Así es RENDEL, la película de Jesse Haaja

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La venganza, ese plato que según cuentan los tratados de la antigüedad debe servirse frío, es la base argumental sobre la que sustenta El conde de Montecristo (Le comte de Monte-Cristo), una de las historias que mejor refleja la injusticia, la cobardía, la codicia y el deseo de venganza que posee a todo ser humano cuando es víctima de los excesos antes comentados.

Escrita por Alexandre Dumas, padre, en este caso, en 1844, y con la colaboración de Auguste Maquet -aunque luego éste último no figure en los créditos finales- su personaje principal, Edmond Dantés, representa a todos aquellos que han sido vilipendiados por sus semejantes y, por dicha causa, han sufrido todo un rosario de calamidades. Edmond Dantés, al igual que le sucediera al no menos célebre Jean Valjean -creación del gran Víctor Hugo para su novela Les misérables (1862)- deberá hacer frente a la inquina que domina y siempre ha dominado la sociedad “civilizada” y no morir en el intento. Una vez superado el trance, algo que logran ambos, aunque con desigual fortuna, su afán por la venganza y su búsqueda de retribución por el agravio sufrido marcará sus existencias, aunque no por ello ambos se olviden de tener piedad con aquellos que se la merecen llegado el momento.

Su impronta, en especial la del marinero traicionado por quienes le rodean, justo en el instante que estaba a punto de casarse con su amada Mercedes, es pública y notoria en un personaje como el de V, el resolutivo anarquista creado por Alan Moore para la serie gráfica V de Vendetta entre 1982 y 1988. Al igual que Dantés y el propio Valjean, V es aquel que osa desafiar los excesos de un régimen corrupto y torticero y que, llegado el momento, emprenderá un anárquico sendero de destrucción que pondrá contra las cuerdas a todo el sistema que lo encumbró.

Hay otros personajes gráficos, si nos ceñimos a dicha disciplina artística, que también han convertido el concepto de la venganza en el leitmotiv de su discurso vital. De entre todos ellos, destaca -más por su estética, sobre todo por su símbolo, que por el desenfreno destructor que domina sus acciones- Frank Castle, The Punisher, personaje que debutó en el Amazing Spider-man# 129 (1974) según un guión de Gerry Conway y el dibujo del tándem John Romita Sr., y Ross Andru.

The Punisher (o el Castigador, en nuestra geografía) guarda una notable similitud con el literario personaje conocido como Mark Bolan, The Executioner, una creación del escritor Don Pendleton en 1969 para la serie conocida bajo el sobrenombre de War Against the Mafia, aunque, con el paso de los años, cada uno fue adquiriendo personalidades propias y diferenciadas. No obstante, su ansia por vengar la muerte de sus seres queridos será el detonante final que llevará a convertir las calles de las ciudades en las que viven en el campo de batalla que ambos recorrieron cuando eran soldados.

Tres cuartos de lo mismo se puede decir de Albert “Al” Simmons, teniente coronel del ejército y agente de operaciones especiales para la Agencia Central de Inteligencia, esas mismas que no figuran en los libros de historia contemporánea. Simmons dará con sus huesos en el infierno tras ser traicionado, primero, por su superior y mentor, Jason Wynn, y asesinado, después, por Bruce Stinson “Chapel”, compañero y protegido del primero. Su condena en los dominios de Malebolgia responde a los pecados que cometió durante su periplo terrenal, acciones que el señor del octavo círculo del Infierno no había pasado por alto, deseoso de contar con el recién llegado para que éste encabece una contienda que logre subyugar a la Tierra y el Cielo. Al Simmons, una vez que acepta su nueva condición de ser Hellspawn, se rebelará contra los deseos de Malebolgia y logrará regresar al mundo de los vivos, lugar en donde ejercerá un concepto de justicia radical, despiadada y sin mayores concesiones a la galería.

