la mosca detrás de la oreja cojo el hierro que tengo por moto, recorro los veinte minutos de carretera que me separan de Les Pinedes del Llobregat y me planto en el edificio que hace tanto de Ayuntamiento como de dependencias de la policía.
Aparco frente al decrépito edificio de dos plantas. Antiguo colegio del pueblo en una época mejor en la que la única fábrica del municipio era un referente en el Baix Llobregat y aportaba grandes beneficios a las arcas municipales. La fábrica vio posibilidades en la creación de un negocio estilo a las colonias industriales de mediados del siglo diecinueve y subvenciono diversos servicios municipales con la esperanza que la comodidad atrajera al pueblo nuevos trabajadores para su empresa. Por desgracia, las mentes iluminadas que idearon el proyecto no contaron que el siglo veintiuno no es exactamente igual que el diecinueve.
En un inicio el pueblo y la fábrica progresaron en una simbiosis adecuada pero, a los pocos años de la puesta en marcha del negocio, la crisis, la des-centralización y la bajada de solvencia de la empresa, forzaron el cierre del negocio y el éxodo masivo de población del pueblo.

Entro por la puerta principal del ayuntamiento, gruño al conserje de recepción y continuo por el pasillo hasta que llego a la enorme sala de recepción de las dependencias de la policía. Detrás del mostrador de atención a los ciudadanos, veo una de las pocas caras amigables de este antro.

Hola, María José. – saludo a la administrativa. - ¿El Jefe?
Acaba de salir con el Alcalde para pegarle un vistazo a un problema con los colectores de la riera. No creo que tarden.
Eso espero, que esto no me lo paga nadie… - le digo con un guiño.

En los vestuarios me pongo a mirar la pegatina en mi taquilla. Agente Alberto Lupo Rodríguez. Mis padres, o eran unos cachondos o unos cabrones. Viví una puta mierda de infancia por culpa de ese nombre y de la coincidencia con el nombre de un personaje de cómic. “¡Lupo Alberto! ¡Lupo Alberto!”. Mierda de niños y su descomunal crueldad. Es posible que gran parte de la vocación de policía me venga de las ansias de venganza que me consumen desde primaria.

¡Lupo! – El jefe asomando la cabeza por la puerta de los vestuarios.- Ven para mi despacho

El despacho del jefe de policía es un cuartito destartalado de diminutas dimensiones ocupado en gran parte por una mesa de despacho con una butaca a juego, dos sillas para los invitados y una estantería donde se acumulan desordenadamente carpetas de documentación.
Inicialmente, formaba parte de las oficinas comunes donde los Agentes redactaban documentos en arcaicos ordenadores. Pero claro, eso no tenía glamour para un jefe de policía. No podía ser que estuviera tan cerca de aquellos a los que mangoneaba. Pidió que se hiciera una separación con pladour, para que las miradas de odio de los Agentes no se les clavaran con odio en el cogote.

Pico en la puerta y, sin esperar respuesta, la abro y asomo la cabeza:

Con permiso… - anuncio a lo que haya dentro. Cualquier día, veré algo que no quiera ver.
Pasa Lupo.
Usted dirá donde esta el fuego que ha hecho que venga en festivo…
No me vaciles, Lupo, que no estoy para hostias. ¿Que cojones paso la noche del sábado? Lo de las molestias vecinales…
No paso nada. Un borracho con ganas de juerga. Fuimos, le cortamos el rollo y aquí paz y luego gloria.
Pues no es lo que dice tu compañero. Dice que se te fue la olla y que gritabas mas que el de las molestias…
Bueno, ya sabe cómo van estas cosas… Si ellos gritan, tu tienes que subir el tono un poco mas...
Y que le levantaste la mano…
A mi compañero se le va la olla ¿Cuando le he levantado la mano a nadie?
Pues eso es lo único que te salva… Que a ese chaval lo veo medio tonto y que otras cosas puede, pero no has acabado a ostias nunca con nadie que no se lo mereciera. Aun y así, me vas a hacer un informe detallado de la actuación, para callar a los políticos, porque resulta que fuiste a gritarle a un familiar de alguien influyente y están pidiendo tu cabeza.
¿Y por esto me iban a enchironar?
Bueno, si te digo que solo te van a expedientar, igual hubieras tenido los santos cojones de no venir.
¿Algo más, Jefe? -Bufo.- Porque esto también me lo podía haber dicho por teléfono...
Si, hay otra cosa. más personal. - Pasada la bronca, baja el tono. Malo.
¿Personal?
Tengo entendido que conoces a Manel Teixidor. Es nuevo en el pueblo.
Si, éramos vecinos en Barcelona cuando eramos críos. Sus abuelos eran de aquí y fueron los que recomendaron a mis padres el pueblo, cuando Barcelona se empezó a poner chunga. Pasamos de vernos en el cole a hacerlo los fines de semana, cuando venía a verlos. Hicimos muchas perrerías juntos. Luego llegó la vida y cada uno se fue por su lado. Hace casi veinticinco años que no lo veo en persona ni se de él, aparte de algún que otro cruce de palabras esporádico en redes sociales.
Pues se lo llevaron al cuartelillo ayer, de madrugada… Por atentado contra la autoridad.
¿Como? - Le respondo escéptico. Conozco a Manel. Pese a sus pintas de Heviata a lo Santiago Segura en “El día de la Bestia”, no mataría a una mosca.
¿Sabes que se vino a vivir a un cuchitril en la calle principal?
Si. Algo me habían dicho. Está en una de las propiedades que dejaron sus abuelos en herencia.
Pues una vecina del bloque llamó a la patrulla por molestias. Había un tío llorando la mona y haciendo ruidos como si estuviera en plena reforma nocturna. Cuando llegaron, los gritos y las lamentaciones se escuchaban desde la calle. La vecina les abrio la puerta principal por el interfono y cuando subieron al piso se encontraron la puerta del domicilio abierta de par en par. Dentro, el Sr. Teixidor estaba tirado en un rincón del comedor, aferrado a una botella de vodka. No quedaba ni un mueble entero en el piso. No les dio tiempo para preguntarle qué era lo que pasaba. Se tiró encima de la patrulla, gritando y dando ostias a diestro y siniestro con la botella.
¿Y yo como entro en esta historia? Aparte de conocerlo de la infancia, no tengo ninguna relación con el…
Cuando lo redujeron, se puso a llorar…
Eso me cuadra más con el Manu que yo conocía que lo de los botellazos. - Lo interrumpo.
… Y pidió que te llamaran. Que tu podrías ayudarle con el tema de su hermana.
¿Su hermana?
Si. Aquí he tenido que tirar de bases de datos policiales para buscar a sus familiares, porque nadie sabía de qué coño estaba hablando.
Bueno, recuerdo que Manu tenía una hermana menor, pero poco más… En serio, jefe, no tengo ni idea de qué va todo esto.
Pues la hermana es una perla. En fin, Que lo ponían hoy a disposición del juez, durante la mañana. Lo citaran para juicio en un par de meses y a la puta calle. A estas horas, ya tiene que estar en su casa.
¿Y quiere que vaya a ver qué ha pasado? - Pregunto. Me extraña el papel de buen samaritano y está claro que hay algo que no me ha explicado.
Yo no quiero nada, Lupo. Tu “amigo” preguntó por ti en el momento en que lo detenían tus compañeros. Si yo fuera tu, me acercaría a hablar con él y aclararía las cosas o, por lo menos, lo convencería paras que no te nombre delante de la policía la próxima vez que le de por liarla.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 8:49

INTERLUDIO

¿ya no tenemos botón para editar las publicaciones? El copia-pega se me ha comido los guiones de los dialogos y estoy viendo alguna cosilla a retocar en los textos... :shock:


FIN DEL INTERLUDIO
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 8:56

Salgo del ayuntamiento y enfilo la calle principal del pueblo. A un par de manzanas de distancia, encuentro el bloque donde los abuelos de Manu tenían el piso. La de tardes que había pasado yo picando a ese timbre...
Prácticamente no lo reconozco en la persona que está intentando separar la llave adecuada del manojo, con solo una mano. La otra la lleva en cabestrillo. Por eso mi jefe tenía tanto interés en que yo viniera a ver a mi “amigo”. Le pegaron una paliza para reducirlo o, simplemente, para desahogarse y yo estoy aquí para convencerle de que no haga ninguna denuncia contra los Agentes que lo agredieron.
Manel Teixidor, que hace veinticinco años era un quinceañero con sobrepeso, greñudo, vestido siempre con estética heavy y con el mejor de los buenos humores para sus amigos, ahora es un espectro. Mantiene su metro sesenta justito pero, de los ciento diez kilos que lo formaban, ha perdido sesenta como mínimo. La piel se le tensa en los huesos y la melena morena que lo caracterizaba se ha transformado en unos mechones desordenados que crecen alrededor de unas entradas que casi le llegan a la nuca. La ropa que lleva le queda varias tallas grandes, dándole el aspecto que nos ha vendido Hollywood de los prisioneros de los campos de exterminio. Según me acerco, veo que tiene varios moretones visibles en la cara. Al pobre diablo le dieron pero bien.
- Manu, deja que te ayude.
Lo he pillado desprevenido. Da un salto en dirección contraria a la que ha venido aquella voz y encara a su propietario con la cara de un animal a punto de ser sacrificado. Cuando me reconoce, se le llenan los ojos de lágrimas.


