Crítica: “FAST & FURIOUS 8”. La era de Toretto

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Lo que empezó en 2001 con “A Todo Gas” como una cinta sobre tuning y carreras callejeras ha aplicado a cada nueva entrega esa máxima de Hollywood de que la secuela debe ser si no mejor, sí más ruidosa y explosiva que la anterior.

Liberados desde hace varias entregas de cualquier deuda con la verosimilitud o la congruencia argumental, los que otrora fueran una pandilla de ladrones de suburbio aquí han adquirido ya categoría de superhéroes. Indestructibles, capaces de saltarse cualquier ley básica de la física o de la gravedad, el equipo de Toretto (Vin Diesel) podría medir fuerzas con los mismísimos Vengadores sin perder el chascarrillo.

Las secuencias de acción, con participación de todo tipo de vehículos, son cada vez más extensas, elaboradas, explosivas y estruendosas, gracias también a una cada vez mayor presencia de los efectos digitales que cubren aquello que la mundanal física no es capaz de realizar. A nivel dramático, la cosa tampoco cuenta con mayor credibilidad. Los personajes cambian de bando, solucionan enfrentamientos anteriores o perdonan traiciones con pasmosa facilidad y con abundancia de trillados discursos sobre el valor de la familia y el honor entre ladrones. Todo esto son elementos que no deberíamos admitir en ninguna producción y que generan por lo general poco más que vergüenza ajena en el espectador.

Sin embargo, esta franquicia no sólo no los oculta, sino que los ha convertido en seña de identidad. Así que si forman parte de la legión de espectadores que han aceptado este juego y no sólo perdonan, sino que abrazan estos particularismos, Fast & Furious 8 les parecerá la aventura más épica y espectacular de la banda de Toretto. Para el resto, mi consejo es que busquen otras alternativas de ocio.