Rendel poster

Mucho menos despiadados, pero igualmente resolutivos, son los personajes de Bruce Wayne (Batman) y Matthew Murdock (Daredevil), implacables vigilantes y símbolos, ambos, de una justicia que poco tiene que ver con la que se aplica en los tribunales. Tanto el primero como el abogado ciego de Hell´s Kitchen se convirtieron en vigilantes enmascarados tras perder a sus padres, y muchos de sus actos son sólo el reflejo de dos niños que vieron como su mayor punto de apoyo emocional saltaba en pedazos por la fuerza de un arma de fuego. La delgada línea que separa la cordura de la locura es otro de los elementos que los emparenta, escondidos entre las sombras de los callejones y de sus atormentadas psiques.

Gráficos, pero con un indudable origen literario -aunque fuera impreso en papel de baja calidad- son los personajes de The Shadow (Ken Allard y/o Lamont Cranston) y The Spider (Richard Wentworth), dos de los héroes “pulp” más famosos y que mejor simbolizan la justicia al margen del sistema. Armados, ambos, con sendas automáticas Browning M.1911 del calibre 45, tanto el místico personaje de Walter B. Gibson, The Shadow, como la creación de Norvell Wordsworth Page, The Spider, no dudan en hacer uso de ellas cuando la ocasión lo requiere y, en eso, pueden ser considerados precursores de los modos y las maneras de Frank Castle, V, y de todos aquellos que se convierten en jueces y verdugos. Hay quien dirá que, en ese grupo, entra la creación de John Wagner y Carlos Ezquerra, el juez Joseph Dredd, pero dadas las motivaciones del tándem que lo creó y del editor que lo publicó, Pat Mills, mejor lo dejamos para mejor ocasión.

Sea como fuere, el concepto de vigilante, normalmente, nocturno, armado hasta los dientes o dotado de una determinación física y emocional muy por encima de la media, se ha convertido en un estereotipo recurrente en la cultura contemporánea actual. Ejemplos de todo esto, además de la versión cinematográfica del cómic de Alan Moore y David Lloyd (James McTeigue 2006), hay y muchos, pero uno que supo recoger muchas de las influencias anteriormente citadas y llevarlas al tablero de juego actual fue Darkman, película dirigida por Sam Raimi en 1990.

Su personaje, el doctor Peyton Westlake (Liam Neeson) no es sino el reflejo de todo lo que se ha dicho hasta ahora, tamizado bajo la óptica propia de Raimi y su gusto por los excesos, el gore y el desenfreno más visceral. Al final, la consecuencia última de todo lo sucedido se verá reflejada en el reguero de cadáveres que irá dejando a su paso. Cadáveres que también formarán la columna vertebral del relato The Crow, escrito y dibujado por James O´Barr en 1989. Eric Draven será otra víctima de las peores circunstancias, quien -y del mismo modo que le sucede a Al Simmons– encuentra una vía para poder vengarse de los que cercenaron su vida y la de su prometida Shelly, antes siquiera de empezar a disfrutarla.

En realidad, no hace falta morir para que, una vez de regreso al mundo de los vivos, empezar a saldar cuentas pendientes, pero sí que es cierto que cuando se obtiene una segunda oportunidad como ésa sobran las palabras y lo único que importan son los hechos. De ahí que Rämo (Kristofer Gummerus), protagonista principal de la película Rendel dirigida por Jesse Haaja, no pierda tiempo tras regresar de los dominios de la muerte aun cuando la bala que debió matarle brille en su cabeza. A quien la Parca no perdonó fue a su mujer y a su hija, quienes, como ocurre con el joven Bruce Wayne y el veterano de guerra Frank Castle, yacerán inertes en brazos de quien, un día, fuera padre, esposo y/o hijo, según sea el personaje del que estamos hablando.

Esta imagen, cargada del misticismo propio de La Pietà de Miguel Ángel -y que luego tan bien mimetizara Frank Miller en su mítica Born Again (Daredevil# 227-233. 1986)- es una de las muchas referencias utilizadas por el director finlandés, autor de una historia que luego se convertiría en el guión firmado por Pekka Lehtosaari, Miika J. Norvanto y Timo Puustinen. Rendel es, ante todo, la primera película de un vengador, llamémosle “heroico”, dado que se enfrenta al mal corporativo que representan aquellas empresas y/o corporaciones que piensan que el globo terráqueo y sus habitantes son solamente su tablero de Monopoly particular para lograr pingües beneficios, además del bono por pasar por la casilla de salida. Ataviado con la negra indumentaria de un motorista, a imagen y semejanza del uniforme del cruzado de Gotham City y del diablo de la Cocina del Infierno, Rendel parece que se convierte en un ser invulnerable.