Manu tiene el pequeño piso destrozado. Ha logrado encontrar una vieja silla que no estaba rota y ha apartado todos los restos de su orgía de destrucción nocturna del pequeño sofá de dos plazas. Apartando maderas rotas, vidrios y libros desparramados, ha logrado crear un pequeño espacio en el comedor donde puedes pisar el suelo.
Se derrumba en el sofá mientra yo acerco la silla y me siento enfrente de el. Tiene pinta de necesitar con urgencia un tranquilizante, y ducharse, y dormir tres años seguidos, pero antes de que pueda sugerirle nada, comienza a desahogarse:
- Lupo, no quería meterte en ningún marrón…
- No lo has hecho. El cabrón de mi jefe me lo ha contado para que te convenza de no denunciar a los hijoputas que te han hecho esto.
- ¿Denunciarlos?¿Me ves en condiciones de denunciar a alguien?
- No, la verdad es que no te veo en condiciones de nada… ¿Que te ha pasado, Manu?
Manu mira nerviosamente a su alrededor. En su demacrada cara reconozco la expresión de aquel quinceañero rebelde que había dibujado un pentagrama y quemado el crucifijo de su madre para invocar al demonio del Methal, pero no sabía si se atrevía a contárselo a sus colegas por miedo a que se rieran de él.
- No se si puedo contártelo, Lupo. En los últimos meses he vivido cosas… raras. Vas a pensar que me he vuelto loco.
- Eso ya lo pienso ahora. La diferencia es que, si me lo cuentas, igual dejo de pensarlo.
Me mira, nervioso, y finalmente se arranca a explicarme su historia:
Años después de que mi familia dejara de venir al pueblo, y después de que yo comprendiera que la vida de universitario no era lo mío, me metí en el rollo de las ambulancias. Con el tiempo, me destinaron a la ambulancia para emergencias del Centro Médico de Pere Camps, en el Rabal. Fue un par de años antes de que toda aquella zona se fuera a la mierda. Bueno, realmente, aquella zona ya se había ido a la mierda hacía décadas pero me refiero a antes del abandono del frente marítimo.
- ¿Estuviste durante la evacuación?
- Si. Estuve hasta que lo cerraron. Es más, yo ayude a desguazar aquel sitio. La administración nos utilizó de mano de obra barata y tuvimos que desmontar todo el material que se pudiera reutilizar cuando las humedades se hicieron imposibles de maquillar y las paredes de yeso se comenzaron a caer como si tuvieran lepra. Nos llevamos todo lo que se podía cargar en un camión. Todo, menos lo que había en la morgue. Para cuando no fuimos, hacía meses que nadie bajaba a la morgue. Estaba clausurada. Cuarentena, ponía en las cintas con las que cerraron el acceso a los sótanos.
- ¿Cuarentena? ¿Se os escapó algún virus mortal? - Bromeo.
- No. - Responde Manu, serio.- Hubieron… accidentes. Con la subida del nivel del mar, se colaron cosas atraídas por el olor de los cadáveres…
No puedo evitar que se me escape un principio de carcajada. Manu hablándome de monstruos marinos mutantes.
- Si ríete, ya te he dicho que me tomarías por loco, pero yo sé lo que he visto.- me reprocha.
- Lo siento, continua… - He metido la pata y se lo veo en la cara.
- Tu no viste a Marcelo, blanco como el papel y con tres dedos menos en su mano izquierda. Se le cayeron las llaves al suelo del sótano. Hacia cosa de un mes que estaba inundado y entrabamos con botas de goma de caña alta. Metió la mano el la apestosa agua para tantear y ¡Zas! ya no puede iniciarse en la mecanografía.
- ¡Joder! - Exclamo.- ¿Y en el resto del barrio? ¿También hubieron incidentes con esas alimañas?
- El resto del barrio ya estaba prácticamente desalojado. Quedaba sólo el núcleo duro de vecinos que no tenían donde caerse muertos y esos no se acercaban a nada que oliera a Administración, no fuera que les pidieran los papeles que no tenían. Lo curioso es que después de que la administración iniciara los desalojos, cuando ya no quedaba casi nadie en el barrio, empezaron a aparecer los graffitis. Las calles se llenaron de ellos. Símbolos ininteligibles llenado las paredes sin ningún sentido.
- ¿Símbolos ininteligibles? ¿Árabe? ¿chino o algo así?
- No lo parecían, pero yo también lo pensé...Tenía un conocido en un antro donde hacían durums. Te acuerdas de mi lema sobre los durum?
- ¿Que cuanto más guarro fuera el local, mas buena la comida?
- Exacto. Pues este hacia unos durums de puta madre. Imagínate cómo era el local. - A Manu se le pierde, momentáneamente, la mirada en la nostalgia del recuerdo. - Pues eso, que una noche de guardia, mientras me preparaba el pedido de la cena, voy y le pregunto: “Mohamed, ¿qué coño habéis escrito en las paredes?” y el me responde que no, que ellos no, que mejor no preguntara sobre esas cosas. A los dos días, el garito no levantó la persiana y, que yo sepa, no lo ha vuelto a hacer.
- Vale, una rata de cloaca muerde a un colega tuyo, hay una nueva moda con los graffitis en la ciudad, tu local de comida basura favorito chapa y a ti te cierran el sitio de curro… ¿Y que? ¿Que coño te ha pasado Manu? ¿Por qué les dijiste a los polis que necesitabas ayuda con a tu hermana?
- Laura… Si, lo que me pasó empezó con Laura… Cuando cerraron Pere Camps, nos apiñaron en el Hospital del Sagrat Cor. Un día en que yo estaba de guardia, apareció Laura. Hacia meses que no la veía, pero me vendió que me había estado buscando, que tenía cosas muy importantes que explicarme. Me dijo que estaba de ocupa en un piso abandonado de la calle Tallers, justo por debajo de la valla que habían levantado en la zona de cuarentena. Que había conocido a una gente muy interesante que le habían cambiado la manera de ver la vida y que se había ido a vivir con ellos. Me estuvo explicando una sarta de majaderías que, a mi, me sonaron a secta… de las chungas. Total, yo no estaba en el mejor de mis momentos y cuando Laura va y me propone que los acompañe a la farra que montan esa noche, que va a ser una fiesta que se recordaría en años pues, que cojones, le dije que si, que acababa el turno a las seis.
- ¿Manu en un aquelarre sectario? tío, te has quedado en los huesos, pero de coco no has cambiado nada. -Me río y, por primera vez, Manu esboza una sonrisa.- Por cierto, ¿la valla está en la calle Tallers? no sabía que la degradación en los edificios había llegado hasta tan arriba… hace demasiado tiempo que no me muevo por aquella zona…
- La afectación de la humedad no ha llegado hasta haya, ni mucho menos. Esos hijos de puta podridos de pasta siguen yendo al Liceo y a comprar delicatessen al mercado de la Boqueria. El acceso desde Las Ramblas a esos sitios está abierto, pero el ayuntamiento ha cercado todo lo que era el Rabal con la excusa de la subida del mar. Así se evitan que lo que ellos catalogan como “gentuza” se apiñe en guetos que los pijos no ven con buenos ojos. Del Barrio Gótico han salvado lo que han podido, asegurándose que la Catedral y la Plaza Sant Jaume estén en el lado “civilizado” de la valla… Lo del Born fue un desastre. Los edificios eran muy antiguos y han sufrido graves daños. Si trazas una línea desde Arco del triunfo al Palau de la Música, te podrás imaginar, más o menos, la zona afectada. Hay zonas en que han tirado la primera línea de edificios y han utilizado los escombros para fabricar un muro. En otros lados han tapiado los edificios y cerrado las calles con verjas.
- ¿Y te enchironan si cruzas la valla?
- No, lo que pase en las zonas en cuarentena, les importa una mierda. ¿Que te quieres ir de ocupa? Si se te derrumba la casa encima, pídele explicaciones a Rita la cantaora y, por supuesto, no esperes una ambulancia, el tránsito a vehículos está cerrado. Han cortado luz, agua, gas y demás suministros. Están dejando que, simplemente, los barrios se vayan al suelo ellos solos y si se llevan a algún indeseable con ellos, pues menos problemas para servicios sociales.
- Pues no es como lo explican en las noticias…
- ¿Pero aun te crees algo de lo que dice esa propaganda política? Que iluso eres...
- ¿Y me estas contando que tu te metiste en ese territorio comanche para ir de fiesta?
- Si. Quedé con Laura a las diez de aquella noche en Plaza Catalunya, al lado de la estatua de Colón…
- Tio, estoy desconectado de esa zona de la ciudad… ¿Al final se llevaron la estatua a plaza Catalunya?
- ¿No dices que miras las noticias?
- Bueno, mirar, mirar, es un decir... el ochenta por ciento de ellas me parecen una mierda y solo escucho ruido de fondo...
- Pues si, en los leones de la base aun se ven los destrozos que hizo la corrosión provocada por el salitre… Cuando había marea alta y soplaba el viento, las estatuas estaban completamente empapadas de agua salada. Llegó un momento en que decidieron que lo mejor era subir el monumento Ramblas arriba. Ahora la columna central es más pequeña y no hay mirador. Es como una réplica en miniatura…
Vale, sigamos… Laura y tu preparándoos para una fiesta…
- Laura me estaba esperando al lado de la estatua. “¿como vamos a pasar al otro lado del muro, Laura?” le pregunté, y ella sonrió y me dijo que no me preocupara, que todo estaba controlado.
- ¿Tienen muy controlado lo de la valla?
- Lo justo. El tema está en que, si te pillan intentando saltar, los guardias te pegan un estacazo y, encima, te hacen pagar cualquier daño que tenga ese tramo. Son unos hijos de puta. Ha habido gente a la que han empujado contra la valla ellos mismos, para poder pegarles una paliza y encima, arreglar un agujero que ya estuviera…
- ¡Que cabrones!. - Exclamo maliciosamente. Hay que ser un bastardo para llegar a esos niveles cuando tu lema es algo parecido al “Servir y proteger”.
- Pues eso que, Laura, me lleva a un sucio bareto en la calle Pelayo, entre Catalunya y Universidad. Entramos en el local, los únicos clientes, y en la barra, el tío más feo que te puedas imaginar. Feo de cojones. Laura cruza cuatro palabras entre susurros con el pavo ese, el camarero nos mira, levanta dos dedos y, Laura, le suelta dos billetes de veinte euros. El tío cierra la puerta del local y nos hace señas para que lo acompañemos al sótano del bar. Cuando bajamos, el camarero nos guía por el almacén, a través de montañas de cajas de cerveza con polvo de no haberlas tocado en años. Al fondo de la sala, el barman, apartó una pila de cajas y dejó al descubierto un boquete en la pared de medio metro de ancho por uno y medio de alto. Habían tirado el muro a martillazos.
- ¿Para llegar a las cloacas?. - Pregunto.
- Casi. El agujero conectaba con lo que queda de la Avinguda de la Llum.
- Espera… - Hago memoria para intentar no volver a quedar como el paleto de pueblo que estoy demostrando ser.- ¿La galería comercial subterránea que se le ocurrió a algún iluminado por allá los cincuenta?
- Eso mismo. No me preguntes como es lo que queda, porque no vi una mierda. Salimos en una tiendecita saqueada y cruzamos un pasillo encharcado que nos separaba de otra tiendecita destartalada en frente de la primera donde volvía a haber un agujero en la pared. El resto, oscuridad absoluta. No se veía nada más allá de lo que iluminaba la linterna que llevaba el del bar.

