Crítica: “Con todo el odio de nuestro corazón” de Fernando Cámara

0
175

http://tumbaabierta.com/wp-content/uploads/2013/09/tumbaabierta_odio.jpg

Autor: Fernando Cámaraes
Formato: 14*21
Encuadernación: Rústica con cuadernillos cosidos al hilo
ISBN: 978-84-940925-7-2
PVP: 18,50 euros
Páginas: 256 páginas
Editorial: Rey Lear Editores

Dicen que todo llega. Y es verdad. Por ejemplo, a mí me ha tocado escribir, tal vez, la crítica más difícil hasta la fecha. Si no habéis oído hablar de la segunda novela de Fernando Cámara, Con todo el odio de nuestro corazón, yo vengo a deciros que es una de las más crudas que jamás he leído. Ya, ya sé que así dicho puede resultar muy fuerte, pero las cosas son como son.

Fernando Cámara, cineasta, escritor, y después de esta lectura estoy segura de que también maravilloso padre de familia, se alzó por algo con el XVI Premio Francisco García Pavón de narrativa policíaca; precisamente por todo el odio que encierra aquí dentro. El odio y la rabia. Y la desesperación. Y la humanidad y también lo contrario… porque encerrar, lo que se dice encerrar, lo encierra todo.

Con todo el odio de nuestro corazón, describe una distopía que en teoría tiene lugar en un futuro muy próximo, pero resulta que es un futuro tan, tan próximo, que me atrevería a decir que es prácticamente lo que estamos viviendo AHORA. Se trata de una situación, y sobre todo de una sociedad, azotada hasta la saciedad por una crisis sin precedentes; sin límite ni fin aparente. Una crisis en la que pagan el pato, como siempre, los más débiles. Y esa crisis, la viviremos a través de la mirada de tres miserables (y sentiremos como si fuera nuestro el sudor de cada poro, cada retortijón u orgasmo). Por un lado, tenemos a Andrés, un joven desquiciado que solo piensa en vengarse de la arpía que aconsejó a su madre que comprara fondos (falsos) de inversión. Por otra parte, está la arpía propiamente dicha, directora de una sucursal bancaria (aquí no se libra ni el apuntador, y nunca mejor dicho). Y por último, tenemos a Manuel, un profesor quebrado que vive por y para los que han terminado convirtiéndose en sus alumnos (los niños que habitan los asentamientos chabolistas). Los tres, en este ahora, están atrapados y son cruelmente impelidos por las circunstancias; pagando con sangre, sudor y lágrimas, el haber sido títeres de los de más arriba. Pero claro, todo tiene un límite, y este trío ha llegado al suyo. Ahora, piensan en pasar a la acción y tomarse la justicia por su mano. Su objetivo: cierto político.

Y justo en el momento en que empezamos a leer, la tragedia empieza a desarrollarse, tal vez lenta (y con algún que otro altibajo), pero segura, embaucándonos más por el miedo que sentimos hacia el drama que mascamos, que porque estemos leyendo terror al uso. Y es que el terror, en esta ocasión, no es paranormal, sino ese otro que nos hace daño. Y lo experimentaremos bien adentro; ese pánico a no saber hasta dónde se puede aguantar sin tener lo imprescindible para vivir, o soportar la constante amenaza de sufrir un desalojo incluso cuando ya no se vive dignamente. ¿Cómo no vivir con horror cuando contemplas a tus hijos sufriendo del mismo modo, y para colmo, en unos cuerpecitos que no han terminado de formarse? Pero también estará presente el miedo a la soledad más absoluta, o a la terrible sensación de estar perdiendo no solo la cordura, sino la humanidad, porque como dice el propio autor, cuando te dejas llevar por el odio, ese que siempre lleva nombre y apellidos, cuando te planteas matar a una persona, es que ya has pasado a otro nivel. Y en ese otro nivel, queridos lectores, nos encontraremos desde el principio. Y nos implicará por completo, obligándonos a pensar, irremediablemente, qué haríamos nosotros si estuviéramos en una situación así.

Pero de todo esto, que no es poco, ¿qué es lo peor? Que el autor sabe perfectamente cómo hacerlo. Domina el lenguaje de tal modo, que hace lo que le da la real gana para llevarnos al huerto. Y vamos que si nos lleva… Sí, es cierto que precisamente en unos momentos en los que, por otra parte, es imposible dejar de ponerse en el pellejo de ejemplos como los de aquí (cómo no hacerlo con la que está cayendo), eso no debería ser tan difícil, pero lo es. Al menos es difícil hacerlo con la maestría con la que Fernando lo hace. Y por eso mismo, por todo el conjunto, decía que tal vez sea la novela más dura que he leído hasta el momento, porque aquí se habla de todos nosotros, capisci?

Y llegados a este punto, es cuando me veo en la obligación de decir que Fernando Cámara ha contado una ficción que, lo queramos o no, es necesaria. Tenía que hacerlo. Y no solo porque él ha sufrido en sus propias carnes una circunstancia parecida a la de uno de los personajes, sino porque estamos viviendo una época que no deberíamos olvidar. Lo que está sucediendo actualmente, no puede ser enterrado. Asimismo, creo que además de querer perpetuar de algún modo la historia (a través de una “supuesta distopía”), lo que también pretende es hacernos reaccionar; sugerirnos que luchemos por nuestros derechos, evitar que nos dejemos llevar para no tener que llegar después a nuestro límite. Insisto en la importancia que se le da aquí al odio. Importancia que de verdad tiene.

Pero no todo es malo, ni negativo, ni triste, o no del todo. La novela también descubre la humildad más pura, el cariño, la generosidad, la ingenuidad (maravillosa en los niños). La humanidad en definitiva. La despierta en ciertos momentos y la hace brillar ante nuestros ojos, fascinándonos y haciéndonos querer ser como algunos de sus personajes en determinadas circunstancias. Pero, ojo, en ese ir y venir de situaciones a veces felices y a veces desgarradoras, continuaremos flotando en la marea de la locura, del alcohol, del pastilleo, de la rabia, y por supuesto de la autodestrucción… Nos meceremos al son de una vida cruel y unas almas que no dejarán de conspirar, mientras padecen lo suyo, para llevar a cabo su venganza.

Respecto a los personajes, no voy a decir a qué actriz española he visto desde el primer momento poniéndole cara a Carmen, la banquera, para no sugestionar a nadie, ¿pero cómo no verla cuando el personaje le iría que ni pintado? ¿Y cómo, de nuevo, no verla, cuando Con todo el odio de nuestro corazón es tan visual? Por otra parte, en la figura de Manuel, el profesor, creo que es donde el autor ha dejado volar su lado más tierno y paternal; hay pasajes de verdad brillantes, muy especiales, momentos que Fernando ha aprovechado para describir a los infantes de un modo que solo un padre podría describir. Todo en ellos funciona. No solo los diálogos o sus reacciones, hasta los pliegues de su piel, o la descripción de las diferentes texturas… Y luego está esa extraña relación que nuestro trío bipolar mantiene de manera forzosa (otro de los puntos fuertes de la novela), que va creciendo de manera desmesurada y tan pronto nos pone tiernos, como cachondos, coléricos o paranoicos.

Para terminar, recordar lo que el propio Fernando Cámara aclaró en la presentación del libro: a pesar de lo que describe, Con todo el odio de nuestro corazón no es una novela revanchista. Tampoco va en contra o favorece a partido político alguno. Eso sí, desgraciadamente, tanto aquí como en la vida real, son los políticos los que parecen odiarnos, y somos nosotros los presuntos terroristas.