Rendel, antes un director financiero llamado Rämo, poco amante de los indeseables, sin mayor interés en ser otra cosa que un buen profesional, un buen marido y un buen padre, será el objetivo de quienes, como se dijo anteriormente, gustan de utilizar a las personas como si se tratara de las fichas del juego popularizado por Parker Brothers en 1935. Una vez que la situación se le vaya de las manos, en parte, por un exceso de curiosidad y, en parte, por una desesperación que le llevará a pactar con un demonio de categoría inferior como lo es Kurikka (Tero Salenius), su destino quedará sellado. Luego entra en el tablero el sociópata de turno, Rotikka (Rami Rusinen), y su lugarteniente, Lahtaaja (Renne Korppila), claros ejemplos de lo delgada que puede llegar a ser la línea entre una locura tratable y la demencia más absoluta y sin posibilidad de cura.

En realidad, ambos personajes, sobre todo el primero de ellos, son la excusa del trio de escritores para reflejar los sinsentidos de buena parte de la sociedad anglosajona, su desmedido cariño para con las armas de fuego, y la falta de ninguna cortapisa moral a la hora de hacer negocios. El detalle de colocar un Ford Gran Torino 351 Windsor V8 como vehículo de la demencial pareja, no deja de ser un chiste muy privado, dado que ese mismo modelo fue el que condujo el detective de policía Dave David Michael Starsky durante cuatro años (1975-1979), espacio durante el que se emitió la mítica serie Starsky & Hutch, aunque el coche de Rotikka y Lahtaaja no esté pintado de rojo, ni lleve una franja de color blanco en ambos lados de la carrocería.

Otra cosa muy distinta es que, además de un dúo de sociópatas sanguinarios, sean finlandeses. De ahí que, tras asesinar a un inofensivo repartidor de pizzas, ambos elementos se sienten a comerse el pedido del desafortunado mensajero. Cosas como ésas o que dos de los subordinados de Rotikka ingresen en un hospital a una víctima de los abusos y el salvajismo de Lahtaaja, en vez de darle carpeta al asunto, tal y como exclama, indignado, Rotikka, son cosas que solamente se le podrían ocurrir a un grupo de guionistas finlandeses.

Y es ese aspecto, el cual gira alrededor de la idiosincrasia de un determinado territorio, donde reside buena parte del encanto y de la valía de Rendel. La imagen que se tiene y, algunas veces, se proyecta de un país nórdico como éste, dista mucho de ser real. Es cierto que cuando se recurre al agravio comparativo o a la teoría de la disonancia cognitiva para tratar de equilibrar la balanza -sin perder, de paso, la cordura- todo vale, pero Finlandia tiene sus luces y sus sombras, más si se tiene en cuenta que el capitalismo que se practica en estas latitudes es mucho más competitivo que el de sus vecinos del sur.

Situar la acción en un “futuro” un tanto distópico es un recurso que sirve para espantar los fantasmas de la realidad actual, pero no por ello dichos fantasmas terminan por disimularse debajo de la alfombra. Será por eso que, nada más empezar, se rompe la linealidad del argumento y se nos ofrezca una imagen del personaje. Por añadidura, el espectador puede oír su voz, una clara referencia al literario The Shadow, eso sí, sin la inquietante y desasosegante risa del misterioso personaje pulp. Después de esta presentación, las dos líneas argumentales del relato se entremezclan, contando lo que está pasando y lo que pasó, pero obviando el recurso del flash-back recurrente. De esa forma, el puzle que llevará a un honrado profesional a convertirse en la antítesis de su esencia ser irá recomponiendo delante de nuestros ojos, algunas veces con mayor soltura y otras, de forma un tanto brusca.