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Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 9:04

CAPITULO 5 - LA FIESTA

Llegados a este momento, Manu cesa su narración, me hace un gesto con la mano pidiéndome un momento y se va para la cocina. Vuelve con una botella de vodka con tres dedos de licor y dos vasos.
- ¿No es un poco pronto? - le digo cogiendo el vaso que me ofrece.
- Si no quieres, no bebas, pero yo necesito un trago para poder continuar.
- Bueno, pues echa, que no se diga que te dejo beber solo...
Manu sirve vodka en los dos vasos, me ofrece uno y se vuelve a sentar en el sillón mientras reinicia su relato:
- Justo pasar el segundo agujero, salimos a un sótano vacío con una escalera que subía. El del bareto nos acompañó escalera arriba, abrió una puerta cerrada con llave y no echó para afuera. nada más salir nosotros, volvió a cerrar dándole todas las vueltas que pudo a la llave. Estábamos en la Calle Jovellanos, al otro lado de la valla. “¿Lo ves? ¡ningún problema!” Me dice Laura. Me cogió de la mano y empezó a tirar de mí por aquellas calles en las que no se veía un pijo. “¡Rápido! ¡rápido! ¡llegaremos tarde!” me decía. No te se decir donde estaba el edificio, en la oscuridad, tardamos casi diez minutos en llegar. En una estrecha calle nos encontramos un edificio bajo con una vela en el quicio de la puerta de la entrada. En el interior se intuía luz, pero habían cubierto las ventanas. En aquella oscuridad absoluta en la que nos movíamos, encontrar aquella vela fue algo inaudito. Al llegar, Laura pico en la puerta. Nada de contraseñas raras, simplemente pico. Nos abrió la puerta un hombre. Nada destacaba especialmente en su indumentaria, a excepción que llevaba una tosca máscara de papel maché en la cara. ¿Sabes las máscaras de los carnavales de Venecia?
- Si, me suena…
- Pues algo parecido, pero lisa y blanca. Neutra. Yo di un paso atrás y no hizo falta que le dijera nada a Laura sobre el tema. “No te preocupes Manuel. Esto es una fiesta de presentación de nuevos integrantes en el grupo” me dijo mientras el portero le ofrecía a ella una máscara igual que la que llevaba. “Los que ya somos miembros vamos a llevar la cara tapada. Aquí hay gente que no quiere que los desconocidos los relacionen con estas fiestas. Gente importante. Cuando te hayan aceptado en el grupo, que lo harán, podrás venir a fiestas en las que nadie lleva careta.”
- ¿Y tu te metiste en aquella fiesta? - Le reprocho. Inmediatamente me arrepiento de haberlo hecho. Manu baja la mirada, da un trago nervioso a su vaso, apurando el contenido y vuelve a servirse.
- Entramos en el edificio y Laura me enseñó el tinglao que tenían montado. Habian quitado todas las puertas del edificio de dos plantas. Habian limpiado de escombros y basura que pùdiera haber quedado de el desalojo forzoso del barrio. Todo estaba iluminado con velas y lámparas de propano, no parecía que hubiera corriente eléctrica. Conté, como mínimo, cuatro muebles-Bar de tamaño respetable, repletos de bebidas. Al lado de ellos habian mesitas con pequeñas cantidades de otras “substancias”. A parte de estos muebles, en el resto de lo que me enseñó del edificio prácticamente no había mobiliario. Las mesas justas para que la gente pudiera dejar las bebidas y abrigos, pegadas contra las paredes y poco más. Me llamó la atención una pequeña habitación en la que había una especie de tapiz de motivos tribales colgado de una pared, con un montón de cosas desordenadas a sus pies. Era la unica habitacion con algo de desorden. Parecía la colección de un comprador compulsivo obsesionado con las baratijas de las religiones asiáticas. El centro del montón lo dominaba un Buda, al que le habían sustituido la cabeza por la de un elefante, de un respetable tamaño de casi medio metro de alto. De su cuello habían colgado guirnaldas de papel, medallas y diferentes cuchillos curvos de pequeño tamaño… ¿Has visto alguna vez los que llevan los Sikh?
Se de lo que me hablas, pero tengo que reconocer que no he visto nunca uno. Soy un policía mediocre en un pueblo mediocre y, más allá de sudamericanos y marroquíes, no tengo el placer de haber desarrollado mi conocimiento sobre otras culturas o religiones...
Bueno, pues supongo que sabrás que son pequeños cuchillos rituales, con fundas muy ornamentadas. - Asentí con la cabeza, hasta ahí llegaba. - Seguramente, si te lo sacan en un callejón oscuro te pincharan igual que una navaja automática, pero fuera de contexto no impresionan tanto. Alrededor de la estatua había diferentes ofrendas de fruta y en medio de todo, enfrente de la estatua, un libro de tapas oscuras con aspecto de tener cientos de años. El suelo estaba ligeramente sucio de pisadas y daba la sensación de que se hiciera más vida que en el resto del inmueble. No note que Laura, oculta tras su máscara, le diera más importancia que al resto de estancias del edificio.
- Pues a ti te impresionó como para acordarte de todos esos detalles…
- Comprendeme, la habitación desentonaba con el resto, además, más tarde volví a entrar en ella...
Otra vez, la mirada gacha, el trago que apura el vodka que le queda, el gesto vertiendo las últimas gotas de licor de la botella en su vaso.
