Crítica: “ANTIVIRAL” de Brandon Cronenberg

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Antiviral

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Género: Terror | Thriller
País: Canadá
Año: 2012
Duración: 108 mins.
Fecha de estreno en Canadá: 10 de septiembre de 2012
Web: www.facebook.com/antiviralmovie

Dirección – Brandon Cronenberg | Guión – Brandon Cronenberg | Producción – Niv Fichman | Montaje – Matthew Hannam | Fotografía – Karim Hussain | Música – E.C. Woodley

Reparto: Caleb Landry Jones (Syd March), Sarah Gadon (Hannah Geist), Douglas Smith (Edward Porris), Joe Pingue (Arvid), Nicholas Campbell (Dorian), Sheila McCarthy (Dev Harvey), Wendy Crewson (Mira Tesser),

No les descubro nada nuevo si les digo que vivimos en un mundo artificial, gobernado más por estereotipos que por hechos. Son legión los que ambicionan una fama tan efímera como banal y no existen límites, ni morales ni, incluso, legales para lograrlo. Al final, la fama, la pompa y ese boato que tantos ambicionan son sólo una grotesca máscara que esconde la tremenda mediocridad que impulsa a ésta mal llamada sociedad civilizada en la que debemos sobrevivir.

Claro que, en un escenario como éste, son muchos lo que se han aprovechado de la situación para medrar, obtener pingues beneficios y reírse de la estupidez ajena sin que les temblara el pulso lo más mínimo. Ejemplos hay muchos, algunos tan extremos como lo fuera el caso del artista italiano Piero Mazoni, el cual llegó a vender, en 1961, una serie de noventa latas de 30 gramos llenas de sus propios excrementos, valoradas según el precio de oro en aquellos momentos. También están quienes pintaron calabazas con una brocha, vendieron animales disecados sumergidos en formol y toda una catarata de esperpentos pensados, únicamente, para obtener notoriedad y vaciar los bolsillos de los más pudiente e ignorantes del lugar.

Y después está el común de los mortales, aquel que busca la fama sin tener que recurrir al reclamo artístico y/ o creativo, sino usando lo que tenga más a mano y, de paso, menos trabajo le acarree.

Tampoco creo que descubra nada nuevo si afirmó que la mejor y más socorrida herramienta para lograr “fama” en un corto periodo de tiempo -y sin tener que pensar mucho- es acudir a uno de los muchos insulsos, zafios y mediocres programas de televisión que llenan las parrillas del mundo mundial. Como en botica, hay para todos los gustos y, si uno no tiene demasiados escrúpulos, con aguantar el tirón hay más que suficiente, pues ya se sabe que no sobran reporteros carroñeros dispuestos a valerse de cualquiera con tal de ganar cuota de pantalla.

El problema viene, como siempre, en que hay demasiados aspirantes y pocas plazas en la casa, por utilizar un símil extraído del Gran Hermano televisivo, un botón que demuestra la falta de inquietudes de buena parte de la ciudadanía, más empeñada en seguir las vidas ajenas que vivir las propias. Por ello, cuando no se logra la tan ansiada fama, sólo queda tratar de aferrarse a una imagen de quien sí que ha logrado ser uno de los escogidos en el panteón de los nuevos dioses del mundo moderno.

Y éste es el caso de Hannah Geist (Sarah Gadon), una Super Star con letras mayúsculas, adorada, venerada, seguida por sus fans con una lealtad casi enfermiza y que, además, es la imagen corporativa de una lucrativa y peculiar empresa especializada en vender enfermedades de los famosos.

Antiviral

Sí, me han leído bien, en el mundo en el que se desarrolla la primera película de Brandon Cronenberg, vástago del director David Cronenberg, los seres humanos no sólo se obsesionan con lucir una camiseta, un peinado, un tatuaje o una marca de perfume de su actor/ actriz/ modelo/ cantante o artista preferido. En el mundo de Antiviral, los fans más afortunados, aquellos que tienen dinero para pagarlo, se inyectan enfermedades que proceden de sus icónicos y admirados ídolos, logrando esa perfecta comunicación e identificación que todo fan busca.

Poco importa la gravedad de la enfermedad con tal de sentir, fluyendo por tus venas, los mismos virus y bacterias que, por ejemplo, fluyen en la sangre de Hannah Geist.

¿Y quién logra que dichas enfermedades se vendan al público? Pues vendedores tan entregados y lacónicos como Syd March, quienes saben cómo lograr que una persona perfectamente sana y obsesionada, acabe contagiada por vaya usted a saber qué microbio, con solera y pedigrí, eso sí.

Bueno, en realidad, Syd no sólo es un vendedor entregado y leal, sino un traficante de muestras, las cuales luego vende a tiendas piratas especializadas en ofrecer copias de dichas enfermedades a unos precios más asequibles, por aquello de la ley de la oferta y la demanda. De ahí que su vida sea una insulsa repetición de tópicos, enfermedades que incuba para luego poder venderlas en el mercado negro, y sus propios y anodinos pensamientos, a ratos tan fríos e impersonales como lo es la película de Brandon Cronenberg.

Llegado el momento y por aquel refrán que dice que “la curiosidad mató al gato” su vida da un vuelco a causa de llevar en su interior el virus de la ya mencionada Hannah Geist, hecho que lo convertirá en un blanco viviente, pero que no alterará su forma pausada y anodina de vivir o, por lo menos, no tanto como le pudiera ocurrir a otra persona.

Puede que ese ritmo cansino y carente de toda expresividad –cimentado en la magnífica interpretación de Caleb Landry Jones– sea lo que más lastra la película de Brandon Cronenberg, tan pulcra e higiénica como lo son los escenarios en los que se desarrolla, aunque éstos acaben manchados de sangre. El director no toma partido por nadie, todos están inmersos en el mismo juego, pero, a ratos, parece como si fuera el virus de Hannah Geist quien dictara el ritmo. Y ya se sabe que, cuando uno está enfermo, la cabeza se embota y es difícil pensar con claridad.

No obstante, la doble lectura de la película lleva un paso más allá no sólo el concepto del fan, la adoración de imagen y las obsesiones humanas, sino su infinita estupidez y su afán por perder el tiempo en cosas banales e intrascendentes en vez de comprometerse con la realidad.

Por añadidura, la secuencia final, SÍ sabe cómo terminar la narración cinematográfica y dejarnos un sabor agridulce en el paladar, sabor que recuerda mucho -y bien- a los delirios paternos con los que el vástago de David Cronenberg ha crecido, y que son tan del gusto de los espectadores que acuden a festivales de la talla de Sitges o Night Visions.

Ya saben que, a partir de aquí, el resto corre de su cuenta; es decir, el riesgo de contagio, en este caso.