Poco a poco, las acciones de Rendel, en la misma línea de Frank Castle, Al Simmons o Eric Draven, irán ensangrentando el camino por el que, luego, transitan Rotikka, Lahtaaja y la oscura mega-corporación que quiere dominar el mundo, aniquilando a un parte para someter al resto. Hay tiempo para ver a una aguerrida periodista de investigación, Niina (Minna Nevanoja), denostada desde el primer momento por el progenitor de Rotikka, Erola (Matti Onnismaa), un tiburón nórdico de las finanzas, amante del poder, pero incapaz de sentir la más mínima empatía para con sus semejantes. Niina recuerda un tanto a la no menos resolutiva Polly Perkins (Gwyneth Paltrow), la periodista que volverá loco al capitán Sky (Jude Law) en Sky Captain and the World of Tomorrow, aunque la segunda demuestre unas tablas que Niina no posee. En lo que Niina sí demuestra maneras es en su capacidad para adaptarse a un escenario bien esquivo y desalentador. En la sociedad nórdica, los roles están mejor dispuestos y cuando hay que ponerse serios poco importa el sexo, viene a decir el guión.

El resto es la venganza, el desquite, la revancha -o la Vendetta– del personaje para con quienes considera responsable de su desgracia. En este apartado, el director y su equipo de especialistas no tienen reparos en mostrarnos el efecto de una bala, unos puños o un bate de béisbol lleno de clavos en el rostro de una persona. Puede que, para algunos, sobre todos los que disfrutan con la tijera de la censura entre sus dedos, algunas secuencias sean merecedoras de desaparecer del metraje final ante lo que ellos consideren que es demasiado brutal.

No obstante, y salvo por una secuencia en particular, el director rueda respetando una estética que lo emparenta con realizadores tan reconocidos como lo son Sam Peckinpah o John Woo. Para Jesse Haaja, la violencia es un elemento catalizador del relato, pero no es lo más importante. Es más, el interés del director y de quienes desarrollaron el guión se centra más en reflejar la progresiva pérdida de cordura del personaje, a imagen y semejanza de Bruce Wayne, Matthew Murdock y el mismo doctor Peyton Westlake -un hecho que le lleva a imaginarse que sus actos están siendo tutelados por un ser que solamente ve él- que en deleitarse con la violencia per se. Eso sí, los golpes suenan -más bien, resuenan- cada vez que impactan en el cuerpo de alguien, pero la crudeza de la situación se termina por solapar con la magnífica banda sonora escogida para la ocasión.
Este último punto es digno de destacar, porque la narración pivota sobre las notas de dicha banda sonora, a ratos intensa, a ratos, serena y, en la mayoría de los casos, tan dura y expeditiva como el mismo Rendel.

Habrá quien le achaque a la película de Jesse Haaja que solamente reinterpreta aquello que ya se ha contado, algo que se puede decir de muchas otras propuestas de la misma factura. Sin embargo, el trabajo del director es, por decirlo de una forma clara, correcto, simple y sin más concesiones que las necesarias para lograr que Rendel sea algo más que una historia de venganza en un país en el que, en invierno, suele estar constantemente nevado, en mayor o menor grado. La mayor virtud de toda la película es que su discurso cinematográfico va a más, y llega un momento en el que estás inmerso en aquel drama contemporáneo, lleno de personajes extremos, carente de toda ética, pero con sus dobleces y peculiaridades. Baste citar como ejemplo el grupo de “asesinos de remplazo” convocado por el amoral Rotikka, quienes no pueden evitar ser comparados con aquellos que aparecen en otro pequeño clásico, The Replacement Killers (Antoine Fuqua. 1998), aunque en Rendel, estos personajes estén mucho más caricaturizados que quienes responden a esas mismas señas en la película del director afroamericano.

Uno de los actores, Rami Rusinen, me comentó, tras la presentación de la película, que alguien tenía que ser el primero que rodara una película como ésta, pero que, a buen seguro, no sería la única. La verdad es que el final, totalmente pulp, deja abierta la puerta a una continuación donde los poderes ocultos tras la pandilla de degenerados que pululan por la pantalla saldrán, por fin, de las sombras.

¿Llegaremos a ver una continuación?… No lo sé, pero, por ahora, me conformo con haber visto Rendel y, de paso, me gustaría pensar que la película se logre ver en países como el nuestro, bastante reacios a estrenar nada que provenga del mercado nórdico a nivel cinematográfico, todo sea dicho.

Rendel © 2017 Black Lion Pictures, Frozen Flame Pictures, Bad Beaver Productions & Haaja & Arwo Design.