- De repente, empezó a sonar música. Supongo que en algún sitio tenían una burra para los equipos de sonido. Salimos de la habitación y volvimos a uno de los salones. Durante visita guiada a la veintena de habitaciones del edificio nos habíamos cruzado con un par o tres de enmascarados preparando cosas para la fiesta, pero al regresar a una de las salas con mueble-bar, me dic cuenta que el número de gente había aumentado considerablemente. No era agobiante, pero éramos unos cuantos. Por lo que luego iría viendo, podíamos ser veinte o treinta personas repartidas por el edificio. La mitad de los presentes éramos invitados. Estaba claro que cada uno de los enmascarados había traído, a un nuevo miembro para el club. Se nos reconocía por no llevar máscara y por nuestra cara de no saber muy bien lo que podíamos esperar de la noche. Los anfitriones estaban entre nosotros, dándonos charla, presentándonos unos a otros, ofreciéndonos copas y algún que otro porrito. Vamos, intentando normalizar aquella extraña fiesta. Yo me abone al mueble-bar, donde empecé a aprovechar la barra libre y rechacé amablemente los tripis, las clenchas y los porros que me ofrecían… ya sabes que esas cosas no me van.
- Casi que me avises de la próxima vez que se reúnan… - Bromee, y una vez más en la conversación, me di cuenta que mi humor de mierda no ayudaba.
- Llevábamos cosa de una horita y pico y la fiesta se animaba. La gente se había tranquilizado y el alcohol y las drogas comenzaban a desinhibir al personal. Yo estaba hablando con una tía que se me había acercado. La chica llevaba un cuelgue importante y me balbuceaba su vida mientras yo asentía y miraba la generosa pechera que se adivinaba debajo de su camiseta. No estaba tan perjudicado como ella, pero la dosis continua de alcohol desde que había comenzado la farra estaba empezando a hacer mella. En esto que se nos acercaron dos enmascarados y nos pidieron que les hiciéramos sitio. Nos apartamos y en la mesa de nuestro lado colocaron una gran pipa de agua. Empezaron a preparar aquel trasto y, a la hora de “alimentarla”, introdujeron en el cajetín una materia fibrosa de un color verde negruzco. “¿Qué es eso?” le pregunté a uno de los de las máscaras, “Tranqui tio, es musgo mágico, ya veras que pelotazo pega…” me respondió. Acabaron de montar el cacharro y, el de la máscara que me había hablado me ofreció la pipa. Se la rechace y, antes de que el tío pudiera insistir, la de las tetas ya se la había quitado de las manos y estaba chupando la pipa como si no pudiera vivir sin ello. Me exhalo el humo en la cara y se tiró a comerme la boca.
- Manu el gigolo triunfador…
- Estuvimos dandonos el lote apoyados contra la pared mientras la fiesta continuaba a nuestro alrededor. No se como estaría ella, pero yo empezaba a encontrarme realmente mal. En algún momento en que parábamos para respirar, vi que la fiesta de los invitados degeneraba mientras los anfitriones se mantenían al margen. No los había visto consumir nada. Antes de que mi enturbiada mente llegará a ninguna conclusión, ella me cogió de la mano y me deje arrastrar a donde me llevara. Fue buscando un rincón solitario, hasta que lo encontró.
- La habitación del Buda… - Me adelanto.
- Si, se tiró al suelo al lado de la estatua y empezó a magrearse. Yo estaba paralizado mirándola. Entiéndelo, no es algo que me haya pasado habitualmente en mi vida. ¡Que cojones! no me había pasado nunca. - Sonríe de manera picara durante un segundo, antes de que la cara se le vuelva a tornar fúnebre. - De repente, la pava esa gira la cabeza, ve algo que le llama la atencion, alarga la mano y coje uno de los cuchillitos de la estatua. Lo saca de la funda y, con la punta de la hoja, empieza a acariciarse la camiseta desde la clavícula hasta el ombligo. Comenzó a lanzar gemidos que, junto a la performance del cuchillito, me hicieron pensar que parecía una escena de una porno cutre. Algo se movió a mi lado. Me gire y vía a uno de los de las máscaras. La estaba mirando a ella, mientras se acariciaba con el cuchillo…
- Vaya cerdo…
- Pues si, una cortada de rollo. Me vuelvo a girar hacia ella, para proponerle que nos vayamos a otro sitio a que pase lo que tenga que pasar y veo que la camiseta gris que lleva puesta se ha teñido de rojo mientras ella sigue pasándose el cuchillo por el pecho. Intentó pararla pero, al acercarme, sisea salvajemente y lanza cortes al aire que hacen que me aparte. Estaba fuera de sí. Parecia un animal. Vuelvo al lado del de la máscara y escucho como ríe levemente. Yo empezaba a tener la cabeza muy enturbiada, me costaba pensar con claridad. Los cortes de la del cuchillo ya habían dejado a la vista su piel debajo de la camiseta. Eran cortes profundos, muy feos. Estaba sangrando como un cerdo y la tia seguia cortando, cada vez con más ganas, mientras no paraba de gemir. De repente, paró de cortar y gemir y salto hacia adelante gritando como una posesa, con la boca llena de espumarajos, como si tuviera un resorte. No se si era su intención pero, a mi me derrumbo, y ella se tiró encima del de la máscara, que no se lo esperaba. La careta se le cayó de la cara mientras el tío gritaba y ella apuñalaba su pecho. Yo caí al lado de la estatua. Mi mano izquierda apoyada entre las ofrendas a aquel híbrido Buda-Elefante. Mi mano sobre el libro. En la esquina contraria, la tetas, acuchillando salvajemente al tio, que habia parado de gritar y emitía sonidos gorgoteantes mientras se ahogaba en su sangre. Puede parecer que mi recuerdo es muy lucido, pero no es así. se me estaba nublando la vista por momentos. No se que me llevó a llevarme el libro. No se porque me puse la máscara que se le había caído al tío. No quiero recordar lo que vi mientras intentaba salir de aquel edificio. No quiero que sea real que vi a una pareja follando en frente de uno de los muebles-bar, mientras se arrancaban la carne a mordiscos el uno al otro. No quiero que sea real el tío que intentaba meter sus tripas en la barriga, mientras un grupo tiraba del lado contrario como en un obsceno juego de tirar de la cuerda. No quiero que sea real la mujer que se plantó en frente mio, riendo a carcajadas como una posesa, mientras me enseñaba sus ojos en una mano y la navaja con los que se los había sacado, en la otra.
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Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 9:11

CAPÍTULO 6 - EL LIBRO

No se cuanto me tengo que creer de lo que Manu me está explicando. Llevo años en la policía de un pequeño pueblo. Aquí no hemos tenido un asesinato en la vida. De vez en cuando me da por mirar las noticias. El mundo se ha ido a la mierda, pero las sectas destructivas que organizan fiestas sangrientas son o de las películas, o de lo más abyecto de la mítica América profunda de los paletos. En la realidad en la que vivo pasan muchas cosas escabrosas, pero no como las que me está explicando Manu...
- No me preguntes como logre salir de aquel edificio. Ni donde fui durante la semana que estuve desaparecido. Supongo que vague por el barrio del Rabal, delirando. No quiero pensar que comí o bebí durante ese espacio de tiempo. Hay un vacío en mi mente de los días que pase perdido. Solo se con certeza que, un día, me encontré amarrado a una cama del Hospital Clínic. Me explicaron que me había encontrado una patrulla de policía en el Paralelo, cerca de los jardines de Tres Xemeneies, en plena zona de cuarentena. La vía que forma el Paralelo está cercada y se utiliza como acceso a las zonas marítimas, pero todo aquel barrio fue desalojado. Me dijeron que la patrulla había estado apunto de tirarme otra vez al lado salvaje de la valla pero, cuando revisaron mi documentación y la pasaron a central para que me identificaran, les apareció que constaba una denuncia de desaparición. Seguramente, me salvo que aquellos hijos de puta quisieran robarme la cartera. Por lo visto, cuando me trajeron al hospital era como un perro rabioso. Cuando me desperté, llevaba tres días sedado. Después de varias pruebas y análisis, decidieron que no estaba loco y que toda la crisis había sido causada por un alto consumo de estupefacientes. Me dieron el alta sin muchas contemplaciones. A la salida me devolvieron mis pertenencias, entre ellas estaba el maldito libro que me lleve de aquella casa. La enfermera me dijo que lo tenía agarrado con tanta fuerza, que necesitaron tres celadores para quitármelo. He pasado los últimos meses intentando superar aquello, pero me esta consumiendo. Tengo un nudo en el estómago y prácticamente no puedo comer. Esto es lo único que bebo - Me dice levantando el vaso con restos de vodka.- Laura me ha llamado por teléfono, está intentando localizarme. Estoy seguro que ella es la que me llama con numero oculto y no habla cuando descuelgo. Me ha parecido verla, espiándome, varias veces desde aquella esquina. - Dice, señalándome a la calle, desde el ventanal del comedor.- aunque las veces que he salido a buscarla, no la he encontrado nunca. Incluso he escuchado como intentaban forzar la puerta en lo profundo de la noche.
- ¿Y en todo este tiempo no has llamado a la policía? ¿Ni cuando han intentado entrar en tu casa?
- Lo he hecho, Lupo. La semana pasada por ejemplo, el miércoles, a las tres y media de la madrugada más o menos.
Manu, la semana pasada yo estaba de turno de noche. Solo somos dos Agentes trabajando y vamos juntos hasta al lavabo. El teléfono de la policía conecta con un móvil que llevábamos uno de los integrantes del binomio encima. A la policía no la llamaste...
- ¡Pues te digo que la semana pasada os llamé!. - Grita, alterado.- Alguien descolgó el teléfono y se rió cuando le explique lo que pasaba… luego me colgó. Volví a llamar, pero la línea comunicaba.
- Y yo te digo que solo hemos tenido una puta llamada en toda la semana, Manu, y no era tuya. - Me estoy empezando a mosquear ya que la preocupación por mi amigo se está transformado en certeza de que esta como una regadera.- ¿Además, porque te están acosando? ¿Por una rave, no sabes donde y en un lugar que no le importa una mierda a nadie, en la que flipaste una masacre? ¿Te crees que no me hubiera enterado de una noticia como esa? ¿Una quincena de personas mutiladas en una orgía? Nos hubieran puesto sobre aviso incluso a la policía de una mierda de pueblo como este… ¿O te crees que solo están los medios oficiales para este tipo de noticias? No, Manu. A mi me llegan decenas de mensajes de compañeros por redes sociales, cada uno a ver quien la ha vivido más gorda, para fardar de en qué municipio pasan las cosas más chungas. Y si, Barcelona se lleva la palma, pero no he escuchado nada de parecido a la masacre que me has explicado...
Manel se levanta de un salto del sofá y se me encara:
- ¿Quieres pruebas, Lupo? - Me grita, levantándose del sofá, y sale disparado por una de las puertas del comedor. Lo escucho trastear en una habitación. Pasado un momento, vuelve con algo envuelto en una bolsa de plástico de un supermercado del pueblo y me lo tira al regazo.- Ahí tienes tus putas pruebas.
No necesito abrir la bolsa para adivinar que se trata de un pesado libro. Lo saco de la bolsa y lo observo. A ojo cubero, diría que tiene entre ciento cincuenta y doscientas páginas. Las tapas son de piel, de un color marrón oscuro gastado por los años. Las páginas tienen el tamaño aproximado de un folio A5, la mitad de los folios de toda la vida. No tiene título en el lomo y el único grabado en la piel de la portada es una figura extraña, con forma de lo que a mi me parece una estrella de mar de diez puntas. Hago pasar las hojas y observo que todas las páginas son aparentemente iguales. No se observan puntos y aparte ni separaciones entre párrafos. Tampoco hay diferentes sangrías en el texto. Todas son rectángulos compactos de símbolos ordenados en hileras horizontales. No hay espacios que separen palabras. Los símbolos son semejantes a garabatos de alguien que no sepa escribir notas de música y decida rellenar una partitura. Conjuntos de líneas rectas y circunferencias diferentes de cualquier cosa que yo haya visto antes. No hay ni una sola ilustración, ni índice, ni una nota de agradecimientos… solo paginas y paginas de garabatos ininteligibles.
- Son los mismos símbolos que llenaron las paredes de las calles del Rabal.
- Vale, tienes un libro raro… ¿Y que demuestra esto?
- Estas sobre la segunda prueba…
- ¿Qué quieres decir, Manu?
- Yo no destroce el piso… Bueno, no inicialmente. Cuando llegue la otra tarde, alguien había entrado. Habían vaciado todos y cada uno de los cajones que hay en la casa. Habían rajado los sofás, las almohadas y los colchones. Incluso habían sacado los cuadros de las paredes, supongo que en busca de cajas fuertes o escondrijos semejantes. Nada más ver lo que habían hecho, sufrí un ataque de ansiedad. Sabía que estaban buscando esto - Me dice, señalando el libro que tengo en mis manos.- cuando me recuperé, empecé a empinar el codo. Llegó un momento en que me pareció buena idea acabar lo que había empezado y empecé a desahogarme con lo que quedaba entero de vajilla. Fue cuando aparecieron tus compañeros…
- ¿Y el libro? ¿Donde lo tenias para que no lo encontraran?
- No me fio de dejarlo en casa. Siempre lo llevo conmigo en la mochila. La otra noche, cuando escuche llegar el coche de policía, tuve un momento de lucidez y lo escondí bajo los restos de lo que era mi cama.
- Mira, Manu, no te puedo decir que me crea la película de miedo esta que me has contado, pero… -Pausa dramática.- ...Tengo un conocido, lingüista, que había trabajado en la biblioteca del pueblo hace un tiempo. Si no estoy equivocado, ahora ronda por la Escuela Industrial. Déjame que le lleve el libro. Que se lo mire y me diga, al menos, si el sabe en qué idioma de los cojones está escrito...
Manu empieza a reunir fuerzas para negarse a mi propuesta, pero no le dejo ni comenzar a hablar:
- ...Si el me dice que reconoce la escritura, comenzaré a darle credibilidad a lo que me has contado. Si no, yo mismo llamaré al Hospital Clinic, para que vayan adecentando tu antigua habitación.
- De acuerdo. -Accede Manu derrotado.- He sido yo el que te he pedido ayuda. No puedo negarme a tus condiciones. Solo espero no equivocarme contigo, Lupo. Es la única prueba que tengo de que lo de aquella noche sucedió…
- Tranquilo, Manu. No te la voy a jugar. A todo esto... ¿dónde vas a dormir? - digo señalando a nuestro alrededor. - ¿Te vas a quedar aquí?
- Si, aún es pronto. Voy a recoger lo que pueda, -Hace un gesto mostrando su brazo en cabestrillo.- y me meteré en lo que quede de la cama. Estoy molido.
- ¿Quieres que me quede a echarte una mano?
- No, Lupo. Hoy ya has hecho suficiente por mi. No te preocupes. Llévale el libro a ese amigo tuyo y a ver qué puede explicarnos...
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 9:13

CAPÍTULO 7 - SMOG

Mientras conduzco, me imagino a tres ingleses de finales del diecinueve, sentados en un muro, mirando en el horizonte aquel Londres cubierto de humeantes chimeneas y fábricas alimentadas insaciablemente por carbón, discutiendo sobre el paisaje que estaban viendo.
- ¡Fog (Niebla)! – Opinaría uno en relación a la nube que inundaba la ciudad.
- ¡Smoke (Humo)! – defendería el otro.
El tercero se los miraría y, harto de la conversación de besugos determinaría:
- Smog. – Callando a los otros dos y finalizando la conversación.
Y así es como el rico idioma anglosajón, que construye palabras según las necesidades del momento, definió lo que yo estaba viendo según me acercaba por la autopista a la ciudad Condal.

Kilómetros antes de llegar a Barcelona, el aire empezaba a enrarecerse. Comenzaba a enturbiarse y a ganar aromas. En la periferia el ambiente era particular, sin llegar a ser desagradable. Según te adentrabas en las inmediaciones de la urbe, la visibilidad se reducía hasta el nivel equivalente a una niebla espesa en los barrios cercanos del centro y el aire insípido se transformaba en una miasma infecta, llena de olores a humedad y podredumbre, en las zonas afectadas por la subida del nivel del mar.
Ni era del todo natural (Esa naturaleza que se había vuelto loca, sin que a nadie pareciera importarle) ni era del todo artificial. El traslado de las zonas industriales a las planicies del Prat, huyendo de la inundación de la Zona Franca se estaba produciendo lentamente. Nadie tenía intención de invertir millones en infraestructuras, cuando lo único que peligraba era la salud de los trabajadores. Al que no le gustara trabajar pisando algún charco que otro o en edificios que padecían una gangrena sistemática que hacía que las paredes se cayeran en grandes llagas de humedad, que se buscara otro trabajo. Cuando uno de los edificios se hundía debido a la erosión, los empresarios se lamentaban de las víctimas (si por desgracia, las había) y montaban deprisa y corriendo la fábrica en otro lugar que no estuviera afectado por ese mar iracundo que estaba reclamando terrenos a los hombres.
Los controles sobre la industria se habían relajado. En una sociedad con más del cincuenta por ciento de paro, el gobierno no podía permitirse, encima, cerrar una empresa porque, total, había hecho un vertido tóxico en una riera o sus chimeneas producían un humo negro y aceitoso como la brea, causado por utilizar neumáticos viejos como combustible de sus hornos.
El resultado de esta locura medioambiental era ese. Una niebla proveniente de dios sabia dónde se fundida con el humo de una industria desbocada y daban como resultado una ciudad sumida en un ocaso perpetuo y donde el sol brillaba lo justo para que el día se pudiera diferenciar de la noche.
La noche... Hablemos de las noches. Sí insólito era la aparición de esa niebla perpetua en Barcelona, no menos sorprendente era lo que ocurría noche tras noche. En cuanto el tibio sol se escondía por el horizonte, fuertes vientos empezaban a soplar desde el mar. Los barrios del frente marino se limpiaban de smog, pero el efecto se iba atenuando según las corrientes de aire se adentraban en el laberinto de cemento y hormigón que era la ciudad. Más allá de la Plaza Catalunya, daba igual que soplara brisa o un huracán, que la urbe seguía impregnada en esa niebla aceitosa.
Llegando a la entrada a Barcelona, a un par de kilómetros de la ciudad, autopista se acababa. El Ayuntamiento, en un intento de hacer creer a la ciudadanía que estaba luchando contra la contaminación de la ciudad, había prohibido el tránsito rodado de vehículos particulares en el interior de la ciudad. Solo se permitía el paso de vehículos de transporte de mercancías, después de que hubieran pasado estrictos controles policiales.
El beneficio de la administración era múltiple. Por un lado tenían el eslogan de que están luchando por limpiar el aire. Por otro, los inmensos aparcamientos en los que habían transformado los últimos kilómetros de autopista, eran concesión del ayuntamiento. Finalmente, para moverte por la ciudad, o lo hacías por a pie o en transporte municipal porque, seamos sinceros, nadie en su sano juicio llevaba una bicicleta en un ambiente de aire toxico. Todo eran ventajas para la administración.
Pasados los antiguos estudios de Tv3 de Sant Joan d’Espí, la autopista B23 de entrada y salida de Barcelona, se acaba. Un control policial te invita a que entres en el aparcamiento, o te des la vuelta y vuelvas por donde has venido.
Tras unos minutos de dar vueltas, encuentro una plaza libre donde aparcar la moto. En control de la entrada ya me han dado el ticket para pagar la estancia cuando quiera irme. Putas sanguijuelas, sangrando a la plebe.
Me acerco a una de las paradas de autobús que se encuentran repartidas por el aparcamiento. Una veintena de personas hacen cola para que las trasladen a la ciudad. Logro entrar en el cupo de pasajeros del segundo autobús que pasa. Total, solo llevo quince putos minutos haciendo cola.
El autobús está atestado de trabajadores que se dirigen al centro. Lo que sí que ha ganado la ciudad, es la guerra contra el tráfico. Recorremos la Diagonal a velocidad de vértigo. Como siempre, una sonrisa melancólica asoma en mi cara cuando pasamos a la altura de Cuartel Militar del Bruch. Me asaltan recuerdos de los años de juventud que pase como soldado profesional. Cuando éramos soldados… y jóvenes.
Los recuerdos se pierden en el último tramo antes de llegar a la plaza Francesc Macia. Me sigue sorprendiendo que el tramo que hace algo más de una década se recorriera, con suerte, en media hora, a día de hoy se haga en poco más de cinco minutos.
La niebla lo cubre todo de manera que los edificios del otro lado de la plaza son poco más que siluetas recortadas en el fondo gris. La gente se mueve rápidamente por las aceras, nadie quiere estar más tiempo del necesario en aquel entorno. La gran mayoría de los viandantes llevan mascarillas de papel tapándoles la boca y la nariz. Hay grupos de policías con máscaras NBQ dando seguridad en la zona.
Si por algo se puede diferenciar a los que estamos de paso de los residentes de la urbe es porque los visitantes no nos cubrimos la cara. Si, soy un inconsciente, pero es que, yo, lo voy a respirar a tope unas horas pero tú, querido barcelonés, tú vives 24 horas al día en esta mierda.
Salgo del autobús en la Plaza Francesc Macia y bajo, en dirección al mar por la calle Urgel, hasta que llegó a la antigua escuela industrial. Hace unos años que habían reconvertido la mayor parte del instituto en una biblioteca. La falta de jóvenes dispuestos a pagar las tasas abusivas de una formación académica que, al fin y al cabo, les deparaba el único futuro de la cola del paro obligó a la reconversión del recinto. Ahora, el ayuntamiento se jactaba de tener una de las más grandes bibliotecas de Europa, cuando lo que realmente tenía era un trastero gigantesco donde almacenar todos esos libros mohosos que, anteriormente, se estaban pudriendo en edificios inundados.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 9:27

CAPÍTULO 8 - LA ANTIGUA ESCUELA INDUSTRIAL

Caminando entre la niebla aceitosa que lo cubre todo, me sorprendo al encontrarme frente a la puerta principal de la antigua escuela industrial. Las distancias son engañosas en esta niebla aceitosa que lo cubre todo. Paso las puertas que dan a un parque interior y me dirijo a la puerta de acceso. Han aumentado la seguridad desde la última vez que vine porque, flaqueando la entrada, hay dos policías con uniforme negro y pesados chalecos antibalas. Uno lleva una máscara antigás negra que junto con el casco táctico del mismo color le da la apariencia de un extra de una película barata de ciencia ficción. Lleva en posición de guardia un subfusil UMP de 9 milímetros. El otro lleva una máscara que solo le cubre la boca y la nariz y la cabeza descubierta, factor que permite apreciar la cicatriz que surge de algún lugar detrás del tapabocas en su mejilla derecha y que le cruza la cara, perdiéndose en su cabeza rapada. A este le rajaron la cara a conciencia.
Llego a su altura y cierran filas delante de mí.
- Documentación y adónde vas. - Espeta con tono imperativo el de la cicatriz.
- Buenas, soy compañero y… - Digo, mientras empiezo a sacar la placa.
- ¿Te he pedido que me cuentes tu puta vida? – el del subfusil lo empuña en un gesto nada sutil preparado para, ante la duda, encararlo contra mí y vaciar el cargador en la posible amenaza.
Saco la cartera donde llevo la documentación con movimientos lentos y se la paso a cocoliso.
- Muy bien, Lupo… “Compañero” – Si pudiera haber más bilis en su tono, seguramente le ardería la lengua – ¿que se te ha perdido aquí?
- Jorge Andrade, de registro de documentos, me está esperando.
- No muevas ni un pelo o aquí, mi amigo, te lo explicara de otro modo…
El calvorota se aleja dos pasos y empieza a comunicar con un walkie-talkie mientras el del traje NBQ no separa la vista de los ojos de vidrio de su máscara de mi persona.
Después de un intercambio de rápidas frases con la centralita, el rapado vuelve.
- Adelante “Compañero” – Otra vez la sorna.- Entra y te vas directo a la ventanilla a mano izquierda que te den la identificación de visitante. ¡Bien visible en la pechera en todo momento! No sea que te confundan con algún ocupa que se haya colado…

Conocí a Jorge hace unos años. Empezó a trabajar de bibliotecario en Les Pinedes, por aquello de hacer currículum. El tío era un coco, pero no se comía un torrao en las oposiciones por falta de méritos. Un día, al poco de llegar al pueblo, aparco su coche en una línea amarilla al lado de la biblioteca, porque, según me explicó luego, llegaba tarde. Tuvo la mala suerte de que yo estaba poco receptivo aquella mañana. Vi el coche y en vez de mirar de localizar al propietario, cosa muy típica en los pueblos pequeños, saque el talonario, redacte la receta y me puse a llamar a la grúa. Al minuto lo tenía allí, explicándome que era trabajador del ayuntamiento y que había sido un momento. Mi respuesta fue que aun tenia suerte de que no me lo llevara con la grúa. El me prometió odio eterno. Así, textualmente. Y resultó que no, que con el tiempo se limaron las asperezas de ese primer encontronazo. Su ultimo día como bibliotecario en Les Pinedes, nos despedimos en el bar del pueblo poniéndonos tibios a medianas, como dos camaradas de toda la vida.
Llego a la puerta de su despacho y pico en ella.
- Adelante. - Me llega desde el interior. - ¡Ah! ¡Lupo! Que alegría verte. Pasa, pasa… Como te de dicho por teléfono, tengo una reunión importante, pero puedo atenderte mientras no llegue. Creo que tenemos diez minutos, un cuarto de hora.
Jorge está sentado en una butaca, enfrente de una pequeña mesa, en medio del pequeño cubículo que es su despacho. Me saca unos pocos años, hecho que queda patente en la calvita que luce. Por lo demás, la vida lo ha tratado bien.
- Gracias Jorge, te tenia que haber avisado con más tiempo, pero me ha sido imposible y esto me urge…
- Tranquilo. - Me dice Jorge mientras me invita a sentarme en la silla de las visitas, en frente suyo.- A ver, qué era eso que me querías enseñar.
Saco el libro de Manu de la mochila donde lo llevo y se lo dejo encima de la mesa, enfrente suyo. Los ojos de Jorge brillan con interés mientras coge el libro.
- Bueno… Que tenemos aquí… indudablemente es viejo. -Dice mientras lo voltea.- Hace décadas, por no decir siglos, que no se fabrican libros de tanta calidad. Es de cuando las escrituras se hacían para que durasen, y no como los de ahora, que entre las tintas de mala calidad y los papeles reciclados baratos, prácticamente los tienes que tirar a la basura después de haberlos leído una sola vez...
Lo abre y empieza a hojearlo y su semblante animado cambia súbitamente a extrañeza.
- Lupo… ¿que se supone que estoy viendo? ¿qué es esto?
- Esperaba que tú me lo dijeras…
- No reconozco esta escritura. Por las características físicas del libro, ya doy por hecho que no me has traído un fraude para reírte de mi, pero tengo que reconocer que no sé en qué diablos se supone que está escrito… ¿de donde lo has sacado?
- Es de un amigo de juventud. Me ha explicado un cuento para no dormir y la única prueba que tiene de que le paso algo muy raro, es este libro.
- Pues siento serte de tan poca ayuda. -Me dice cerrando el libro. Al hacerlo, repara por primera vez en el grabado de la portada. - Un momento… Que ves aquí? - Me dice, señalando el dibujo.
- Vale, a esto se jugar… es una estrella de mar mutante o el símbolo demoníaco de un juego de estrategia fantástica al que jugaba de joven, tuneado para que las puntas, en vez de flechas, sean tentáculos…
- ¿El señor Alberto Lupo jugaba a Warhammer en su juventud?
- Todos tenemos un pasado, y yo no soy ninguna excepción, -le dijo, guiñando pícaramente.- Por cierto.. que lo del ojo en medio también estaba en el juego, osea que el dibujo es la ostia de original. -añado burlón.
- Casi la aciertas, Lupo. El diseño del símbolo de la estrella del caos Moorcockiana, a la que te refieres, no es original de los juegos de estrategia. Como mucha otra simbología, está inspirada en conceptos anteriores. Hay tienes, por ejemplo, la esvástica nazi o el símbolo de las SS, que son apropiaciones de un símbolo budista y de unas runas nórdicas, respectivamente.
- Vale, hasta aquí te sigo...
- La portada de este libro, en concreto, parece más una representación de la Estrella de Isthar que la ilustración de portada de un libro de rol para niñatos aficionados a la estrategia. - Me dice, lanzando una puya nada disimulada.
- Vaya, eso ha dolido. -Le digo sonriendo.- ¿Isthar? Lo siento, por ese nombre no me viene nada...
- Si, un momento.- Acompaña la petición alzando un dedo. inmediatamente se pone a teclear en el pequeño ordenador portátil que tiene a un lateral de la mes.- Isthar, diosa Babilónica de la fertilidad y la guerra. No me suena que fuera de la guerra, pero en fin, fíate tu de lo que ponen en la Wiki… Según esto, data del siglo diecisiete antes de cristo. Adorada en lo que ahora sería Irak.
- Vale, me la apunto para la próxima vez que vaya a un concurso de la tele… ¿y porque tentáculos?
- Pues eso no lo sé. Quizás el artista, por algún motivo que desconocemos, le quiso dar un toque marinero.
- Estas de coña ¿no?
- Lupo, me traes un libro, evidentemente muy antiguo, repleto de símbolos que no había visto en la vida, ¿ y pretendes que te haga un análisis riguroso de un dibujo en la portada? Lo de Isthar es en serio, la referencia es clara, ¿pero lo de los motivos marineros? pues claro que es una coña… - Me dice sin poder contener la risa.
En ese momento pican en la puerta:
- Un segundo por favor. -Grita Jorge.- Mi visita., lo siento, nos tendremos que ver otro dia para seguir analizado porque el autor no dibujó también unas gambitas…
- Jorge, ¿te puedo preguntar una cosa ultrarapida? De la de si o no…
- Puedes…
- ¿Te suena alguna noticia sobre una matanza en el Raval? hace unos meses…
- No, pero mira, te voy a presentar a alguien y le preguntas a él, que seguro que os vais a caer de puta madre... - El tono sarcástico es más que evidente.
Jorge se va para la puerta, asoma la cabeza y llama a la persona que espera en el exterior:
- ¡Carlos! adelante, por favor.
Carlos es más o menos de mi altura, pero tiene una pinta de matón de discoteca que tira para atrás. Va vestido con un traje de pinza y una camisa, todo de aspecto cómodo pero formal. Una gabardina de color beis remata las pintas de haber salido de una película de los treinta. Solo le falta el sombrero de ala ancha para parecer un detective privado a lo Humphrey Bogard.
- Te presento a Alberto Lupo, de la Policía de Les Pinedes del Llobregat. Ya sabes, el pueblo donde estuve trabajando de bibliotecario. Lupo, este es Carlos Corso, Caporal de la Guardia Urbana de Barcelona…
- De lo que queda de ella. - Me dice mientras me estrecha la mano.
- Lupo me estaba preguntando si sabía algo de unos asesinatos en el barrio del Rabal…
- Hace unos meses se escuchó algo, -Dice Carlos, con un tono tan serio como comedido.- pero desde que la GUB ha quedado relegada a trabajos administrativos y la ley la imparten esos bastardos mercenarios que están custodiando la puerta, las noticias llegan con cuentagotas… ¿Porque te interesa ese tema… Alberto?
- Lupo, por favor, mis amigos no me llaman Alberto…
- Haces amigos muy rápido… Lupo - Me lanza Carlos. Quiero información, no broncas, por lo cual hago caso omiso y sigo a lo mio.
- Un conocido afirma haber estado en una fiesta que acabó en un baño de sangre. La historia es tan fantástica, que se la puse en duda, pero el insiste en que es real y estoy intentando encontrar algún indicio que le de veracidad.
- Bueno, no se mas que lo que te he dicho, pero escúchame bien… En Barcelona pasan cosas muy raras en estos tiempos que vivimos. Yo no me tomaría las cosas a la ligera por extrañas que parezcan…
Bueno, gracias por el consejo y por la información.
- Toma, Lupo. -Carlos me alarga una tarjeta.- Viene mi numero de teléfono. Si tu colega te explica algo mas, llámame, miraré de rebuscar entre la basura de la que nos informan para contrastarlo.
- Gracias Alberto.
Corso. - Sentencia.- Yo también estoy más acostumbrado a mi apellido que a mi nombre… Cosas de este trabajo que tenemos, en el que estás tratando de usted a todo el mundo, y de haber estudiado en un colegio de curas.
- Tienes toda la razón. Un placer Corso. - Mientras volvemos a estrecharnos las manos.-¡ Nos vemos Jorge!
- Que te den, Lupo. -Se despide, con una sonrisa.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 9:32

EPILOGO DEL LIBRO 1 - INTRUSIÓN EN EL BRUCH

Hacia tiempo que el cuartel del Bruch había pasado su época dorada.
Se acabó el servicio militar obligatorio y se disolvió la famosa unidad de la GOE de la que, aún, podías encontrar algún vejestorio explicando batallitas de la puta mili y de cómo le habían llegado a proponer el ser Sargento si se quedaba nueve meses más. El fin de los reclutas de reemplazo provocó que el cuartel militar se hundiera en la más profunda de las miserias.
Luego le sobrevino otra edad de oro, con la llegada de nuevos reclutas y nuevas unidades, que también acabó pasando, volviendo a su mediocridad anterior.
A día de hoy, y con todos los problemas que tiene la sociedad de los que preocuparse y que no se solucionaban con un ejército que desde que se dejó atrás una guerra civil había sido poco más que una pantomima, el personal en el cuartel era meramente testimonial.
Una excusa, ya que existía la leyenda entre el personal de tropa que, en el momento que desapareciera el personal militar del recinto, los herederos de aquellos terrenos tendrían plena potestad para reclamarlos y construir rascacielos de lujo.
Unas pocas decenas de militares, entre oficiales, suboficiales y personal de tropa, jugaban a hacer ver que hacían trabajos administrativos absurdos de lunes a viernes, en horario intensivo, para mantener la presencia de la milicia en aquella ciudad amurallada.
Convivían con ellos los encargados del mantenimiento, también militares, que se encargaban de la limpieza y de las reformas en las instalaciones y una unidad de seguridad de una veintena de personas, que custodiaban el acceso al recinto.
Todos aquellos que no sabían ni encender un ordenador a pedradas, eran destinados a poner tochos y barrer el patio de armas. Los que ansiaban el tacto de las armas, aunque fuera solo para intimidar, acababan haciendo guardias como cabrones.

La noche era cerrada. Las tantas de la madrugada de un sábado de puente largo. La guardia, aburrida como leer una guía telefónica.
El único soldado despierto lucha para no caer en los brazos de Morfeo mientras juguetea con los mandos de las cámaras. Sabe que tiene que ser sutil, que tiene que parecer que las mueve por algún motivo más allá del aburrimiento, porque el Cabo primero que está de Comandante de la guardia puede ver los movimientos en su monitor y no quiere que le calienten la oreja con una reprimenda marcial. Eso, siempre y cuando el Cabo primero no este dormido, babeando la mesa de su despacho, o cascándosela mirando una porno.
Desde su silla terriblemente cómoda, escucha como los otros dos soldados que están de guardia con el, roncan en la habitación de al lado. Putas imaginarias. Todo el mundo durmiendo y él, mirando la nada mientras lucha para que no se le cierren los ojos.
Pican en la puerta de acceso de peatones. Otro suertudo que vuelve de fiesta, piensa. El cabrón se ha acercado a la puerta caminando por la acera pegado a la pared y no lo ha visto llegar. Toda una rampa hacia el acceso al cuartel, libre del tránsito de vehículos, y este viene por la acera. Seguro que va tan tajado que ni se aguanta en pie y ha tenido que irse apoyando en el muro toda la subida.
Se levanta, bostezando, pero con brío. No quiere que una segunda llamada en la puerta despierte al jefe y le de motivos para que le meta dos días de arresto por suponer que estaba dormido en las cámaras y por eso ha tardado en ir a abrir.
Llega a la puerta del acceso de peatones. El despacho del comandante de la guardia le queda justo a su derecha. A través de la puerta con ventana, la luz apagada y la figura del Cabo primero derrumbada en la silla de oficina, iluminada por el resplandor de la tele sin sonido que hay a su derecha. Hijoputa. Sobando, también. Pero a este que nadie le diga nada...
Abre una pequeña ventanita a la altura de la cara del recién llegado, en la pesada puerta de madera. Oscuridad profunda habitual en el exterior, en la que finge reconocer a la figura que tiene delante. No sabe quien es pero, que demonios, tienen mucho sueño, muy pocas ganas de historias y, al fin y al cabo, aquí nunca viene nadie que no quiera venir.
Abre la puerta, preparado para saludar al beodo que ha llegado de farra, cuando una hoja se le hunde en la garganta. Mientras se ahoga en su propia sangre, lo lanzan fuera del cuartel, hacia la oscura calle. Aquí no ha pasado nada.
El murmullo en la puerta hace que el Cabo primero salga del sopor en el que se encontraba, solo para ver como una sombra cubierta de harapos entra por la puerta del despacho, recorre el par de metros que los separan y se le tira encima. Llega a ver la máscara de porcelana agrietada que porta el agresor, mientras lo apuñalan salvajemente.
Cuando la figura sale del despacho dejando regueros de sangre del Cabo primero, se encuentra con los dos enmascarados, también vestidos con harapos, que han entrado tras él. Están saliendo del dormitorio de la guardia. La sangre y la cabeza cercenada con la que juguetea uno de ellos, indican que la intrusión ha sido un éxito.
Saben que, aparte de ellos, en el cuartel solo hay un par de oficiales en sus residencias. No serán un problema.
Una vez solucionado el tema de los posibles testigos, aún les quedaran un par de horas de plena oscuridad para poder encontrar los túneles que llevan a la cripta.
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Jue May 25, 2017 9:41

OTRO INTERLUDIO

Y, hasta aquí, lo que tengo escrito del primer arco (o libro, o como lo que queráis llamar).

Lo dije en la introducción. Ni es original, ni huye de los referentes en los que se inspira (Y, muy posiblemente, esta pésimamente escrito).

Korvec, una vez mas, vuelvo a ti. Una vez me dijiste que estabas harto de las películas de zombis. De esos cuerpos de élite y esos héroes y heroínas perfectamente preparados para superar las hordas de no muertos. Ahí ya insinuabas el germen del Camino de la Cabra .
¿Porque en la novela negra siempre son policías hiper bregados en todas las situaciones? ¿porque no puede ser un agente de un pequeño pueblo? Sin recursos, sin conocimientos... ¿Porque los primigenios siempre están en Nueva Inglaterra? ¿Porque no en Barcelona?
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Re: Las horas muertas

Mensajepor ElPutoAmo » Mar May 30, 2017 3:45

Pues no tiene mala pinta, y me alegro mucho de que te hayas animado. Yo también demasiadas veces me lamento de no haberme animado a hacer o crear algo más de lo que he hecho en estos campos que tanto me apasionan... Total, para llevarte malas experiencias y miserias, casi mejor haciendo algo que te interesa y quizá pueda llevar a algo, que no un curro de mierda y repetitivo con un jefe subnormal que es la encarnación de la mediocridad... En fin, mientras hay vida hay esperanza. Cuando tenga un rato espero poder leerme el tochaco que has puesto. Pero de entrada, mi enhorabuena y mayores respetos, solo por la iniciativa. :wink:
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Re: Las horas muertas

Mensajepor Kitsune » Mar May 30, 2017 9:06

Gracias! La verdad es que es una locura. No paro de hacer modificaciones en los textos (Los cuales me se de memoria, de las veces que los he escrito); ahora escribo unos párrafos continuando el punto donde deje el argumento, ahora se me ocurre una idea (que a mi me parece...) genial y escribo varias paginas que no se ni como encajaran en la historia...
En fin, como mi aspiración no es otra que meramente hedonista, el proyecto sigue adelante XD
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